viernes, 18 de diciembre de 2015

Por qué voy a votar a Alberto Garzón


Una de mis películas favoritas es La soledad del corredor de fondo, basada en un cuento del escritor británico Alan Sillitoe. A grandes rasgos es la historia de un chaval de clase obrera en la Inglaterra de finales de los cincuenta, un país, un momento, donde todo lo que por siglos había parecido inmutable se empezaba a resquebrajar. Si hay algo que me impresiona en ella, o si las veces que la he visto he podido aprender algo, es que, aún teniéndolo todo en contra merece la pena dar el siguiente paso.

En este texto yo no les voy a pedir el voto para Garzón. Lo primero porque no soy nadie para decirles lo que tienen que hacer. Lo segundo porque tampoco sacralizo el voto. No les voy a engañar: creo que se ha apoderado de casi todos una visión neoliberal de la política donde lo electoral se ha convertido en algo muy parecido a ir al centro comercial de compras, una especie de paseo caprichoso donde esperamos que nos seduzcan, que nos hagan sentir importantes y necesarios. Y lo de votar no iba de esto. Votar es una herramienta y un momento, nada más. Lo que ocurre es que, a veces, es una herramienta y un momento muy importante, sobre todo cuando cerramos una etapa en que nuestra vida cotidiana se ha convertido en un campo de batalla. Si después del domingo piensan que ya está todo hecho es que quizá no han entendido del todo bien qué significa la democracia.

Por otro lado no es que crea que mi opinión respecto a qué hacer el domingo sea especialmente relevante. Lo que sí creo es que explicar cuáles son mis motivos puede ser útil frente a todos esos argumentos que, con la excusa de la campaña, deterioran aún más nuestro pensamiento político.

De hecho, para empezar, el título de este artículo forma también parte de ese deterioro del que les hablo. Yo no voy a votar a Alberto Garzón, voy a votar a una organización política y, más aún, voy a votar por unas ideas. Quiero decir, Alberto Garzón me parece un buen tipo, pero me parece aún mejor lo que defiende y, aún mejor, que lo haga organizadamente junto a otras personas que piensan parecido a él. Esto, lo de votar, o lo de organizarse políticamente, no implica un acuerdo matrimonial ni exige un reflejo puro de quiénes somos (o creemos ser) sino entender la utilidad de lo común, de que tus necesidades, intereses y problemas son compartidos, al igual que sus respuestas, por otra mucha gente, sobre todo en un mundo donde unos pocos acumulan tal capacidad de imponer sus decisiones. Por eso, cuando a veces les veo exagerar los detalles que no les gustan, percibo más una individualidad narcisista que una visión lógica del asunto. A los que no tenemos nada nos sale muy caro jugar a sibaritas de lo político.

Yo aquí no les voy a hablar del programa de IU-UP, les entiendo lo suficientemente capaces para haberlo buscado. Además, insisto, me parece hasta insultante que esto de votar se plantee como, pongamos, la compra de un coche, donde después de seleccionar varios modelos vamos comparando en unas tablitas las características de cada uno. Igual que con algunos fabricantes de coches les debería resultar obvio, después de estos cuatro años, que algunos programas no son más que la treta publicitaria para ocultar lo que algunos partidos son. Para mí es más útil hacer el ejercicio de ver qué ha pasado en esta última legislatura, de comprobar, con los hechos, dónde y con quién ha estado cada uno. Y aquí, Alberto Garzón, el tipo que se atrevió a decirle a Mario Draghi lo que era, esto es, un secuaz de los poderes económicos, tiene todas las de ganar.

Porque estos últimos cuatro años no han sido sólo un festival de sacrificios y recortes donde la clase trabajadora ha pagado todos los platos rotos de la codicia de los de arriba, ha sido, sobre todo, la constatación de que la democracia, tal y como está planteada, es una cuestión secundaria, un trámite procedimental incompatible con los privilegios y necesidades del sistema económico capitalista. Y ahí, Garzón, ha sido implacable, denunciando las tropelías concretas, explicando la situación general y planteando alternativas inmediatas y viables.

Y ese es el principal valor de Alberto Garzón y el proyecto que defiende. En un mundo donde incluso parte de la izquierda lo cede todo a la estrategia, él lo hace a la pedagogía. Vivimos un momento muy extraño donde la táctica se ha mitificado de tal forma que se pretende que, incluso, pueda sustituir a la ideología (convirtiéndose, paradójicamente, en una ideología en sí misma). Donde se plantea una falsa dicotomía entre fondo y forma, haciéndonos creer que es imposible decir lo que piensas y hacerte entender. El problema, y no es la primera vez que ocurre, es que al final acabamos actuando como hablamos, y lo que en principio era tan sólo una táctica, una forma de llegar, acaba dando forma a lo que pensamos, sustituyendo al pensamiento original por una copia demasiado cercana a lo establecido, es decir, a lo que el poder espera de nosotros.

Además, minusvalorar la capacidad de la gente (aún de una forma paternalista) lo único a lo que te llevar es a crear unas barreras artificiales. Si queremos que alguien consiga algo no parece la mejor forma de lograrlo pensar de antemano que no está preparado para ello. La gente de este país ha demostrado de largo estos últimos años que está dispuesta a luchar, llenando calles y plazas cada vez que ha hecho falta. Y tras este bagaje es muy triste escuchar a la gente, hablando de sí mismos en tercera persona, imaginando su propia incapacidad. Hablar claro, incluso decir lo que no gusta, no es un signo de arrogancia, es un acto de respeto.

Esto no es una cuestión de pureza, es una cuestión de generosidad. Otras formas de hacer política garantizan votantes, pero no dejar algo en el proceso de buscarlos, es decir, parecen preocuparse únicamente de un momento inmediato, rompiendo categorías de entender la realidad y explicarla que, por ejemplo, nos hacen falta para caracterizar a Ciudadanos, un partido comprometido con el orden existente, pero percibido, gracias a la mentira de la posibilidad de la no ideología y la gestión neutra, como óptimo para el momento actual. Que Garzón opte por la vía de la confrontación ideológica, es decir, contraponer ideas y no espectáculos, es generosidad porque el resultado no busca votantes en sí mismos, sino ciudadanos conscientes de quiénes son y cuáles son sus intereses propios y comunes.

Cuánto hubiéramos disfrutado, y qué útil hubiera resultado para todos, el que hubiera sido el debate de esta campaña, el de Garzón contra Rivera.

Obviamente voy a votar a Garzón y IU-UP porque soy una persona de izquierdas, pero sobre todo lo voy a hacer porque creo que es necesario que en la política parlamentaria (sé que en la calle estarán siempre) haya alguien no sólo que defienda los intereses de los de abajo, de las trabajadoras, de los que por desgracia en nuestra vida sólo encontramos un camino de incertidumbres, sino una forma diferente de entender y enfrentarse a la realidad. Una forma que defienda no sólo unos principios, sino la corresponsabilidad de cada uno en su consecución. Yo, qué quieren que les diga, soy de los que creo que no necesitamos salvadores ni mesías, sino el coraje, la fuerza y la inteligencia para ser nosotros mismos quienes alteremos este injusto orden de cosas, yo soy de los que me siento respetado cuando alguien me trata así.

No se trata de quedarse solos, es que solos ya estamos. Solos nos quieren, solos frente a la implacable virulencia del egoísmo. De lo que se trata es que esa soledad pase a ser una comunidad lúcida, para empezar, con su propia existencia.

Empecé hablando de La soledad del corredor de fondo, de la necesidad, de que aunque todo se alie en tu contra, dar el siguiente paso adelante. Hay algo más, algo que no les desvelaré y que sucede al final de la historia, algo imprevisto y jodidamente glorioso. Algo que nos viene a decir que no debemos hacer lo que se espera de nosotros, cuando quien lo espera no es nuestro amigo, no es como nosotros.

Porque cuando todo, todo aquello que está en alianza para que parezca que todo cambia pero para que nada cambie, te indica, te sugiere, te arrastra a no votar a Garzón algo nos debería indicar que hay que seguir el camino contrario.

Justo el momento para mostrar tu independencia, para mirarles de frente y hacerles notar que contigo no van a poder. Justo el instante de plantarte y golpear al hecho consumado. Justo la ocasión para hacer lo que no esperan de nosotros. Justo la oportunidad que llevábamos tanto tiempo esperando de decirles quiénes somos: esa gente orgullosa, a pesar de todas sus derrotas, que esta vez ya sólo piensa en ganar.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Fiesta del PCE 2015. Cultura de Asalto.

la Chinoise, Godard, 1967
Si pensamos en la relación entre cultura y política, por desgracia, lo primero que suele venir a nuestra cabeza es un grupo de artistas convencionales apoyando con alguna canción de dudoso gusto a un partido más convencional aún. Una manifestación de la concepción de la mercantilización, tanto de la cultura como de la política, propia de una época donde sólo cuenta la inmediatez y lo espectacular.

Pero no siempre ha sido así ni siempre tiene que serlo. En el acto “Cultura de Asalto” que se celebrará en la Fiesta del PCE 2015 (Sábado 19 de 12 a 13:30 en la carpa por la unidad popular Jaime Ballesteros) pretendemos adentrarnos en los vínculos entre cultura y acción política desde una óptica marxista.

A modo de adelanto planteamos aquí algunas de las cuestiones, muchas de ellas tratadas de forma superficial y con cierta dejadez, ya que eso llamado la cultura se suele considerar -incluso desde las posiciones políticas más avanzadas- como parte tan sólo del esparcimiento o en el mejor de los casos un complemento “agradable” a las tareas militantes.

La cultura, nunca se nos debería olvidar, es aquello que hace a nuestro mundo comprensible, la que nos explica como personas y la que ha puesto palabras, imágenes o notas a los sentimientos de rebelión a lo largo de la historia. Pero la cultura también es lo que mantiene el orden establecido antes incluso que las porras y los tanques.

