miércoles, 11 de junio de 2014

Letanía a la normalidad

Catalá Roca
La normalidad, bajo este cielo, no es un estado de continuidad; es una imposición, una losa, un sudario que ahoga las ideas.La normalidad es una bolsa de plástico en la cabeza, un coro de corral que ensordece, una página que se pasa sin haberla terminado de leer.

La normalidad son tus ojos tristes.

La normalidad es la arrogancia del ignorante, la pose del muerto, el grito de la grada que celebra su propia ejecución. La normalidad es la sonrisa del vendedor, la ética del tratante de esclavos, la ley escrita con manos sucias.

La normalidad es que el amor se compre, la normalidad es vender tu alma. Es la lagrima que cae si saber muy bien por qué, es mirar a las estrellas y ver que las han apagado. La normalidad es bañarte en piscinas de ruindad, beber egoísmo embotellado, arrastrarte por tan solo un aplauso.

La normalidad son las uñas negras del viejo conde tocando una carne joven que le pertenece como la tierra seca que se quema bajo el sol. La normalidad son las colas ante la nada, el ver pasar los días sin esperanza, el olor a podrido en el aire.

La normalidad es la anestesia.

La normalidad es tu coche caro -monstruo mecánico de engranajes metálicos- atropellando mi respiración. La normalidad es la mirada perdida en el cercanías, las caras sudorosas que no encuentran respiro, el sonido de una sierra eléctrica que no deja pensar. La normalidad son las rebajas, decadencia en cómodos plazos, esclavismo con descuento.

La normalidad es el derecho de sangre, de cuna, de cuentas en Suiza. La normalidad es el tedio de sienes plateadas, sillón orejero, derrumbe de caspa que nos sepulta como un alud. Es tu fino bigote -moderno de mierda- haciendo que no se entera de nada.

La normalidad es la información meteorológica -no nos hace falta el hombre del tiempo para saber por dónde sopla el viento-.

La normalidad es un orgasmo fingido, un cunnilingus ansioso y procaz, es el semen que te limpias de las comisuras de los labios al acabar el informativo. La normalidad es un telepromter con el mismo texto escrito una y otra vez, hora tras hora, día tras día. La normalidad es tan falsa como el beso a la esposa pensando en la amante.

La normalidad es una mujer que me dice -muy bajito, como avergonzada- que le de una ayuda, cuando doblo la esquina que conduce a mi normalidad. Es un cuerpo entre cartones, una cara que ruega y de la que no sé el nombre.

La normalidad es la humillación, el para servirle a usted en lo que haga falta. La normalidad es la firma de un notario, el perdón del cura, el permiso del policía. La normalidad es una ventana que se cierra para que no entre aire, es una anciana mirando detrás de las cortinas mientras que pasa las cuentas del rosario con una habilidad demente.

La normalidad es el alarido del mudo ante el desastre inminente, la escopeta trucada en la feria, la risa por compromiso, las palabras medidas, las miradas con miedo, unas piernas que corren, unos grilletes puestos en la manos del escultor. La normalidad es un gusano que se arrastra dejando una dulce baba de complacencia.

La normalidad, bajo esta normalidad, es todo lo peor que te puedas esperar.

Pero la normalidad también soy yo, nosotros, mirándoos a los ojos tan firmemente que tendréis, tarde o temprano, que agachar la cabeza.

(Oíd cómo se acerca la tormenta...)

- Para Carlos, Carmen, Miguel e Isma, no estáis solos-

miércoles, 4 de junio de 2014

El gran naufragio

Henry Grant
Tengo treinta y tres años y he visto a las mejores mentes de mi generación ser ninguneadas por un mundo estúpido, carente de humanidad, falto de toda aventura. 

Durante un tiempo he intentado aportar a este gran naufragio esperanza, esperanza en la propia esperanza, en que aún había una posibilidad, un resquicio, donde poder agarrarnos. Lo he hecho haciendo lo único que sé hacer, escribir. No sé si ha valido para algo. 

A veces pienso en que no debería ser tan difícil para un adulto medio saber distinguir cuáles son sus intereses, cuál es la mejor forma de luchar por ellos, separar lo accesorio de lo fundamental, discriminar lo terrible de lo razonable (ni siquiera excelso). 

Recuerdo ser pequeño y estar con mi abuela, Pilar, una mujer de Jaén que vino a Madrid demasiado joven, pero con esa carga de realidad que da el haber visto a tus hermanos pasar hambre, el haber sentido el horror de la guerra, el haber sufrido la estúpida arrogancia del fascismo (tremenda aquella narración de cómo estuvieron a punto de detenerla por no hacer el saludo romano mientras que recogía las migajas de la cartilla de racionamiento, apenas siendo una adolescente) y escuchar cómo me decía que eran unos embusteros, unos ladrones, que pasara lo que pasara, nunca me creyera lo que iban a contarme. Ella, con una letra escrita con mucho esfuerzo -y aún así bella-, con los rudimentos básicos de números para poder sacar adelante a su familia, sabía quién era y dónde estaba. Cosa que a nosotros, esas mentes brillantes, la-generación-más-preparada-de-la-historia-de-este-país, se nos olvidó por completo o quizá nunca llegamos a saber.

