lunes, 22 de diciembre de 2014

Prólogo de Trayecto en noche cerrada, por Miqui Otero



1.-

Huele usted a hiena. ¡Qué huele usted a hiena! ¿Por qué se asusta de la realidad? ¡Ella huele mal! Y usted y usted. Y yo y todos. Vivimos en una pocilga, como cerdos. Me dan asco todos ustedes. ¡Os detesto!

No se alarmen. No pretendo insultarlos ni quiero que huyan si están ojeando este libro mientras se ciscan en todo el árbol genealógico de quien tecleó estos desaires: esto es una cita (una declaración de intenciones), pero también es una táctica. La dice uno de los personajes de El ángel exterminador, esa película de Don Luis Buñuel en la que un grupo de burgueses que se las prometían muy felices horas antes en una ópera de Donizetti son incapaces de cruzar el umbral de una mansión en la calle Providencia durante horas y horas: se desenchufan la máquina de afeitar entre ellos, bisbisean puyas sin valor para defenderlas a la cara, conspiran asesinatos y se convierten ellos mismos en carceleros y presos por su propia falsedad.

Toda esa diatriba es, también, una maniobra para empezar el prólogo que no se puede empezar: dice otro personaje (en esta ocasión deambula por las páginas de esta colección de relatos bordados por Daniel Bernabé) que siempre comienza a leer los libros saltándose el prólogo (“siempre lo dejaba para el final, como una tertulia de programa de cine entre señores que aparentan saber mucho buscando la frase más ingeniosa”). Bien, he aquí el tertuliano: mi nombre es Miqui Otero y comparto con Daniel Bernabé algunos discos en cuyas portadas hay negros que abren la boca (para chillar de gozo o rabia, jamás para bostezar aburridos), unos cuantos libros, más de un par de zapatos de bolera y también un intercambio de correos (él había tomado un par de copas, yo sorbía en ese instante un vaso de orujo de hierbas sin etiquetar; lo leí en la medianoche):

“Oye, andaba aquí a punto de bajarme a echar unos bailes y aprovechando que ando ya tocado -con la consiguiente vergüenza bajo mínimos- me animo a escribirte de nuevo para…”

En un mundo de pingüinos que no arriesgan con salirse de la fila, de tipos que planifican todo como ardillas paranoicas, que especulan con cada palabra, que escriben encorvados como relojeros miopes, ¿Cómo no contestar a un escritor que pide un favor antes de irse a bailar y cuando es más feliz? ¿Cómo no escribirle un prólogo a pesar de que no lea los prólogos? Por eso empiezo con una cita de Luis Buñuel, para ganar su complicidad y también la de los lectores, porque todos sabemos que todo esto huele muy mal pero también conocemos algunos atajos donde el aire es respirable. Enrique Jardiel Poncela también decía que “el generalizado procedimiento de pedir un prólogo” le parecía “tan imbécil como el hecho de confiar a un amigo de palabra fácil la misión de declararse en nuestro nombre a la mujer que deseamos”. Bien, pues soy muy feliz de presentarme como ese imbécil y de oficiar de tertuliano si es para dedicarle unas líneas a estas páginas llenas de verdad, escritas a tumba abierta, honestas como pocas, también necesarias, antes de que silbe el operario ferroviario para que el lector inicie este Trayecto en noche cerrada.


2.-

Aprovecho la ocasión para tirar una línea en la grava de este pipicán (____________) que separe a dos tipos de personas que hablan solas por la calle: unos son esos permanentemente endomingados que engolan hiperactividad y cierran contratos con muchos ceros mientras enarbolan cheques y agitan los brazos como espantapájaros en día de ventolera (los perdonaría si hablaran solos por algún tipo de demencia, pero el caso es que lo hacen por la función manos libres de su móvil regalado por la empresa); los otros son los que hablan solos porque están rabiosos, escamados con lo que les rodea, con una empatía hacia el dolor que les impide ser amables siempre. Estos últimos (un bando en el que coloco tanto a Daniel Bernabé como al imbécil que firma estas líneas que preceden su llameante colección de relatos) son los que escriben mentalmente cartas al director denunciando discretas brutalidades cotidianas que detectan en cualquier sitio: en la cola del súper (ese gilipollas que no sabe mirar a los ojos a la cajera cuando le está cobrando esa bebida energética), en el rojo del semáforo (el conductor que vacila a un tipo que le quiere vender unos kleenex) o en un bar de menú (aquel esquirol que critica en la mesa de al lado a su compañero de trabajo sindicado porque, entre otras cosas, huele a Ducados y a Terry).

