martes, 21 de julio de 2015

Dexedrinas XVIII



Los pasillos desiertos de las naves espaciales son lugares propicios para escuchar nuestra respiración.
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El insomne, de madrugada, busca sus faros en las luces huidizas de los bloques colindantes.
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Las manos del escritor en retroceso son fusiles que siempre yerran el tiro.
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Una ciudad en verano es como una película de bajo presupuesto.
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Sus temores hacían difícil su vida. Pero hacían vida.
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Una cortina a medio echar nunca revela si es una invitación tímida o una prohibición leve.
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Encontraba sosiego en la observación de los astros; sabía que no podían negarse a actuar cada noche.
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Sintió alivio al ver que como fantasma no atormentaba a nadie, pero también una cierta pena al no ser ni brisa en la memoria.
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Los árboles crecen despacio como silenciosa protesta ante su naturaleza inmóvil.
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Las fotos de la infancia nos recuerdan la belleza que había antes del resultado.
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Un telescopio sin lente se muestra siempre distante.
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Las vacaciones no son el reverso del trabajo, tan sólo su amnesia temporal.
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Sus tardes de domingo se acostumbraron a ser ausencia, olivos y memoria.
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Desde que la conoció no encontraba palabras para describirla. Quizá es que el diccionario se pierde siempre entre las sábanas revueltas.
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Un pequeño gato experto en esgrima y celadas no aumentó su confianza en los felinos, pero sí en quien ofrecía protección a aquella criatura indefensa.