miércoles, 30 de abril de 2014

Presentación de El Burro - Materialismo y Cultura




Este próximo martes 6 de mayo a las 20h en la librería Dalcó (C/Olmo, 18, Madrid) presentaré  junto a Hugo Castignani, Jorge Diezma, Joaquín Reyes y Antonio Antón el fanzine El Burro.



"Este fanzine trata de sobre cómo se hacen las cosas en el campo de la cultura en España. Sobre las cosas que se hacen, las que se dejan de hacer y las que se podrían hacer de otra manera. Pretende localizar los condicionantes económico/sociales que influyen para que nuestra producción sea ésta y no otra. Poner en relación la forma de financiación con el tipo de obra que hacemos. Asociar las políticas culturales con el tipo de artistas que hay. Comprender las relaciones que se establecen entre la cultura y el poder, y cuáles son los réditos que cada cual saca de este intercambio."
http://elburrofanzine.blogspot.com.es/

Reseña que escribí para la revista LEER aprovechando la salida del zine
http://revistaleer.com/2014/03/la-cultura-desquiciada/

jueves, 24 de abril de 2014

Elegir bando.

Foto por Toni Chinoise.

En el mundo de donde venimos nosotros, ante una huelga, no hay duda posible, todos los trabajadores sabemos de qué lado hay que estar. Pesan cuestiones de solidaridad, sentimentales y hasta de orgullo, pero sobre todo la conciencia de saber en qué consiste exactamente una huelga.

En el mundo de donde venimos sabemos que la huelga, la paralización de la producción, es la única arma efectiva de quien sólo posee como moneda de cambio su fuerza de trabajo. Las huelgas no son un capricho, un divertido pasatiempo, son la respuesta ante un ataque empresarial que tiene, en último término, la codicia como motor: aumentar la tasa de beneficios en perjuicio de las condiciones laborales. Sabemos que cuando los trabajadores recurren a ella es como última salida, ya que una huelga perdida, a menudo, significa un cheque en blanco para el acoso laboral o directamente el despido.

Incluso sabemos que, aunque un conflicto laboral no te toque directamente, el resultado del mismo tarde o temprano acabará repercutiendo en tu vida. Por eso contemplamos con dolor las derrotas y celebramos las victorias como si fueran nuestras.

Por eso sabemos cuál es el significado preciso de la palabra compañero.

Desgraciadamente el mundo del que venimos -ese en el que el orgullo de la identidad obrera se lleva como una condecoración- está en retroceso; a cambio se nos ofrece un páramo posmoderno en el que el egoísmo, la frivolidad y lo ruín campan a sus anchas: serviles con el fuerte despiadados con el débil es la máxima a seguir.

El escritor y periodista Soto Ivars parece que se siente cómodo en este estercolero moral donde las personas han pasado a ser meras unidades de producción, e incluso las palabras, herramientas del que escribe, se han convertido en mercancía a disposición de mercaderes que puedan pagar por ellas. No diríamos que el par de artículos publicados por este columnista en El Confidencial, arremetiendo contra la huelga en Fnac y el sindicato convocante CGT, nos sorprendieron. Se ha convertido en algo habitual que ante un conflicto social o laboral se alcen voces, en apariencia desinteresadas e incluso con un pretendido halo rebelde, dando pábulo a una visión reaccionaria del mismo.

En el primero de ellos, Soto Ivars, intenta justificar su esquirolaje ante la campaña que pedía a los escritores no firmar en las mesas de Fnac en Sant Jordi. De argumentos pobres, la columna se refugia en ese cajón de sastre que es la crisis del sector editorial y la piratería, junto al respeto a quienes “han puesto el dinero” o sea, sus editores. Quizá, en un arranque de sinceridad no meditada, el autor, en el primer párrafo, lamenta perder esa gran oportunidad de sentarse junto a “Millás, Vila-Matas o Vicente del Bosque” (sic). Podríamos hablar largo y tendido sobre la crisis del sector editorial (los que firman estas líneas llevan ya unos cuantos años comiendo polvo en el Retiro y aguantando impertinencias de starlettes de la pluma) y su relación con la piratería -sin duda la hay- pero también de propuestas editoriales que, a pesar del bombo mediático y presunta popularidad virtual de sus autores- son incapaces de vender, ni siquiera, las estimaciones mínimas para alcanzar la rentabilidad de la tirada. Pero es que la cosa no iba de esto -es habitual el juego de manos cuando lo que se trata es ocultar algo- el asunto era tan sencillo como que se pedía un gesto, que muchos -incluso personajes televisivos tan deleznables como Buenafuente o Mejide- llevaron a cabo: no firmar en la mesa de la Fnac. Cosa que a Soto Ivars parecía desagradarle sobremanera.