Algunos dirán que los que están a este lado de la línea son unos tremendistas, que se toman todo demasiado a pecho, y lo que quiso ser un insulto cuando brotaba de los labios del mezquino se convierte en música (soul, con muchos tambores y más trompetas) para nuestros oídos. Porque Daniel Bernabé es así y así son algunos de sus personajes: gente airada, cuya búsqueda de lo bello no los convierte en optimistas lelos o en tontos integrados. Es Bernabé (y son también sus relatos) como el Jimmy de Look back in anger, de John Osborne, que jamás engordará porque “La gente como yo no lo hacemos. Te lo he intentado explicar. Sólo ardemos y quemamos todo”, porque, ahora en palabras de su amada Alison, “se creen aquel viejo caballero de armadura destellante, solo que su armadura en realidad no brilla”. Y no brilla porque hoy, aquí y ahora, huele a hiena y las nubes de la tormenta esconden el sol que podría nimbarla. Pero podemos refugiarnos en libros como éste para, al menos, ser conscientes de que nos mojamos.



3.-

Así que, como dice Jimmy, juguemos a algo: juguemos a que estamos vivos. Sí, somos como Dostoievski en sus Apuntes desde el subsuelo, “suspicaces y quisquillosos como un jorobado o un enano”, pero nos enfadamos porque somos humanos vivos y estamos vivos porque nos enfadamos ante lo inhumano.

Así que no vamos a desviar la mirada. No lo haremos porque este trayecto ya ha comenzado y somos como el protagonista de Los Recortes, que colecciona noticias de periódicos de desgracias de todo tipo, como ese otro de Los yogures que se ve asaltado por una melancolía horrorosa cuando mira la cesta de los demás (este prologuista tenía un amigo que en lugar de cartas le enviaba los tickets de sus exiguas compras en el supermercado: chopped, cuchillas de afeitar, café) y cree peor acceder a esa intimidad miserable que ver su ropa interior sucia. Porque también entendemos a ese reponedor que carga libros De siete a siete para que esos libros, todas esas palabras (mueve más palabras en un día de las que jamás escribirá novelista alguno), lleguen a tomos como éste (“trabajan para el silencio y la normalidad, para que parezca que ocurren cosas pero que parezca que no ocurre nada”). Porque comprendemos, vaya si lo comprendemos, a ese otro (una de esas víctimas que se sienten culpables) que se permite un ratito mirando una tienda de lencería, un pequeño oasis (una charca) en una vida de miseria, o al de más allá, que se masturba con los espacios de la infame madrugada televisiva donde los incautos envían SMS. Somos también, ese hijo que viaja en tren con su padre indignado (ese periplo que relata Bernabé, tierno e incómodo como el de Fante con el suyo en Llenos de vida) que le promete una cena en el lugar más caro que conozca si algún día meten en la cárcel a alguno de estos (estos: los que enarbolan tarjetas de crédito en negro y conducen, inflados de caldos de precio indecentes, nuestros destinos). Sí, también somos ese hijo que le contesta a su padre que no conoce ningún restaurante caro y además somos el padre que le pregunta “¿qué has soñado?” porque ese personaje, el mismo que habla solo por la calle, sigue hablando cuando está dormido (“como cuando eras pequeño”).

He leído que Bernabé casi pasó por una depresión (por crisis personales pero también colectivas, por miserias íntimas y también por miserias generalizadas). Y lo entiendo porque es imposible no quemarse si uno ronda la verdad como esa polilla que se da cabezazos contra la bombilla. Porque cómo no va a doler todo esto, cómo no va a dar una rabia, tanta pero “tanta rabia que parece nostalgia”, si todo se observa con una mirada limpia y romántica, sin esa distancia irónica profiláctica en la que se amparan todos los zombis anémicos de esta era posmoderna que nos ha tocado padecer (esos, sí, los del otro lado de la línea, los que ríen como un Pierre Nodoyuna asmático y ladino).

Cuando pasó aquella mala racha, la gente cosió a Bernabé a consejos: “Me pareció poco apropiado para mi edad y para mi situación gastarme el dinero en pastillas, psicoterapia y pañuelos de papel. Me quedé sólo con la tristeza y los pañuelos”. Somos juncos salvajes, el viento nos puede azotar, pero de veras que vamos a intentar no rompernos.


