viernes, 16 de enero de 2015

Una historia personal sobre nuestro Madrid


Una ciudad no es un ente geográfico, no es un trazado en un mapa, no es una marca que vender, no es una oportunidad de hacer negocio. No es sólo eso. O lo es, pero no debería serlo.

Las ciudades se sitúan en algún punto, se describen en mapas, son conocidas en el mundo por su identidad y, a menudo, se especializan en tal o cual transformación del trabajo en beneficio (privado). Es cierto.

Pero las ciudades si existen, si pueden ser dibujadas, si tienen una personalidad o en ellas se crea riqueza es, fundamentalmente, por la gente que vive en ellas. Con las ciudades pasa lo mismo que con los países: los de arriba, los que mandan (en nuestro caso como torpes matones de recreo) confunden el todo con su parte. Confunden; a propósito.

Madrid no es el oligarca que mira la extensión de casas y casas hasta el horizonte desde su despacho acristalado, elevado centenares de metros, metáfora arquitectónica cuyo objetivo es definir a quien lo ocupa. Madrid no es el temeroso individuo que cree tener algo (algo material, algo que guardar en una caja de caudales) y mira al tipo que le limpia la luna de su coche en el semáforo -con más intención que fortuna- con esa mezcla entre asco y temblor. Madrid no es el ignorante que escruta a su vecino extranjero con una lupa para sacarle los defectos que apenas notaría en sí mismo. Madrid no es el casero que sube los precios, o el especulador que amaña tal concurso en una cafetería de lunas tintadas y sofás de cuero, tan propia de aquella época donde se daban golpes de estado. Madrid no es la carga de porrazos en la manifestación, no es la huida del joven que pierde el norte en la madrugada, no es la mujer que se muere de frío buscando la mirada del cliente al que satisfacer. Madrid no es entrar al metro y, que cada mañana -esto no es poesía-, te preguntes qué mal has hecho para que tus inicios cotidianos sean tan poco humanos, tan hacinados, tan sinceros -en el fondo- con tu condición social.

O sí. Quizá sí lo sea. Quizá el primer paso para empezar a cambiar algo es saber que desde hace mucho no hay de Madrid al cielo, sino de Madrid al suelo. A un suelo de calles demasiado sucias, demasiado hostiles, demasiado sombrías -incluso en agosto a pleno sol-.

Porque es mejor aceptar que esta ciudad lleva mucho tiempo mirando de reojo al desastre, porque es mejor aceptar para asumir que algo tenemos que hacer. Hacer entre todas.

Esta ciudad -no nos olvidemos, la gente que vive en ella- no es, ni ha sido nunca, amiga de la abnegación.

Galdós, en La Fontana de Oro, en 1870, hablaba del Madrid del Trienio Liberal y de su momento inmediatamente anterior, describía -como un situacionista aficionado al cocido- qué es el espectáculo y qué la vida:

"Se alzaban arcos del triunfo y se tendían colgaduras de Damasco, salían a la calle las comunidades y las cofradías con los pendones al frente, y en todas las esquinas se ponían escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza estampaba sus versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el pueblo no se manifestaba sino como un convidado más, añadido a la lista de alcaldes, gentileshombres, frailes y generales; no era otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y señaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como tal el papel que la etiqueta le prescribía. Las cosas pasaron de distinta manera en el periodo del 20 al 23, en que ocurrieron los sucesos que aquí referimos. Entonces la ceremonia no existía: el pueblo se manifestaba diariamente, sin previa designación de puestos impresa en la Gaceta; y, sin necesidad de arcos, ni oriflamas, ni banderas, ni escudos, ponían en movimiento a la Villa entera; hacía de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamó el Deseado, por una burla de la Historia, y solía agruparse con sordo rumor junto a las puertas de Palacio, de la Casa de la Villa o de la iglesia de Doña María de Aragón, donde las cortes estaban."

Repitamos: “hacía de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamó el Deseado”.

A los madrileños, y las madrileñas, nunca nos ha gustado ser espectadores pasivos, elementos del decorado, unidades de producción, números en las mezquinos cálculos de un burócrata soldado a su sillón de cuero.

Siempre nos ha gustado ser los protagonistas de nuestras calles, vivir -y dar vida- a nuestras plazas, llenar las avenidas con nuestras voces y deseos. Construir la ciudad, no sólo poniendo los ladrillos, sino con nuestras esperanzas.

En Madrid, nuestra heroína, nuestra historia, nos ha sido usurpada. Manuela Malasaña y el Dos de Mayo son hoy -parece- propiedad de los que entienden la ciudad como un recipiente que encarcele a las trabajadoras, de los que buscan que esta ciudad sea un dispositivo de cama, trabajo y televisión. Manuela era una cría de quince años, de cabellera de fuego y manos hábiles de costurera experta. Manuela es la chica que dobla camisetas en la Gran Vía por cuatro duros; Manuela es la cajera que cobra -hora tras hora, día tras día- nuestra compra sin que miremos sus ojos tristes; Manuela es el chaval que atiende ochenta mesas a la vez y encima te pone la caña con una sonrisa. Manuela no quería que le dijeran qué era lo que tenía que hacer, ante qué himno cuadrarse o ante qué hombre dejarse avasallar por el mero hecho de ser mujer. Y sí, de aquella fueron los franceses, pero podían haber sido, y de sobra hoy lo son, los que presumen de patria cuando sólo atienden a la bandera del dinero.