Espoleado por las críticas recibidas -Soto Ivars, deberías escuchar a Billy Bragg, no cruces jamás la línea de un piquete- el autor publica un segundo artículo en el mismo medio en el que acusa a CGT de mentir, en el que califica la huelga de fracaso y capricho y la sitúa en la típica visión policiaca de la coacción del malvado y vago sindicalista que llega desde fuera a crear conflicto en un encomiable proyecto empresarial. El artículo cae en un triste ridículo al admitir que los recortes, si bien se producen, no son sólo en Fnac, sino en todo el sector del comercio.

Soto Ivars, sin duda, viene de un mundo diferente al nuestro -le importa su firma, su momento, más allá de problemas “secundarios” como las condiciones de trabajo de unos “dependientes”-; parece sufrir de cretinismo al no entender las contradicciones irresolubles entre sostener o aumentar (como es el caso en Fnac) la tasa de beneficio empresarial y el recorte en las condiciones de trabajo de los obreros. Pero Soto Ivars, pese a firmar cosas como Tenían veinte años y estaban locos es ya lo suficientemente maduro y cuerdo para entender del lado de quién hay que poner tu pluma si quieres llegar lejos en el proceloso mundo literario.

Los autores de este artículo no tenemos ninguna vinculación con CGT. Más allá del contenido concreto de su campaña (exitosa por otro lado, felicidades) acusar al sindicato de mentir agarrándose a porcentajes y opiniones que el autor dice de trabajadores del supermercado de la cultura es como poco tendencioso. Esgrime haber visto una nómina de 1300 euros, entendemos que la falta de costumbre comunicándose con miembros de la clase trabajadora puede ser la causa de semejante patinazo. Probablemente el interlocutor de Soto Ivars, es un VQ, una suerte de supervisor de vendedores o jefe de área, cuyo sueldo es superior al de un vendedor. Sumando antigüedad y trabajando a jornada completa el sueldo medio de un dependiente de FNAC ronda los 900 euros. Los contratos recientes nunca son jornadas completas, según trabajadores consultados más de la mitad de la plantilla trabaja a tiempo parcial sin posibilidad real de aumentar la jornada para alcanzar un sueldo mínimo. Si por 40 horas semanales, sumando pluses, unos pocos trabajadores cobran 900 euros, hagan ustedes las cuentas, restando antigüedades y recortando horarios. Baste, para los lectores interesados, que alberguen alguna duda, consultar alguna de las ofertas de trabajo que Fnac lanza de vez en cuando, o hablar -como hemos hecho nosotros- con alguno de los empleados. Asegurar que la huelga fue secundada solamente por cinco trabajadores constituye una manipulación intolerable, una aseveración ridícula, solamente hay que ver las imágenes de las tiendas desiertas y los stands de firmas vacíos. ¿Dónde se esconde la trampa?, FNAC lleva dos años consecutivos aplicando el artículo 41 del nuevo ET, es decir, una reforma sustancial de las condiciones laborales (que por cierto, tras la reforma laboral del PP, no requiere que la empresa que lo aplica presente pérdidas), quien no lo acepta, tiene 20 días para abandonar su puesto de trabajo con indemnización de 20 días por año y paro. Un chantaje de manual. El día 23 era el último día que los trabajadores de FNAC tenían para marcharse. Por tanto, quienes apoyaban la huelga, decidieron que era el día perfecto para convertirse en ex-empleados.

