lunes, 5 de mayo de 2014

Terror en el supermercado



Las tiendas rebosan gente, han empezado las rebajas. Un grupo de muchachos caminan nerviosos entre la multitud portando algunas bolsas -semivacias por su ingravidez- con aspecto de comando que debe cumplir una misión: se diría que para ellos no existe ni el azar de las compras, tienen un plan definido y han de llevarlo a cabo.

Una de las nociones más extendidas del pensamiento crítico ligero es la de consumismo. Es un concepto que casi todo el mundo conoce desde la juventud -uno de los tópicos más recurrentes del debate en clase de ética en el instituto- y podríamos definirlo como la compra y acumulación de bienes y servicios que no son de primera necesidad.

Desde esta perspectiva el consumismo es algo individual. Se diría que la gente, impulsada por un fervor egoísta innato, corre desesperada a las tiendas a gastar su dinero en cosas de las que podría prescindir. Su contra suele ser inane y consiste en una crítica moralista que transita desde la piedad hacia el pobre (no tanto el que no tiene, sino el que no puede tener) hasta la ética del ahorro calvinista (mejor mete el dinero en el banco y permanece temeroso de Dios).

Cualquiera que haya leído algo sobre economía política sabe que el consumismo no es una cuestión individual sino una necesidad de la economía de mercado. Desde que esta se especializó la venta de bienes y servicios tendió hacia la masividad para la supervivencia de la misma. Es necesario fabricar gran cantidad de objetos, o proporcionar una gran cantidad de servicios, y que además estos se consuman en un ciclo alcista sin fin, para poder emplear a grandes masas de trabajadores y que estos reviertan sus sueldos en la economía. Esta forma de enfocar la cuestión no tiene siquiera que tener un componente crítico con el consumismo: es cierto que nos libra del enfoque individual, pero no lo es menos que puede incluso justificar el ciclo como algo positivo, algo de lo que todos nos beneficiamos.

Atendiendo, de momento, únicamente a la visión económica, y siendo observadores de la realidad actual, podemos ver como el supuesto ciclo sin fin alcista en el que se basaron las previsiones de las organizaciones transnacionales, los gobiernos y los economistas de academias “respetables” se han demostrado falsas, erróneas e interesadas. Por sí solas e históricamente las crisis de sobreproducción han dado al traste con este ciclo alcista sin fin. Si además esta forma de estructurar el proceso económico va unido a un modelo de enriquecimiento individual basado en la especulación y el crédito sin sustento, este ciclo se torna suicida. ¿O no?

Diferentes teorías post-marxistas (y el post no es contra, sino ampliativo, cabe recordar) insistieron a partir de finales de los cincuenta en la ecuación trabajo-consumo: los individuos tienen una doble función social, la de productores y consumidores, ambas igual de importantes, no sólo en su vertiente económica, sino también en la del control social para mantener el statu quo.

En esta columna insistimos muy a menudo en ello: la propuesta cama-trabajo-television, la necesidad de la industria del marketing y la publicidad para dirigir el consumo, la vertiente psicosocial de sentirse parte integrante y válida de la sociedad… El equilibrio en resumen de sacrificios y gratificaciones para que la máquina siga funcionando.

Tomamos un pequeño desvío. Durante gran parte del S.XX el mundo vivió bajo lo que se conoció como el “Equilibrio del Terror” entre las grandes superpotencias y su capacidad de destrucción nuclear mutua asegurada. Fuera verdad o no -siempre se exageró tanto la capacidad militar de la URSS como, y quizá más aún, su supuesta inclinación belicista e imperialista- el miedo constante era un factor empleado de forma muy hábil por el poder occidental-capitalista como método de control social. Que los malvados comunistas te quisieran vaporizar a ti, a tu familia y a tobby, tu simpático perro, hacía que tu adhesión al gobierno que defendía-representaba la economía y el orden capitalistas fuera mayor. No era momento para sindicatos, huelgas, protestas o crítica, era momento para trabajar y consumir por el bien de la nación. Es decir, el miedo ayudaba a que cada uno ocupara el lugar que estaba destinado para él en la sociedad, mantenía las cosas como debían ser (para aquellos, la clase capitalista, a los que les interesaba que nada cambiara, claro).

