martes, 12 de mayo de 2015

La unidad popular, una defensa descreída.



La Primera Guerra Mundial nunca podrá ser recordada desde la óptica de la épica y el heroísmo. Cuando la sangre, el barro y la metralla se mezclan de tal forma que se hacen indistinguibles no hay retórica capaz de sustentar la mentira de la gloria imperialista, del pedazo de campo extranjero convertido en Inglaterra por el cuerpo del soldado.

Lo cual no quita para que dentro de la terrible hostilidad al humanismo y la razón que supuso aquella confrontación no hubiera en ella hechos, historias e individuos capaces, aún siendo parte del marcador de la muerte, de sacar lo mejor de la vida, de hacernos creer desde el descreimiento en la honradez.

Los gaiteros de las trincheras me parecen el ejemplo palmario de ello. Tipos que daban el salto armados tan solo con su instrumento, que avanzaban entre los gritos, las explosiones y los alambres con la certeza de que lo que hacían, al menos, valía para dar el coraje que librara de la muerte a los soldados.

Eran una verdad que sustentaba una enorme mentira, la de que incluso sirviendo a intereses completamente ajenos a ellos, la tropa, necesitaba de un punto de luz entre tanta oscuridad. Sin los gaiteros -al igual que sin las cartas de las madres o las fotos de las esposas- la guerra hubiera seguido adelante, con la misma barbarie y sin ninguna esperanza. A menudo no elegimos dónde morimos ni por qué lo hacemos, y no por ello caemos al suelo exhaustos de fatalismo.

Cien años después en Europa se ha librado otra guerra. Los obuses han sido sustituidos por trampas financieras, las listas de bajas por cifras de desempleo y Lord Kitchener por un experto televisivo que esta vez, también, nos decía que todo iba a ir bien. Y como de aquella “si alguien pregunta por qué acabamos muertos, dale sólo un motivo: nuestros padres mintieron”.

Esta guerra la estamos perdiendo nosotros, la clase trabajadora. No hay ni dudas ni paños calientes cuando las cifras de damnificados se parecen a los de un gran choque bélico. No hay duda para quien sepa tener la mirada atenta a lo que nos ha ocurrido: los grandes poderes económicos nos han machacado, a nosotros y a la simple idea de democracia, derechos o futuro.

Una de las diferencias entre una guerra y la lucha de clases es que la primera tiene fecha de finalización e inicio, declaración de hostilidades y capitulación. La segunda, por su naturaleza, es parte y consecuencia del propio sistema económico, por lo que a los ganadores habituales de la misma les acompaña la tragedia de Sísifo, nunca pueden ganarla del todo. Obtienen victorias que se plasman en todas las canalladas que acompañan nuestra existencia como unidades de producción a las que alimentar y entretener, y así mismo, cuanto más batallas se apuntan en su cuenta de resultados, más desequilibran el estado de las cosas hacia el odio.

Por desgracia los hechos no siempre se perciben como ocurren, ni siempre el odio surge ni surge certero. Por desgracia carecemos de buenos planes de batalla, generales expertos y trincheras con material suficiente.

En el ciclo imaginario o narrativo que nos ocupa, nuestra batalla pudo empezar en 2008, con la caída de ese casino de la economía etérea llamado Goldman Sachs. Aunque seguramente el punto de partida, la declaración de guerra, sea personal para cada uno de nosotros: sentirnos impotentes para pagar la casa, esperar estoicos con nuestro número en la mano en ese apartadero llamado desempleo, ver llorar a un amigo o vernos llorar nosotros en el espejo del baño, en silencio.

El fin de esta enésima batalla, de este ciclo, antes de que la roca ascienda y vuelva a caer de nuevo, es también imaginario -como lo son las horas o cualquier otra convención que utilizamos a menudo- y podríamos situarlo, esta vez sí, para todos, en las elecciones municipales, autonómicas y generales de este año.

En estas elecciones no se van a elegir alcaldes o presidentes, no se van a dar apoyos a programas políticos o mentiras relucientes. Estas elecciones van a ser un plebiscito que marcará nuestro devenir de forma muy importante: o elegir entre los bandidos que aprobaron el 135 o entre quien puede ser el paño que detenga nuestra hemorragia; entre las fuerzas políticas que mantendrán todo como hasta ahora o las que pueden servir como punto de partida para algo más digno (no doy nombres ya que a mis lectoras les supongo gente instruida y sin alteraciones cognitivas).

