jueves, 19 de febrero de 2015

Presentación de Trayecto en Leganés


Hoy jueves, a partir de las 19h, presentamos Trayecto en noche cerrada en La Libre de Barrio, en Leganés. A pesar de que todo encuentro con el público nunca resulta exento de nervios e incertidumbre, esta vez, juego en casa. Nunca se olvida a los que una vez fueron compañeros de trinchera.

¡Les esperamos!

(Proximamente aquí las fotos del evento)

miércoles, 11 de febrero de 2015

Corea del norte no existe

La Realidad
Corea del Norte no existe, lo afirmo categóricamente.

Cómo es posible estar en tu sano juicio y negar la existencia de un país de 25 millones de personas que aparece en los mapas. Sabíamos que eras un tipo peculiar, Bernabé, pero no que hubieras perdido el norte de esa manera -quien habla es ese lector imaginario, insidioso, que comenta mirándote sobre sus gafas tras un escritorio de caoba-.

Sí, eso es. Claro que existe un país llamado República Popular Democrática de Corea, que tiene una orografía definida y una moneda llamada Won. Claro que a diario sus 25 millones de habitantes se despiertan, desayunan y emprenden lo que quiera que los coreanos del norte hagan cada día. Por supuesto que en sus arroyos corre el agua y el viento sopla como en cualquier otra parte. Lo que digo es que para nosotros, Corea del Norte, realmente no existe, no más allá de una mera abstracción (des)informativa.

Ustedes me perdonarán, pero este país asiático me pilla a desmano. Sé dónde cae Valdemoro, paso todos los días por una calle llamada Argumosa e incluso he atravesado Palencia en tren. Pero sí, efectivamente, Corea del Norte me pilla algo algo lejos.

No lean esto como cinismo, como un desinterés sobre lo que no nos es inmediatamente familiar. De hecho me interesa -e inquieta- bastante el mundo que me rodea. Cómo, por ejemplo, en un país relativamente cercano como Ucrania se ha iniciado una guerra civil -el adjetivo cruento sobra por redundante- como consecuencia de unas maniobras de desestabilización anti-rusas que EEUU y sus aliados iniciaron al colocar a un gobierno parafascista tras un golpe de estado. Me interesa lo qué pasa en la orilla sur del mediterráneo, donde varios países, como Libia o Siria, han sufrido un destino similar: piezas que caen en el camino hacia Irán, y de ahí a China. Piezas que dejan centenares de miles de muertos y el resurgir de un fanatismo religioso comparable a ese momento europeo donde se quemaba a mujeres libres en nombre de dios.

Es más, me interesa bastante lo que ocurre en Corea del Norte. Como socialista -de los del alemán de la barba- es un país que me fascina y me repele a partes iguales. Pero hoy, hablando de Pyonyang, negando categóricamente su existencia, no estamos aquí para interesarnos por eso.

Corea del Norte no existe puesto que no es más que un espejismo, una fantasmagoría, una construcción mediática.

Toda sociedad imbuida en un serio conflicto -y la nuestra, aquí y ahora, esta metida de lleno en uno muy serio- necesita de espejos deformantes que le devuelvan una imagen diferente a la que realmente proyecta. Toda sociedad construida en torno a la idea de la acumulación privada mediante la explotación, requiere de pantallas, esos artefactos que ocultan a la vez que emiten una nueva visión de lo recóndito.

Y Corea del Norte no es más que eso, la forma que tienen de decirnos que existen lugares en el mundo infinitamente peores que este. Da ya un poco igual si lo que se dice es cierto o no. El problema aquí no es lo acertado o erróneo de lo Juche. No hay espacio para un debate serio que transcurra sobre el parelelo 38.

Lo único que tiene que hacer usted, querido lector, como buen y aplicado televidente, es comentar con horror y estupefacción lo que ayer observó en su pantalla, hacer aspavientos notables mientras echa el sobrecito de azúcar en ese engrudo, remedo de café, mientras que el microondas zumba en el office.

Corea del Norte no existe, como tampoco existen Ucrania, Siria o Libia, como Venezuela o Cuba, como pronto dejará de existir Grecia.

No sé si se han dado cuenta, pero la inexistencia nos va alcanzando poco a poco, como aquella nada de La historia interminable, un concepto quizá demasiado abstracto para la chavalería de los ochenta, acostumbrada a las hostias y los tiros como deux ex machina válido en todo momento y situación.

La nada, la inexistencia, avanzan cada día, a cada minuto, se deslizan por debajo de sus pies centímetro a centímetro.

Hoy, en Villaverde, ha engullido a una madre y su hijo de dos años. La policia les ha desahuciado. Están muy cerca de usted, pero ya no tienen nombre ni rostro, no saldrán en ninguna pantalla.

La nada alcanza a unos hombre y mujeres, los trabajadores de Coca Cola en Fuenlabrada, que llevan resistiendo un año a las puertas de su fábrica porque un codicioso miserable ha decidido que ya no eran lo suficientemente rentables.

La nada alcanza al inmigrante detenido en el CIE, a la mujer a la que su marido asesta 25 puñaladas, al tipo que se suicida porque ya no puede más -no puede más con todo, y todo, todo el tiempo, es siempre demasiado-.

La nada, la inexistencia, arrasa países enteros, siega vidas, mata a la verdad. A cambio nos deja un espectáculo, un sucedáneo de vida, una caricatura grotesca de lo que fuimos.

Por eso Corea del Norte no existe, ni siquiera es posible que quien les escribe esto exista de veras.

Existe sólo lo que ellos dicen, en tiempo y forma, en color y sustancia, en línea y trazo. Existe lo que ellos dicen porque no poseen sólo unos medios de producción o nuestras vidas, poseen, indudablemente, la realidad entera.

lunes, 2 de febrero de 2015

Decidir


Decidir quebrar las metáforas, encerrar los sueños, poner la miseria por toda esperanza.
Decidir retirarte, lejos, donde sólo seas una sombra que se asoma de refilón en la memoria, apenas una sinapsis perdida, un fulgor que se apaga antes de ser visto.
Decidir hundirte en las frías aguas de la bahía, al cobijo de los muertos y los tiburones, de las corrientes subacuáticas y aquellas ocasiones que perdimos.
Y todo por ti y todo por nosotros.
Decidir ausentarte de los mapas, decidir huir de los nombres, decidir ser ajeno a tu propio rostro.
Ojeras tan patentes que casi puedes ver el pasado.
Dolor infame, frío en los huesos, dados que giran insinuando una doble herida.
Decidir dejar de jugar antes de que la trampa nos arranque una mano, mientras que el viento arrecia poniendo nuestro precario equilibrio en una situación comprometida, mientras que el dinero arde con llamas azules y Coltrane afina el saxo.
Decidir dejar de ser, decidir parar el corazón y secar las manos, decidir que el aliento se hiele en las ventanas de enero.
Decidir llorar durante días como eterno ejercicio religioso, casi una letanía, casi un lenguaje sagrado.
Decidir irte, decidir que te vayas, decidir abrazar el sufrimiento.
Decidir cerrar los ojos, de momento.
Y todo por ti
Y todo por nosotros.