Convendría analizar a la figura del trabajador cultural, esa útil idea que define al creador más allá del enfoque individual, aislado y producto de un alma genial y lo lleva a ser partícipe de un momento y un lugar, siempre en relación dialéctica con su entorno socieconómico.

Qué ha sido de las trabajadoras culturales en un mundo donde los derechos de autor han sido hechos añicos por las nuevas formas de distribución de contenidos ¿Era por contra la pasada configuración industrial óptima para su profesionalización y el desarrollo de mensajes críticos?¿La justificación de la cultura como un fin en sí mismo es justificación también de condiciones laborales pésimas?

Por otro lado, en un entorno donde los creadores tienen muy difícil su profesionalización ¿Quién nos acabará narrando, quién cantará de nosotros en los tiempos oscuros?

Y qué es la Cultura de Asalto, cómo intervenir políticamente en una sociedad que rechaza por sistema los mensajes más nítidamente politizados ¿Sirve o debe servir la cultura para eso?¿Es el artista comprometido necesario, o tan sólo una trampa para reducir al gueto los mensajes espinosos para lo existente?¿Son necesarias las tácticas de significantes vacíos con una acción cultural audaz?

Lo que parece, de momento, es que no se crea hegemonía repitiendo la palabra hegemonía.

Trataremos estas y otras muchas cuestiones, para ello contaremos con:


Daniel Bernabé, escritor.
Eva Fernández, escritora.
Toni Esteban, periodista, bibliotecario
Jorge Diezma, pintor y editor de la revista cultural El Burro.

martes, 21 de julio de 2015

Dexedrinas XVIII



Los pasillos desiertos de las naves espaciales son lugares propicios para escuchar nuestra respiración.
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El insomne, de madrugada, busca sus faros en las luces huidizas de los bloques colindantes.
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Las manos del escritor en retroceso son fusiles que siempre yerran el tiro.
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Una ciudad en verano es como una película de bajo presupuesto.
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Sus temores hacían difícil su vida. Pero hacían vida.
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Una cortina a medio echar nunca revela si es una invitación tímida o una prohibición leve.
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Encontraba sosiego en la observación de los astros; sabía que no podían negarse a actuar cada noche.
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Sintió alivio al ver que como fantasma no atormentaba a nadie, pero también una cierta pena al no ser ni brisa en la memoria.
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Los árboles crecen despacio como silenciosa protesta ante su naturaleza inmóvil.
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Las fotos de la infancia nos recuerdan la belleza que había antes del resultado.
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Un telescopio sin lente se muestra siempre distante.
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Las vacaciones no son el reverso del trabajo, tan sólo su amnesia temporal.
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Sus tardes de domingo se acostumbraron a ser ausencia, olivos y memoria.
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Desde que la conoció no encontraba palabras para describirla. Quizá es que el diccionario se pierde siempre entre las sábanas revueltas.
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Un pequeño gato experto en esgrima y celadas no aumentó su confianza en los felinos, pero sí en quien ofrecía protección a aquella criatura indefensa.

viernes, 3 de julio de 2015

Bosque desolación



Bosque desolación no es un principio, es un resultado, una consecuencia, un epílogo.
Los bosques no nacen con los troncos desnudos por el fuego, con la tierra vuelta fango por las explosiones, con el silencio donde antes había trino.
No hubiera sido tan difícil de evitar.

Primero la desatención, la ausencia con el otro a centímetros, el hastío de conversaciones ya sabidas.
Después la hostilidad, las recriminaciones por la nada, el odio por el vacío.
Por último la huída.

En las guerras entre personas no hay declaración de hostilidades, asesinato del archiduque, invasión súbita de fronteras.
En las guerras entre personas sólo hay desplazamiento de tierras, arenas movedizas, volcanes de lodo.
Y víctimas, como en las otras.

Repito, no hubiera sido tan difícil de evitar.

Hubiera bastado trazar unas líneas mínimas de respeto, haber encerrado las faltas entre gruesas paredes de hormigón, situar antes los pagos que las deudas.
Hubiera bastado con no haber jugado a la arrogancia del que lo sabe todo, con conducir sin tanta velocidad en las curvas, con haber apreciado los pequeños momentos.
Hubiera bastado con tener buena memoria. Memoria buena.

Bosque desolación es lo que queda tras las profecías autocumplidas, esas que nos avisaron mil veces del camino al precipicio.
Bosque desolación es la suma de todas aquellas victorias que suponían dolor en el estómago.
Bosque desolación es lo que se ve en tus ojos tristes.

Y lo conozco demasiado bien para volver siquiera un minuto a él.
Cuesta demasiado quitar el barro de las botas, el tizne de la cara, el ruido atronador de la metralla tornando la carne despojo.
Cuesta demasiado y demasiado poco haberlo destruido.

En el bosque desolación ya nunca crecerá nada.

Por eso no merece la pena un minuto de tu vida, de tu tiempo, pretender piedad para los cuerpos semienterrados que hace mucho dejaron de clamar socorro.
Por eso no se cuenta el tiempo desde que cayó el último soldado sino desde que se disparó la primera bala.
Por eso este no es un sitio donde se pueda descansar,
ni siquiera muerto.

Lo peor de las guerras entre personas es que nunca merecen la pena.
No hay vencedores ni vencidos, sino un tumulto estúpido que mezcla lo excelso con lo miserable hasta hacerlo indistinguible.
Lo peor de estas guerras es que cuestionan la propia paz que las precedió.

Decíamos que bosque desolación no era un principio, sino un resultado, una consecuencia, un epílogo.
También decimos que bosque desolación es un aviso, una cicatriz, una marca de fuego indeleble.
Una inteligencia de lo ya mal hecho.
Un sitio de donde conviene partir.

martes, 2 de junio de 2015

Literal. Fira d’idees & llibres radicals.


Este último fin de semana ha tenido lugar en Barcelona Literal, la feria de libros e ideas radicales. A lo largo de tres días se dieron cita en el Ateneu Harmonía decenas de editoriales, autores, activistas y pensadores englobados en algo que podríamos llamar crítica a la imposición de lo existente, con la intención de impulsar y promover la cultura que se enfrenta al poder dominante.

Es de agradecer, y celebrar, la ruptura ya más que clara del camino seguido por la producción cultural únicamente interesada en el beneficio, el escapismo y la reproducción de ideas afines a lo aceptado. Encuentros como Literal demuestran que la antes trinchera resistente de lo crítico ha dado el salto hacia un ámbito fuera de sus fronteras tradicionales.

Tuve la suerte de formar parte de este evento hablando sobre El Buitre, la novela de Gil Scott-Heron editada por Hoja de Lata de la cual escribí el prólogo.

Aquí podéis ver la entrevista que me hizo Catalunya Plural a propósito del libro.

miércoles, 13 de mayo de 2015

El paréntesis de Gutenberg. Un rastreo de una no-noticia.



Una tendencia cobra fuerza en twitter, veo que se trata del nombre Kim Jong-Un, el dictador de Corea del Norte. Leo los titulares de la prensa española que encabezan largos artículos. El del periódico El País dice lo siguiente:

"Seúl asegura que Corea del Norte ha ejecutado a su ministro de defensa"

Tal y como está redactado el titular entendemos, mediante la figura de sustitución del gobierno de un país por el nombre de su capital, que la misma tiene un caracter oficial y firme.

Como ya es habitual el titular no encuentra respaldo en el cuerpo de la noticia, que recoge que la misma procede de una agencia de noticias surcoreana, citando esta a su vez a los servicios de inteligencia de Corea del Sur. El propio redactor reconoce que "en ocasiones aciertan... pero fallaron con el supuesto asesinato de varios miembros de la orquesta Unhasu, en la que trabajó como cantante la actual esposa del líder comunista, Ri Sol-ju, que "resucitaron" un año después."

Parece que la información, hace décadas tratada con esmero, se ha convertido en algo parecido a la quiniela, un juego de azar donde se acierta o se falla. Los medios parecen olvidar que la fuente es, como poco, interesada y parcial. Los servicios de inteligencia de un país que está oficialmente en guerra con otro desde hace medio siglo no deberían ser -a no ser que lo que se quiera es tomar partido de forma descarada- una fuente fiable.

Para mayor gloria de la no-noticia, de la mera especulación, el periódico asegura que el ministro fue ejecutado con un cañón anti-aéreo por el hecho de quedarse dormido en un desfile. La situación, casi de comedia bufa, da pie a miles de chascarrillos y ocurrencias en las redes, ya dispuestas a celebrar con alborozo, como un coro de corral, cualquiera de las astracanadas atribuidas al líder norcoreano.

La no-noticia, una mera especulación interesada, es ya tendencia mundial, sin llegar aún a los informativos de televisión. Es decir, cierta o falsa, será imposible rebatirla por ningún medio. El objetivo está conseguido.

No es pretensión discutir en este texto sobre Corea del Norte. Lo primero porque este país sirve ya de entretenimiento que nos aleja de nuestras miserias cotidianas (estas sí, constatables, pero rara vez tratadas por la prensa y el público con tanta efusividad). Lo segundo porque el debate es imposible al carecer de ningún elemento de juicio fiable (el hermetismo por un lado y el vergonzoso trato caricaturesco por otro lo impiden). Y tercero porque lo que nos interesa es hablar de la información, de cómo una especulación interesada, una no-noticia, pasa en pocas horas de un escueto titular a producir millones de palabras por todo el mundo.

Se impone pues un ejercicio tan sano como sencillo y necesario. Rastrear la noticia sirviéndonos del servicio de noticias de google. Algo que cualquiera puede hacer desde su casa.

Damos con la fuente original de la misma, en la agencia surcoreana Yonhap. Hay tres versiones con sus sucesivas ampliaciones (ampliaciones que por otra parte son una glosa de parrafos que no aportan ningún dato más a la original). La versión en español, la versión en inglés, y el titular que dio comienzo a todo esto.