Sin embargo, además, estas elecciones tienen otro elemento novedoso y recuperado desde nuestra historia encima del tablero político: las candidaturas de unidad popular.


Yo soy escéptico respecto a ellas, diría mejor que alguna de las formas que han tomado no me gustan nada. Pero necesito defenderlas. Desde el descreimiento.

Como defiendo por otro lado la participación electoral. A veces no encuentro mayor mitificación de las elecciones que quienes predican el abstencionismo. Para muchos votar es poco más que un intento -uno más- de alterar lo establecido, de escribir fuera de los márgenes que se esperan, aunque sean unas pocas palabras. No creo en el sistema electoral tal y como está planteado mucho más que en ver salir el sol por el oeste, y sé, que por sí solo, el poder político transformador tiende a cero si no se acompaña de movilización constante, instrucción ciudadana y amordazamiento de la bestia económica. Lo cual no implica que el dinero de unos presupuestos, determinadas leyes positivas, inmediatas y factibles o la aplicación de algunas ya existentes y olvidadas, sean tareas que requieran de mi voto y a las que mi falta de entusiasmo les importe poco.

Además hay algo más, derrotar al enemigo puede suponer que la batalla tenga un resultado muy diferente al esperado, puede ser la pequeña luz entre tanta sombra, la constatación de que cuando nos movemos juntos podemos obtener resultados. Y eso es algo que olvidamos fácilmente (y que nos hace mucha falta).

Salir a las plazas el 15m no dio resultados aparentes inmediatos, en unos años hemos visto, sin embargo, desarrollarse todo tipo de iniciativas para paliar el desastre, organizadas desde abajo y por los de abajo. Y por parciales no las descartamos. El continuar esta labor en las instituciones puede ser una forma de profundizar en ellas. Puede serlo.

Y creo que la forma mejor que el momento requiere es la unidad popular. No se trata de un deseo o una inclinación personal (y creo que esto es algo que muchos no han entendido) sino de hacer de la necesidad virtud.

No nos hagamos trampas al solitario. Si hubiera una opción política en el campo de lo crítico con lo existente capaz de, por sí misma, alterar de forma sustancial el panorama, las candidaturas no hubieran surgido.

Les seré sinceros (ya que esta es una cualidad que por ese eufemismo llamado táctica escasea en la política), lo que a mí me gustaría sería que el Partido Comunista arrasara por sí solo en las elecciones. Me gustaría prescindir de estrategias que no me son gratas, no tener que aguantar ideas entre lo voluntarioso y lo infantil, ni ver en las listas a personas que no han explicado convenientemente cambios ideológicos demasiado bruscos y demasiado precipitados (en tiempos de escasez debemos, al menos, ser estéticos a la hora del oportunismo). Esto es lo que me gustaría.

Pero, una vez más, la política, nuestra política (el arte de alterar lo establecido) no consiste en gustos ni deseos, sino en realidades. Y la realidad es que el Partido Comunista, por sí solo, no tiene capacidad de ganar unas elecciones (el debate de por qué y cómo solucionarlo no es lo que ahora nos ocupa en estas líneas).

No estamos hablando aquí de hacer una revolución, estamos hablando de ganar ayuntamientos. Y para esa tarea, casi artesanal (y no tanto artística como decíamos antes) lo que necesitamos son buenas herramientas, no embanderamientos hipócritas que lo único que pretenden es salvar a los aparatos que las agitan (bastante patética e impotentemente, por otra parte).

En la unidad popular ha sobrado cálculo y ha faltado generosidad, ha primado el tacticismo sobre las tareas esenciales, ha faltado apertura social antes que resituaciones de última hora.

Pero una vez más tenemos las herramientas que hemos podido construir, las trincheras excavadas a prisa por una urgente necesidad de detener la hemorragia social que nos está (literalmente) matando.

No sé si recuerdan a los gaiteros, esas figuras que nos hacían creer que podíamos tomar la trinchera de enfrente, que nos hacían correr más rápido y calar la bayoneta con más convencimiento. La unidad popular, nuestra unidad popular hoy, no es más que eso: lo que nos puede hacer creer desde el descreimiento en la honradez y la victoria. Y no es poco.

Esta batalla aún no ha acabado. La guerra continuará tras de ella. A veces nos hacen falta verdades simples que nos hagan seguir adelante, que nos sirvan de referencia entre las explosiones, el lodo y la destrucción. Y la verdad, por muy simple y voluntariosa que sea, de que cuando estamos juntos podemos hacer cualquier cosa, es algo en lo que me hace falta creer.