4.-

Así que a sonarse un poco, a frotarse los ojos ensalivados y a volver a la calle (“¡Me tiro al monte!”, rezaba el Asunto de aquel mail enviado por Daniel Bernabé que descubrí en mi Bandeja de entrada). Porque, como decía un marinero inventado por Robert Louis Stevenson para el cuento El barco que se hunde: “Da igual que se esté yendo a pique. Muy bien; pero esa no es razón para andar a medio afeitarse”.

Ha quedado dicho que Bernabé y este prologuista compartimos zapatos de bolera y discos de cantantes negros con la boca abierta. Así que vamos a intentarlo, de veras que vamos a intentar que esta tormenta no nos vuele el sombrero y no nos desballeste el paraguas. Explica el autor que una vez lo despidieron del trabajo, como a tantos otros, y que lo único que se prometió fue “evitar el abandono personal a toda costa”.

Nos gusta la valentía y también la valentía para aceptar la cobardía. Estamos a favor de la elegancia, pero no del dandismo robótico e impersonal. Seremos también cercanos y cálidos, como en Casi de vuelta, relato en el que un amigo (su hermano, “hace cuánto tiempo que no llamaba hermano a mis amigos”) le confiesa a otro sospechosamente parecido a Bernabé que se ha convertido “en un completo hijo de perra” (trabaja en una empresa valenciana que espía a sus trabajadores con malas artes). Y él, bueno, lo entiende, porque es su amigo, y él a los amigos les coloca bien el cuello de la camisa cuando se han quitado demasiado rápido el jersey y los avisa si llevan los zapatos desatados porque lo último que querría es que se cayeran. Los amigos están para eso, para que se apoyen en ti cuando van borrachos y el extraño no sepa si el que está perjudicado es uno u otro (o los dos; o, ya, ninguno).

O esa otra chica con la que ese remedo de Bernabé pasea por el Retiro, una deriva tan parecida a las que completan en blanco y negro los protagonistas de las películas inglesas de posguerra cuando bordean algún canal con poca agua (un poco de miel entre chimeneas tóxicas y fregaderos sucios). La chica y el otro Bernabé han aprovechado para salir de casa esta Mañana de otoño: brilla el sol, pero él no puede evitar cabrearse cuando ve según qué cosas (¡intolerables!) y ella le suplica que “Hoy no, porfa, hoy no. Hoy necesito un día tranquilo, sin mala leche ni policías, ni el gobierno, ni la crisis, ni nada, ¿va? Y tú también lo necesitas”. Y él hace un poco el payaso, y se marca unos pasos dejando un diagrama imposible en el parterre, y alardea de su peinado y por una vez parece que su armadura de una guerra antigua brilla hoy bajo el sol del Retiro y le dice: “Lo siento”.

Y esa tarde son felices. Y él se traga la rabia pero escribe luego en su ordenador, en las horas libres, todos estos relatos, los que ahora el lector sostiene en sus manos (ojo con su manejo: son material inflamable y también frágil). Su condición de verdaderos (queman) provocará que algunos digan que son demasiado melodramáticos. Y entonces yo les contestaré con lo que dejó escrito John Steinbeck en una nota sobre la traducción de Las uvas de la ira: “El habla de los trabajadores puede parecer un poco exagerada en los clubs de damas, pero dado que, en cualquier caso, en los clubs de damas no creen que suceden estas cosas, poco importa lo que pueda parecerles”.

Porque sí, esto huele a hiena. Todos olemos a hiena y somos más o menos culpables de este hedor. Este mundo es como un bar que apesta a fritanga (si entras, programa ya tu lavadora para la ropa atufada), pero que tiene un reservado con hilo musical y ambientador de coco para los que abren la caja registradora y se llevan el dinero. Por eso, como hace otro de los personajes de Bernabé, meteremos la nariz en aquel cajón de la ropa perfumado con una pastillita de Jabón de la Toja. Ese olor que nos han enseñado desde niños. Para intentar sentirnos más limpios cuando salgamos allá afuera. Cuando emprendamos el trayecto en noche cerrada y entonces nos detectemos por la calle. A mí me reconocerás porque llevaré este libro bajo el brazo y en el bolsillo los puños, en contacto con el dinero justo para invitarte a una caña con tupé de espuma.

Miqui Otero, Barcelona, Octubre, 2014.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Debate en torno a ¿Por qué Marx no habló de copyright?