"(URGENT) S. Korea's spy agency says N. Korea purged its defense chie. 2015/05/13 09:14"

Parece exagerado, insistimos, crear tal ola informativa por algo tan escasamente fiable e informativo. Desconocemos por qué la agencia surcoreana va añadiendo elementos como la ametralladora anti-aérea (lo del cañón debe ser cosa del redactor de El País, le sonaría más efectista) o la somnolencia del fenecido ministro. Recordamos, eso sí, que otras falsas noticias (es decir, vulgares mentiras) sobre ejecuciones de figuras cercanas a Kim Jong-Un siguieron el mismo reguero: el anuncio de su muerte para a continuación pasar a la adición de detalles grotescos al gusto de los "informadores", desde desmembramientos hasta fosos llenos de perros asesinos.

Vamos decididos a dar el último paso. Ir a la propia fuente de la notica, el NIS, los servicios de espionaje del país surcoreano. Suponemos, obviamente, que todos los "periodistas" que han publicado algo en sus medios, han hecho lo mismo. Suponemos que allí habrán tenido acceso a la nota de prensa que tendría que haber dado pie a todo esto. Suponemos, porque, como ya imaginarán, tal nota de prensa o información no existe.

Carecemos de conocimientos en coreano, pero afortunadamente no es difícil utilizar cualquier servicio web que nos hace comprensible al instante esos extraños caracteres. Ni rastro de la noticia.

Es decir, una ola de información mundial por algo, que en el momento de escribir estas líneas, desconocemos si ha llegado a ocurrir, si el señor ministro de la guerra está muerto o tranquilamente en su casa haciendo lo que quiera que haga un ministro de la guerra norcoreano.

Sabemos, eso sí, a ciencia cierta, la bochornosa profesión en que se ha convertido una gran parte del periodismo en grandes medios, en este país y a nivel mundial. Sabemos, a ciencia cierta, la incapacidad del ciudadano medio por discriminar lo cierto de lo que no lo es. Sabemos, a ciencia cierta, que la ingnorancia, antes causada por la lentitud y la falta de información, hoy surge del exceso de ruido y su infinita replicación. Sabemos, a ciencia cierta, que el paréntesis de Gutenberg se ha cerrado a nuestras espaldas.*1


*1(Gracias por la gran frase,

martes, 12 de mayo de 2015

La unidad popular, una defensa descreída.



La Primera Guerra Mundial nunca podrá ser recordada desde la óptica de la épica y el heroísmo. Cuando la sangre, el barro y la metralla se mezclan de tal forma que se hacen indistinguibles no hay retórica capaz de sustentar la mentira de la gloria imperialista, del pedazo de campo extranjero convertido en Inglaterra por el cuerpo del soldado.

Lo cual no quita para que dentro de la terrible hostilidad al humanismo y la razón que supuso aquella confrontación no hubiera en ella hechos, historias e individuos capaces, aún siendo parte del marcador de la muerte, de sacar lo mejor de la vida, de hacernos creer desde el descreimiento en la honradez.

Los gaiteros de las trincheras me parecen el ejemplo palmario de ello. Tipos que daban el salto armados tan solo con su instrumento, que avanzaban entre los gritos, las explosiones y los alambres con la certeza de que lo que hacían, al menos, valía para dar el coraje que librara de la muerte a los soldados.

Eran una verdad que sustentaba una enorme mentira, la de que incluso sirviendo a intereses completamente ajenos a ellos, la tropa, necesitaba de un punto de luz entre tanta oscuridad. Sin los gaiteros -al igual que sin las cartas de las madres o las fotos de las esposas- la guerra hubiera seguido adelante, con la misma barbarie y sin ninguna esperanza. A menudo no elegimos dónde morimos ni por qué lo hacemos, y no por ello caemos al suelo exhaustos de fatalismo.

Cien años después en Europa se ha librado otra guerra. Los obuses han sido sustituidos por trampas financieras, las listas de bajas por cifras de desempleo y Lord Kitchener por un experto televisivo que esta vez, también, nos decía que todo iba a ir bien. Y como de aquella “si alguien pregunta por qué acabamos muertos, dale sólo un motivo: nuestros padres mintieron”.

Esta guerra la estamos perdiendo nosotros, la clase trabajadora. No hay ni dudas ni paños calientes cuando las cifras de damnificados se parecen a los de un gran choque bélico. No hay duda para quien sepa tener la mirada atenta a lo que nos ha ocurrido: los grandes poderes económicos nos han machacado, a nosotros y a la simple idea de democracia, derechos o futuro.

Una de las diferencias entre una guerra y la lucha de clases es que la primera tiene fecha de finalización e inicio, declaración de hostilidades y capitulación. La segunda, por su naturaleza, es parte y consecuencia del propio sistema económico, por lo que a los ganadores habituales de la misma les acompaña la tragedia de Sísifo, nunca pueden ganarla del todo. Obtienen victorias que se plasman en todas las canalladas que acompañan nuestra existencia como unidades de producción a las que alimentar y entretener, y así mismo, cuanto más batallas se apuntan en su cuenta de resultados, más desequilibran el estado de las cosas hacia el odio.

Por desgracia los hechos no siempre se perciben como ocurren, ni siempre el odio surge ni surge certero. Por desgracia carecemos de buenos planes de batalla, generales expertos y trincheras con material suficiente.

En el ciclo imaginario o narrativo que nos ocupa, nuestra batalla pudo empezar en 2008, con la caída de ese casino de la economía etérea llamado Goldman Sachs. Aunque seguramente el punto de partida, la declaración de guerra, sea personal para cada uno de nosotros: sentirnos impotentes para pagar la casa, esperar estoicos con nuestro número en la mano en ese apartadero llamado desempleo, ver llorar a un amigo o vernos llorar nosotros en el espejo del baño, en silencio.

El fin de esta enésima batalla, de este ciclo, antes de que la roca ascienda y vuelva a caer de nuevo, es también imaginario -como lo son las horas o cualquier otra convención que utilizamos a menudo- y podríamos situarlo, esta vez sí, para todos, en las elecciones municipales, autonómicas y generales de este año.

En estas elecciones no se van a elegir alcaldes o presidentes, no se van a dar apoyos a programas políticos o mentiras relucientes. Estas elecciones van a ser un plebiscito que marcará nuestro devenir de forma muy importante: o elegir entre los bandidos que aprobaron el 135 o entre quien puede ser el paño que detenga nuestra hemorragia; entre las fuerzas políticas que mantendrán todo como hasta ahora o las que pueden servir como punto de partida para algo más digno (no doy nombres ya que a mis lectoras les supongo gente instruida y sin alteraciones cognitivas).

Sin embargo, además, estas elecciones tienen otro elemento novedoso y recuperado desde nuestra historia encima del tablero político: las candidaturas de unidad popular.


Yo soy escéptico respecto a ellas, diría mejor que alguna de las formas que han tomado no me gustan nada. Pero necesito defenderlas. Desde el descreimiento.

Como defiendo por otro lado la participación electoral. A veces no encuentro mayor mitificación de las elecciones que quienes predican el abstencionismo. Para muchos votar es poco más que un intento -uno más- de alterar lo establecido, de escribir fuera de los márgenes que se esperan, aunque sean unas pocas palabras. No creo en el sistema electoral tal y como está planteado mucho más que en ver salir el sol por el oeste, y sé, que por sí solo, el poder político transformador tiende a cero si no se acompaña de movilización constante, instrucción ciudadana y amordazamiento de la bestia económica. Lo cual no implica que el dinero de unos presupuestos, determinadas leyes positivas, inmediatas y factibles o la aplicación de algunas ya existentes y olvidadas, sean tareas que requieran de mi voto y a las que mi falta de entusiasmo les importe poco.

Además hay algo más, derrotar al enemigo puede suponer que la batalla tenga un resultado muy diferente al esperado, puede ser la pequeña luz entre tanta sombra, la constatación de que cuando nos movemos juntos podemos obtener resultados. Y eso es algo que olvidamos fácilmente (y que nos hace mucha falta).

Salir a las plazas el 15m no dio resultados aparentes inmediatos, en unos años hemos visto, sin embargo, desarrollarse todo tipo de iniciativas para paliar el desastre, organizadas desde abajo y por los de abajo. Y por parciales no las descartamos. El continuar esta labor en las instituciones puede ser una forma de profundizar en ellas. Puede serlo.

Y creo que la forma mejor que el momento requiere es la unidad popular. No se trata de un deseo o una inclinación personal (y creo que esto es algo que muchos no han entendido) sino de hacer de la necesidad virtud.

No nos hagamos trampas al solitario. Si hubiera una opción política en el campo de lo crítico con lo existente capaz de, por sí misma, alterar de forma sustancial el panorama, las candidaturas no hubieran surgido.

Les seré sinceros (ya que esta es una cualidad que por ese eufemismo llamado táctica escasea en la política), lo que a mí me gustaría sería que el Partido Comunista arrasara por sí solo en las elecciones. Me gustaría prescindir de estrategias que no me son gratas, no tener que aguantar ideas entre lo voluntarioso y lo infantil, ni ver en las listas a personas que no han explicado convenientemente cambios ideológicos demasiado bruscos y demasiado precipitados (en tiempos de escasez debemos, al menos, ser estéticos a la hora del oportunismo). Esto es lo que me gustaría.

Pero, una vez más, la política, nuestra política (el arte de alterar lo establecido) no consiste en gustos ni deseos, sino en realidades. Y la realidad es que el Partido Comunista, por sí solo, no tiene capacidad de ganar unas elecciones (el debate de por qué y cómo solucionarlo no es lo que ahora nos ocupa en estas líneas).

No estamos hablando aquí de hacer una revolución, estamos hablando de ganar ayuntamientos. Y para esa tarea, casi artesanal (y no tanto artística como decíamos antes) lo que necesitamos son buenas herramientas, no embanderamientos hipócritas que lo único que pretenden es salvar a los aparatos que las agitan (bastante patética e impotentemente, por otra parte).

En la unidad popular ha sobrado cálculo y ha faltado generosidad, ha primado el tacticismo sobre las tareas esenciales, ha faltado apertura social antes que resituaciones de última hora.