Este miedo no fue tan extendido ni estuvo tan arraigado como históricamente se nos quiso hacer creer. Leyendo Sábado por la noche, domingo por la mañana de Sillitoe, situado y escrito en la Inglaterra de finales de los cincuenta, el protagonista, un joven rebelde de clase obrera sin especial inclinación política, hace continuas referencias a cómo el gobierno trata de asustar a la gente con los rusos, con la intención de que los jóvenes fueran al ejército y los obreros a las fábricas. Más allá de las intenciones del angry young man de crear una narrativa accesible a todos y que denunciara sin resultar panfletaria los ardides narcolépticos del sistema a través del terror, deducimos que algo de eso tenía que existir realmente. Un trabajador pobre tenía preocupaciones más inmediatas que la bomba atómica. Este era un terror más de clase media, de aquellos que tenían algo que perder.

El terror y su aprovechamiento como instrumento de control fue cambiando de forma y volviéndose una amenaza más global, llegando a su paroxismo en los atentados del 11s, donde se diría que se vivió una psicosis global televisada minuto a minuto. Ahora sí que todos estábamos amenazados: desde el arquitecto que vivía en el upper west side hasta la señora de Aluche que miraba temerosa al moro en la cola del súper.

Sin embargo aquello duró lo que duró, y pese a que nunca es descartable que los integristas religiosos perpetren alguna barbaridad (ojo al cristianismo anfetaminado made in EEUU), ahora mismo, más allá de cuestiones estratégicas y militares, a nivel psicosocial el terrorismo global no supone ninguna amenaza, es decir, la gente hace tiempo que no lo percibe como tal.

Rebajas y terror, consumismo y miedo, dependientas exhaustas y un demente cabalgando una bomba nuclear. Hagamos otra pequeña parada antes de acabar.

¿Se ha ido más allá de la utilización del ciclo trabajo-consumo como anestesia? Son diferentes las teorías que exponen el concepto de biopoder (desde Foucault hasta los Tiqqun), pero aquí nos lo vamos a tomar como la capacidad del sistema por transformar al propio individuo en un objeto de consumo. Es decir, además de la vertiente de productor vendiendo su fuerza de trabajo, objetivándose en los productos que crea y alienándose como persona; además de su vertiente de consumidor, no sólo desde un punto de vista económico, sino también desde el del control social de esfuerzo-gratificación; el sistema de capitalismo avanzado (y decadente por otro lado) mercantiliza los gestos, las ilusiones, los deseos o el propio cuerpo, transforma a la persona en un ente con valor de uso y valor de cambio.

Por ejemplo, y para ahondar en esta idea de la mercantilización del individuo en sí mismo, las redes sociales -bien sean de ámbito lúdico o profesional- son un gigantesco escaparate donde nos objetivamos como productos que buscan amigos-compradores; la propia idea del curriculum vitae no es la de resumir nuestra experiencia profesional, sino la de servir de etiqueta de componentes o ingredientes de lo que somos, de nosotros mismos. El trabajador fue siempre una mercancía, pero tenía su tiempo libre como escape; cuando el trabajador se dualizó como consumidor, incluso el tiempo libre pasó a ser tiempo de trabajo mientras que compraba; actualmente es la propia persona la que se ha transformado en un producto en sí misma y por tanto plantea sus relaciones sociales como un trasunto de las relaciones mercantiles que vive continuamente (salvo mientras duerme).

Y en esta transformación del propio individuo en producto está la clave de porque consumir para nosotros es tan importante, tan esencial. El consumo de bienes y servicios inútiles ya no es sólo una falsa recompensa a nuestro trabajo, se ha convertido en la forma que tenemos de volvernos nosotros mismos en un producto mejor, en una mercancía más apetecible.

