lunes, 22 de diciembre de 2014

Prólogo de Trayecto en noche cerrada, por Miqui Otero



1.-

Huele usted a hiena. ¡Qué huele usted a hiena! ¿Por qué se asusta de la realidad? ¡Ella huele mal! Y usted y usted. Y yo y todos. Vivimos en una pocilga, como cerdos. Me dan asco todos ustedes. ¡Os detesto!

No se alarmen. No pretendo insultarlos ni quiero que huyan si están ojeando este libro mientras se ciscan en todo el árbol genealógico de quien tecleó estos desaires: esto es una cita (una declaración de intenciones), pero también es una táctica. La dice uno de los personajes de El ángel exterminador, esa película de Don Luis Buñuel en la que un grupo de burgueses que se las prometían muy felices horas antes en una ópera de Donizetti son incapaces de cruzar el umbral de una mansión en la calle Providencia durante horas y horas: se desenchufan la máquina de afeitar entre ellos, bisbisean puyas sin valor para defenderlas a la cara, conspiran asesinatos y se convierten ellos mismos en carceleros y presos por su propia falsedad.

Toda esa diatriba es, también, una maniobra para empezar el prólogo que no se puede empezar: dice otro personaje (en esta ocasión deambula por las páginas de esta colección de relatos bordados por Daniel Bernabé) que siempre comienza a leer los libros saltándose el prólogo (“siempre lo dejaba para el final, como una tertulia de programa de cine entre señores que aparentan saber mucho buscando la frase más ingeniosa”). Bien, he aquí el tertuliano: mi nombre es Miqui Otero y comparto con Daniel Bernabé algunos discos en cuyas portadas hay negros que abren la boca (para chillar de gozo o rabia, jamás para bostezar aburridos), unos cuantos libros, más de un par de zapatos de bolera y también un intercambio de correos (él había tomado un par de copas, yo sorbía en ese instante un vaso de orujo de hierbas sin etiquetar; lo leí en la medianoche):

“Oye, andaba aquí a punto de bajarme a echar unos bailes y aprovechando que ando ya tocado -con la consiguiente vergüenza bajo mínimos- me animo a escribirte de nuevo para…”

En un mundo de pingüinos que no arriesgan con salirse de la fila, de tipos que planifican todo como ardillas paranoicas, que especulan con cada palabra, que escriben encorvados como relojeros miopes, ¿Cómo no contestar a un escritor que pide un favor antes de irse a bailar y cuando es más feliz? ¿Cómo no escribirle un prólogo a pesar de que no lea los prólogos? Por eso empiezo con una cita de Luis Buñuel, para ganar su complicidad y también la de los lectores, porque todos sabemos que todo esto huele muy mal pero también conocemos algunos atajos donde el aire es respirable. Enrique Jardiel Poncela también decía que “el generalizado procedimiento de pedir un prólogo” le parecía “tan imbécil como el hecho de confiar a un amigo de palabra fácil la misión de declararse en nuestro nombre a la mujer que deseamos”. Bien, pues soy muy feliz de presentarme como ese imbécil y de oficiar de tertuliano si es para dedicarle unas líneas a estas páginas llenas de verdad, escritas a tumba abierta, honestas como pocas, también necesarias, antes de que silbe el operario ferroviario para que el lector inicie este Trayecto en noche cerrada.


2.-

Aprovecho la ocasión para tirar una línea en la grava de este pipicán (____________) que separe a dos tipos de personas que hablan solas por la calle: unos son esos permanentemente endomingados que engolan hiperactividad y cierran contratos con muchos ceros mientras enarbolan cheques y agitan los brazos como espantapájaros en día de ventolera (los perdonaría si hablaran solos por algún tipo de demencia, pero el caso es que lo hacen por la función manos libres de su móvil regalado por la empresa); los otros son los que hablan solos porque están rabiosos, escamados con lo que les rodea, con una empatía hacia el dolor que les impide ser amables siempre. Estos últimos (un bando en el que coloco tanto a Daniel Bernabé como al imbécil que firma estas líneas que preceden su llameante colección de relatos) son los que escriben mentalmente cartas al director denunciando discretas brutalidades cotidianas que detectan en cualquier sitio: en la cola del súper (ese gilipollas que no sabe mirar a los ojos a la cajera cuando le está cobrando esa bebida energética), en el rojo del semáforo (el conductor que vacila a un tipo que le quiere vender unos kleenex) o en un bar de menú (aquel esquirol que critica en la mesa de al lado a su compañero de trabajo sindicado porque, entre otras cosas, huele a Ducados y a Terry).