Pero una vez más tenemos las herramientas que hemos podido construir, las trincheras excavadas a prisa por una urgente necesidad de detener la hemorragia social que nos está (literalmente) matando.

No sé si recuerdan a los gaiteros, esas figuras que nos hacían creer que podíamos tomar la trinchera de enfrente, que nos hacían correr más rápido y calar la bayoneta con más convencimiento. La unidad popular, nuestra unidad popular hoy, no es más que eso: lo que nos puede hacer creer desde el descreimiento en la honradez y la victoria. Y no es poco.

Esta batalla aún no ha acabado. La guerra continuará tras de ella. A veces nos hacen falta verdades simples que nos hagan seguir adelante, que nos sirvan de referencia entre las explosiones, el lodo y la destrucción. Y la verdad, por muy simple y voluntariosa que sea, de que cuando estamos juntos podemos hacer cualquier cosa, es algo en lo que me hace falta creer.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Un duro invierno


Empieza despacio, como un rumor apenas audible en las faldas de la montaña. Un estruendo al poco, un sonido inválido que nos aturde justo lo que dura la caída de la gota desde el frontispicio. Tenemos sed de victorias, casi tanto como el asesinato que se produce al tratar de poner coherencia en un momento vital que transcurre entre la angustia de los lirios rojos y los cipreses de cementerio secos como losas de granito un día de agosto en un pueblo de la Mancha. No podemos esperar ninguna piedad de la vida, de nuestros enemigos, del tiempo, de la suerte , del amor, de la piedad misma. No podemos pensar que las cosas van a suceder al ritmo que marcan los engranajes de esa máquina rota que tenemos sobre la mesilla y que una vez sirvió para medir los latidos del corazón de la Osa Mayor que nos mira desde la pared longitudinal de nuestra casa de cuando éramos críos. Las ventanas tienen vaho por el efecto de nuestras respiraciones agitadas tras contemplar los mil soles que se consumen en el paso de un sólo día, tras ver, por unos segundos, como las estrellas son sólo el engaño que el cielo nocturno ofrece a los románticos sin remisión. Dubhe, Merac, Pekda, Megrez, Alioth, Mizar y Alcor y Altair son sólo nombres que suenan a desierto y a arena y a tiendas bereberes y a té cocido en una jarra de latón que apenas se sostiene ya en su mango corroído por el tiempo y la desesperanza. Esperad un rato más, aún hay demasiado por sacar, como esos cajones llenos de juguetes que utilizaban nuestras vecinas para guardar tesoros indescriptibles que ya nunca volveremos a ver ni aunque los tuviéramos delante de los ojos. Es precisamente eso, la cercanía de las metas lo que nos arrebata el estudio de la aventura, el estudio en escarlata, los almacenes donde sólo guardamos ya esos objetos cargados de valor que pueden ser manipulados por manos expertas de hombre sabio que fallece y deja una nota de despedida pegada a un acuario con una luz muy azul, burbujas tranquilizadoras en una noche de casi marzo, donde los coches de la carretera de circunvalación, aún lejanos, no dejan de pasar, de emitir un ruido de goma contra asfalto, de rodar imprescindible para que todo pueda seguir un día más girando con normalidad.

27/02/2015

lunes, 4 de mayo de 2015

En el peor de los mundos posibles

La balsa de la medusa - Théodore Géricault - 1818

En el peor de los mundos posibles, Esperanza Aguirre, siempre estaría un paso más allá. Supongo que cada uno tenemos nuestras némesis personales, nuestros monstruos cotidianos que nos llevan jodiendo media vida, nuestros agujeros negros que impiden siquiera que la luz escape. Y Aguirre es el mío.

Sin embargo esta artículo no va de ella. Ya que, centrar la atención en Aguirre, lo único que haría sería engrandecer una figura, que como las maldiciones o las pesadillas, toma su poder de nuestro miedo, a modo de profecía autocumplida. Aguirre por sí sola no es nada más que una funcionaria avanzada del poder, una herramienta de la que disponen los que realmente mandan para proteger sus intereses.

En el peor de los mundos posibles, Ciudadanos, se convertiría en un partido referente para millones de personas. Un engendro electoral que arrastra todos los lugares comunes más tenebrosos que pueblan el imaginario colectivo: la mentira de la gestión neutra, la falsa dicotomía entre ciudadanía y política o la ideología de la no ideología.

Sin embargo este artículo no va de Ciudadanos. Las carcasas vacías -una apariencia de ecuanimidad esperando a llenarse con la misma savia derechista que el PP- no son nuevas. Si tienen fuerza, además de por una oportuna -y previsible- atención mediática, es por cumplir fielmente para lo que fueron pensadas: dar sensación de cambio cuando no son más que continuidad.

En el peor de los mundos posibles Podemos se derechizaría cada día a pasos agigantados. Una sincera esperanza y un proyecto ilusionante que parece decantarse sin remisión por una de las mayores supersticiones políticas: que la única forma de ganar elecciones es no pareciendo nunca de izquierdas, siendo razonables, ocupando la centralidad del tablero. Ahorrense las explicaciones significantes, por favor. Sé reconocer un error cuando lo veo -igual que una oportunidad- y tengo claro que el camino no pasa por la desesperación de no alterar en absoluto la percepción reinante sobre las cosas.

Sin embargo este artículo no va de Podemos. Sería absurdo no contemplar la conmoción que ha supuesto este proyecto en el último año y medio. Tanto, al menos, como no contemplar el juego de ajedrez del que es parte: uno donde la partida depende demasiado de las decisiones de una dirección muy lejos de lo infalible y de una táctica tan resultadista como efectista y peligrosa. No se trata de no asumir riesgos, se trata de que merezca la pena el resultado para cederlo casi todo.

En el peor de los mundos posibles Izquierda Unida entraría en ese ensimismamiento que padecen los viejos y arruinados nobles: una mirada constante a un pasado glorioso observando unos tapices que hace años fueron subastados. Siendo tan difícil precisar quién es IU -entre la elegante arrogancia de Alberto Garzón y la tristeza de los burócratas que la amordazan- no podemos caer en el error de pensar que existe una IU rupturista y otra acomodaticia. Aún siendo esto cierto, no siempre lo obvio toma cuerpo de verdad si una de las partes carece de los resortes efectivos para llevar sus planes a cabo.

Sin embargo este artículo no va de Izquierda Unida. La federación es la falla del régimen y justo en su suelo -como en todo escenario límite- es donde se han manifestado con mayor fiereza las contradicciones tectónicas del momento político. Su suerte va unida a sus decisiones, no a vergonzosas teorías conspirativas. O desaparece en un identitarismo inane y sectario o crea una nueva identidad de izquierdas desde la que entenderse ella misma y entender el conflicto que la vio nacer.

¿De qué va entonces este artículo? Va de vosotros, de nosotros, de todos aquellos que no somos gente.


Friedrichstrasse - George Grosz - 1918

Imagino su cara llegados a este punto ¿Se ha vuelto el autor definitivamente loco y pretende llevar su demencia de caballero desposeído hasta las últimas consecuencias? Ni mucho menos. Sí asumir, de una vez por todas, esa flojera que impide a veces criticar -y criticarse- por un miedo al vanguardismo mal entendido.

Entendamos eso llamado gente como el cuerpo social mayoritario de opiniones coincidentes que políticamente se manifiesta por seguir las tendencias, acaparar los prejuicios y tener un miedo cerval al cambio. Es decir, el cuerpo social mayoritario cuya relación con la política es de no organización, no activismo y meramente empírica, nunca teórica.

Y ustedes que me leen serán, más que posiblemente, parte de esa minoría que no es gente a estos efectos, sino esa fracción cuya relación con la política pasa justo por lo contrario que la del común de ciudadanos.

Y sí, les repito, el artículo va sobre ustedes, nosotros, que estamos, esta vez sí, situándonos en el peor de los mundos posibles, demostrando nuestra incapacidad, dejando fluir todos nuestros peores prejuicios. Siendo unos inútiles políticos justo cuando más falta hacía ser, si no excelsos, como poco acertados.

En el peor de los mundos posibles se nos olvidaría que la relación con las organizaciones, con nuestras organizaciones, es puramente dialéctica. Estoy harto de ver ese comportamiento de plañidera/clap en red que poco más se limita a censurar o engrandecer tal comportamiento o decisión de los dirigentes, en una especie de Sálvame político donde están ellos y nosotros, sus acciones y nuestra emoción. El desatino o acierto individual del dirigente -aún siendo las figuras concretas importantes- no es determinante, o dicho de otra forma, un dirigente se mueve en el campo donde le permitimos moverse, en las fronteras que les delimitamos. Organizaciones con una militancia envejecida y educada en la derrota, como demasiado bisoña y embelesada, proporcionan el caldo de cultivo ideal para esa forma de entender la política tan deleznable que consiste en estar atentos a la radio a ver qué nos exige el padrecito.

Este artículo va sobre esto: la necesidad de la crítica permanente con aquellos que hemos aupado sobre el esfuerzo común para servir de generales en la batalla, sobre la obligación de no esperar como disciplinadas comparsas y sí actuar como cuadros decisivos con nuestra acción.

