miércoles, 4 de junio de 2014

El gran naufragio

Henry Grant
Tengo treinta y tres años y he visto a las mejores mentes de mi generación ser ninguneadas por un mundo estúpido, carente de humanidad, falto de toda aventura. 

Durante un tiempo he intentado aportar a este gran naufragio esperanza, esperanza en la propia esperanza, en que aún había una posibilidad, un resquicio, donde poder agarrarnos. Lo he hecho haciendo lo único que sé hacer, escribir. No sé si ha valido para algo. 

A veces pienso en que no debería ser tan difícil para un adulto medio saber distinguir cuáles son sus intereses, cuál es la mejor forma de luchar por ellos, separar lo accesorio de lo fundamental, discriminar lo terrible de lo razonable (ni siquiera excelso). 

Recuerdo ser pequeño y estar con mi abuela, Pilar, una mujer de Jaén que vino a Madrid demasiado joven, pero con esa carga de realidad que da el haber visto a tus hermanos pasar hambre, el haber sentido el horror de la guerra, el haber sufrido la estúpida arrogancia del fascismo (tremenda aquella narración de cómo estuvieron a punto de detenerla por no hacer el saludo romano mientras que recogía las migajas de la cartilla de racionamiento, apenas siendo una adolescente) y escuchar cómo me decía que eran unos embusteros, unos ladrones, que pasara lo que pasara, nunca me creyera lo que iban a contarme. Ella, con una letra escrita con mucho esfuerzo -y aún así bella-, con los rudimentos básicos de números para poder sacar adelante a su familia, sabía quién era y dónde estaba. Cosa que a nosotros, esas mentes brillantes, la-generación-más-preparada-de-la-historia-de-este-país, se nos olvidó por completo o quizá nunca llegamos a saber.

No sé siquiera por qué ocurrió, en todo caso hoy no pienso hablar de ello; no al menos mientras mis ojeras crecen como crisantemos cuando mis ojos ven una realidad turbia pudrirse a través de una ventana que recuerda a los barrotes de una cárcel, donde un parado, uno más, traza unos planes que le fallan, sobre un mapa mal dibujado, con una brújula rota.

Hoy quiero hablar de sentimientos. Simplemente. 

Hace unas semanas vi La Grande Bellezza, la última película de Sorrentino. Un ejercicio, en apariencia, muy poco político. En ella, un periodista de éxito, en el último tercio de su vida, vagabundea por Roma envuelto en estupendos trajes, quema sus noches en fiestas excesivas, disfruta con mujeres pensadas por Eros, contempla el Coliseo, desde la terraza de su casa, en cada amanecer. Y sin embargo, en su culmen, apenas recuerda qué es la felicidad. Un amor, el primero, hurtado hace años por la vida, le sigue persiguiendo, recordándole, a cada precioso fotograma, que la gran belleza está donde pusimos el corazón con la sinceridad aún no arrebatada por la oscuridad del mundo, por el turbio brillo del triunfo, por la tenebrosa realidad de las cosas que se pueden comprar. Esta película, al final, además de ser un metraje de los que hacen saltar las lágrimas con cada fotograma, nos recuerda, desde la óptica del que lo tiene todo, que hay cosas que estamos haciendo terriblemente mal, que los senderos por los que nos obligan a caminar, aunque alcancemos los primeros eso llamado meta, sólo valen para alejarnos de nuestra primordial condición de criaturas que buscan el placer de vivir, ese sentimiento poderoso que nos aleja de la tiranía de la naturaleza.

¿Es tan difícil discriminar la bellezza de la gran fealdad? 

Cuando dudo siempre recurro a una máxima que inventé en un momento en el que necesitaba agarrarme a algo (maderas que flotan, otra vez el naufragio). Es más fácil saber qué es lo que se quiere ser por oposición que saber realmente qué es lo que se quiere ser. Quizá no todos tenemos que hablar de Gramsci, de empoderamiento (por favor, traduzcan de nuevo, qué horror de palabra), de posiciones o tácticas. Quizá debemos ser lo suficientemente honrados para admitir que tenemos muchas más preguntas que respuestas. Que si nos es difícil leer los letreros de los caminos correctos quizá haya que descartar las indicaciones que sabemos desagradables.

Y en mi caso, que puede sea el suyo, buscar por qué con treinta y tres años me siento un 
dinosaurio, una especie a extinguir, un náufrago flotando a la deriva. De por qué, aunque mi vida, espero, transcurrirá en su mayor parte en el siglo XXI, sospecho que echaré de menos tantas cosas del XX.

No entiendo por qué llamamos democracia a un sistema que sólo es democrático cuando la democracia no se ejerce; donde los derechos sólo los tiene quien los puede pagar; donde la plenitud consiste es elegir entre cinco marcas de pasta de dientes, champú anticaspa y porno online; donde la emoción parece hallarse en imágenes truculentas, noticias escalofriantes y series con giros sorprendentes; donde se garantiza la libertad de expresión para quien pueda poseer un medio de comunicación, condenándonos al resto a gritar a la tele del salón (casa, tele y electricidad not included); donde lo único que despierta pasiones es un sentimiento nacional envasado en banderas made in China; donde la educación no nos permite desentrañar el mundo en el que vivimos y, a lo sumo, nos capacita para apretar botones ágilmente, cual monos amaestrados; donde se fomentan los prejuicios y los escombros mentales que nos dan la oportunidad de mofarnos del desgraciado inmediatamente inferior a nosotros; donde se nos proporciona un montón de estereotipos absurdos con los que comparar nuestra grotesca fealdad; donde se nos ofrece una vida paralela a través de las redes sociales en la que redimir el fracaso profesional, la soledad y aparentar lozanía juvenil; donde la única forma de hacer más interesante el mundo que nos rodea es aplicar un filtro fotográfico; donde la sanidad acabará siendo un lugar en el que empeñar los órganos sanos aún después de probar sus venenos alimenticios; donde la forma de encarar nuestro odio sea a través de tertulias políticas que giran como tiovivos animadas por muñecos de trapo; donde la literatura, el cine o la música son tan sólo un producto escapista, autorreferencial y amable, con el que aparentar erudición delante de nuestras amistades; donde, al final, si necesitamos apoyo, lo buscaremos en ríos de alcohol y montañas de coca; donde, si acaso nos da por pensar, habrá un cuerpo de hombres armados que nos ponga en nuestro sitio en un periquete.


(Artículo escrito en febrero de 2014 para el número 4 de Grund Magazine)