lunes, 22 de diciembre de 2014

Prólogo de Trayecto en noche cerrada, por Miqui Otero



1.-

Huele usted a hiena. ¡Qué huele usted a hiena! ¿Por qué se asusta de la realidad? ¡Ella huele mal! Y usted y usted. Y yo y todos. Vivimos en una pocilga, como cerdos. Me dan asco todos ustedes. ¡Os detesto!

No se alarmen. No pretendo insultarlos ni quiero que huyan si están ojeando este libro mientras se ciscan en todo el árbol genealógico de quien tecleó estos desaires: esto es una cita (una declaración de intenciones), pero también es una táctica. La dice uno de los personajes de El ángel exterminador, esa película de Don Luis Buñuel en la que un grupo de burgueses que se las prometían muy felices horas antes en una ópera de Donizetti son incapaces de cruzar el umbral de una mansión en la calle Providencia durante horas y horas: se desenchufan la máquina de afeitar entre ellos, bisbisean puyas sin valor para defenderlas a la cara, conspiran asesinatos y se convierten ellos mismos en carceleros y presos por su propia falsedad.

Toda esa diatriba es, también, una maniobra para empezar el prólogo que no se puede empezar: dice otro personaje (en esta ocasión deambula por las páginas de esta colección de relatos bordados por Daniel Bernabé) que siempre comienza a leer los libros saltándose el prólogo (“siempre lo dejaba para el final, como una tertulia de programa de cine entre señores que aparentan saber mucho buscando la frase más ingeniosa”). Bien, he aquí el tertuliano: mi nombre es Miqui Otero y comparto con Daniel Bernabé algunos discos en cuyas portadas hay negros que abren la boca (para chillar de gozo o rabia, jamás para bostezar aburridos), unos cuantos libros, más de un par de zapatos de bolera y también un intercambio de correos (él había tomado un par de copas, yo sorbía en ese instante un vaso de orujo de hierbas sin etiquetar; lo leí en la medianoche):

“Oye, andaba aquí a punto de bajarme a echar unos bailes y aprovechando que ando ya tocado -con la consiguiente vergüenza bajo mínimos- me animo a escribirte de nuevo para…”

En un mundo de pingüinos que no arriesgan con salirse de la fila, de tipos que planifican todo como ardillas paranoicas, que especulan con cada palabra, que escriben encorvados como relojeros miopes, ¿Cómo no contestar a un escritor que pide un favor antes de irse a bailar y cuando es más feliz? ¿Cómo no escribirle un prólogo a pesar de que no lea los prólogos? Por eso empiezo con una cita de Luis Buñuel, para ganar su complicidad y también la de los lectores, porque todos sabemos que todo esto huele muy mal pero también conocemos algunos atajos donde el aire es respirable. Enrique Jardiel Poncela también decía que “el generalizado procedimiento de pedir un prólogo” le parecía “tan imbécil como el hecho de confiar a un amigo de palabra fácil la misión de declararse en nuestro nombre a la mujer que deseamos”. Bien, pues soy muy feliz de presentarme como ese imbécil y de oficiar de tertuliano si es para dedicarle unas líneas a estas páginas llenas de verdad, escritas a tumba abierta, honestas como pocas, también necesarias, antes de que silbe el operario ferroviario para que el lector inicie este Trayecto en noche cerrada.


2.-

Aprovecho la ocasión para tirar una línea en la grava de este pipicán (____________) que separe a dos tipos de personas que hablan solas por la calle: unos son esos permanentemente endomingados que engolan hiperactividad y cierran contratos con muchos ceros mientras enarbolan cheques y agitan los brazos como espantapájaros en día de ventolera (los perdonaría si hablaran solos por algún tipo de demencia, pero el caso es que lo hacen por la función manos libres de su móvil regalado por la empresa); los otros son los que hablan solos porque están rabiosos, escamados con lo que les rodea, con una empatía hacia el dolor que les impide ser amables siempre. Estos últimos (un bando en el que coloco tanto a Daniel Bernabé como al imbécil que firma estas líneas que preceden su llameante colección de relatos) son los que escriben mentalmente cartas al director denunciando discretas brutalidades cotidianas que detectan en cualquier sitio: en la cola del súper (ese gilipollas que no sabe mirar a los ojos a la cajera cuando le está cobrando esa bebida energética), en el rojo del semáforo (el conductor que vacila a un tipo que le quiere vender unos kleenex) o en un bar de menú (aquel esquirol que critica en la mesa de al lado a su compañero de trabajo sindicado porque, entre otras cosas, huele a Ducados y a Terry).