En el peor de los mundos posibles habríamos tomado el electoralismo como un fin y no como un medio. Se diría que eso llamado asalto institucional ha servido, además de para consagrar a figuras que no hace tanto presumían de facilitadores de esa entelequia llamada abstención activa, para cegarnos por completo dejando el devenir histórico interrumpido en mayo y noviembre. No me entiendan mal. Considero que estas elecciones son las más importantes desde el 78, las más importantes en la historia vital de muchos de nosotros. Considero que hay que participar en lo electoral, pero hacerlo siempre sin perder el norte de que es tan sólo una herramienta incapaz por sí misma de alterar nada. Sabemos de sobra -a pesar de que los amigos anarquistas en sus homilías nos lo recuerdan a menudo- que esta forma de elección del poder político es una farsa necesaria para el mantenimiento de la imagen democrática del sistema capitalista. De hecho la historia está llena de reconducciones -desde el amaño de las elecciones italianas ganadas por el PCI hasta los golpes de estado, militares y económicos- donde la democracia se manifiesta bajo el capitalismo sólo cuando el voto se dirige hacia donde la élites quieren. Sí, es un teatro, pero mientras que el público acepte la función debemos actuar de la mejor forma posible. ¿Puede un alcalde revertir el actual estado de cosas? Difícilmente. Pero sí puede darnos el oxígeno necesario mientras que permanecemos tumbados en la lona, señalar la contradicción entre el legítimo mandato popular y los intereses económicos de las élites, mostrar que hay otra forma de entender y hacer. Llevamos demasiados años recluidos en los límites de la oposición -esa suerte de crítica sin capacidad de decisión- para desaprovechar esta oportunidad.

Porque este artículo sí va de eso. De que asumamos contradicciones y nos manchemos las manos -los ángeles puros ciegan con tanto candor-; de que aceptemos que venimos de una derrota histórica sin parangón y que del 15m en adelante no hemos visto una revolución, sino tan sólo un movimiento defensista por parte de algunos de los que antes no tomaban partido en nada; de que tenemos que contemplar el electoralismo como una llave, un objetivo inmediato, que sin calle y organización popular permanente sólo valdrá como una aventura tan decepcionante como breve.

En el peor de los mundos posibles, los que no somos gente, estaríamos día tras día, sorprendiéndonos de que la gente se comporte justo al contrario de lo que esperamos. Quizá es el momento de decir: ¡Es la cultura, imbéciles! o dicho de otro modo, a mí no me asombra que haya obreros de derechas, lo que me asombra es que haya activistas que se asombren de ello. ¿Qué esperabais, que el refinado sistema hegemónico que lleva trabajando años sobre las conciencias de lo común se iba a resquebrajar tan solo porque la realidad cambiara? En un mundo de pantallas no sólo la realidad fenece tras de ellas, sino que es sustituida por una nueva que marca cuáles son las formas de pensar aceptables y cuáles no, qué es lo imprescindible y qué lo accesorio, dónde están las salidas y dónde se hallan los precipicios. Jugamos en campo contrario, nuestra portería es más grande, el árbitro está comprado y para colmo, el público del estadio, los que son de los nuestros, o se muestran indiferentes o encima nos silban. Ojalá tuviéramos mármol o granito, pero tan sólo tenemos barro y hacen falta ladrillos.

Porque este artículo sí va de eso, de cómo lo crítico con lo existente (fíjense que posmodernamente disciplinado me he vuelto que ni siquiera digo izquierda) ha de asumir de una vez por todas que la lucha será cultural o no será. Que no es posible nada (ni ganar elecciones, ni parar desahucios, ni llenar las calles defendiendo las conquistas populares) mientras que seamos tan pocos. Y que desde luego no vamos a ser más cuando, en vez de aplicar la seducción, explicitamos nuestra decepción; cuando en vez de persuasión utilizamos sermones; cuando pretendemos ser atractivos siendo incomprensibles o diciendo justo lo que la gente quiere oír.



Doctor Who - Andrew Cartmel - 1988

La lucha cultural no es escribir libros, hacer películas o componer canciones -que también-. La lucha cultural es todo aquello que desmonta el entramado no ya que justifica el actual estado de las cosas, sino, mucho peor, que hace parecer que nunca nada diferente va a pasar, que las cosas sólo pueden ser de una manera concreta, que establece el totalitarismo capitalista de la unidad de destino consumado.

Y es tan importante porque es lo que variará el límite en el que los sucesos empiezan a dejar de ser soportables para la gente. Si la plaza está vacía por la detención de unos anarquistas (los ángeles puros son pesados a veces, pero hay que reconocer que son los que más se la juegan); si la mani contra la ley represiva es menos numerosa de lo esperado; o si simplemente lo electoral falla, no es tan sólo por una cuestión comunicativa, ideológica u organizativa, Es sobre todo por el concepto de soportable, que hace que tú, querido lector, grites a la tele bajo la mirada alucinada de tus familiares.

Si nuestra actividad política resulta tan inane en la mayoría de los casos es porque apenas dedicamos tiempo a socavar las bases culturales de entendimiento de la realidad.

Claro que tenemos razón, ¡maldita sea!, claro que encontramos nuevas formas de expresarnos y organizarnos ¿y qué?

Mientras seamos incapaces de romper el aislamiento de lo político del resto de las esferas de la vida, la vida será inmune a nuestra política.

Si lo político, lo ideológico, queda aislado a un momento (unas elecciones, una manifestación, un conflicto laboral) no seremos más que un momento en la vida de la gente.

Si lo ideológico se expresa tan sólo a través del lenguaje de la política, la política carecerá del lenguaje que le permita acercarse a la vida. Y así ad infinitum.

Debemos empezar esta batalla mañana mismo. Sólo seguiremos yendo tarde mientras no nos pongamos a ello. Aún estamos a tiempo de demostrar que en la vida de la gente pueden pasar cosas, que el sopor de lo aceptado no es lo único admisible, que lo cotidiano es mucho más que dejarse hacer, que el futuro no es un destino consumado.

Que la política, como el amor, es más fuerte cuanto más se usa.

miércoles, 22 de abril de 2015

(El último) Trayecto en la Dalcó


(El último) Trayecto en noche cerrada.

Aprovechando los seis meses desde que el libro salió a la calle la librería Olmo Dalcó organiza un acto en torno al mismo.

Contaremos con las palabras de Antonio Antón, Marga Ferré, Alfonso Deriva y el propio autor.

Será el miércoles 29/4 a las 19:30, en la C/Olmo 18, Madrid.

Encuentro final con un libro sobre un momento en que el amanecer no se imagina.

martes, 7 de abril de 2015

Dexedrinas XVII




Ya había cuevas mucho antes de que existiera el miedo.
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La relación entre ideología y realidad se parece a menudo a la del fetichista con su objeto de deseo: suele ser inalcanzable y cuando lo es, decepcionante.
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Los sueños que nos vuelven del revés el día son los hijos de los días que nos vuelven del revés la vida.
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Besar el cuello de una mujer es el descenso a tumba abierta del amor. Si sus brazos no se vuelven bosques de pinos nuestros labios no valen como esquíes de pendientes escarpadas.
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El carnicero movía el cuchillo sobre la carne con singular habilidad, de joven había soñado siempre con tocar un violín que nunca tuvo.
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Una primavera inalcanzable tras los vidrios de la ventana cuando el espíritu se halla en un otoño de hojas crujientes es el pago para quien se detiene demasiado en un recuerdo doloroso.
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El cursor sólo espera que la tecla se pulse para parir palabras.
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Una chimenea sólo echa humo si la casa es hogar.
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La ventanilla de un coche veloz por carretera es una pantalla donde se proyecta la relatividad del paisaje.
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Los ancianos alejan su mente del mundo como una forma de preservar quienes fueron ante la hostilidad del presente.
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Un escritor sin futuro carga siempre su lápiz con balas.
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El teatro que media entre nosotros y nuestra imagen pública se torna tragedia cuando la segunda se impone sobre el yo.
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Quien en su explicación vuelve más difícil de entender el objeto de su discurso es un pésimo orador, cuando no un pedante sin solución.
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El filósofo posmoderno tan sólo consultó la prensa del día y se sentó a esperar los aplausos.
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Hay una obsesión creciente por explicar todo como un símil informático. Perdonad la hostilidad de quienes aún estamos hechos de carbono y no de silicio.
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Se diría que la ironía, ante la ausencia de principios, se ha convertido en la coartada para aparentar criterio careciendo completamente de él.
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Las escapatorias desde lo individual son sucedáneos de inmunidad, una triste masturbación del ego esclavo pero pensado libre.
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Eso llamado actualidad es el condicionante que dirige nuestra atención hacia los intereses de quien la cuenta.
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Una pila de monedas pequeñas es el recordatorio de una pobreza ordenada.
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Las montañas y los valles esculpidos por fuerzas descomunales nos hacen sentirnos diminutos, pero son tan susceptibles al paso del tiempo como nosotros.

Queréis

Alfred Kubin

Queréis que haya vida sin muerte, vejez sin arrugas, amor sin entrega.
Queréis política sin ideología, pobreza sin amenaza, riqueza sin explotación.
Queréis enfados sin ira, rechazo sin odio, actos sin consecuencias.
Queréis follar sin mancharos, comer sin matar, defenderos sin violencia.
Queréis querer como accionistas.
Queréis bebés sin llanto.
Queréis morar en la boca del volcán sin preocuparos.

Queréis vivir sin conflicto como el cadáver sin aire.

Queréis victoria sin derrota.

Por eso no me queréis a mí.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Cuando las farolas iluminan la nada

Brassaï

Ahora, cuando las farolas iluminan la nada, las calles cesan y tu respiración se oye más cerca, ahora es el momento de empezar a escribir.

Sin pretender encontrar las llaves sobre la mesa ni los puntos olvidados que marcamos en el mapa, sin mirar tus botas de amazona sin caballo, sin ver el pez que nada en tu cuerpo. Sólo mirando por la ventana de cristales húmedos por la noche fría de los últimos días del invierno.

Los semáforos cambian en la distancia sus colores incomprensibles para mis ojos equivocados, las escaleras del metro se hallan detenidas y los pasos de cebra, inútiles, pastan en el asfalto. Todo detenido, como al verte.

Llega el ligero rumor del disipador que intenta aligerar la carga de temperatura de un ordenador que se resiste a morir, al que le piden mucho más de lo que puede dar. Un objeto gastado y viejo; y sin embargo tan útil. Con él he vivido mis grandes batallas, mis más oscuros trayectos; en él he escrito sobre el mundo que se derrumbaba a mi alrededor.