Algunos dirán que los que están a este lado de la línea son unos tremendistas, que se toman todo demasiado a pecho, y lo que quiso ser un insulto cuando brotaba de los labios del mezquino se convierte en música (soul, con muchos tambores y más trompetas) para nuestros oídos. Porque Daniel Bernabé es así y así son algunos de sus personajes: gente airada, cuya búsqueda de lo bello no los convierte en optimistas lelos o en tontos integrados. Es Bernabé (y son también sus relatos) como el Jimmy de Look back in anger, de John Osborne, que jamás engordará porque “La gente como yo no lo hacemos. Te lo he intentado explicar. Sólo ardemos y quemamos todo”, porque, ahora en palabras de su amada Alison, “se creen aquel viejo caballero de armadura destellante, solo que su armadura en realidad no brilla”. Y no brilla porque hoy, aquí y ahora, huele a hiena y las nubes de la tormenta esconden el sol que podría nimbarla. Pero podemos refugiarnos en libros como éste para, al menos, ser conscientes de que nos mojamos.



3.-

Así que, como dice Jimmy, juguemos a algo: juguemos a que estamos vivos. Sí, somos como Dostoievski en sus Apuntes desde el subsuelo, “suspicaces y quisquillosos como un jorobado o un enano”, pero nos enfadamos porque somos humanos vivos y estamos vivos porque nos enfadamos ante lo inhumano.

Así que no vamos a desviar la mirada. No lo haremos porque este trayecto ya ha comenzado y somos como el protagonista de Los Recortes, que colecciona noticias de periódicos de desgracias de todo tipo, como ese otro de Los yogures que se ve asaltado por una melancolía horrorosa cuando mira la cesta de los demás (este prologuista tenía un amigo que en lugar de cartas le enviaba los tickets de sus exiguas compras en el supermercado: chopped, cuchillas de afeitar, café) y cree peor acceder a esa intimidad miserable que ver su ropa interior sucia. Porque también entendemos a ese reponedor que carga libros De siete a siete para que esos libros, todas esas palabras (mueve más palabras en un día de las que jamás escribirá novelista alguno), lleguen a tomos como éste (“trabajan para el silencio y la normalidad, para que parezca que ocurren cosas pero que parezca que no ocurre nada”). Porque comprendemos, vaya si lo comprendemos, a ese otro (una de esas víctimas que se sienten culpables) que se permite un ratito mirando una tienda de lencería, un pequeño oasis (una charca) en una vida de miseria, o al de más allá, que se masturba con los espacios de la infame madrugada televisiva donde los incautos envían SMS. Somos también, ese hijo que viaja en tren con su padre indignado (ese periplo que relata Bernabé, tierno e incómodo como el de Fante con el suyo en Llenos de vida) que le promete una cena en el lugar más caro que conozca si algún día meten en la cárcel a alguno de estos (estos: los que enarbolan tarjetas de crédito en negro y conducen, inflados de caldos de precio indecentes, nuestros destinos). Sí, también somos ese hijo que le contesta a su padre que no conoce ningún restaurante caro y además somos el padre que le pregunta “¿qué has soñado?” porque ese personaje, el mismo que habla solo por la calle, sigue hablando cuando está dormido (“como cuando eras pequeño”).

He leído que Bernabé casi pasó por una depresión (por crisis personales pero también colectivas, por miserias íntimas y también por miserias generalizadas). Y lo entiendo porque es imposible no quemarse si uno ronda la verdad como esa polilla que se da cabezazos contra la bombilla. Porque cómo no va a doler todo esto, cómo no va a dar una rabia, tanta pero “tanta rabia que parece nostalgia”, si todo se observa con una mirada limpia y romántica, sin esa distancia irónica profiláctica en la que se amparan todos los zombis anémicos de esta era posmoderna que nos ha tocado padecer (esos, sí, los del otro lado de la línea, los que ríen como un Pierre Nodoyuna asmático y ladino).

