lunes, 4 de mayo de 2015

En el peor de los mundos posibles

La balsa de la medusa - Théodore Géricault - 1818

En el peor de los mundos posibles, Esperanza Aguirre, siempre estaría un paso más allá. Supongo que cada uno tenemos nuestras némesis personales, nuestros monstruos cotidianos que nos llevan jodiendo media vida, nuestros agujeros negros que impiden siquiera que la luz escape. Y Aguirre es el mío.

Sin embargo esta artículo no va de ella. Ya que, centrar la atención en Aguirre, lo único que haría sería engrandecer una figura, que como las maldiciones o las pesadillas, toma su poder de nuestro miedo, a modo de profecía autocumplida. Aguirre por sí sola no es nada más que una funcionaria avanzada del poder, una herramienta de la que disponen los que realmente mandan para proteger sus intereses.

En el peor de los mundos posibles, Ciudadanos, se convertiría en un partido referente para millones de personas. Un engendro electoral que arrastra todos los lugares comunes más tenebrosos que pueblan el imaginario colectivo: la mentira de la gestión neutra, la falsa dicotomía entre ciudadanía y política o la ideología de la no ideología.

Sin embargo este artículo no va de Ciudadanos. Las carcasas vacías -una apariencia de ecuanimidad esperando a llenarse con la misma savia derechista que el PP- no son nuevas. Si tienen fuerza, además de por una oportuna -y previsible- atención mediática, es por cumplir fielmente para lo que fueron pensadas: dar sensación de cambio cuando no son más que continuidad.

En el peor de los mundos posibles Podemos se derechizaría cada día a pasos agigantados. Una sincera esperanza y un proyecto ilusionante que parece decantarse sin remisión por una de las mayores supersticiones políticas: que la única forma de ganar elecciones es no pareciendo nunca de izquierdas, siendo razonables, ocupando la centralidad del tablero. Ahorrense las explicaciones significantes, por favor. Sé reconocer un error cuando lo veo -igual que una oportunidad- y tengo claro que el camino no pasa por la desesperación de no alterar en absoluto la percepción reinante sobre las cosas.

Sin embargo este artículo no va de Podemos. Sería absurdo no contemplar la conmoción que ha supuesto este proyecto en el último año y medio. Tanto, al menos, como no contemplar el juego de ajedrez del que es parte: uno donde la partida depende demasiado de las decisiones de una dirección muy lejos de lo infalible y de una táctica tan resultadista como efectista y peligrosa. No se trata de no asumir riesgos, se trata de que merezca la pena el resultado para cederlo casi todo.

En el peor de los mundos posibles Izquierda Unida entraría en ese ensimismamiento que padecen los viejos y arruinados nobles: una mirada constante a un pasado glorioso observando unos tapices que hace años fueron subastados. Siendo tan difícil precisar quién es IU -entre la elegante arrogancia de Alberto Garzón y la tristeza de los burócratas que la amordazan- no podemos caer en el error de pensar que existe una IU rupturista y otra acomodaticia. Aún siendo esto cierto, no siempre lo obvio toma cuerpo de verdad si una de las partes carece de los resortes efectivos para llevar sus planes a cabo.

Sin embargo este artículo no va de Izquierda Unida. La federación es la falla del régimen y justo en su suelo -como en todo escenario límite- es donde se han manifestado con mayor fiereza las contradicciones tectónicas del momento político. Su suerte va unida a sus decisiones, no a vergonzosas teorías conspirativas. O desaparece en un identitarismo inane y sectario o crea una nueva identidad de izquierdas desde la que entenderse ella misma y entender el conflicto que la vio nacer.

¿De qué va entonces este artículo? Va de vosotros, de nosotros, de todos aquellos que no somos gente.


Friedrichstrasse - George Grosz - 1918

Imagino su cara llegados a este punto ¿Se ha vuelto el autor definitivamente loco y pretende llevar su demencia de caballero desposeído hasta las últimas consecuencias? Ni mucho menos. Sí asumir, de una vez por todas, esa flojera que impide a veces criticar -y criticarse- por un miedo al vanguardismo mal entendido.