No es posible manejar ecuaciones de tal tamaño, con tantos factores, variables y cifras que bailan en mi cabeza como muñecas mecánicas rusas de precisos engranajes. No es posible porque en su danza se esconde lo único bueno que tiene una existencia por lo demás demasiado gris, esa pirueta que lo altera todo entre un océano embravecido y tazones de vino blanco.

Te he cartografiado sin que me vieras, como un explorador de anchos bigotes haría con un selva impenetrable. He visto tus constelaciones, he paseado por los accidentes más recónditos y azotados por el viento. He visitado también aquellos trópicos donde podría dormir durante horas, esperando a tus narraciones precisas de lo que ibas soñando.

Resulta extraño experimentar tales sacudidas cuando pensabas que la superficie de la luna era un lugar sin vida, yermo, polvoriento. Que en la cara oculta en la que aterrizaste no había más que sombra y frío y ruptura de las comunicaciones. Pero las ondas, aún a centenares de miles de kilómetros, encuentran siempre un camino por donde llegar.

Un gato cruza corriendo el parque -y aquí nos detenemos- mientras bebo un vaso de agua turbia y recuerdo los bares de los que salimos tambaleantes, como un ejército en retirada, huyendo demasiado a prisa. Yo, sinceramente, estaba fingiendo mi borrachera, pero practico la educación chejoviana, aquella que marca que lo mejor ante la sal derramada en la mesa -o el café, quién sabe- es apartar la mirada y hacer como que no se ha visto.

Yo me tambaleaba por otras cosas, ninguna de ellas recomendable, cuando lo que se quiere es escalar montañas sin apenas oxígeno y el pantalón de tweed sin ninguna arruga. Carecía de crampones, piolet y arneses, carecía de cualquier equipo, sabía que aquella cumbre sería imposible de alcanzar. Pero un montañero, aún vestido de astronauta, no se rinde nunca.

Tambalearse y temblar por estar junto a alguien es de los pocos derechos inalienables que las cartas de navegación de la diplomacia no recogen. Como el bien y el mal, tan claros en su fértil resultado, como una pistola plateada llevando a cabo el acto más surrealista, el gesto más radical: ese que aniquila fantasmas inocentes y criaturas culpables, sin distinguir unos de otras, como el mundo no distingue ya pecado de salvación.

Quizá sea eso. Quizá no sea más que la huida de los refugiados de la normalidad, con lo poco que pudieron salvar de ese espacio que nunca existió, de esas vidas que nunca tuvieron. Lo encontraron fácil para buscar aliados en una carretera polvorienta y llena de baches, con indicaciones fallidas y brújulas estropeadas.

Si es así, poco de lo demás importa. Los raros no somos pocos, aunque seamos raros y todo tan sólo habrá sido una sombra difusa que se perderá entre la replicante luz de las antorchas.

Si no, si todo lo demás tiene algún sentido -a pesar de la ausencia de piedra Rosetta desde que se rompió en las últimas inundaciones de significado- no me pidas que vaya hacia las regiones septentrionales donde la aurora boreal de neón será el único sitio donde pueda ver de nuevo el verde.

Yo perderé la tormenta en que perderme, y tú la historia que imaginaste, aunque sólo fuera brevemente, en ese tiempo en que unas puertas se cierran, en ese instante en que una bombilla se funde, en ese segundo en que la gota se transforma en copo, ahí, entonces, cuando todo se da por sentado pero todo puede estar aún por ocurrir.

lunes, 23 de marzo de 2015

Garry Winogrand y Revista Don


Durante todo este mes de marzo hemos aparecido en la pieza que la Revista Don nos propuso en torno a las fotografías de Garry Winogrand expuestas en la Fundación Mapfre de Madrid.

Podéis leer mi microcuento y el de otros autores aquí.

lunes, 16 de marzo de 2015

Presentación Trayecto en noche cerrada en Barcelona



Las presentaciones son lo más parecido que tenemos los escritores a los conciertos. Son un momento donde los que se sientan frente a ti serán, o han sido, lectores, esa gente que con una generosidad infinita dedica unas horas de su vida a leer las historias que escribiste.

Este jueves 19 de marzo a las 19h presentamos Trayecto en noche cerrada en la librería La Central del Raval, situada en el Carrer d'Elisabets, 6.

Me acompañarán Miqui Otero, que además de escribirnos el prólogo del libro ha tenido la gentileza de volverse a prestar para dar otra vuelta por las calles sucias de Trayecto. Miqui no requiere presentación: escritor, periodista y alma musiquera de primer orden. También estará Toni Esteban: agitador cultural, vietnamita y punk77. Toni además es quien nos pierde cada vez que vamos a Barcelona para que no cojamos el tren a tiempo.

A mí me gustaría mucho verles, que escuchen lo que tenemos que contarles, abrirles el apetito para que lean el libro y, si ya lo han hecho, que me cuenten lo que les ha parecido.

Les prometo que por lo menos será algo que no les deje indiferentes.

Actualización

Os dejo aquí algunas fotos de una jornada épica.






Pompa y circunstancia



La radio es ese espacio donde la palabra toma el protagonismo que nunca debió perder, por eso me gusta tanto.

Tengo la enorme suerte de haberme embarcado junto al Comodoro Bruno Galindo y su señoría, Álex Portero, en un viaje muy particular. Un programa de radio llamado Pompa y circunstancia, producido en los estudios de El Estado Mental.

Pompa y circunstancia son las parafilias del marqués, un trayecto por esos lugares tan aberrantes como queridos. Somos pretenciosos y engolados, lo sabemos, es una cuestión de supervivencia. En un mundo tiranizado por lo convencional y un preocupante disgusto estético pensamos que ya era hora de recurrir a nuestros monóculos para reírnos -con carcajadas displicentes- de eso llamado normalidad.

En este enlace tienen ustedes nuestros dos primeros programas, especial himnos y especial zoológicos. Sí, han leído bien. Himnos y zoológicos.

Ya estamos preparando nuestro tercer programa, un especial sobre terrores nocturnos (como ven cada programa es, efectivamente, especial) así como un cuarto programa en el que, posiblemente, necesitemos ayuda de cámara para enfrentarnos a lo desconocido.

Pompa y circunstancia, un programa hecho en radio de válvulas para oyentes que disfrutan del encanto del guatiné.

jueves, 19 de febrero de 2015

Presentación de Trayecto en Leganés


Hoy jueves, a partir de las 19h, presentamos Trayecto en noche cerrada en La Libre de Barrio, en Leganés. A pesar de que todo encuentro con el público nunca resulta exento de nervios e incertidumbre, esta vez, juego en casa. Nunca se olvida a los que una vez fueron compañeros de trinchera.

¡Les esperamos!

(Proximamente aquí las fotos del evento)

miércoles, 11 de febrero de 2015

Corea del norte no existe

La Realidad
Corea del Norte no existe, lo afirmo categóricamente.

Cómo es posible estar en tu sano juicio y negar la existencia de un país de 25 millones de personas que aparece en los mapas. Sabíamos que eras un tipo peculiar, Bernabé, pero no que hubieras perdido el norte de esa manera -quien habla es ese lector imaginario, insidioso, que comenta mirándote sobre sus gafas tras un escritorio de caoba-.

Sí, eso es. Claro que existe un país llamado República Popular Democrática de Corea, que tiene una orografía definida y una moneda llamada Won. Claro que a diario sus 25 millones de habitantes se despiertan, desayunan y emprenden lo que quiera que los coreanos del norte hagan cada día. Por supuesto que en sus arroyos corre el agua y el viento sopla como en cualquier otra parte. Lo que digo es que para nosotros, Corea del Norte, realmente no existe, no más allá de una mera abstracción (des)informativa.

Ustedes me perdonarán, pero este país asiático me pilla a desmano. Sé dónde cae Valdemoro, paso todos los días por una calle llamada Argumosa e incluso he atravesado Palencia en tren. Pero sí, efectivamente, Corea del Norte me pilla algo algo lejos.

No lean esto como cinismo, como un desinterés sobre lo que no nos es inmediatamente familiar. De hecho me interesa -e inquieta- bastante el mundo que me rodea. Cómo, por ejemplo, en un país relativamente cercano como Ucrania se ha iniciado una guerra civil -el adjetivo cruento sobra por redundante- como consecuencia de unas maniobras de desestabilización anti-rusas que EEUU y sus aliados iniciaron al colocar a un gobierno parafascista tras un golpe de estado. Me interesa lo qué pasa en la orilla sur del mediterráneo, donde varios países, como Libia o Siria, han sufrido un destino similar: piezas que caen en el camino hacia Irán, y de ahí a China. Piezas que dejan centenares de miles de muertos y el resurgir de un fanatismo religioso comparable a ese momento europeo donde se quemaba a mujeres libres en nombre de dios.

Es más, me interesa bastante lo que ocurre en Corea del Norte. Como socialista -de los del alemán de la barba- es un país que me fascina y me repele a partes iguales. Pero hoy, hablando de Pyonyang, negando categóricamente su existencia, no estamos aquí para interesarnos por eso.

Corea del Norte no existe puesto que no es más que un espejismo, una fantasmagoría, una construcción mediática.

Toda sociedad imbuida en un serio conflicto -y la nuestra, aquí y ahora, esta metida de lleno en uno muy serio- necesita de espejos deformantes que le devuelvan una imagen diferente a la que realmente proyecta. Toda sociedad construida en torno a la idea de la acumulación privada mediante la explotación, requiere de pantallas, esos artefactos que ocultan a la vez que emiten una nueva visión de lo recóndito.

Y Corea del Norte no es más que eso, la forma que tienen de decirnos que existen lugares en el mundo infinitamente peores que este. Da ya un poco igual si lo que se dice es cierto o no. El problema aquí no es lo acertado o erróneo de lo Juche. No hay espacio para un debate serio que transcurra sobre el parelelo 38.