No se trata, exclusivamente, de un tema económico, se trata de vivir, maldita sea, invitamos a todo aquel que pone en duda la legitimidad de esta protesta a que trate de llevar una vida normal teniendo un trabajo cuyos horarios se planean y cambian semanalmente, con un reparto de horas sujeto a las necesidades de la empresa, Eso sin hablar de la insistencia de los mandos intermedios para utilizar a los trabajadores como captadores comerciales de socios o los sueldos, orgullo, sin duda, de las intenciones que la Troika tiene para España. Es el modelo del minijob, el esclavismo soterrado, el final de la hoja de ruta capitalista.

Pero es que este tema va más allá de la huelga de Sant Jordi, Fnac o la crisis del sector editorial. Este par de artículos explican a la perfección en qué se está convirtiendo la joven literatura española.

Soto Ivars es una anécdota -prescindible y sin gracia, por otra parte- pero refleja cómo cuando el moderneo canallita de las letras se pone la capa de librepensador siempre se escora hacia el mismo lado, el derecho, el único donde hay algo que pillar. Y lo insoportable, lo realmente asqueroso de la situación, es la pátina de inconformistas políticamente incorrectos que estos individuos -no hace tanto preocupados únicamente por mantener su status de fuckers noctámbulos- insisten en arrogarse.

Soto Ivars (y cia.) os vamos a explicar un par de cosas, y lo vamos a hacer desde el barro, la calle, el almacén repleto de cajas de vuestros libros en permanente devolución. Escribir contra un sindicato, uno especialmente digno y combativo como es CGT, no es políticamente incorrecto, no es subversivo, ni rebelde, es lo que se espera que ocurra en una sociedad con una disonancia cognitiva tan grande, que siendo víctima de la mayor estafa del último siglo, anda pendiente por buscar la culpa de su situación en todos lados menos donde realmente está: la banca y las multinacionales.

Soto Ivars, sinceramente, nos tenéis muy cansados, vosotros y vuestro mundo, donde la máxima preocupación es dejarse ver en tal presentación literaria, estrechar la mano adecuada, callar cuando toca y ladrar cuando se debe. Quizá, si salierais de vuestros estrechos horizontes de clase media superaríais esa mediocridad tan escapista que os impide ver lo realmente jodido que lo tienen millones de personas en este país.

Si tuvierais algo de vida -y vergüenza- seguiríais dedicándoos a lo único que se os da medio bien: la diletancia de bar de tendencias.

Es desesperante comprobar como, además, se dicen víctimas de la persecución de la sectaria izquierda cada vez que toman partido (partido por el poder, que es quien tiene las monedas y por tanto el futuro).

Para gente que escribe -además de tener un trabajo asalariado con el que intenta ganarse la vida- y lo hace sin pseudónimos, a cara descubierta, tomando partido -por los suyos, los obreros, los de abajo- es habitual frenar cada dos líneas y meditar las consecuencias de lo que se está haciendo, pararse a pensar si esa crítica afectará de alguna forma a su trabajo, qué puertas se cerrará, qué timbres no podrá tocar nunca más. El que se declara de izquierda -de esa izquierda que no es respetable, ni presentable, ni razonable, de esa izquierda que no se contenta con gestionar las migajas- sabe que una vez que se lanza la piedra ya no habrá cabida en prestigiosos diarios, agradables ambientes o estanterías de Fnac.

Sí, sabe lo que le toca, elige y acepta.

Acepta porque sabe de su condición de trabajador cultural, porque reconoce su posición, porque identifica a su igual: los escritores no son más que esa chica con chaleco que se desloma preparando todo para que la firma salga bien y, a la cual, la mayoría no tiene ni la decencia de dar los buenos días.

Por eso molesta tanto comprobar como, poco a poco, el sistema capitalista va minando las pocas parcelas en las que quedaba cierta dignidad. Los que controlan esto, aún escondiéndolo en público, saben que cuestiones como que el ser social determina la conciencia son tan ciertas como cierta es su maniobra para promocionar al escritor de clase media presuntamente no ideologizado, es decir, el que por tanto más ideologizado está; el que tomará parte siempre atendiendo antes a sus intereses personales que a los de la colectividad; el escritor que replicará -aún sin ni siquiera darse cuenta- el pensamiento de la clase dominante; el que apuntalará, sin pensarlo, la hegemonía ideológica que provoca que todo siga como está, que todo parezca cambiar para que, realmente, nada cambie. Es fácil, de donde venimos, tenemos claro que, o se tiene el látigo o se tiene la razón, pero no se pueden tener las dos cosas a la vez.