Entendamos eso llamado gente como el cuerpo social mayoritario de opiniones coincidentes que políticamente se manifiesta por seguir las tendencias, acaparar los prejuicios y tener un miedo cerval al cambio. Es decir, el cuerpo social mayoritario cuya relación con la política es de no organización, no activismo y meramente empírica, nunca teórica.

Y ustedes que me leen serán, más que posiblemente, parte de esa minoría que no es gente a estos efectos, sino esa fracción cuya relación con la política pasa justo por lo contrario que la del común de ciudadanos.

Y sí, les repito, el artículo va sobre ustedes, nosotros, que estamos, esta vez sí, situándonos en el peor de los mundos posibles, demostrando nuestra incapacidad, dejando fluir todos nuestros peores prejuicios. Siendo unos inútiles políticos justo cuando más falta hacía ser, si no excelsos, como poco acertados.

En el peor de los mundos posibles se nos olvidaría que la relación con las organizaciones, con nuestras organizaciones, es puramente dialéctica. Estoy harto de ver ese comportamiento de plañidera/clap en red que poco más se limita a censurar o engrandecer tal comportamiento o decisión de los dirigentes, en una especie de Sálvame político donde están ellos y nosotros, sus acciones y nuestra emoción. El desatino o acierto individual del dirigente -aún siendo las figuras concretas importantes- no es determinante, o dicho de otra forma, un dirigente se mueve en el campo donde le permitimos moverse, en las fronteras que les delimitamos. Organizaciones con una militancia envejecida y educada en la derrota, como demasiado bisoña y embelesada, proporcionan el caldo de cultivo ideal para esa forma de entender la política tan deleznable que consiste en estar atentos a la radio a ver qué nos exige el padrecito.

Este artículo va sobre esto: la necesidad de la crítica permanente con aquellos que hemos aupado sobre el esfuerzo común para servir de generales en la batalla, sobre la obligación de no esperar como disciplinadas comparsas y sí actuar como cuadros decisivos con nuestra acción.

En el peor de los mundos posibles habríamos tomado el electoralismo como un fin y no como un medio. Se diría que eso llamado asalto institucional ha servido, además de para consagrar a figuras que no hace tanto presumían de facilitadores de esa entelequia llamada abstención activa, para cegarnos por completo dejando el devenir histórico interrumpido en mayo y noviembre. No me entiendan mal. Considero que estas elecciones son las más importantes desde el 78, las más importantes en la historia vital de muchos de nosotros. Considero que hay que participar en lo electoral, pero hacerlo siempre sin perder el norte de que es tan sólo una herramienta incapaz por sí misma de alterar nada. Sabemos de sobra -a pesar de que los amigos anarquistas en sus homilías nos lo recuerdan a menudo- que esta forma de elección del poder político es una farsa necesaria para el mantenimiento de la imagen democrática del sistema capitalista. De hecho la historia está llena de reconducciones -desde el amaño de las elecciones italianas ganadas por el PCI hasta los golpes de estado, militares y económicos- donde la democracia se manifiesta bajo el capitalismo sólo cuando el voto se dirige hacia donde la élites quieren. Sí, es un teatro, pero mientras que el público acepte la función debemos actuar de la mejor forma posible. ¿Puede un alcalde revertir el actual estado de cosas? Difícilmente. Pero sí puede darnos el oxígeno necesario mientras que permanecemos tumbados en la lona, señalar la contradicción entre el legítimo mandato popular y los intereses económicos de las élites, mostrar que hay otra forma de entender y hacer. Llevamos demasiados años recluidos en los límites de la oposición -esa suerte de crítica sin capacidad de decisión- para desaprovechar esta oportunidad.

Porque este artículo sí va de eso. De que asumamos contradicciones y nos manchemos las manos -los ángeles puros ciegan con tanto candor-; de que aceptemos que venimos de una derrota histórica sin parangón y que del 15m en adelante no hemos visto una revolución, sino tan sólo un movimiento defensista por parte de algunos de los que antes no tomaban partido en nada; de que tenemos que contemplar el electoralismo como una llave, un objetivo inmediato, que sin calle y organización popular permanente sólo valdrá como una aventura tan decepcionante como breve.