Lo único que tiene que hacer usted, querido lector, como buen y aplicado televidente, es comentar con horror y estupefacción lo que ayer observó en su pantalla, hacer aspavientos notables mientras echa el sobrecito de azúcar en ese engrudo, remedo de café, mientras que el microondas zumba en el office.

Corea del Norte no existe, como tampoco existen Ucrania, Siria o Libia, como Venezuela o Cuba, como pronto dejará de existir Grecia.

No sé si se han dado cuenta, pero la inexistencia nos va alcanzando poco a poco, como aquella nada de La historia interminable, un concepto quizá demasiado abstracto para la chavalería de los ochenta, acostumbrada a las hostias y los tiros como deux ex machina válido en todo momento y situación.

La nada, la inexistencia, avanzan cada día, a cada minuto, se deslizan por debajo de sus pies centímetro a centímetro.

Hoy, en Villaverde, ha engullido a una madre y su hijo de dos años. La policia les ha desahuciado. Están muy cerca de usted, pero ya no tienen nombre ni rostro, no saldrán en ninguna pantalla.

La nada alcanza a unos hombre y mujeres, los trabajadores de Coca Cola en Fuenlabrada, que llevan resistiendo un año a las puertas de su fábrica porque un codicioso miserable ha decidido que ya no eran lo suficientemente rentables.

La nada alcanza al inmigrante detenido en el CIE, a la mujer a la que su marido asesta 25 puñaladas, al tipo que se suicida porque ya no puede más -no puede más con todo, y todo, todo el tiempo, es siempre demasiado-.

La nada, la inexistencia, arrasa países enteros, siega vidas, mata a la verdad. A cambio nos deja un espectáculo, un sucedáneo de vida, una caricatura grotesca de lo que fuimos.

Por eso Corea del Norte no existe, ni siquiera es posible que quien les escribe esto exista de veras.

Existe sólo lo que ellos dicen, en tiempo y forma, en color y sustancia, en línea y trazo. Existe lo que ellos dicen porque no poseen sólo unos medios de producción o nuestras vidas, poseen, indudablemente, la realidad entera.

lunes, 2 de febrero de 2015

Decidir


Decidir quebrar las metáforas, encerrar los sueños, poner la miseria por toda esperanza.
Decidir retirarte, lejos, donde sólo seas una sombra que se asoma de refilón en la memoria, apenas una sinapsis perdida, un fulgor que se apaga antes de ser visto.
Decidir hundirte en las frías aguas de la bahía, al cobijo de los muertos y los tiburones, de las corrientes subacuáticas y aquellas ocasiones que perdimos.
Y todo por ti y todo por nosotros.
Decidir ausentarte de los mapas, decidir huir de los nombres, decidir ser ajeno a tu propio rostro.
Ojeras tan patentes que casi puedes ver el pasado.
Dolor infame, frío en los huesos, dados que giran insinuando una doble herida.
Decidir dejar de jugar antes de que la trampa nos arranque una mano, mientras que el viento arrecia poniendo nuestro precario equilibrio en una situación comprometida, mientras que el dinero arde con llamas azules y Coltrane afina el saxo.
Decidir dejar de ser, decidir parar el corazón y secar las manos, decidir que el aliento se hiele en las ventanas de enero.
Decidir llorar durante días como eterno ejercicio religioso, casi una letanía, casi un lenguaje sagrado.
Decidir irte, decidir que te vayas, decidir abrazar el sufrimiento.
Decidir cerrar los ojos, de momento.
Y todo por ti
Y todo por nosotros.

martes, 20 de enero de 2015

De los míos


Si eres de los que no miden las palabras, de los que tienen alma en lugar de calculadora, de los que nunca atienden al parte meteorológico, eres de los míos.

Si consideras el derecho a temblar, al estar junto a otra persona, como algo fundamental, eres de los míos.

Si eres de los que piensas que el único tiempo digno es cuando la vida quema, eres de los míos.

Eres de los míos si alguna vez has huido, sin aún conservas esa inercia particular en la mirada, si te cuesta parar de correr.

Eres de los míos si tienes miedo y, aún así, no te importa abrir la puerta para ver que hay al otro lado.

Si nunca preguntas cuánto durará la tormenta porque lo único que quieres es mojarte, eres de los míos.

Eres de los míos si te duele el dolor de tus amigos como propio, e incluso las justas lágrimas del desconocido te conmueven.

Eres de los míos si el único amo que reconoces es el suelo bajo tus pies.

Si eres implacable con el fuerte y comprensivo con el débil, eres de los míos.

Eres de los míos si limpias tus zapatos cada día, porque sabes que es la única forma digna de andar sobre calles demasiado sucias.

Eres de los míos si te juegas la piel por otros, sin esperar nada a cambio, tan sólo quizás el abrazo agradecido del que necesita ayuda.

Si insultas a la tele, golpeas la mesa, alzas la voz, ríes sin contención, escupes a la cara del rico, mantienes la mirada al hombre con placa, eres de los míos.

Eres de los míos si consideras un tiempo precioso el que se destina a mirar a otros ojos durante horas.

Eres de los míos si los insulsos detalles del absurdo cotidiano, una vez puestos bajo el microscopio de la curiosidad, te parecen historias con las que emocionarte.

Si entiendes que la felicidad no es una obligación y que a veces el dolor se agarra a las entrañas, eres de los míos.

Porque, al fin y al cabo, qué sentido tiene todo esto sino el reconocerse en los demás, el buscar tus aliados, compañeros, héroes, el no esperar sentado y solo, sino levantarse y caminar a tu lado.



viernes, 16 de enero de 2015

Una historia personal sobre nuestro Madrid


Una ciudad no es un ente geográfico, no es un trazado en un mapa, no es una marca que vender, no es una oportunidad de hacer negocio. No es sólo eso. O lo es, pero no debería serlo.

Las ciudades se sitúan en algún punto, se describen en mapas, son conocidas en el mundo por su identidad y, a menudo, se especializan en tal o cual transformación del trabajo en beneficio (privado). Es cierto.

Pero las ciudades si existen, si pueden ser dibujadas, si tienen una personalidad o en ellas se crea riqueza es, fundamentalmente, por la gente que vive en ellas. Con las ciudades pasa lo mismo que con los países: los de arriba, los que mandan (en nuestro caso como torpes matones de recreo) confunden el todo con su parte. Confunden; a propósito.

Madrid no es el oligarca que mira la extensión de casas y casas hasta el horizonte desde su despacho acristalado, elevado centenares de metros, metáfora arquitectónica cuyo objetivo es definir a quien lo ocupa. Madrid no es el temeroso individuo que cree tener algo (algo material, algo que guardar en una caja de caudales) y mira al tipo que le limpia la luna de su coche en el semáforo -con más intención que fortuna- con esa mezcla entre asco y temblor. Madrid no es el ignorante que escruta a su vecino extranjero con una lupa para sacarle los defectos que apenas notaría en sí mismo. Madrid no es el casero que sube los precios, o el especulador que amaña tal concurso en una cafetería de lunas tintadas y sofás de cuero, tan propia de aquella época donde se daban golpes de estado. Madrid no es la carga de porrazos en la manifestación, no es la huida del joven que pierde el norte en la madrugada, no es la mujer que se muere de frío buscando la mirada del cliente al que satisfacer. Madrid no es entrar al metro y, que cada mañana -esto no es poesía-, te preguntes qué mal has hecho para que tus inicios cotidianos sean tan poco humanos, tan hacinados, tan sinceros -en el fondo- con tu condición social.

O sí. Quizá sí lo sea. Quizá el primer paso para empezar a cambiar algo es saber que desde hace mucho no hay de Madrid al cielo, sino de Madrid al suelo. A un suelo de calles demasiado sucias, demasiado hostiles, demasiado sombrías -incluso en agosto a pleno sol-.

Porque es mejor aceptar que esta ciudad lleva mucho tiempo mirando de reojo al desastre, porque es mejor aceptar para asumir que algo tenemos que hacer. Hacer entre todas.

Esta ciudad -no nos olvidemos, la gente que vive en ella- no es, ni ha sido nunca, amiga de la abnegación.

Galdós, en La Fontana de Oro, en 1870, hablaba del Madrid del Trienio Liberal y de su momento inmediatamente anterior, describía -como un situacionista aficionado al cocido- qué es el espectáculo y qué la vida:

"Se alzaban arcos del triunfo y se tendían colgaduras de Damasco, salían a la calle las comunidades y las cofradías con los pendones al frente, y en todas las esquinas se ponían escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza estampaba sus versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el pueblo no se manifestaba sino como un convidado más, añadido a la lista de alcaldes, gentileshombres, frailes y generales; no era otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y señaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como tal el papel que la etiqueta le prescribía. Las cosas pasaron de distinta manera en el periodo del 20 al 23, en que ocurrieron los sucesos que aquí referimos. Entonces la ceremonia no existía: el pueblo se manifestaba diariamente, sin previa designación de puestos impresa en la Gaceta; y, sin necesidad de arcos, ni oriflamas, ni banderas, ni escudos, ponían en movimiento a la Villa entera; hacía de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamó el Deseado, por una burla de la Historia, y solía agruparse con sordo rumor junto a las puertas de Palacio, de la Casa de la Villa o de la iglesia de Doña María de Aragón, donde las cortes estaban."

Repitamos: “hacía de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamó el Deseado”.

A los madrileños, y las madrileñas, nunca nos ha gustado ser espectadores pasivos, elementos del decorado, unidades de producción, números en las mezquinos cálculos de un burócrata soldado a su sillón de cuero.

Siempre nos ha gustado ser los protagonistas de nuestras calles, vivir -y dar vida- a nuestras plazas, llenar las avenidas con nuestras voces y deseos. Construir la ciudad, no sólo poniendo los ladrillos, sino con nuestras esperanzas.

