martes, 21 de julio de 2015

Dexedrinas XVIII



Los pasillos desiertos de las naves espaciales son lugares propicios para escuchar nuestra respiración.
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El insomne, de madrugada, busca sus faros en las luces huidizas de los bloques colindantes.
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Las manos del escritor en retroceso son fusiles que siempre yerran el tiro.
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Una ciudad en verano es como una película de bajo presupuesto.
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Sus temores hacían difícil su vida. Pero hacían vida.
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Una cortina a medio echar nunca revela si es una invitación tímida o una prohibición leve.
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Encontraba sosiego en la observación de los astros; sabía que no podían negarse a actuar cada noche.
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Sintió alivio al ver que como fantasma no atormentaba a nadie, pero también una cierta pena al no ser ni brisa en la memoria.
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Los árboles crecen despacio como silenciosa protesta ante su naturaleza inmóvil.
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Las fotos de la infancia nos recuerdan la belleza que había antes del resultado.
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Un telescopio sin lente se muestra siempre distante.
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Las vacaciones no son el reverso del trabajo, tan sólo su amnesia temporal.
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Sus tardes de domingo se acostumbraron a ser ausencia, olivos y memoria.
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Desde que la conoció no encontraba palabras para describirla. Quizá es que el diccionario se pierde siempre entre las sábanas revueltas.
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Un pequeño gato experto en esgrima y celadas no aumentó su confianza en los felinos, pero sí en quien ofrecía protección a aquella criatura indefensa.

viernes, 3 de julio de 2015

Bosque desolación



Bosque desolación no es un principio, es un resultado, una consecuencia, un epílogo.
Los bosques no nacen con los troncos desnudos por el fuego, con la tierra vuelta fango por las explosiones, con el silencio donde antes había trino.
No hubiera sido tan difícil de evitar.

Primero la desatención, la ausencia con el otro a centímetros, el hastío de conversaciones ya sabidas.
Después la hostilidad, las recriminaciones por la nada, el odio por el vacío.
Por último la huída.

En las guerras entre personas no hay declaración de hostilidades, asesinato del archiduque, invasión súbita de fronteras.
En las guerras entre personas sólo hay desplazamiento de tierras, arenas movedizas, volcanes de lodo.
Y víctimas, como en las otras.

Repito, no hubiera sido tan difícil de evitar.

Hubiera bastado trazar unas líneas mínimas de respeto, haber encerrado las faltas entre gruesas paredes de hormigón, situar antes los pagos que las deudas.
Hubiera bastado con no haber jugado a la arrogancia del que lo sabe todo, con conducir sin tanta velocidad en las curvas, con haber apreciado los pequeños momentos.
Hubiera bastado con tener buena memoria. Memoria buena.

Bosque desolación es lo que queda tras las profecías autocumplidas, esas que nos avisaron mil veces del camino al precipicio.
Bosque desolación es la suma de todas aquellas victorias que suponían dolor en el estómago.
Bosque desolación es lo que se ve en tus ojos tristes.

Y lo conozco demasiado bien para volver siquiera un minuto a él.
Cuesta demasiado quitar el barro de las botas, el tizne de la cara, el ruido atronador de la metralla tornando la carne despojo.
Cuesta demasiado y demasiado poco haberlo destruido.

En el bosque desolación ya nunca crecerá nada.

Por eso no merece la pena un minuto de tu vida, de tu tiempo, pretender piedad para los cuerpos semienterrados que hace mucho dejaron de clamar socorro.
Por eso no se cuenta el tiempo desde que cayó el último soldado sino desde que se disparó la primera bala.
Por eso este no es un sitio donde se pueda descansar,
ni siquiera muerto.

Lo peor de las guerras entre personas es que nunca merecen la pena.
No hay vencedores ni vencidos, sino un tumulto estúpido que mezcla lo excelso con lo miserable hasta hacerlo indistinguible.
Lo peor de estas guerras es que cuestionan la propia paz que las precedió.

Decíamos que bosque desolación no era un principio, sino un resultado, una consecuencia, un epílogo.
También decimos que bosque desolación es un aviso, una cicatriz, una marca de fuego indeleble.
Una inteligencia de lo ya mal hecho.
Un sitio de donde conviene partir.