miércoles, 2 de abril de 2014

Indios Hopi y casacas rojas.

Germaine Krull

Un silencio que me inunda desde todas las partes de la casa, no saber muy bien dónde estoy, confundir los decorados por un cambio demasiado rápido de función. Las noches ni siquiera se parecen, aunque el ánimo desatendido sigue brillando reptante como un caracol que ha perdido la senda que debería haber seguido. Mi anestesia ya no surte efecto, tengo un pronunciado dolor en uno de los pulmones que, ahora, se ha trasladado al centro del pecho, algo debajo del esternón, como una estrella negra que intenta avisarme de que quizá todo va peor de lo que me imagino, que mi vida no es eterna y mi salud cómplice de mis desvaríos. Me aterra saber que la imagen que refleja el espejo es la mejor que voy a dar nunca, me adhiere al suelo una sensación de falta de tracción, como en los sueños donde corremos dentro del agua o la superficie por la que caminamos no tiene demasiada gravedad. Algún día espero encontrar los mapas que me guíen, arreglar las brújulas que, como relojes pisados por un gato gigante, ya ni siquiera dan dos veces bien la hora en un mismo día. Leo unas pequeñas frases que son como su voz, tan distante y abandonada, tan breve y cadenciosa, tan alejada de lo que conozco habitualmente. Pasa por la calle un camión invisible que transporta a los muertos que han decidido salir de este país de forma apresurada, sin dirección, aunque eso, en estas condiciones, tampoco importa demasiado. El ratón tiene una luz azul como de nube de hidrógeno en medio del vasto universo, calentada fríamente por algún sol distante, de los que anuncian su presencia muchos años después de haberse extinguido. Ya no me preocupan demasiado mis ambiciones como cronista del desastre, tan sólo el desastre en sí. Qué bonito sería hablar de esperanzas y parques repletos de niños y manos enlazadas y parejas con la vista puesta en el futuro que se anticipa prometedor como una puesta de sol en una película de los años cincuenta. Yo tan sólo tengo un metraje mudo, en blanco y negro, donde aparezco con ropa de payaso, de pobre, de maestro de pueblo, donde aparezco con un frac mojado o un disfraz de perro a medio construir. Ni como generador de pena me han contratado en la oficina del INEM. Los malditos canallas de mirada tersa como los billetes que guardan a puñados en sus bolsillos están devorando el cadáver de un burro muerto hace mucho. Les da igual que el animal hieda como apesta este país lleno de sotanas manchadas por los flujos insondables de un pecado que sólo es tal a los ojos del nazareno crucificado. Además de la ira me provocan una pena terrible por haberme robado mi vida y no poder, siquiera, dispararles con una escopeta que nunca he tenido y que si tuviera tendría los cañones con demasiados agujeros para que la bala supiera por dónde salir. Me quedan un puñado de cosas buenas y os las voy a enumerar, ya que es poco educado según la costumbre de los esquimales de tierras heladas y de los Indios Hopi despedirse con lágrimas o agitar un pañuelo manchado de culpa en una estación victoriana abarrotada de casacas rojas que parten a matar negros mientras que son devorados por la reina de todo el imperio. Esas cosas buenas son mis compañeros de trinchera que han aguantado mi cadáver una vez más -y ya van unas pocas- los que por apenas el valor de una sonrisa se afanan por adecentarme para que parezca un esqueleto danzarín algo atractivo, los que consiguen que mis pies, apenas dos muñones absurdos que impiden caminar, puedan empezar a mostrar algo de brío en las mañanas aún frías de un año con demasiadas minas antipersona hundidas en cada poro de mi piel. Además está ella, aunque huya como el viento de las regiones septentrionales y las grandes praderas de América, aunque cabalgue a lomos de un bisonte cada noche, aunque se escape en un tren con una marca indeleble en cada ventanilla de cada vagón. Posee uno de los cuellos más geométricamente perfectos que he visto en toda mi vida. Incluso, una vez, unos científicos de Idaho intentaron repetir la proeza buscando la fórmula de la curva que va de su pelo a su hombro y sólo lograron una serie de números que rápidamente fueron eclipsados por la realidad de su sonrisa, sonrisa de niña viendo una película de dibujos un viernes por la noche, sonrisa de calor, sonrisa de madriguera de pequeños roedores esperando el fin del invierno acurrucados entre paja seca y oyendo el lejano rumor de las pisadas de los caminantes, los coches presurosos, los metros que se deslizan aún más profundo que ellos, la ópera de los canales oficiales que sólo anuncia tempestades. Pero da igual, allí, ellos dos, están a salvo de todo, aunque todo aquí y ahora ya sólo sea un cuaderno de hojas arrancadas en el que aunque aún se lean los párrafos ya ninguna de las páginas tiene sentido. No hay más que contar por hoy, más que desconectar el transistor de recuerdos, el canal de bobina de Tesla que nos transmite desde las más lejanas regiones australes de nuestro cerebro las palabras explosivas de una noche de abril.