Algunos nos tendréis al lado, otros enfrente. Vosotros sabréis de qué lado estar.


Álex Portero
Daniel Bernabé

Este texto se publica conjuntamente con  Jugando entre las ruinas.

miércoles, 9 de abril de 2014

Escribir




1. Escribir sin buscar el artificio, el giro sorprendente, los fuegos artificiales creativos. No mentir nunca al lector con triquiñuelas.

2. Escribir sobre las vidas de la gente normal, perdedores, excluidos, derrotados. Sobre las víctimas del brillo insondable del triunfo.

3. Escribir desde la contradicción irresoluble. No hay deus ex machina capaz de solventar la sentencia inapelable de la realidad.

4. Escribir desde la honradez personal de lo conocido. No del ego de una vida propia intrascendente, sino de lo común de esa intrascendencia.

5. Escribir desde el barro para el barro. La condescendencia es propia del burgués gentilhombre que sentencia desde la ética caritativa.

6. Escribir aceptando que hay gente que gana y gente que pierde. El idealismo que dulcifica los dientes rotos es una droga infame.

7. Escribir desde el estómago, el único órgano que de verdad tiene algo que decir en un proceso creativo.

8. Escribir sabiendo tu función, posición y privilegio. Quien se convierte en objeto de consumo escribiendo no es un escritor, es una vedette.

9. Escribir si tienes algo que realmente merezca la pena ser contado: las cosas que nunca se cuentan y quedan en el olvido.

10. Escribir sin esperar el aplauso, ni el reconocimiento, ni la recompensa. Pero aún así hacerlo, cada día, sin descanso.

(Esto no es un catecismo, una código normativo, un amago de manifiesto. Es un deseo, un mapa personal, algo a lo que agarrarse cuando las fuerzas flaquean y el lápiz se quiebra).

viernes, 4 de abril de 2014

El telegrafista del Titanic.

André Kertesz

El telegrafista del Titanic; un astronauta orbitando por la cara oculta de la Luna; un avezado lector europeo en una biblioteca china; el mudo justo antes de presenciar un atropello; un farero en la noche de tormenta; la prostituta en el West End victoriano, Jack mediante; un mimo ante turistas ciegos; el actor teatral ante un auditorio hostil; el Cabaret Voltaire a los ojos del Kaiser; la torre de control en un día de niebla; el radar ante el avión espía; ese dato esencial que se queda en la garganta del agonizante; la pista que el detective pasa por alto; el campesino ante la misa en Latín; el texto en braille tocado por manos inexpertas; una guitarra sin cuerdas; la máquina de escribir sin folio; el proyecto SETI; un náufrago, sin ni siquiera botella; el vendedor de enciclopedias a domicilio; la carta con dirección incorrecta, sin remitente; un merodeador de rastros tras la copiosa nevada; la teniente Ripley, al final de la película; el voayeur que vive en un sótano interior; el poeta millonario; la pizarra de Einstein ante el indocto; la hormiga sin antenas; una bola de cristal rota por la medium que ha perdido el don; el humorista deprimido; un VHS ante los campos magnéticos; la soprano afónica; la bengala de emergencia con la pólvora mojada; un disco de vinilo en los noventa; el explorador que se adentró demasiado en África; el bolígrafo con la tinta seca; los satélites ante la tormenta solar; el sextante un día nublado; el preso en la celda de castigo; la frase de despedida que se pierde ante el silbido del tren; el arpa ante la pezuña; un contestador automático de una empresa desaparecida; el semáforo para el daltónico; la radio entre montañas; la máquina Enigma sin Alan Turing; una obra inédita que arde; el mensaje escrito con limón que nadie puso al calor; el ruido del árbol que cae en el bosque desierto; la frustración del poseído ante su xenoglosia; el robot marciano que se queda sin baterías; las almenaras que no arden; el cuerno partido en la batalla.