En Madrid, nuestra heroína, nuestra historia, nos ha sido usurpada. Manuela Malasaña y el Dos de Mayo son hoy -parece- propiedad de los que entienden la ciudad como un recipiente que encarcele a las trabajadoras, de los que buscan que esta ciudad sea un dispositivo de cama, trabajo y televisión. Manuela era una cría de quince años, de cabellera de fuego y manos hábiles de costurera experta. Manuela es la chica que dobla camisetas en la Gran Vía por cuatro duros; Manuela es la cajera que cobra -hora tras hora, día tras día- nuestra compra sin que miremos sus ojos tristes; Manuela es el chaval que atiende ochenta mesas a la vez y encima te pone la caña con una sonrisa. Manuela no quería que le dijeran qué era lo que tenía que hacer, ante qué himno cuadrarse o ante qué hombre dejarse avasallar por el mero hecho de ser mujer. Y sí, de aquella fueron los franceses, pero podían haber sido, y de sobra hoy lo son, los que presumen de patria cuando sólo atienden a la bandera del dinero.

Contraponemos. Ellos y nosotros. Los salones suntuosos de los clubs privados -mármoles fríos, atmósfera cargada- a la gozosa celebración de la vida que es la verbena. Necesitamos el trabajo para vivir, pero en esta ciudad sabemos que la vida no puede ser sólo trabajar.

Y contraponemos no por crear un conflicto, por buscar una división, por trazar una frontera. Contraponemos porque somos honrados ante la realidad, observamos lo que hay, no negamos la triste verdad: que esta ciudad lleva años disgregándose y tratando a sus vecinos de desigual forma, dependiendo de las cifras de la cuenta en el banco.

Yo vivo en Madrid. Yo viví, siendo apenas un crío, aquel Rastro de Bajarse al Moro, aquel Lavapiés de la Movida, aquella ciudad que se desperezaba tras tanto tiempo de silencio (genial novela de Luis Martín Santos, como sabréis, del Madrid del frío, del vino aguado y de los susurros temerosos en esquinas). Viví con mi abuela, una mujer de Jaén que emigró a esta ciudad para, llanamente, que sus hermanos pudieran tener algo que comer. Como las miles de personas que vinieron a nuestras calles de destinos tan lejanos con el mismo objetivo, dar una oportunidad a los suyos. Con lo de que “es madrileño quien vive en Madrid”, poca broma, nosotras no olvidamos de dónde venimos.

Pero Madrid es algo más que una ciudad. Yo, además de esa primera infancia, acabé aterrizando en ese brumoso lugar que en aquel momento era poco más que un desbarajuste lleno de barro: la zona sur.


Un día, hablando con un colega de Leganés (en la sede de ese sindicato de Marcelino) me dijo que cuando a los que éramos de la peri nos preguntaban por ahí fuera que dónde vivíamos, respondíamos que en Madrid. Todos menos ellos. Que los de Leganés pasaban de absorciones, que para eso tenían un idioma propio (el pepinero) y un equipo que siempre estaba a punto de subir a segunda. Y decidí copiarle, qué menos.

Sobre todo porque llegó un momento -ese que coincide con empezar a trabajar- en el que comprendí, que si en Fuenlabrada había tanto paro, o la mayoría de mis amigos pasaban de ir a la universidad, no era porque fuéramos peores, más tontos o menos ambiciosos. Sino que quizá en esa carrera en la que los que mandan han convertido la vida, los de Fuenlabrada, salíamos desde más atrás y con una pierna atada a la rodilla.

Recuerdo mi barrio y mi infancia. En Fuenla no hubo movida. Estaba eso que sale en las películas cuando los directores de cine bienintencionados -pero con una procedencia muy diferente de donde ruedan- tienen a bien fijarse en nosotros: los pisos feos, los descampados, los yonkis en los matorrales, los bares con hombres cansados, los mercados con mujeres abnegadas e, incluso, el número de la cabra -una lluvia de pesetas a aquellos gitanos-.

Unos gitanos que hacían lo mismo que nuestros padres, trabajar en lo que podían para sacarnos adelante (nuestras madres también trabajaban, y mucho, pero nadie se lo pagaba). Padres que cruzaban el barro para ir a coger un cercanías viejo y gastado, padres que no eran más que chavales de veintitantos -mucho más jóvenes que los treintañeros a la deriva de estos días- para que sus hijos vivieran mejor de lo que habían vivido ellos. Padres, y madres, que aceptaron aquel pacto llamado transición, que creyeron que era mejor tragar con su miseria porque, así se lo aseguraron, sus hijos tendrían un futuro mucho mejor que el suyo. Y el tipo que ponía ladrillos, o el que apretaba las tuercas en la cadena de montaje, se imaginó a su niño periodista, o a su niña doctora, y aquello les hizo seguir adelante.

Claro, que hoy en día, sabemos que las cosas no fueron así del todo.

A lo mejor en Fuenlabrada (cada uno de la peri tendremos nuestro nombre) éramos menos sofisticados que esos de esa ciudad distante apenas 30km. Pero teníamos un par de cosas que nos hicieron (de verdad por unos años lo fuimos) grandes. Lo primero carecíamos de tradiciones, llegamos todos a la vez, de sitios muy diversos y costumbres quizá diferentes. Por eso supimos que allí nadie tenía derecho a nada más que el vecino, viniera de donde viniera. Y lo segundo, nos hicieron las casas tan iguales, nos ofrecieron unos coches tan parecidos y una ropa tan similar, que no era difícil entender que, seguramente, si tocaban a uno nos tocaban a todos. Por eso los vecinos cortaban carreteras para conseguir los hospitales o las vías para que pusieran nuevos trenes. Porque sabían, a pesar de no haberlo leído en ningún libro, que la única forma de mejorar su vida era mejorar la de todos. Y yo me siento orgulloso de aquellos años, orgulloso de salir del cole e ir con mis amigos y nuestras madres, frente al Ayuntamiento, a reclamar “un colegio que no se le caiga el techo”.

Quizá todo aquello se olvidó entre el turbio brillo del dinero -ese que había que devolver-, quizá todo aquello se esfumó con la promesa del cuatro por cuatro, el chalet adosado y las vacaciones en la Riviera Maya. Lo que sí sé -y ahí soy intransigente- es que no vivimos por encima de nuestras posibilidades. Vivimos en las posibilidades que nos ofrecían, en la fantasía de horizonte -esa que por mucho que se ande siempre se aleja- de que había un lugar donde llegar. No fuimos más tontos, sólo dejamos que nos quitaran nuestros sueños, y cambiamos la dignidad y libertad por cuatro objetos relucientes que anunciaban en la tele.

He vuelto en estos cinco últimos años muchas veces a mi barrio. Y la mayoría, detras de comer con tus padres, hablábamos de lo que pasaba a nuestro alrededor. Pero no de Draghi, Goldman Sachs o la Troika. Sino de que al vecino le habían echado del trabajo con cincuenta y tantos, de que cada vez se veía a más gente buscar en la basura al cerrar el mercado, de cómo los carteles de “se vende” se desteñían al sol y los coches -demasiado alemanes para aquel barrio- quedaban parados porque no había sitio a donde ir, porque al final, nosotros no tenemos un lugar donde escapar.

Y os puedo asegurar algo: no se lo merecen. Lo primero porque ellos no eligieron el destino del tren en el que les habían montado a la fuerza (a la fuerza con promesas). Lo segundo porque son demasiada buena gente para tener que haber soportado tanta inmundicia. No idealizo los barrios. Quien viene de uno sabe que allí también suceden cosas malas. Sobre todo cuando la ética del “todos estámos en el mismo barco” fue sustituida por el “sálvese quien pueda”. Pero a pesar de todo son buena gente, son de los míos, de los nuestros. Son esa gente que sale en las telecomedias dando voces, esos personajes que a Blesa le hacían tanta gracia. Como gracia hacen los monos del zoo cuando les tiramos cacahuetes. Y sí, quizá hablemos más alto y sustituyamos la s por la j. Pero yo he visto a mis vecinos estar ahí cuando hacía falta, no dejar a nadie atrás nunca, ser ese desconocido que se acaba convirtiendo en tu familia.

De hecho nadie se merece lo que nos ha pasado. Ni en Fuenla, ni en Móstoles ni en Getafe. Ni en Vallekas o Carabanchel. Ni en San Blas o la Prospe. Nadie se merece estar en manos de la codicia, la desvergüenza y la ética de casino. Nadie se merece ser gobernado por el capricho, la impudicia y la inutilidad. Madrid no se merece lo que le ha pasado.

Necesitamos a buenos gobernantes. Y eso significa gente que sepa hacer su trabajo. Pero no sólo. La gestión nunca es neutra, las formas de hacer las cosas, el camino que se elige, lo marca la ideología. Y sí, no es momento de exagerar unas banderas que se han usado -demasiadas veces- como parapeto justificador del cinismo. Sino de asumir que necesitamos a unos gobernantes que sepan mandar obedeciendo, que sean la virtud republicana, cuyo principal baluarte consista en que el interés de muchos prevalece siempre sobre el beneficio de unos pocos.

Un alcalde y una presidenta de comunidad no pueden obrar milagros, no pueden obviar la gigantesca hipoteca que nos ahoga ni enfrentarse al mundo entero (ergo, ese mundo que cabe en Wall St.) Pero sí pueden ser el vendaje que detenga la hemorragia. Si pueden ser el aire que nos falta mientras que, tumbados en la lona, luchamos por respirar. Si pueden ser el ejemplo, de que los sueños, no se anuncian por la tele, se consiguen en las calles.

Una victoria electoral que acabe con tantos años tristes y herméticos puede ser eso que a los madrileños nos demuestre que la calle más olvidada, pobre y sucia de esta ciudad, tiene tanto derecho a existir, y decidir su camino, como la propia Wall St.

La batalla es dura, los enemigos poderosos y los objetivos lejanos. Pero, si lo sabemos explicar, tendremos detrás a millones de madrileñas y madrileños, enseñando al resto del país, demostrando al mundo, qué es tomar las riendas de su propio destino.

Sonreímos aún perdiendo muchas veces; imaginad que ganamos…


Daniel Bernabé, noviembre 2014, Malasaña, Madrid.