Contraponemos. Ellos y nosotros. Los salones suntuosos de los clubs privados -mármoles fríos, atmósfera cargada- a la gozosa celebración de la vida que es la verbena. Necesitamos el trabajo para vivir, pero en esta ciudad sabemos que la vida no puede ser sólo trabajar.

Y contraponemos no por crear un conflicto, por buscar una división, por trazar una frontera. Contraponemos porque somos honrados ante la realidad, observamos lo que hay, no negamos la triste verdad: que esta ciudad lleva años disgregándose y tratando a sus vecinos de desigual forma, dependiendo de las cifras de la cuenta en el banco.

Yo vivo en Madrid. Yo viví, siendo apenas un crío, aquel Rastro de Bajarse al Moro, aquel Lavapiés de la Movida, aquella ciudad que se desperezaba tras tanto tiempo de silencio (genial novela de Luis Martín Santos, como sabréis, del Madrid del frío, del vino aguado y de los susurros temerosos en esquinas). Viví con mi abuela, una mujer de Jaén que emigró a esta ciudad para, llanamente, que sus hermanos pudieran tener algo que comer. Como las miles de personas que vinieron a nuestras calles de destinos tan lejanos con el mismo objetivo, dar una oportunidad a los suyos. Con lo de que “es madrileño quien vive en Madrid”, poca broma, nosotras no olvidamos de dónde venimos.

Pero Madrid es algo más que una ciudad. Yo, además de esa primera infancia, acabé aterrizando en ese brumoso lugar que en aquel momento era poco más que un desbarajuste lleno de barro: la zona sur.


Un día, hablando con un colega de Leganés (en la sede de ese sindicato de Marcelino) me dijo que cuando a los que éramos de la peri nos preguntaban por ahí fuera que dónde vivíamos, respondíamos que en Madrid. Todos menos ellos. Que los de Leganés pasaban de absorciones, que para eso tenían un idioma propio (el pepinero) y un equipo que siempre estaba a punto de subir a segunda. Y decidí copiarle, qué menos.

Sobre todo porque llegó un momento -ese que coincide con empezar a trabajar- en el que comprendí, que si en Fuenlabrada había tanto paro, o la mayoría de mis amigos pasaban de ir a la universidad, no era porque fuéramos peores, más tontos o menos ambiciosos. Sino que quizá en esa carrera en la que los que mandan han convertido la vida, los de Fuenlabrada, salíamos desde más atrás y con una pierna atada a la rodilla.

Recuerdo mi barrio y mi infancia. En Fuenla no hubo movida. Estaba eso que sale en las películas cuando los directores de cine bienintencionados -pero con una procedencia muy diferente de donde ruedan- tienen a bien fijarse en nosotros: los pisos feos, los descampados, los yonkis en los matorrales, los bares con hombres cansados, los mercados con mujeres abnegadas e, incluso, el número de la cabra -una lluvia de pesetas a aquellos gitanos-.

Unos gitanos que hacían lo mismo que nuestros padres, trabajar en lo que podían para sacarnos adelante (nuestras madres también trabajaban, y mucho, pero nadie se lo pagaba). Padres que cruzaban el barro para ir a coger un cercanías viejo y gastado, padres que no eran más que chavales de veintitantos -mucho más jóvenes que los treintañeros a la deriva de estos días- para que sus hijos vivieran mejor de lo que habían vivido ellos. Padres, y madres, que aceptaron aquel pacto llamado transición, que creyeron que era mejor tragar con su miseria porque, así se lo aseguraron, sus hijos tendrían un futuro mucho mejor que el suyo. Y el tipo que ponía ladrillos, o el que apretaba las tuercas en la cadena de montaje, se imaginó a su niño periodista, o a su niña doctora, y aquello les hizo seguir adelante.

Claro, que hoy en día, sabemos que las cosas no fueron así del todo.

A lo mejor en Fuenlabrada (cada uno de la peri tendremos nuestro nombre) éramos menos sofisticados que esos de esa ciudad distante apenas 30km. Pero teníamos un par de cosas que nos hicieron (de verdad por unos años lo fuimos) grandes. Lo primero carecíamos de tradiciones, llegamos todos a la vez, de sitios muy diversos y costumbres quizá diferentes. Por eso supimos que allí nadie tenía derecho a nada más que el vecino, viniera de donde viniera. Y lo segundo, nos hicieron las casas tan iguales, nos ofrecieron unos coches tan parecidos y una ropa tan similar, que no era difícil entender que, seguramente, si tocaban a uno nos tocaban a todos. Por eso los vecinos cortaban carreteras para conseguir los hospitales o las vías para que pusieran nuevos trenes. Porque sabían, a pesar de no haberlo leído en ningún libro, que la única forma de mejorar su vida era mejorar la de todos. Y yo me siento orgulloso de aquellos años, orgulloso de salir del cole e ir con mis amigos y nuestras madres, frente al Ayuntamiento, a reclamar “un colegio que no se le caiga el techo”.