David G. Arístegui, Elena Cabrera, Servando Rocha y Daniel Bernabé

El pasado viernes tuve la suerte de participar junto a Elena Cabrera y Servando Rocha en un debate en torno a ¿Por qué Marx no habló de copyright? el libro escrito por David G. Arístegui.

"Las licencias Creative Commons y la filosofía del copyleft fueron el resultado del primer movimiento social generado en torno a la propiedad intelectual. El software libre goza de buena salud, pero la cultura libre no. Las diferencias entre código y libros, canciones y películas son cada vez más evidentes, pero se sigue insistiendo en que el uso de las Creative Commons, por sí solas, van a acabar con la precariedad y con los abusos de la industria.
A pesar de las simpatías que genera en algunos sectores de la izquierda la cultura libre presenta por desgracia más que sospechosos parecidos de familia con la agenda neoliberal.
«Muy pocas alternativas a la propiedad intelectual convencional han integrado en sus proyectos alguna clase de crítica del mercado de trabajo, una redefinición de la categoría de trabajador intelectual, una solución viable para las tareas de mediación, formas de retribución justa de actividades artístico-culturales o, incluso, alguna clase de complicidad con proyectos políticos antagonistas más amplios. La opción mayoritaria ha sido dejar esas cuestiones abandonadas a la espontaneidad de la red, como antes el liberalismo propuso abandonarlas a la espontaneidad del mercado». (del prólogo de C. Rendueles e I. Sábada)
Más que nuevos tipos de licencias son necesarias instancias colectivas para la gestión de la propiedad intelectual y derechos de autor. Necesitamos sindicatos en el ámbito de la cultura. Este libro es un modesto intento para empezar a sentar las bases históricas, ideológicas y discursivas para ese proceso."
Texto de la contra-cubierta tomado de la Editorial Enclave

martes, 9 de diciembre de 2014

Ultraje a la clase media (en algo más de cien ideas)



La clase media es una ficción pensada para el control social, un relato escrito por dedos de manicura esmerada.

La clase media fue la metáfora que, como cabeza de playa, ganó la guerra de conquista cultural ante un proletariado ausente de sí mismo.

La clase media es una mediocridad pagada a crédito.

La clase media es una fantasía de horizonte, un viaje a ninguna parte.

La clase media es como el gato de Schrödinger, su existencia depende únicamente del punto de vista del observador.

La clase media es un chaqué de alquiler para una boda destinada al divorcio entre las aspiraciones capitalistas y el decadente ahora.

La clase media es firme defensora de los derechos humanos siempre dentro de los límites de su sala de estar.

La clase media es el pilar de la democracia espectacular, un asentimiento ruín ante el poder del director de la representación.

La clase media es siempre una tragicomedia.

La clase media es simbiótica a la mentira de la excelencia, el emprendimiento y la formación continua.

La clase media niega al resto de clases sociales, un constructo liquidador por agregación.

La clase media es un prestidigitador social que hace desaparecer el conflicto en su chistera transformándolo en vasallaje reluciente.

La clase media es un joker sonriente con una ortodoncia mediocre.

La clase media, como propuesta, tiende siempre hacia el aburrimiento y el hastío, es la zombificación de la vida total.

La clase media es Paquito el Chocolatero pasado por el tamiz de un coreógrafo de Telecinco en los 90.

La clase media entiende la aventura como la variación del índice bursátil, al amor como inversión y la amistad como entente societario.

La clase media no folla, amplía capital en su pyme familiar.

La clase media entiende la vida como una sucesión de acontecimientos comerciales, trasunto de antiguas celebraciones religiosas.

La clase media es una imitación en plástico barato de la burguesía.

La clase media heredó el complejo de la burguesía frente a la nobleza. Lo somatiza con muebles rústicos y fotos de pared en un asador.

La clase media ahuyenta el peligro en complicadas ceremonias rituales llamadas seguros multiriesgo.

La clase media pasa del útero materno al monovolúmen sin solución de continuidad.

La clase media ha desarrollado una capacidad de percibir las radiaciones de los tonos pastel sin parangón en el mundo animal.

La clase media encuentra belleza en una serigrafía barata impresionista que cuelga encima de la taza del váter.

La clase media es, ante todo, un permanente intercambiable. El éxito por la asimilación molecular con el vecino.

La clase media sabe que la realidad empieza allí donde termina el campo de golf.

La clase media vive presa en su urbanización residencial. Un confinamiento con altas vallas, cámaras de seguridad y rie(s)go automatizado.

La clase media es el metro de platino iridiado con el que medir los valores dominantes de un mundo en descomposición.