En el peor de los mundos posibles, los que no somos gente, estaríamos día tras día, sorprendiéndonos de que la gente se comporte justo al contrario de lo que esperamos. Quizá es el momento de decir: ¡Es la cultura, imbéciles! o dicho de otro modo, a mí no me asombra que haya obreros de derechas, lo que me asombra es que haya activistas que se asombren de ello. ¿Qué esperabais, que el refinado sistema hegemónico que lleva trabajando años sobre las conciencias de lo común se iba a resquebrajar tan solo porque la realidad cambiara? En un mundo de pantallas no sólo la realidad fenece tras de ellas, sino que es sustituida por una nueva que marca cuáles son las formas de pensar aceptables y cuáles no, qué es lo imprescindible y qué lo accesorio, dónde están las salidas y dónde se hallan los precipicios. Jugamos en campo contrario, nuestra portería es más grande, el árbitro está comprado y para colmo, el público del estadio, los que son de los nuestros, o se muestran indiferentes o encima nos silban. Ojalá tuviéramos mármol o granito, pero tan sólo tenemos barro y hacen falta ladrillos.

Porque este artículo sí va de eso, de cómo lo crítico con lo existente (fíjense que posmodernamente disciplinado me he vuelto que ni siquiera digo izquierda) ha de asumir de una vez por todas que la lucha será cultural o no será. Que no es posible nada (ni ganar elecciones, ni parar desahucios, ni llenar las calles defendiendo las conquistas populares) mientras que seamos tan pocos. Y que desde luego no vamos a ser más cuando, en vez de aplicar la seducción, explicitamos nuestra decepción; cuando en vez de persuasión utilizamos sermones; cuando pretendemos ser atractivos siendo incomprensibles o diciendo justo lo que la gente quiere oír.



Doctor Who - Andrew Cartmel - 1988

La lucha cultural no es escribir libros, hacer películas o componer canciones -que también-. La lucha cultural es todo aquello que desmonta el entramado no ya que justifica el actual estado de las cosas, sino, mucho peor, que hace parecer que nunca nada diferente va a pasar, que las cosas sólo pueden ser de una manera concreta, que establece el totalitarismo capitalista de la unidad de destino consumado.

Y es tan importante porque es lo que variará el límite en el que los sucesos empiezan a dejar de ser soportables para la gente. Si la plaza está vacía por la detención de unos anarquistas (los ángeles puros son pesados a veces, pero hay que reconocer que son los que más se la juegan); si la mani contra la ley represiva es menos numerosa de lo esperado; o si simplemente lo electoral falla, no es tan sólo por una cuestión comunicativa, ideológica u organizativa, Es sobre todo por el concepto de soportable, que hace que tú, querido lector, grites a la tele bajo la mirada alucinada de tus familiares.

Si nuestra actividad política resulta tan inane en la mayoría de los casos es porque apenas dedicamos tiempo a socavar las bases culturales de entendimiento de la realidad.

Claro que tenemos razón, ¡maldita sea!, claro que encontramos nuevas formas de expresarnos y organizarnos ¿y qué?

Mientras seamos incapaces de romper el aislamiento de lo político del resto de las esferas de la vida, la vida será inmune a nuestra política.

Si lo político, lo ideológico, queda aislado a un momento (unas elecciones, una manifestación, un conflicto laboral) no seremos más que un momento en la vida de la gente.

Si lo ideológico se expresa tan sólo a través del lenguaje de la política, la política carecerá del lenguaje que le permita acercarse a la vida. Y así ad infinitum.

Debemos empezar esta batalla mañana mismo. Sólo seguiremos yendo tarde mientras no nos pongamos a ello. Aún estamos a tiempo de demostrar que en la vida de la gente pueden pasar cosas, que el sopor de lo aceptado no es lo único admisible, que lo cotidiano es mucho más que dejarse hacer, que el futuro no es un destino consumado.

Que la política, como el amor, es más fuerte cuanto más se usa.