Cuando pasó aquella mala racha, la gente cosió a Bernabé a consejos: “Me pareció poco apropiado para mi edad y para mi situación gastarme el dinero en pastillas, psicoterapia y pañuelos de papel. Me quedé sólo con la tristeza y los pañuelos”. Somos juncos salvajes, el viento nos puede azotar, pero de veras que vamos a intentar no rompernos.


4.-

Así que a sonarse un poco, a frotarse los ojos ensalivados y a volver a la calle (“¡Me tiro al monte!”, rezaba el Asunto de aquel mail enviado por Daniel Bernabé que descubrí en mi Bandeja de entrada). Porque, como decía un marinero inventado por Robert Louis Stevenson para el cuento El barco que se hunde: “Da igual que se esté yendo a pique. Muy bien; pero esa no es razón para andar a medio afeitarse”.

Ha quedado dicho que Bernabé y este prologuista compartimos zapatos de bolera y discos de cantantes negros con la boca abierta. Así que vamos a intentarlo, de veras que vamos a intentar que esta tormenta no nos vuele el sombrero y no nos desballeste el paraguas. Explica el autor que una vez lo despidieron del trabajo, como a tantos otros, y que lo único que se prometió fue “evitar el abandono personal a toda costa”.

Nos gusta la valentía y también la valentía para aceptar la cobardía. Estamos a favor de la elegancia, pero no del dandismo robótico e impersonal. Seremos también cercanos y cálidos, como en Casi de vuelta, relato en el que un amigo (su hermano, “hace cuánto tiempo que no llamaba hermano a mis amigos”) le confiesa a otro sospechosamente parecido a Bernabé que se ha convertido “en un completo hijo de perra” (trabaja en una empresa valenciana que espía a sus trabajadores con malas artes). Y él, bueno, lo entiende, porque es su amigo, y él a los amigos les coloca bien el cuello de la camisa cuando se han quitado demasiado rápido el jersey y los avisa si llevan los zapatos desatados porque lo último que querría es que se cayeran. Los amigos están para eso, para que se apoyen en ti cuando van borrachos y el extraño no sepa si el que está perjudicado es uno u otro (o los dos; o, ya, ninguno).

O esa otra chica con la que ese remedo de Bernabé pasea por el Retiro, una deriva tan parecida a las que completan en blanco y negro los protagonistas de las películas inglesas de posguerra cuando bordean algún canal con poca agua (un poco de miel entre chimeneas tóxicas y fregaderos sucios). La chica y el otro Bernabé han aprovechado para salir de casa esta Mañana de otoño: brilla el sol, pero él no puede evitar cabrearse cuando ve según qué cosas (¡intolerables!) y ella le suplica que “Hoy no, porfa, hoy no. Hoy necesito un día tranquilo, sin mala leche ni policías, ni el gobierno, ni la crisis, ni nada, ¿va? Y tú también lo necesitas”. Y él hace un poco el payaso, y se marca unos pasos dejando un diagrama imposible en el parterre, y alardea de su peinado y por una vez parece que su armadura de una guerra antigua brilla hoy bajo el sol del Retiro y le dice: “Lo siento”.

Y esa tarde son felices. Y él se traga la rabia pero escribe luego en su ordenador, en las horas libres, todos estos relatos, los que ahora el lector sostiene en sus manos (ojo con su manejo: son material inflamable y también frágil). Su condición de verdaderos (queman) provocará que algunos digan que son demasiado melodramáticos. Y entonces yo les contestaré con lo que dejó escrito John Steinbeck en una nota sobre la traducción de Las uvas de la ira: “El habla de los trabajadores puede parecer un poco exagerada en los clubs de damas, pero dado que, en cualquier caso, en los clubs de damas no creen que suceden estas cosas, poco importa lo que pueda parecerles”.

Porque sí, esto huele a hiena. Todos olemos a hiena y somos más o menos culpables de este hedor. Este mundo es como un bar que apesta a fritanga (si entras, programa ya tu lavadora para la ropa atufada), pero que tiene un reservado con hilo musical y ambientador de coco para los que abren la caja registradora y se llevan el dinero. Por eso, como hace otro de los personajes de Bernabé, meteremos la nariz en aquel cajón de la ropa perfumado con una pastillita de Jabón de la Toja. Ese olor que nos han enseñado desde niños. Para intentar sentirnos más limpios cuando salgamos allá afuera. Cuando emprendamos el trayecto en noche cerrada y entonces nos detectemos por la calle. A mí me reconocerás porque llevaré este libro bajo el brazo y en el bolsillo los puños, en contacto con el dinero justo para invitarte a una caña con tupé de espuma.