Algunos dirán que los que están a este lado de la línea son unos tremendistas, que se toman todo demasiado a pecho, y lo que quiso ser un insulto cuando brotaba de los labios del mezquino se convierte en música (soul, con muchos tambores y más trompetas) para nuestros oídos. Porque Daniel Bernabé es así y así son algunos de sus personajes: gente airada, cuya búsqueda de lo bello no los convierte en optimistas lelos o en tontos integrados. Es Bernabé (y son también sus relatos) como el Jimmy de Look back in anger, de John Osborne, que jamás engordará porque “La gente como yo no lo hacemos. Te lo he intentado explicar. Sólo ardemos y quemamos todo”, porque, ahora en palabras de su amada Alison, “se creen aquel viejo caballero de armadura destellante, solo que su armadura en realidad no brilla”. Y no brilla porque hoy, aquí y ahora, huele a hiena y las nubes de la tormenta esconden el sol que podría nimbarla. Pero podemos refugiarnos en libros como éste para, al menos, ser conscientes de que nos mojamos.



3.-

Así que, como dice Jimmy, juguemos a algo: juguemos a que estamos vivos. Sí, somos como Dostoievski en sus Apuntes desde el subsuelo, “suspicaces y quisquillosos como un jorobado o un enano”, pero nos enfadamos porque somos humanos vivos y estamos vivos porque nos enfadamos ante lo inhumano.

Así que no vamos a desviar la mirada. No lo haremos porque este trayecto ya ha comenzado y somos como el protagonista de Los Recortes, que colecciona noticias de periódicos de desgracias de todo tipo, como ese otro de Los yogures que se ve asaltado por una melancolía horrorosa cuando mira la cesta de los demás (este prologuista tenía un amigo que en lugar de cartas le enviaba los tickets de sus exiguas compras en el supermercado: chopped, cuchillas de afeitar, café) y cree peor acceder a esa intimidad miserable que ver su ropa interior sucia. Porque también entendemos a ese reponedor que carga libros De siete a siete para que esos libros, todas esas palabras (mueve más palabras en un día de las que jamás escribirá novelista alguno), lleguen a tomos como éste (“trabajan para el silencio y la normalidad, para que parezca que ocurren cosas pero que parezca que no ocurre nada”). Porque comprendemos, vaya si lo comprendemos, a ese otro (una de esas víctimas que se sienten culpables) que se permite un ratito mirando una tienda de lencería, un pequeño oasis (una charca) en una vida de miseria, o al de más allá, que se masturba con los espacios de la infame madrugada televisiva donde los incautos envían SMS. Somos también, ese hijo que viaja en tren con su padre indignado (ese periplo que relata Bernabé, tierno e incómodo como el de Fante con el suyo en Llenos de vida) que le promete una cena en el lugar más caro que conozca si algún día meten en la cárcel a alguno de estos (estos: los que enarbolan tarjetas de crédito en negro y conducen, inflados de caldos de precio indecentes, nuestros destinos). Sí, también somos ese hijo que le contesta a su padre que no conoce ningún restaurante caro y además somos el padre que le pregunta “¿qué has soñado?” porque ese personaje, el mismo que habla solo por la calle, sigue hablando cuando está dormido (“como cuando eras pequeño”).

He leído que Bernabé casi pasó por una depresión (por crisis personales pero también colectivas, por miserias íntimas y también por miserias generalizadas). Y lo entiendo porque es imposible no quemarse si uno ronda la verdad como esa polilla que se da cabezazos contra la bombilla. Porque cómo no va a doler todo esto, cómo no va a dar una rabia, tanta pero “tanta rabia que parece nostalgia”, si todo se observa con una mirada limpia y romántica, sin esa distancia irónica profiláctica en la que se amparan todos los zombis anémicos de esta era posmoderna que nos ha tocado padecer (esos, sí, los del otro lado de la línea, los que ríen como un Pierre Nodoyuna asmático y ladino).

Cuando pasó aquella mala racha, la gente cosió a Bernabé a consejos: “Me pareció poco apropiado para mi edad y para mi situación gastarme el dinero en pastillas, psicoterapia y pañuelos de papel. Me quedé sólo con la tristeza y los pañuelos”. Somos juncos salvajes, el viento nos puede azotar, pero de veras que vamos a intentar no rompernos.


4.-

Así que a sonarse un poco, a frotarse los ojos ensalivados y a volver a la calle (“¡Me tiro al monte!”, rezaba el Asunto de aquel mail enviado por Daniel Bernabé que descubrí en mi Bandeja de entrada). Porque, como decía un marinero inventado por Robert Louis Stevenson para el cuento El barco que se hunde: “Da igual que se esté yendo a pique. Muy bien; pero esa no es razón para andar a medio afeitarse”.

Ha quedado dicho que Bernabé y este prologuista compartimos zapatos de bolera y discos de cantantes negros con la boca abierta. Así que vamos a intentarlo, de veras que vamos a intentar que esta tormenta no nos vuele el sombrero y no nos desballeste el paraguas. Explica el autor que una vez lo despidieron del trabajo, como a tantos otros, y que lo único que se prometió fue “evitar el abandono personal a toda costa”.