Efectivamente, tenía un serio problema de comunicación.

miércoles, 2 de abril de 2014

Indios Hopi y casacas rojas.

Germaine Krull

Un silencio que me inunda desde todas las partes de la casa, no saber muy bien dónde estoy, confundir los decorados por un cambio demasiado rápido de función. Las noches ni siquiera se parecen, aunque el ánimo desatendido sigue brillando reptante como un caracol que ha perdido la senda que debería haber seguido. Mi anestesia ya no surte efecto, tengo un pronunciado dolor en uno de los pulmones que, ahora, se ha trasladado al centro del pecho, algo debajo del esternón, como una estrella negra que intenta avisarme de que quizá todo va peor de lo que me imagino, que mi vida no es eterna y mi salud cómplice de mis desvaríos. Me aterra saber que la imagen que refleja el espejo es la mejor que voy a dar nunca, me adhiere al suelo una sensación de falta de tracción, como en los sueños donde corremos dentro del agua o la superficie por la que caminamos no tiene demasiada gravedad. Algún día espero encontrar los mapas que me guíen, arreglar las brújulas que, como relojes pisados por un gato gigante, ya ni siquiera dan dos veces bien la hora en un mismo día. Leo unas pequeñas frases que son como su voz, tan distante y abandonada, tan breve y cadenciosa, tan alejada de lo que conozco habitualmente. Pasa por la calle un camión invisible que transporta a los muertos que han decidido salir de este país de forma apresurada, sin dirección, aunque eso, en estas condiciones, tampoco importa demasiado. El ratón tiene una luz azul como de nube de hidrógeno en medio del vasto universo, calentada fríamente por algún sol distante, de los que anuncian su presencia muchos años después de haberse extinguido. Ya no me preocupan demasiado mis ambiciones como cronista del desastre, tan sólo el desastre en sí. Qué bonito sería hablar de esperanzas y parques repletos de niños y manos enlazadas y parejas con la vista puesta en el futuro que se anticipa prometedor como una puesta de sol en una película de los años cincuenta. Yo tan sólo tengo un metraje mudo, en blanco y negro, donde aparezco con ropa de payaso, de pobre, de maestro de pueblo, donde aparezco con un frac mojado o un disfraz de perro a medio construir. Ni como generador de pena me han contratado en la oficina del INEM. Los malditos canallas de mirada tersa como los billetes que guardan a puñados en sus bolsillos están devorando el cadáver de un burro muerto hace mucho. Les da igual que el animal hieda como apesta este país lleno de sotanas manchadas por los flujos insondables de un pecado que sólo es tal a los ojos del nazareno crucificado. Además de la ira me provocan una pena terrible por haberme robado mi vida y no poder, siquiera, dispararles con una escopeta que nunca he tenido y que si tuviera tendría los cañones con demasiados agujeros para que la bala supiera por dónde salir. Me quedan un puñado de cosas buenas y os las voy a enumerar, ya que es poco educado según la costumbre de los esquimales de tierras heladas y de los Indios Hopi despedirse con lágrimas o agitar un pañuelo manchado de culpa en una estación victoriana abarrotada de casacas rojas que parten a matar negros mientras que son devorados por la reina de todo el imperio. Esas cosas buenas son mis compañeros de trinchera que han aguantado mi cadáver una vez más -y ya van unas pocas- los que por apenas el valor de una sonrisa se afanan por adecentarme para que parezca un esqueleto danzarín algo atractivo, los que consiguen que mis pies, apenas dos muñones absurdos que impiden caminar, puedan empezar a mostrar algo de brío en las mañanas aún frías de un año con demasiadas minas antipersona hundidas en cada poro de mi piel. Además está ella, aunque huya como el viento de las regiones septentrionales y las grandes praderas de América, aunque cabalgue a lomos de un bisonte cada noche, aunque se escape en un tren con una marca indeleble en cada ventanilla de cada vagón. Posee uno de los cuellos más geométricamente perfectos que he visto en toda mi vida. Incluso, una vez, unos científicos de Idaho intentaron repetir la proeza buscando la fórmula de la curva que va de su pelo a su hombro y sólo lograron una serie de números que rápidamente fueron eclipsados por la realidad de su sonrisa, sonrisa de niña viendo una película de dibujos un viernes por la noche, sonrisa de calor, sonrisa de madriguera de pequeños roedores esperando el fin del invierno acurrucados entre paja seca y oyendo el lejano rumor de las pisadas de los caminantes, los coches presurosos, los metros que se deslizan aún más profundo que ellos, la ópera de los canales oficiales que sólo anuncia tempestades. Pero da igual, allí, ellos dos, están a salvo de todo, aunque todo aquí y ahora ya sólo sea un cuaderno de hojas arrancadas en el que aunque aún se lean los párrafos ya ninguna de las páginas tiene sentido. No hay más que contar por hoy, más que desconectar el transistor de recuerdos, el canal de bobina de Tesla que nos transmite desde las más lejanas regiones australes de nuestro cerebro las palabras explosivas de una noche de abril.