Miqui Otero, Barcelona, Octubre, 2014.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Debate en torno a ¿Por qué Marx no habló de copyright?

David G. Arístegui, Elena Cabrera, Servando Rocha y Daniel Bernabé

El pasado viernes tuve la suerte de participar junto a Elena Cabrera y Servando Rocha en un debate en torno a ¿Por qué Marx no habló de copyright? el libro escrito por David G. Arístegui.

"Las licencias Creative Commons y la filosofía del copyleft fueron el resultado del primer movimiento social generado en torno a la propiedad intelectual. El software libre goza de buena salud, pero la cultura libre no. Las diferencias entre código y libros, canciones y películas son cada vez más evidentes, pero se sigue insistiendo en que el uso de las Creative Commons, por sí solas, van a acabar con la precariedad y con los abusos de la industria.
A pesar de las simpatías que genera en algunos sectores de la izquierda la cultura libre presenta por desgracia más que sospechosos parecidos de familia con la agenda neoliberal.
«Muy pocas alternativas a la propiedad intelectual convencional han integrado en sus proyectos alguna clase de crítica del mercado de trabajo, una redefinición de la categoría de trabajador intelectual, una solución viable para las tareas de mediación, formas de retribución justa de actividades artístico-culturales o, incluso, alguna clase de complicidad con proyectos políticos antagonistas más amplios. La opción mayoritaria ha sido dejar esas cuestiones abandonadas a la espontaneidad de la red, como antes el liberalismo propuso abandonarlas a la espontaneidad del mercado». (del prólogo de C. Rendueles e I. Sábada)
Más que nuevos tipos de licencias son necesarias instancias colectivas para la gestión de la propiedad intelectual y derechos de autor. Necesitamos sindicatos en el ámbito de la cultura. Este libro es un modesto intento para empezar a sentar las bases históricas, ideológicas y discursivas para ese proceso."
Texto de la contra-cubierta tomado de la Editorial Enclave

martes, 9 de diciembre de 2014

Ultraje a la clase media (en algo más de cien ideas)



La clase media es una ficción pensada para el control social, un relato escrito por dedos de manicura esmerada.

La clase media fue la metáfora que, como cabeza de playa, ganó la guerra de conquista cultural ante un proletariado ausente de sí mismo.

La clase media es una mediocridad pagada a crédito.

La clase media es una fantasía de horizonte, un viaje a ninguna parte.

La clase media es como el gato de Schrödinger, su existencia depende únicamente del punto de vista del observador.

La clase media es un chaqué de alquiler para una boda destinada al divorcio entre las aspiraciones capitalistas y el decadente ahora.

La clase media es firme defensora de los derechos humanos siempre dentro de los límites de su sala de estar.

La clase media es el pilar de la democracia espectacular, un asentimiento ruín ante el poder del director de la representación.

La clase media es siempre una tragicomedia.

La clase media es simbiótica a la mentira de la excelencia, el emprendimiento y la formación continua.

La clase media niega al resto de clases sociales, un constructo liquidador por agregación.

La clase media es un prestidigitador social que hace desaparecer el conflicto en su chistera transformándolo en vasallaje reluciente.

La clase media es un joker sonriente con una ortodoncia mediocre.

La clase media, como propuesta, tiende siempre hacia el aburrimiento y el hastío, es la zombificación de la vida total.

La clase media es Paquito el Chocolatero pasado por el tamiz de un coreógrafo de Telecinco en los 90.

La clase media entiende la aventura como la variación del índice bursátil, al amor como inversión y la amistad como entente societario.

La clase media no folla, amplía capital en su pyme familiar.

La clase media entiende la vida como una sucesión de acontecimientos comerciales, trasunto de antiguas celebraciones religiosas.

La clase media es una imitación en plástico barato de la burguesía.

La clase media heredó el complejo de la burguesía frente a la nobleza. Lo somatiza con muebles rústicos y fotos de pared en un asador.

La clase media ahuyenta el peligro en complicadas ceremonias rituales llamadas seguros multiriesgo.

La clase media pasa del útero materno al monovolúmen sin solución de continuidad.

