viernes, 18 de diciembre de 2015

Por qué voy a votar a Alberto Garzón


Una de mis películas favoritas es La soledad del corredor de fondo, basada en un cuento del escritor británico Alan Sillitoe. A grandes rasgos es la historia de un chaval de clase obrera en la Inglaterra de finales de los cincuenta, un país, un momento, donde todo lo que por siglos había parecido inmutable se empezaba a resquebrajar. Si hay algo que me impresiona en ella, o si las veces que la he visto he podido aprender algo, es que, aún teniéndolo todo en contra merece la pena dar el siguiente paso.

En este texto yo no les voy a pedir el voto para Garzón. Lo primero porque no soy nadie para decirles lo que tienen que hacer. Lo segundo porque tampoco sacralizo el voto. No les voy a engañar: creo que se ha apoderado de casi todos una visión neoliberal de la política donde lo electoral se ha convertido en algo muy parecido a ir al centro comercial de compras, una especie de paseo caprichoso donde esperamos que nos seduzcan, que nos hagan sentir importantes y necesarios. Y lo de votar no iba de esto. Votar es una herramienta y un momento, nada más. Lo que ocurre es que, a veces, es una herramienta y un momento muy importante, sobre todo cuando cerramos una etapa en que nuestra vida cotidiana se ha convertido en un campo de batalla. Si después del domingo piensan que ya está todo hecho es que quizá no han entendido del todo bien qué significa la democracia.

Por otro lado no es que crea que mi opinión respecto a qué hacer el domingo sea especialmente relevante. Lo que sí creo es que explicar cuáles son mis motivos puede ser útil frente a todos esos argumentos que, con la excusa de la campaña, deterioran aún más nuestro pensamiento político.

De hecho, para empezar, el título de este artículo forma también parte de ese deterioro del que les hablo. Yo no voy a votar a Alberto Garzón, voy a votar a una organización política y, más aún, voy a votar por unas ideas. Quiero decir, Alberto Garzón me parece un buen tipo, pero me parece aún mejor lo que defiende y, aún mejor, que lo haga organizadamente junto a otras personas que piensan parecido a él. Esto, lo de votar, o lo de organizarse políticamente, no implica un acuerdo matrimonial ni exige un reflejo puro de quiénes somos (o creemos ser) sino entender la utilidad de lo común, de que tus necesidades, intereses y problemas son compartidos, al igual que sus respuestas, por otra mucha gente, sobre todo en un mundo donde unos pocos acumulan tal capacidad de imponer sus decisiones. Por eso, cuando a veces les veo exagerar los detalles que no les gustan, percibo más una individualidad narcisista que una visión lógica del asunto. A los que no tenemos nada nos sale muy caro jugar a sibaritas de lo político.

Yo aquí no les voy a hablar del programa de IU-UP, les entiendo lo suficientemente capaces para haberlo buscado. Además, insisto, me parece hasta insultante que esto de votar se plantee como, pongamos, la compra de un coche, donde después de seleccionar varios modelos vamos comparando en unas tablitas las características de cada uno. Igual que con algunos fabricantes de coches les debería resultar obvio, después de estos cuatro años, que algunos programas no son más que la treta publicitaria para ocultar lo que algunos partidos son. Para mí es más útil hacer el ejercicio de ver qué ha pasado en esta última legislatura, de comprobar, con los hechos, dónde y con quién ha estado cada uno. Y aquí, Alberto Garzón, el tipo que se atrevió a decirle a Mario Draghi lo que era, esto es, un secuaz de los poderes económicos, tiene todas las de ganar.

Porque estos últimos cuatro años no han sido sólo un festival de sacrificios y recortes donde la clase trabajadora ha pagado todos los platos rotos de la codicia de los de arriba, ha sido, sobre todo, la constatación de que la democracia, tal y como está planteada, es una cuestión secundaria, un trámite procedimental incompatible con los privilegios y necesidades del sistema económico capitalista. Y ahí, Garzón, ha sido implacable, denunciando las tropelías concretas, explicando la situación general y planteando alternativas inmediatas y viables.