La clase media fagocita modas y tendencias al carecer de una identidad propia. Una persecución inútil de cualidades asociadas.

La clase media se escinde entre la imagen de quien cree ser y el reflejo que les devuelve el escaso rendimiento de sus productos bancarios.

La clase media es antes ahorradora que ciudadana.

La clase media cree entender el mundo financiero de la misma forma que los sabios medievales la cosmología.

La clase media española vivió su máximo esplendor en el momento de máxima especulación. Toda una declaración de principios formales.

La clase media sustituyó el confesionario por el despacho del director de sucursal bancaria.

La clase media desarrolla todas sus parafilias sexuales en torno al fetichismo del dinero.

La clase media quiere ser propietaria por encima de cualquier consideración. Cuando ni siquiera posee la llave de su existencia.

La clase media brilla con especial particularidad en los suelos pulidos de los centros comerciales, ungida por la luz fluorescente.

La clase media toma su vestuario de la caza, la hípica y el reaganismo textil. Un conjunto desafortunado de inmundicias estéticas.

La clase media mide la calidad del calzado por lo efectivo que resulta a la hora de pisar seres humanos en su carrera profesional.

La clase media es la previsible sonrisa del hombre del tiempo mientras que el huracán arrasa calles en el croma.

La clase media entiende de manera supersticiosa cualquier cambio como la amenaza que le desposeerá de sus conquistas.

La clase media, ante cualquier crisis, reacciona histérica buscando culpables ajenos a la estructura que les sostiene.

La clase media, ante el cambio inevitable, se posiciona como un perro guardián que ha perdido su territorio y la comida.

La clase media cree aspirar a ocupar el lugar de sus superiores pero sólo busca nuevos amos más eficaces.

La clase media manifiesta su cansancio ante sí misma mi(s)tificando la experiencia vacacional como “unos días inolvidables”.

La clase media reconfigura el imperialismo mediante el turismo.

La clase media busca “escapaditas” de fin de semana como el niño enrabietado que finge huir de sus padres sin perderlos de vista.

La clase media moriría de inanición sentimental ante el fin súbito de la ficción televisiva.

La clase media es la resaca que nos dejó el self made man.

La clase media ama los parques temáticos ya que la diferencia entre lo verdadero y lo falso le parece un capricho excéntrico.

La clase media entiende la felicidad como un nuevo sistema para agilizar los trámites burocráticos.

La clase media busca “experiencias enriquecedoras” porque padece de un trastorno severo de objetivos propios.

La clase media ha sustituido la biblia por el libro de autoayuda. La nueva religión de la eficiencia.

La clase media como gif animado: una repetición enfermiza de un momento aislado sin contexto aparente.

La clase media observa la cultura como una tiranía interrogativa sustituible por la comodidad del entretenimiento.

La clase media observa la ideología como una tiranía interrogativa sustituible por la ideología totalitaria de la no ideología.

La clase media odia Trayecto en noche cerrada.

La clase media prefiere la asepsia de la pornografía antes que el olor del sexo.

La clase media se cobija en la ironía permanente ante la ausencia de capacidad crítica.

La clase media detesta la líneas que surgen de la relación con la producción, pero es incapaz de vivir sin ellas.




La clase media intuye las amañadas reglas sociales, pero niega su existencia como el marido infiel sorprendido con la amante.

La clase media está montada en el ascensor social, pero como ascensorista de uniforme ridículo que mira las plantas a través de las puertas.

La clase media es el helecho de plástico en la oficina del máximo accionista.

La clase media es el ácaro que agradece vivir de la piel muerta que cae del macilento rostro de un banquero.

La clase media accede al orgasmo mediante la designación como mando intermedio o asesor de confianza.

La clase media siempre ficha dos veces por si la primera no ha quedado registrada.

La clase media es una carretera de planta circular en permanente atasco.

La clase media busca la salvación mediante los alimentos ricos en fibras y bajos en colesterol.

La clase media son las rebajas del capitalismo post-industrial

La clase media se define, sobre todo, por lo mezquino de sus sueños: aspiraciones individualistas entre cupones de descuento.

La clase media sustituyó la caridad por la solidaridad mediante métodos telemáticos.

La clase media domina el virtuosismo del escapista siempre que se habla de inicios biográficos.

La clase media mantiene una relación con el mando a distancia del televisor claramente fálica.

La clase media se refugia en la enología como el alemán del 39 en la obediencia debida.

