miércoles, 25 de marzo de 2015

Cuando las farolas iluminan la nada

Brassaï

Ahora, cuando las farolas iluminan la nada, las calles cesan y tu respiración se oye más cerca, ahora es el momento de empezar a escribir.

Sin pretender encontrar las llaves sobre la mesa ni los puntos olvidados que marcamos en el mapa, sin mirar tus botas de amazona sin caballo, sin ver el pez que nada en tu cuerpo. Sólo mirando por la ventana de cristales húmedos por la noche fría de los últimos días del invierno.

Los semáforos cambian en la distancia sus colores incomprensibles para mis ojos equivocados, las escaleras del metro se hallan detenidas y los pasos de cebra, inútiles, pastan en el asfalto. Todo detenido, como al verte.

Llega el ligero rumor del disipador que intenta aligerar la carga de temperatura de un ordenador que se resiste a morir, al que le piden mucho más de lo que puede dar. Un objeto gastado y viejo; y sin embargo tan útil. Con él he vivido mis grandes batallas, mis más oscuros trayectos; en él he escrito sobre el mundo que se derrumbaba a mi alrededor.

No es posible manejar ecuaciones de tal tamaño, con tantos factores, variables y cifras que bailan en mi cabeza como muñecas mecánicas rusas de precisos engranajes. No es posible porque en su danza se esconde lo único bueno que tiene una existencia por lo demás demasiado gris, esa pirueta que lo altera todo entre un océano embravecido y tazones de vino blanco.

Te he cartografiado sin que me vieras, como un explorador de anchos bigotes haría con un selva impenetrable. He visto tus constelaciones, he paseado por los accidentes más recónditos y azotados por el viento. He visitado también aquellos trópicos donde podría dormir durante horas, esperando a tus narraciones precisas de lo que ibas soñando.

Resulta extraño experimentar tales sacudidas cuando pensabas que la superficie de la luna era un lugar sin vida, yermo, polvoriento. Que en la cara oculta en la que aterrizaste no había más que sombra y frío y ruptura de las comunicaciones. Pero las ondas, aún a centenares de miles de kilómetros, encuentran siempre un camino por donde llegar.

Un gato cruza corriendo el parque -y aquí nos detenemos- mientras bebo un vaso de agua turbia y recuerdo los bares de los que salimos tambaleantes, como un ejército en retirada, huyendo demasiado a prisa. Yo, sinceramente, estaba fingiendo mi borrachera, pero practico la educación chejoviana, aquella que marca que lo mejor ante la sal derramada en la mesa -o el café, quién sabe- es apartar la mirada y hacer como que no se ha visto.

Yo me tambaleaba por otras cosas, ninguna de ellas recomendable, cuando lo que se quiere es escalar montañas sin apenas oxígeno y el pantalón de tweed sin ninguna arruga. Carecía de crampones, piolet y arneses, carecía de cualquier equipo, sabía que aquella cumbre sería imposible de alcanzar. Pero un montañero, aún vestido de astronauta, no se rinde nunca.

Tambalearse y temblar por estar junto a alguien es de los pocos derechos inalienables que las cartas de navegación de la diplomacia no recogen. Como el bien y el mal, tan claros en su fértil resultado, como una pistola plateada llevando a cabo el acto más surrealista, el gesto más radical: ese que aniquila fantasmas inocentes y criaturas culpables, sin distinguir unos de otras, como el mundo no distingue ya pecado de salvación.

Quizá sea eso. Quizá no sea más que la huida de los refugiados de la normalidad, con lo poco que pudieron salvar de ese espacio que nunca existió, de esas vidas que nunca tuvieron. Lo encontraron fácil para buscar aliados en una carretera polvorienta y llena de baches, con indicaciones fallidas y brújulas estropeadas.

Si es así, poco de lo demás importa. Los raros no somos pocos, aunque seamos raros y todo tan sólo habrá sido una sombra difusa que se perderá entre la replicante luz de las antorchas.

Si no, si todo lo demás tiene algún sentido -a pesar de la ausencia de piedra Rosetta desde que se rompió en las últimas inundaciones de significado- no me pidas que vaya hacia las regiones septentrionales donde la aurora boreal de neón será el único sitio donde pueda ver de nuevo el verde.

Yo perderé la tormenta en que perderme, y tú la historia que imaginaste, aunque sólo fuera brevemente, en ese tiempo en que unas puertas se cierran, en ese instante en que una bombilla se funde, en ese segundo en que la gota se transforma en copo, ahí, entonces, cuando todo se da por sentado pero todo puede estar aún por ocurrir.