Y ese es el principal valor de Alberto Garzón y el proyecto que defiende. En un mundo donde incluso parte de la izquierda lo cede todo a la estrategia, él lo hace a la pedagogía. Vivimos un momento muy extraño donde la táctica se ha mitificado de tal forma que se pretende que, incluso, pueda sustituir a la ideología (convirtiéndose, paradójicamente, en una ideología en sí misma). Donde se plantea una falsa dicotomía entre fondo y forma, haciéndonos creer que es imposible decir lo que piensas y hacerte entender. El problema, y no es la primera vez que ocurre, es que al final acabamos actuando como hablamos, y lo que en principio era tan sólo una táctica, una forma de llegar, acaba dando forma a lo que pensamos, sustituyendo al pensamiento original por una copia demasiado cercana a lo establecido, es decir, a lo que el poder espera de nosotros.

Además, minusvalorar la capacidad de la gente (aún de una forma paternalista) lo único a lo que te llevar es a crear unas barreras artificiales. Si queremos que alguien consiga algo no parece la mejor forma de lograrlo pensar de antemano que no está preparado para ello. La gente de este país ha demostrado de largo estos últimos años que está dispuesta a luchar, llenando calles y plazas cada vez que ha hecho falta. Y tras este bagaje es muy triste escuchar a la gente, hablando de sí mismos en tercera persona, imaginando su propia incapacidad. Hablar claro, incluso decir lo que no gusta, no es un signo de arrogancia, es un acto de respeto.

Esto no es una cuestión de pureza, es una cuestión de generosidad. Otras formas de hacer política garantizan votantes, pero no dejar algo en el proceso de buscarlos, es decir, parecen preocuparse únicamente de un momento inmediato, rompiendo categorías de entender la realidad y explicarla que, por ejemplo, nos hacen falta para caracterizar a Ciudadanos, un partido comprometido con el orden existente, pero percibido, gracias a la mentira de la posibilidad de la no ideología y la gestión neutra, como óptimo para el momento actual. Que Garzón opte por la vía de la confrontación ideológica, es decir, contraponer ideas y no espectáculos, es generosidad porque el resultado no busca votantes en sí mismos, sino ciudadanos conscientes de quiénes son y cuáles son sus intereses propios y comunes.

Cuánto hubiéramos disfrutado, y qué útil hubiera resultado para todos, el que hubiera sido el debate de esta campaña, el de Garzón contra Rivera.

Obviamente voy a votar a Garzón y IU-UP porque soy una persona de izquierdas, pero sobre todo lo voy a hacer porque creo que es necesario que en la política parlamentaria (sé que en la calle estarán siempre) haya alguien no sólo que defienda los intereses de los de abajo, de las trabajadoras, de los que por desgracia en nuestra vida sólo encontramos un camino de incertidumbres, sino una forma diferente de entender y enfrentarse a la realidad. Una forma que defienda no sólo unos principios, sino la corresponsabilidad de cada uno en su consecución. Yo, qué quieren que les diga, soy de los que creo que no necesitamos salvadores ni mesías, sino el coraje, la fuerza y la inteligencia para ser nosotros mismos quienes alteremos este injusto orden de cosas, yo soy de los que me siento respetado cuando alguien me trata así.

No se trata de quedarse solos, es que solos ya estamos. Solos nos quieren, solos frente a la implacable virulencia del egoísmo. De lo que se trata es que esa soledad pase a ser una comunidad lúcida, para empezar, con su propia existencia.

Empecé hablando de La soledad del corredor de fondo, de la necesidad, de que aunque todo se alie en tu contra, dar el siguiente paso adelante. Hay algo más, algo que no les desvelaré y que sucede al final de la historia, algo imprevisto y jodidamente glorioso. Algo que nos viene a decir que no debemos hacer lo que se espera de nosotros, cuando quien lo espera no es nuestro amigo, no es como nosotros.

Porque cuando todo, todo aquello que está en alianza para que parezca que todo cambia pero para que nada cambie, te indica, te sugiere, te arrastra a no votar a Garzón algo nos debería indicar que hay que seguir el camino contrario.

Justo el momento para mostrar tu independencia, para mirarles de frente y hacerles notar que contigo no van a poder. Justo el instante de plantarte y golpear al hecho consumado. Justo la ocasión para hacer lo que no esperan de nosotros. Justo la oportunidad que llevábamos tanto tiempo esperando de decirles quiénes somos: esa gente orgullosa, a pesar de todas sus derrotas, que esta vez ya sólo piensa en ganar.