La clase media está convencida de poder categorizar el mundo en los huecos del armarito de las especias.

La clase media piensa que el placer es tan sólo la ausencia de dolor.

La clase media entiende como paraíso estético el diseño impersonal de los aeropuertos.

La clase media tiende a la mitomanía como un Dorian Gray mediante renting.

La clase media española utiliza el anglicismo con la esperanza de reconocimiento como buen salvaje aplicado.

La clase media mide el nivel de desarrollo de una sociedad por la profesionalidad y pulcritud personal de los limpiacristales del semáforo.

La clase media adora los posters inspiracionales y los discursos épicos del entrenador antes de un partido crucial.

La clase media mantiene la misma relación con la tecnología que sus abuelas con San Pancracio.

La clase media entiende la elegancia como un blasón nobiliario que se puede adquirir en unos grandes almacenes.

La clase media entiende la música como el hilo musical que no molesta para hacer “cosas”.

La clase media entiende la literatura como un proceso de acumulación de libros gruesos cuyo único fin es llegar a la última página.

La clase media entiende el cine como una forma óptima de presumir delante de su vecino de la alta definición del televisor.

La clase media entiende la pintura como un objeto rectangular inservible que se revaloriza con el tiempo.

La clase media entiende la escultura como el complemento perfecto para la rotonda o el jardín.

La clase media entiende el humor como el escarnio del inmediatamente inferior a él.

La clase media es capaz de probar el veneno si en la sección de “Gente y Estilo” de su semanal preferido lo recomiendan.

La clase media entiende la gastronomía como una forma óptima para presumir delante de sus amistades de una sensibilidad excelsa.

La clase media se desarrolla en el lugar común como las bacterias en una herida purulenta.

La clase media fagocita cualquier elemento asumido por el sistema rechazando con hostilidad la versión real del mismo.

La clase media sólo admite la pasión en la música ligera o como texto publicitario.

La clase media ha sustituido el catecismo por la publicidad.

La clase media entiende el catolicismo como un branding personal algo esotérico.

La clase media siempre está donde tiene que estar, siempre habla lo debido y calla lo necesario.

La clase media se sentiría más cómoda si en las citas el otro llevara una etiqueta con el precio tatuada en la frente.

La clase media practica un tipo de higiene social refinada que consiste en calcular el poder adquisitivo del desconocido en cuestión de segundos.

La clase media entiende el concepto de responsabilidad como las directrices básicas para mantener un orden inalterable.

La clase media se sabe hija de su tiempo, hasta el punto de creer que el pasado es algo totalmente desconectado del presente.

La clase media ha reducido los Mandamientos cristianos a un código binario de conveniencia individual.

La clase media abjura del comunismo como el primate desdentado y famélico ante el fuego.

La clase media es capaz de crear virtualidades visuales sin ningún tipo de ayuda técnica.

La clase media se fascina con las biografías porque entiende la historia como la sucesión de decisiones de los “grandes hombres”.

La clase media es el ansiolítico más poderoso jamás creado por la mente perturbada del mercado.

La clase media aspira al turismo espacial en un futuro inmediato.

La clase media forma colas disciplinadas incluso en el caso de que no sepa ni a qué conducen.

La clase media agota la felicidad en el momento que el dependiente le entrega el producto adquirido.

La clase media observa la pobreza el tiempo suficiente para poder compadecerse de ella delante de sus amistades.

La clase media afirma que todo el mundo es clase media, pero ellos son más clase media que nadie.

La clase media media entre la lucha de clases.

La clase media no se merece una crisis, se merece un apocalipsis.

martes, 25 de noviembre de 2014

Cultura de asalto en Barrio Canino


El pasado viernes 21 de noviembre visité de nuevo los estudios de Ágora Sol Radio, en compañía de Álex Portero, esta vez para ir a Barrio Canino, el ya veterano programa que empezó allá por 2011 espoleado por el grito de la gente en las plazas.

Como línea argumental utilizamos el concepto Cultura de Asalto, una herramienta aún por construir pero que se despereza tras largos años aletargada bajo el terrible sopor del mercado y la CT.

Pusimos música y por supuesto hablamos de La próxima tormenta y Trayecto en noche cerrada.

Podéis escucharlo aquí, dos horas llenas de grandes ideas.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Primarias IUCM

En el Centro Cultural Meseta de Orcasitas

Un apunte político que no sólo de auto-promo literaria vive el hombre.

