jueves, 2 de octubre de 2014

Punto de partida



No sé si alguna vez lo han pensado, pero el lenguaje es algo fascinante. El hecho de que se alcanzara un desarrollo evolutivo tal para que unos simples sonidos, y mucho más tarde, unos signos gráficos, representaran el mundo que nos rodea, lo tangible y lo inmediato, y mucho más allá, lo incuantificable y abstracto, es uno de los mayores avances en la historia de la humanidad.

Piensen en lo difícil que es describir el miedo, el amor o la esperanza y sin embargo lo sencillo que resulta transmitirlo a través de una sola palabra: la capacidad tan asombrosa de comunicar un concepto tan complicado de una forma tan efectiva y económica.

Sin embargo hay algo más que una pura abstracción semiótica para que este proceso funcione. La vida y su experiencia hacen que aunque nos sea difícil describir algo, sólo con nombrarlo, y gracias a la memoria que nos evoca el sentido, rápidamente acuda a nosotros el equivalente de lo que se nos intentaba transmitir. Por eso es tan difícil explicarles a los niños conceptos abstractos, si no los han vivido difícilmente las palabras suplirán el vacío existencial.

Vivimos tiempos de urgencia, de desastre y desvergüenza. No insistiré en ello, quien disponga de sentidos -y corazón- sabrá de qué hablo. Supongo que eso nos hace buscar asideros y atajos continuamente, asideros como el hombre que cuelga del abismo y atajos como el que es perseguido por el lobo en un bosque cerrado. Y en el camino, a veces, perdemos la perspectiva de lo esencial.

Leo, ya sin sorpresa -por desgracia-, la enésima renuncia a lo que algunos califican como el obsoleto eje ideológico de la derecha y la izquierda. Y como, más grave aún, se empieza a actuar como se piensa, negando las inherentes contradicciones e intereses que existen entre clases sociales.

Ser de izquierdas, frente a lo que pudiera parecer, no es una ideología, es, básicamente, una forma de caminar por la vida. Una ideología, como no me canso de repetir, es la forma ordenada de concitar unos intereses con una forma concreta de pensar y hacer. Y, pese a lo que se podría pensar, nadie carece de ella.

Todo el mundo tiene ideología. Otra cosa es que lo sepa, o a menudo, y por desgracia, se valga de una que incluso es contraria a sus intereses como persona. Se trata, simplemente, de que los que mandan, en un alarde esperable de ingeniería social, han hecho coincidir sus intereses con los de la mayoría, e incluso, en un giro totalitario, trabajan para que la única forma de pensar aceptable y conocida sea la suya. Y aquí viene la gente.

Todos sabemos qué es la gente, todos lo ignoramos. Cuando se aplica un concepto extraído del lenguaje popular a la política, cuando se hace de la necesidad virtud, surgen problemas de comunicación y, sobre todo, gigantescos huecos de significado por los que se cuela todo. Cuando activistas críticos con lo que hay -no ofendamos llamándoles de izquierdas- hablan de la gente -no sin un cierto tono paternalista- a lo que se están queriendo referir es a las clases populares que carecen de una ideología fuerte y propia más allá de su experiencia empírica con la realidad.

Es, a propósito de esta “gente”, como habitualmente se fundamenta lo obsoleto del término izquierda. Al parecer, nos dicen, la gente no comprende, por lo tanto debemos hablar un lenguaje cercano e inclusivo que facilite su acercamiento a nosotros, esto es, los que realizamos algún tipo de actividad política ordenada.

Además de urgencia, como decía antes, vivimos tiempos donde aceptamos ideas sin más demostración que su repetición insistente o la popularidad de quien las nombra. Y su objetivo, a menudo, no es tanto crear nada nuevo, sino ocupar el espacio de lo ya existente. Y la idea de que la izquierda es un concepto obsoleto no pasa de ser más que un mantra, una especulación, una dolorosa superstición elevada a teoría.

Lo primero porque, como decíamos al principio del artículo, la propia palabra tiene una capacidad de comunicar inmensa. Todo el mundo, independientemente de su formación ideológica, sabe qué significa. Por supuesto que los matices variarán, incluso con las mentiras adosadas a ella, pero lo innegable es su capacidad de recuperación como concepto: decir izquierda es evocar una gloriosa tradición, a pesar incluso de años de apropiación indebida por parte de muchos que se han dicho como tales y han ido rebajando su significado hasta llevarlo a unos niveles de insoportable traición, decadencia y superficialidad.

Precisamente es ahí donde entran aquellos que no han cedido un paso en defender el significado de la izquierda. Que han sido capaces incluso de adaptar su contenido, expresado en una ideología concreta, a todos los cambios que la sociedad ha experimentado desde 1789, de hacer de este significado incluso un pensamiento científico que sólo ha sido refutado mediante la brutalidad de las armas.

Renunciar a la izquierda es renunciar al arma más poderosa con la que contamos, nuestra identidad. Y vivimos un momento en el que, frente a incertidumbres cada vez mayores, la gente demuestra hambre de identidad.

Renunciar a la izquierda es renunciar a unas formas de pensar y hacer básicas, el mínimo común denominador que todo proceso de convergencia requiere. No es hacer fetiche de una palabra, es, hacer de una virtud necesidad.

Renunciar a ser de izquierdas es caer en la nada. En una entelequia expresada en la defensa ciudadana de unos derechos comunes. No existe comunidad posible entre el cordero y el lobo, entre quienes mantienen diferentes y antagónicos lugares en el proceso productivo. Entre quienes nos necesitamos unos a otros y quienes se necesitan a ellos mismos. La transversalidad no es más que, en el mejor de los casos, un deseo pueril, en el peor, una forma de negar por interés la naturaleza del sistema económico y social en el que vivimos (y morimos).

La izquierda, como concepto, no solo no es obsoleta, sino más necesaria que nunca. Serán luego las ideologías concretas las que nos permitan entendernos, expresarnos y crear nuestras formas de unión y acción, con las que mejorar nuestras vidas.

De hecho, cuando alguien quiere asociarse a este concepto, no dice pertenecer, estar o pensar. Dice ser. Se es de izquierdas, como condición intrínseca a uno mismo, y eso ya dice bastante por sí del asunto.

Decía antes que la izquierda era una gloriosa tradición: es un punto de partida desde el que empezar a arreglar lo que siempre parece roto; es el gozoso arte de negar lo que se da por sentado; es el grito de quien no tiene voz; es lo contrario a la súplica y la oración; es la razón en marcha; es el cuerpo que se sitúa para que otro no reciba el porrazo; es reírse en alto para molestar; es que quien olvida cómo se juega olvida cómo se vive; es el derecho a la pereza; es lo que niega al trabajo como único horizonte; es lo que convierte el éxito impuesto en el mayor fracaso; es lo que cuestiona, se interroga y niega; es lo que convierte la contradicción en arte; es la mano con la que siempre cuentas; es el sentirse parte de algo más grande que las estrechas barreras del yo; es el libro que se niega a arder en la pira; es la falta de miedo ante el fuerte; es el baile que no para durante toda una noche; es el golpe certero al cinismo y la desesperanza; es frente a lo que se asusta el hipócrita, el mezquino y el reaccionario; es dirigirse en contra de las indicaciones; es la mejor forma de vivir que conozco.

Y quizá, si lo explicáramos así, como lo que todo el mundo conoce en su vida cotidiana, como lo ya vivido, no necesitaríamos de tantas horribles metáforas del vacío por las que se puedan colar los monstruos.