martes, 1 de abril de 2014

Dexedrinas XV

Sin título - Eli Lotard

La palabra gozne chirría de pena al pasar por unas puertas automáticas.
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El pájaro volaba contra el viento, en una extraña y dramática maniobra. Más allá no se veían montañas, ni campos con grano, ni siquiera un árbol con nido donde guarecerse, sólo un páramo insondable y aterrador.
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Siempre se le quedaba el café frío en la taza; pensaba demasiado si necesitaba azúcar o el sincero amargor de la bebida.
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Los días fríos de primavera son el epílogo a un invierno con un final mal narrado.
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Un bosque de bloques de cemento, ciudad de periferia, cordillera grotesca que tapa los sueños de sus habitantes.
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La diferencia entre atisbar el dolor y sentirlo, entre la promesa de heridas y la piel sangrante, entre las púas del erizo marino atravesando la carne y su imaginación, es lo que distingue al suicida del escritor en permanente expiación.
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El loco miraba la cruz verde de la farmacia encenderse y apagarse. Donde otros veían sólo un cartel luminoso él conseguía ver todo un complejo código que le alertaba sobre la inquisición.
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Las almenas son el peine del cielo.
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Los árboles crecen por aburrimiento, las personas por miedo, el amor por latidos.
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Siempre buscamos padres al fracaso cuando lo importante son los hijos que engendra.
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Un gruísta gordo, sucio y de barba hirsuta. Aficionado al ballet. Retiraba los coches mal aparcados con una delicadeza admirable.
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En los días de viento la ropa tendida parece saludar al paseante atento, los toldos a rayas rasgados por el sol le arpegian melodías silenciosas.
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De pequeño le gustaba el olor del garaje, del metro, del trastero donde guardaba la bicicleta. De mayor formó un desconocido grupo de post-punk.
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Antítesis dolorosa es que El Quijote se edite en papel biblia, los ojos huidizos de una madre, el suspiro del amante dedicado al pasado.
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Si los aviones, al atravesar la nubes, no son llamados submarinos, los escritores, en mala racha, no deberían ser tratados como despojos.
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Cuchara, cucurucho, cachiporra: aliteración imberbe y juguetona.
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Al asomarse a su ventana vio a un hombre detenerse frente al contenedor de reciclaje, mirar a derecha e izquierda y meterse dentro, no sin esfuerzo. No se alarmó lo más mínimo, entendió el motivo de aquella extraña acción. Tres días después, leyó en el periódico, que le habían encontrado muerto, aunque con una sonrisa de esperanza.
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Un parque sin niños, ocupado tan sólo por paseantes eventuales, es como un cine a la hora en que el acomodador barre las palomitas del suelo con las luces dadas.
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La incertidumbre convierte los días en meses, las horas en una corriente que fluye tan lenta como la sangre de un animal disecado.
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Los antiguos marineros se guiaban a través de las estrellas, él sólo sabía el nombre de algunas. Aquello, aunque bonito, nunca sirvió como carta de navegación con la que evitar naufragios.