Nos gusta la valentía y también la valentía para aceptar la cobardía. Estamos a favor de la elegancia, pero no del dandismo robótico e impersonal. Seremos también cercanos y cálidos, como en Casi de vuelta, relato en el que un amigo (su hermano, “hace cuánto tiempo que no llamaba hermano a mis amigos”) le confiesa a otro sospechosamente parecido a Bernabé que se ha convertido “en un completo hijo de perra” (trabaja en una empresa valenciana que espía a sus trabajadores con malas artes). Y él, bueno, lo entiende, porque es su amigo, y él a los amigos les coloca bien el cuello de la camisa cuando se han quitado demasiado rápido el jersey y los avisa si llevan los zapatos desatados porque lo último que querría es que se cayeran. Los amigos están para eso, para que se apoyen en ti cuando van borrachos y el extraño no sepa si el que está perjudicado es uno u otro (o los dos; o, ya, ninguno).

O esa otra chica con la que ese remedo de Bernabé pasea por el Retiro, una deriva tan parecida a las que completan en blanco y negro los protagonistas de las películas inglesas de posguerra cuando bordean algún canal con poca agua (un poco de miel entre chimeneas tóxicas y fregaderos sucios). La chica y el otro Bernabé han aprovechado para salir de casa esta Mañana de otoño: brilla el sol, pero él no puede evitar cabrearse cuando ve según qué cosas (¡intolerables!) y ella le suplica que “Hoy no, porfa, hoy no. Hoy necesito un día tranquilo, sin mala leche ni policías, ni el gobierno, ni la crisis, ni nada, ¿va? Y tú también lo necesitas”. Y él hace un poco el payaso, y se marca unos pasos dejando un diagrama imposible en el parterre, y alardea de su peinado y por una vez parece que su armadura de una guerra antigua brilla hoy bajo el sol del Retiro y le dice: “Lo siento”.

Y esa tarde son felices. Y él se traga la rabia pero escribe luego en su ordenador, en las horas libres, todos estos relatos, los que ahora el lector sostiene en sus manos (ojo con su manejo: son material inflamable y también frágil). Su condición de verdaderos (queman) provocará que algunos digan que son demasiado melodramáticos. Y entonces yo les contestaré con lo que dejó escrito John Steinbeck en una nota sobre la traducción de Las uvas de la ira: “El habla de los trabajadores puede parecer un poco exagerada en los clubs de damas, pero dado que, en cualquier caso, en los clubs de damas no creen que suceden estas cosas, poco importa lo que pueda parecerles”.

Porque sí, esto huele a hiena. Todos olemos a hiena y somos más o menos culpables de este hedor. Este mundo es como un bar que apesta a fritanga (si entras, programa ya tu lavadora para la ropa atufada), pero que tiene un reservado con hilo musical y ambientador de coco para los que abren la caja registradora y se llevan el dinero. Por eso, como hace otro de los personajes de Bernabé, meteremos la nariz en aquel cajón de la ropa perfumado con una pastillita de Jabón de la Toja. Ese olor que nos han enseñado desde niños. Para intentar sentirnos más limpios cuando salgamos allá afuera. Cuando emprendamos el trayecto en noche cerrada y entonces nos detectemos por la calle. A mí me reconocerás porque llevaré este libro bajo el brazo y en el bolsillo los puños, en contacto con el dinero justo para invitarte a una caña con tupé de espuma.

Miqui Otero, Barcelona, Octubre, 2014.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Debate en torno a ¿Por qué Marx no habló de copyright?

David G. Arístegui, Elena Cabrera, Servando Rocha y Daniel Bernabé

El pasado viernes tuve la suerte de participar junto a Elena Cabrera y Servando Rocha en un debate en torno a ¿Por qué Marx no habló de copyright? el libro escrito por David G. Arístegui.

"Las licencias Creative Commons y la filosofía del copyleft fueron el resultado del primer movimiento social generado en torno a la propiedad intelectual. El software libre goza de buena salud, pero la cultura libre no. Las diferencias entre código y libros, canciones y películas son cada vez más evidentes, pero se sigue insistiendo en que el uso de las Creative Commons, por sí solas, van a acabar con la precariedad y con los abusos de la industria.
A pesar de las simpatías que genera en algunos sectores de la izquierda la cultura libre presenta por desgracia más que sospechosos parecidos de familia con la agenda neoliberal.
«Muy pocas alternativas a la propiedad intelectual convencional han integrado en sus proyectos alguna clase de crítica del mercado de trabajo, una redefinición de la categoría de trabajador intelectual, una solución viable para las tareas de mediación, formas de retribución justa de actividades artístico-culturales o, incluso, alguna clase de complicidad con proyectos políticos antagonistas más amplios. La opción mayoritaria ha sido dejar esas cuestiones abandonadas a la espontaneidad de la red, como antes el liberalismo propuso abandonarlas a la espontaneidad del mercado». (del prólogo de C. Rendueles e I. Sábada)
Más que nuevos tipos de licencias son necesarias instancias colectivas para la gestión de la propiedad intelectual y derechos de autor. Necesitamos sindicatos en el ámbito de la cultura. Este libro es un modesto intento para empezar a sentar las bases históricas, ideológicas y discursivas para ese proceso."
Texto de la contra-cubierta tomado de la Editorial Enclave