La clase media ha desarrollado una capacidad de percibir las radiaciones de los tonos pastel sin parangón en el mundo animal.

La clase media encuentra belleza en una serigrafía barata impresionista que cuelga encima de la taza del váter.

La clase media es, ante todo, un permanente intercambiable. El éxito por la asimilación molecular con el vecino.

La clase media sabe que la realidad empieza allí donde termina el campo de golf.

La clase media vive presa en su urbanización residencial. Un confinamiento con altas vallas, cámaras de seguridad y rie(s)go automatizado.

La clase media es el metro de platino iridiado con el que medir los valores dominantes de un mundo en descomposición.

La clase media fagocita modas y tendencias al carecer de una identidad propia. Una persecución inútil de cualidades asociadas.

La clase media se escinde entre la imagen de quien cree ser y el reflejo que les devuelve el escaso rendimiento de sus productos bancarios.

La clase media es antes ahorradora que ciudadana.

La clase media cree entender el mundo financiero de la misma forma que los sabios medievales la cosmología.

La clase media española vivió su máximo esplendor en el momento de máxima especulación. Toda una declaración de principios formales.

La clase media sustituyó el confesionario por el despacho del director de sucursal bancaria.

La clase media desarrolla todas sus parafilias sexuales en torno al fetichismo del dinero.

La clase media quiere ser propietaria por encima de cualquier consideración. Cuando ni siquiera posee la llave de su existencia.

La clase media brilla con especial particularidad en los suelos pulidos de los centros comerciales, ungida por la luz fluorescente.

La clase media toma su vestuario de la caza, la hípica y el reaganismo textil. Un conjunto desafortunado de inmundicias estéticas.

La clase media mide la calidad del calzado por lo efectivo que resulta a la hora de pisar seres humanos en su carrera profesional.

La clase media es la previsible sonrisa del hombre del tiempo mientras que el huracán arrasa calles en el croma.

La clase media entiende de manera supersticiosa cualquier cambio como la amenaza que le desposeerá de sus conquistas.

La clase media, ante cualquier crisis, reacciona histérica buscando culpables ajenos a la estructura que les sostiene.

La clase media, ante el cambio inevitable, se posiciona como un perro guardián que ha perdido su territorio y la comida.

La clase media cree aspirar a ocupar el lugar de sus superiores pero sólo busca nuevos amos más eficaces.

La clase media manifiesta su cansancio ante sí misma mi(s)tificando la experiencia vacacional como “unos días inolvidables”.

La clase media reconfigura el imperialismo mediante el turismo.

La clase media busca “escapaditas” de fin de semana como el niño enrabietado que finge huir de sus padres sin perderlos de vista.

La clase media moriría de inanición sentimental ante el fin súbito de la ficción televisiva.

La clase media es la resaca que nos dejó el self made man.

La clase media ama los parques temáticos ya que la diferencia entre lo verdadero y lo falso le parece un capricho excéntrico.

La clase media entiende la felicidad como un nuevo sistema para agilizar los trámites burocráticos.

La clase media busca “experiencias enriquecedoras” porque padece de un trastorno severo de objetivos propios.

La clase media ha sustituido la biblia por el libro de autoayuda. La nueva religión de la eficiencia.

La clase media como gif animado: una repetición enfermiza de un momento aislado sin contexto aparente.

La clase media observa la cultura como una tiranía interrogativa sustituible por la comodidad del entretenimiento.

La clase media observa la ideología como una tiranía interrogativa sustituible por la ideología totalitaria de la no ideología.

La clase media odia Trayecto en noche cerrada.

La clase media prefiere la asepsia de la pornografía antes que el olor del sexo.

La clase media se cobija en la ironía permanente ante la ausencia de capacidad crítica.

La clase media detesta la líneas que surgen de la relación con la producción, pero es incapaz de vivir sin ellas.




La clase media intuye las amañadas reglas sociales, pero niega su existencia como el marido infiel sorprendido con la amante.

La clase media está montada en el ascensor social, pero como ascensorista de uniforme ridículo que mira las plantas a través de las puertas.

La clase media es el helecho de plástico en la oficina del máximo accionista.

La clase media es el ácaro que agradece vivir de la piel muerta que cae del macilento rostro de un banquero.

La clase media accede al orgasmo mediante la designación como mando intermedio o asesor de confianza.