Cuando compramos algo no sólo encontramos satisfactorio y razonable trabajar en este entorno de explotación, además compramos unas características añadidas de forma totalmente ficticia pero efectiva a esa cosa, características que pasan del producto comprado al producto comprador, o sea, nosotros. Existe una transferencia psicológica que hace que cuando adquirimos un pantalón, realmente lo que estemos comprando, por ejemplo, es atractivo cosificado, que pasa directamente a nosotros (de forma, repito, totalmente ficticia pero tremendamente efectiva a nivel psicológico).

Bien, todo este camino de biopoder, miedo y compras nos conduce a la siguiente proposición: ¿Qué puede resultar más terrorífico al individuo de nuestro presente que no poder consumir? Es decir, ¿qué puede dar más miedo que, en un mundo en el que las relaciones personales son mercantiles, no poder adquirir, comprar, los atributos que nos hagan un producto más atractivo?.

El miedo a la bomba H era poderoso, aunque difuso en la vida cotidiana; el miedo al terrorismo global era más generalizado, aunque con un límite de pervivencia en el tiempo; el miedo a caducar como individuos es cotidiano, permanente y no tiene fecha de finalización.

El terror en un entorno de crisis económica y paro generalizado se ha transformado hacia una vertiente de biopoder, o diciéndolo de otro forma, todo el entramado de control social mediante la reificación del individuo, la conversión del trabajador-consumidor en producto, que antes funcionaba en forma de acicate en cuanto a su consecución, ahora funciona en forma de terror en base a su pérdida, en relación a la imposibilidad de acceso si quedamos fuera de este contexto.

La horrible proposición que en el fondo se nos hace es que la crisis económica atenta no contra nuestros derechos como personas, sino que somos nosotros, sino sabemos adaptarnos, los culpables de quedar obsoletos como productos-individuo.

Incluso podemos hacer otra lectura en el nivel de las protestas-contestación: desde muchos ámbitos no se critica al sistema en su globalidad (no sólo al económico, sino también a su superestructura) lo que se pide -o en algunos casos parece que se ruega- es que por favor los bancos pongan de nuevo en marcha el crédito para que la rueda pueda volver a girar de nuevo, para que todos tengamos un trabajo en el que ser explotados en más o menos buenas condiciones, podamos consumir todo tipo de cosas (envases que contienen cualidades asociadas) y tengamos una vida “plena” como la de antes de la crisis (podamos ser buenos ciudadanos-producto). Se diría que el reformismo ha pasado -seguramente sin darse cuenta- de defender el Estado del Bienestar a defender la democratización de que cualquier ciudadano de la nación tenga el derecho a ser un producto atractivo en el escaparate.

Cualquier artículo, libro o sistema de pensamiento que pretenda bucear profundo en la caracterización de las argucias de control de esta sociedad corre el peligro de caer en una peligrosa abstracción: la de que cualquier lucha o petición concreta o parcial sea descartada y considera simplemente una válvula de escape del propio sistema. Creo, de hecho, que uno de los grandes debes desde el Situacionismo en adelante -en toda esa tradición de crítica marxista heterodoxa- es la de no saber unir la teoría del análisis con la acción concreta e inmediata, nuestro particular problema de aunar, como los físicos, todas las teorías en una. La pretensión es la de responder de forma total a una guerra total, que es la que libra la clase de los poseedores contra los demás (incluso los que colaboran con ellos a cambio de las migajas). Tan erróneo sería no participar en una acción concreta determinada (desde votar a un partido de izquierdas en unas elecciones hasta tratar de evitar un desahucio) como volvernos unos reduccionistas y sólo atender a esas cuestiones de forma aislada y parcial, corriendo tras del hueso de tal ataque como un enjambre enfurecido pero confuso. Es lo que nos toca: luchar y a la vez dibujar el mapa de la batalla, sin tiempo para detenernos en sólo una cosa u otra.