miércoles, 6 de mayo de 2015

Un duro invierno


Empieza despacio, como un rumor apenas audible en las faldas de la montaña. Un estruendo al poco, un sonido inválido que nos aturde justo lo que dura la caída de la gota desde el frontispicio. Tenemos sed de victorias, casi tanto como el asesinato que se produce al tratar de poner coherencia en un momento vital que transcurre entre la angustia de los lirios rojos y los cipreses de cementerio secos como losas de granito un día de agosto en un pueblo de la Mancha. No podemos esperar ninguna piedad de la vida, de nuestros enemigos, del tiempo, de la suerte , del amor, de la piedad misma. No podemos pensar que las cosas van a suceder al ritmo que marcan los engranajes de esa máquina rota que tenemos sobre la mesilla y que una vez sirvió para medir los latidos del corazón de la Osa Mayor que nos mira desde la pared longitudinal de nuestra casa de cuando éramos críos. Las ventanas tienen vaho por el efecto de nuestras respiraciones agitadas tras contemplar los mil soles que se consumen en el paso de un sólo día, tras ver, por unos segundos, como las estrellas son sólo el engaño que el cielo nocturno ofrece a los románticos sin remisión. Dubhe, Merac, Pekda, Megrez, Alioth, Mizar y Alcor y Altair son sólo nombres que suenan a desierto y a arena y a tiendas bereberes y a té cocido en una jarra de latón que apenas se sostiene ya en su mango corroído por el tiempo y la desesperanza. Esperad un rato más, aún hay demasiado por sacar, como esos cajones llenos de juguetes que utilizaban nuestras vecinas para guardar tesoros indescriptibles que ya nunca volveremos a ver ni aunque los tuviéramos delante de los ojos. Es precisamente eso, la cercanía de las metas lo que nos arrebata el estudio de la aventura, el estudio en escarlata, los almacenes donde sólo guardamos ya esos objetos cargados de valor que pueden ser manipulados por manos expertas de hombre sabio que fallece y deja una nota de despedida pegada a un acuario con una luz muy azul, burbujas tranquilizadoras en una noche de casi marzo, donde los coches de la carretera de circunvalación, aún lejanos, no dejan de pasar, de emitir un ruido de goma contra asfalto, de rodar imprescindible para que todo pueda seguir un día más girando con normalidad.

27/02/2015