La clase media siempre ficha dos veces por si la primera no ha quedado registrada.

La clase media es una carretera de planta circular en permanente atasco.

La clase media busca la salvación mediante los alimentos ricos en fibras y bajos en colesterol.

La clase media son las rebajas del capitalismo post-industrial

La clase media se define, sobre todo, por lo mezquino de sus sueños: aspiraciones individualistas entre cupones de descuento.

La clase media sustituyó la caridad por la solidaridad mediante métodos telemáticos.

La clase media domina el virtuosismo del escapista siempre que se habla de inicios biográficos.

La clase media mantiene una relación con el mando a distancia del televisor claramente fálica.

La clase media se refugia en la enología como el alemán del 39 en la obediencia debida.

La clase media está convencida de poder categorizar el mundo en los huecos del armarito de las especias.

La clase media piensa que el placer es tan sólo la ausencia de dolor.

La clase media entiende como paraíso estético el diseño impersonal de los aeropuertos.

La clase media tiende a la mitomanía como un Dorian Gray mediante renting.

La clase media española utiliza el anglicismo con la esperanza de reconocimiento como buen salvaje aplicado.

La clase media mide el nivel de desarrollo de una sociedad por la profesionalidad y pulcritud personal de los limpiacristales del semáforo.

La clase media adora los posters inspiracionales y los discursos épicos del entrenador antes de un partido crucial.

La clase media mantiene la misma relación con la tecnología que sus abuelas con San Pancracio.

La clase media entiende la elegancia como un blasón nobiliario que se puede adquirir en unos grandes almacenes.

La clase media entiende la música como el hilo musical que no molesta para hacer “cosas”.

La clase media entiende la literatura como un proceso de acumulación de libros gruesos cuyo único fin es llegar a la última página.

La clase media entiende el cine como una forma óptima de presumir delante de su vecino de la alta definición del televisor.

La clase media entiende la pintura como un objeto rectangular inservible que se revaloriza con el tiempo.

La clase media entiende la escultura como el complemento perfecto para la rotonda o el jardín.

La clase media entiende el humor como el escarnio del inmediatamente inferior a él.

La clase media es capaz de probar el veneno si en la sección de “Gente y Estilo” de su semanal preferido lo recomiendan.

La clase media entiende la gastronomía como una forma óptima para presumir delante de sus amistades de una sensibilidad excelsa.

La clase media se desarrolla en el lugar común como las bacterias en una herida purulenta.

La clase media fagocita cualquier elemento asumido por el sistema rechazando con hostilidad la versión real del mismo.

La clase media sólo admite la pasión en la música ligera o como texto publicitario.

La clase media ha sustituido el catecismo por la publicidad.

La clase media entiende el catolicismo como un branding personal algo esotérico.

La clase media siempre está donde tiene que estar, siempre habla lo debido y calla lo necesario.

La clase media se sentiría más cómoda si en las citas el otro llevara una etiqueta con el precio tatuada en la frente.

La clase media practica un tipo de higiene social refinada que consiste en calcular el poder adquisitivo del desconocido en cuestión de segundos.

La clase media entiende el concepto de responsabilidad como las directrices básicas para mantener un orden inalterable.

La clase media se sabe hija de su tiempo, hasta el punto de creer que el pasado es algo totalmente desconectado del presente.

La clase media ha reducido los Mandamientos cristianos a un código binario de conveniencia individual.

La clase media abjura del comunismo como el primate desdentado y famélico ante el fuego.

La clase media es capaz de crear virtualidades visuales sin ningún tipo de ayuda técnica.

La clase media se fascina con las biografías porque entiende la historia como la sucesión de decisiones de los “grandes hombres”.

La clase media es el ansiolítico más poderoso jamás creado por la mente perturbada del mercado.

La clase media aspira al turismo espacial en un futuro inmediato.

La clase media forma colas disciplinadas incluso en el caso de que no sepa ni a qué conducen.

La clase media agota la felicidad en el momento que el dependiente le entrega el producto adquirido.

La clase media observa la pobreza el tiempo suficiente para poder compadecerse de ella delante de sus amistades.

La clase media afirma que todo el mundo es clase media, pero ellos son más clase media que nadie.

La clase media media entre la lucha de clases.

La clase media no se merece una crisis, se merece un apocalipsis.