No sé siquiera por qué ocurrió, en todo caso hoy no pienso hablar de ello; no al menos mientras mis ojeras crecen como crisantemos cuando mis ojos ven una realidad turbia pudrirse a través de una ventana que recuerda a los barrotes de una cárcel, donde un parado, uno más, traza unos planes que le fallan, sobre un mapa mal dibujado, con una brújula rota.

Hoy quiero hablar de sentimientos. Simplemente. 

Hace unas semanas vi La Grande Bellezza, la última película de Sorrentino. Un ejercicio, en apariencia, muy poco político. En ella, un periodista de éxito, en el último tercio de su vida, vagabundea por Roma envuelto en estupendos trajes, quema sus noches en fiestas excesivas, disfruta con mujeres pensadas por Eros, contempla el Coliseo, desde la terraza de su casa, en cada amanecer. Y sin embargo, en su culmen, apenas recuerda qué es la felicidad. Un amor, el primero, hurtado hace años por la vida, le sigue persiguiendo, recordándole, a cada precioso fotograma, que la gran belleza está donde pusimos el corazón con la sinceridad aún no arrebatada por la oscuridad del mundo, por el turbio brillo del triunfo, por la tenebrosa realidad de las cosas que se pueden comprar. Esta película, al final, además de ser un metraje de los que hacen saltar las lágrimas con cada fotograma, nos recuerda, desde la óptica del que lo tiene todo, que hay cosas que estamos haciendo terriblemente mal, que los senderos por los que nos obligan a caminar, aunque alcancemos los primeros eso llamado meta, sólo valen para alejarnos de nuestra primordial condición de criaturas que buscan el placer de vivir, ese sentimiento poderoso que nos aleja de la tiranía de la naturaleza.

¿Es tan difícil discriminar la bellezza de la gran fealdad? 

Cuando dudo siempre recurro a una máxima que inventé en un momento en el que necesitaba agarrarme a algo (maderas que flotan, otra vez el naufragio). Es más fácil saber qué es lo que se quiere ser por oposición que saber realmente qué es lo que se quiere ser. Quizá no todos tenemos que hablar de Gramsci, de empoderamiento (por favor, traduzcan de nuevo, qué horror de palabra), de posiciones o tácticas. Quizá debemos ser lo suficientemente honrados para admitir que tenemos muchas más preguntas que respuestas. Que si nos es difícil leer los letreros de los caminos correctos quizá haya que descartar las indicaciones que sabemos desagradables.

Y en mi caso, que puede sea el suyo, buscar por qué con treinta y tres años me siento un 
dinosaurio, una especie a extinguir, un náufrago flotando a la deriva. De por qué, aunque mi vida, espero, transcurrirá en su mayor parte en el siglo XXI, sospecho que echaré de menos tantas cosas del XX.

No entiendo por qué llamamos democracia a un sistema que sólo es democrático cuando la democracia no se ejerce; donde los derechos sólo los tiene quien los puede pagar; donde la plenitud consiste es elegir entre cinco marcas de pasta de dientes, champú anticaspa y porno online; donde la emoción parece hallarse en imágenes truculentas, noticias escalofriantes y series con giros sorprendentes; donde se garantiza la libertad de expresión para quien pueda poseer un medio de comunicación, condenándonos al resto a gritar a la tele del salón (casa, tele y electricidad not included); donde lo único que despierta pasiones es un sentimiento nacional envasado en banderas made in China; donde la educación no nos permite desentrañar el mundo en el que vivimos y, a lo sumo, nos capacita para apretar botones ágilmente, cual monos amaestrados; donde se fomentan los prejuicios y los escombros mentales que nos dan la oportunidad de mofarnos del desgraciado inmediatamente inferior a nosotros; donde se nos proporciona un montón de estereotipos absurdos con los que comparar nuestra grotesca fealdad; donde se nos ofrece una vida paralela a través de las redes sociales en la que redimir el fracaso profesional, la soledad y aparentar lozanía juvenil; donde la única forma de hacer más interesante el mundo que nos rodea es aplicar un filtro fotográfico; donde la sanidad acabará siendo un lugar en el que empeñar los órganos sanos aún después de probar sus venenos alimenticios; donde la forma de encarar nuestro odio sea a través de tertulias políticas que giran como tiovivos animadas por muñecos de trapo; donde la literatura, el cine o la música son tan sólo un producto escapista, autorreferencial y amable, con el que aparentar erudición delante de nuestras amistades; donde, al final, si necesitamos apoyo, lo buscaremos en ríos de alcohol y montañas de coca; donde, si acaso nos da por pensar, habrá un cuerpo de hombres armados que nos ponga en nuestro sitio en un periquete.


(Artículo escrito en febrero de 2014 para el número 4 de Grund Magazine)