Ayer dio comienzo la campaña oficial de las primarias de IUCM. Un proceso en el que pueden participar afiliados y simpatizantes, es decir, cualquier persona que viva en Madrid y que crea compartir postulados con esta organización. Podéis inscribiros hasta el 15 (este próximo sábado!), llevando una fotocopia del dni a la sede de IU de vuestro barrio y así poder votar el día 30.

¿Por qué hacerlo? Pues en mi opinión porque IUCM puede ser una herramienta imprescindible para poder transformar el tedio y la oscuridad que vive Madrid desde hace ya demasiado. Pero para eso, algunos creemos que IUCM debe cambiar primero.

Ayer tuve la suerte y el honor de poder participar en el acto de inicio de campaña de Tania Sánchez y Mauricio Valiente, los candidatos a los que apoyo públicamente. Y lo hago, fundamentalmente, porque creo que son las personas con el proyecto más rupturista, audaz e interesante de las que se presentan. Porque creo que su candidatura es óptima para converger y saber trabajar con otros en el objetivo de ganar. Porque pienso que son personas que creen firmemente en que a través de la política podemos tomar las riendas de nuestras vidas.

No os pido vuestra ayuda. Os la exijo. Y lo hago porque creo que, desde que tengo uso de razón, he visto a IU en todas las luchas, porque creo que es hora de ayudar a los que siempre ayudaron. Y porque esta situación de crisis, en gran parte, ha sido provocada porque todos como ciudadanos olvidamos durante años nuestra responsabilidad de intervenir en política. Y creo que es hora de cambiar eso, de elegir nosotros el camino, de narrar nuestra propia vida.

Podéis ver el vídeo completo del acto aquí

Podéis inscribiros también por internet y consultar el reglamento de las primarias aquí

Si en el DNI no aparece vuestro domicilio en Madrid podéis llevar también una factura del agua o la luz que acredite el lugar de residencia.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Presentación en Madrid de Trayecto en noche cerrada



Diferentes momentos del acto, fotos por Rubén Bernabé.

No os voy a engañar, aún floto en una nube de endorfinas. El pasado jueves 6 de noviembre presenté en el Espacio LEER mi segundo libro, Trayecto en noche cerrada. Y fue un momento maravilloso.

Como comenté en el propio acto, ver el lugar abarrotado de gente, de procedencias tan diversas, era de alguna forma contemplar un retrato propio. Conocidos y desconocidos, amigos lejanos y recientes, trazan una red de afectos y complicidades que hablan de nosotros mismos, como un mapa de nuestra vida.

Compartir palabras con Álex Portero, también escritor pero sobre todo compañero de trinchera, de bar de menú del día y proyectos de dominación mundial, fue un honor. Los buenos amigos no abundan en un ahora pendiente del cálculo y el beneficio.

Mis palabras fueron duras, poco amables. Pero fueron sinceras. A los que estuvisteis allí os conté en qué ha consistido el trayecto que en estos tres últimos años me ha hecho escribir este libro. Un camino entre el paro, los polígonos industriales y las fuerzas renuentes. Pero también lleno de amigos que te avisan de los cordones desatados, desafíos al destino de clase impuesto y confianza en que la cultura vale para algo más que para decorar las paredes de los museos.

El aplauso fue largo y mi agradecimiento a vuestra generosidad infinita.

Ahora el Trayecto es vuestro, andadlo decididamente.

Sólo os pido, como hice en mi intervención, que si os gusta, nos ayudéis a sortear a los tiburones del hermético mundo literario con vuestro apoyo.

Sois nuestra voz, nuestra mejor crítica.


(Si quieres conseguir Trayecto en noche cerrada aquí tienes muchas librerías donde poder hacerlo.)

martes, 4 de noviembre de 2014

José Gutiérrez Solana, honestidad con el ahora.

El cartel del crimen, Gutiérrez Solana, 1920
De Gutierrez Solana me inquietan los cielos, que son como un espejo de una tierra seca y baldía; las caras, a menudo indistinguibles de las máscaras, toscos títeres al vaivén de la barbarie; que a pesar de lo grueso del trazo se capta el espíritu que subyace en las escenas.

No hay regodeo en el horror, hay honradez de mirada.

Y es lo que nos falta hoy, impregnados de pánico o esperanza, no queremos que nadie nos pinte como somos; preferimos la condescendiente mirada que nos devuelve una pantalla.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Entrevista en La Diligencia


El pasado martes 28 de octubre tuve la suerte de participar en el nuevo programa cultural ded Ágora Sol Radio llamado La Diligencia.