Quizá todo aquello se olvidó entre el turbio brillo del dinero -ese que había que devolver-, quizá todo aquello se esfumó con la promesa del cuatro por cuatro, el chalet adosado y las vacaciones en la Riviera Maya. Lo que sí sé -y ahí soy intransigente- es que no vivimos por encima de nuestras posibilidades. Vivimos en las posibilidades que nos ofrecían, en la fantasía de horizonte -esa que por mucho que se ande siempre se aleja- de que había un lugar donde llegar. No fuimos más tontos, sólo dejamos que nos quitaran nuestros sueños, y cambiamos la dignidad y libertad por cuatro objetos relucientes que anunciaban en la tele.

He vuelto en estos cinco últimos años muchas veces a mi barrio. Y la mayoría, detras de comer con tus padres, hablábamos de lo que pasaba a nuestro alrededor. Pero no de Draghi, Goldman Sachs o la Troika. Sino de que al vecino le habían echado del trabajo con cincuenta y tantos, de que cada vez se veía a más gente buscar en la basura al cerrar el mercado, de cómo los carteles de “se vende” se desteñían al sol y los coches -demasiado alemanes para aquel barrio- quedaban parados porque no había sitio a donde ir, porque al final, nosotros no tenemos un lugar donde escapar.

Y os puedo asegurar algo: no se lo merecen. Lo primero porque ellos no eligieron el destino del tren en el que les habían montado a la fuerza (a la fuerza con promesas). Lo segundo porque son demasiada buena gente para tener que haber soportado tanta inmundicia. No idealizo los barrios. Quien viene de uno sabe que allí también suceden cosas malas. Sobre todo cuando la ética del “todos estámos en el mismo barco” fue sustituida por el “sálvese quien pueda”. Pero a pesar de todo son buena gente, son de los míos, de los nuestros. Son esa gente que sale en las telecomedias dando voces, esos personajes que a Blesa le hacían tanta gracia. Como gracia hacen los monos del zoo cuando les tiramos cacahuetes. Y sí, quizá hablemos más alto y sustituyamos la s por la j. Pero yo he visto a mis vecinos estar ahí cuando hacía falta, no dejar a nadie atrás nunca, ser ese desconocido que se acaba convirtiendo en tu familia.

De hecho nadie se merece lo que nos ha pasado. Ni en Fuenla, ni en Móstoles ni en Getafe. Ni en Vallekas o Carabanchel. Ni en San Blas o la Prospe. Nadie se merece estar en manos de la codicia, la desvergüenza y la ética de casino. Nadie se merece ser gobernado por el capricho, la impudicia y la inutilidad. Madrid no se merece lo que le ha pasado.

Necesitamos a buenos gobernantes. Y eso significa gente que sepa hacer su trabajo. Pero no sólo. La gestión nunca es neutra, las formas de hacer las cosas, el camino que se elige, lo marca la ideología. Y sí, no es momento de exagerar unas banderas que se han usado -demasiadas veces- como parapeto justificador del cinismo. Sino de asumir que necesitamos a unos gobernantes que sepan mandar obedeciendo, que sean la virtud republicana, cuyo principal baluarte consista en que el interés de muchos prevalece siempre sobre el beneficio de unos pocos.

Un alcalde y una presidenta de comunidad no pueden obrar milagros, no pueden obviar la gigantesca hipoteca que nos ahoga ni enfrentarse al mundo entero (ergo, ese mundo que cabe en Wall St.) Pero sí pueden ser el vendaje que detenga la hemorragia. Si pueden ser el aire que nos falta mientras que, tumbados en la lona, luchamos por respirar. Si pueden ser el ejemplo, de que los sueños, no se anuncian por la tele, se consiguen en las calles.

Una victoria electoral que acabe con tantos años tristes y herméticos puede ser eso que a los madrileños nos demuestre que la calle más olvidada, pobre y sucia de esta ciudad, tiene tanto derecho a existir, y decidir su camino, como la propia Wall St.

La batalla es dura, los enemigos poderosos y los objetivos lejanos. Pero, si lo sabemos explicar, tendremos detrás a millones de madrileñas y madrileños, enseñando al resto del país, demostrando al mundo, qué es tomar las riendas de su propio destino.

Sonreímos aún perdiendo muchas veces; imaginad que ganamos…


Daniel Bernabé, noviembre 2014, Malasaña, Madrid.