Estuvimos durante una hora hablando de la significación del intelectual en la sociedad contemporánea, el trabajo cultural, el ocio como tiempo libre programado, los nuevos movimientos políticos, la doble hélice de lo políticamente correcto, el extremismo emocional como respuesta a la imposición ansiolítica y, cómo no, de Trayecto en noche cerrada.

Yo me lo pasé muy bien, espero que ustedes, si tienen a bien escucharlo, lo pasen mucho mejor.

La Diligencia -28 de octubre de 2014.

jueves, 23 de octubre de 2014

Trayecto en noche cerrada ya está aquí


Por fin, y tras muchos meses de trabajo, Trayecto en noche cerrada, mi último libro, está a punto de ver la luz.

El pasado mes de febrero, tras un tiempo -más largo del que mi confianza como juntaletras hubiera deseado- di con Ricardo Moreno, de Ediciones Lupercalia, como la persona que no dudó un minuto en que este Trayecto fuera a ocupar uno de los números de su colección. A partir de ahí listas interminables de mails, correcciones y retoques, apretar las tuercas a una máquina para que adoptara la forma óptima en su encuentro con el lector.

Y uno de esos puntos imprescindibles, por los que un libro es recordado, es justo algo que no tiene que ver con las palabras que alberga: la portada. Igual que con mi primer trabajo, De derrotas y victorias, Berta Bartok se ha encargado de resumir en una imagen el contenido de este Trayecto en noche cerrada. Agradecido es poco por poner rostro a la publicación.

Además en este libro encontraréis unas páginas llenas de generosidad, las que Miqui Otero ha escrito para introducir y, de alguna manera apadrinar, este texto. Es una sensación muy grata el que alguien te describa (describa lo que has escrito, qué más da) casi como si te conociera, cuando el encuentro no se ha dado más que en esa blanca asepsia de una pantalla.

Y luego está el que os habla, el que os escribe, que por fin tiene esa sensación de liberación y quizá, más que miedo, expectación, al enfrentar al mundo su libro.

Confiamos plenamente en él. Esta colección de 21 relatos gira en torno a todo aquello que nunca se cuenta, a la épica olvidada de la cotidianeidad, a los monstruos cercanos, en un país, en un momento, en el que el amanecer no se imagina, en un permanente Trayecto en noche cerrada.

El libro se pondrá en preventa a través de la página web de Lupercalia la próxima semana, para ya ir alcanzando los anaqueles de las librerías en las siguientes.

Aprovecho también para invitaros a la presentación que tendrá lugar el próximo jueves 6 de noviembre a las 20:30 horas en el Espacio Leer, C/ Argumosa, 37, Madrid.




domingo, 19 de octubre de 2014

El trabajo cultural en la Setmana de la Benvinguda


He tenido la suerte de que el Consejo de Estudiantes de la Universitat Jaume I de Castelló me haya invitado a participar en la Setmana de la Benvinguda 2014.

Para ello he preparado unas reflexiones que girarán en torno a eso llamado Trabajo Cultural, tanto en su ámbito interno -naturaleza, industria, precarización- como en el externo -intervención, propuestas, preguntas- siempre desde la óptica del que lo práctica desde abajo, desde el campo de batalla.

El próximo martes 21 de octubre a las 17:00 horas os espero a todos.

viernes, 17 de octubre de 2014

Presentación Ilustraciones al libro de Job




El pasado domingo 28 de septiembre tuvo lugar en el Cementerio Británico de Madrid la presentación de Ilustraciones al libro de Job, de William Blake, editado por La Felguera. Una tarde en la que tuve el placer de acompañar a los amigos que allí se dieron cita leyendo un par de poemas de Mad Blake.


Jueves Santo

¿Es acaso algo sagrado ver
En una tierra rica y fecunda
Niños reducidos a la miseria
Nutridos por manos frías e innobles?

¿Es ese llanto trémulo un canto?
¿Puede ser un canto de alegría?
¿Y tantos niños pobres?
¡Esta es una tierra de miseria!

Y el sol nunca brilla
Y sus campos son yermos incultos,
Y sus caminos está erizados de espinas:
¿Reina aquí un invierno eterno!

Porque donde brilla el sol,
Y donde cae la lluvia,
los niños no pueden tener hambre,
Ni puede la miseria consternar nuestra mente.

jueves, 2 de octubre de 2014

Punto de partida



No sé si alguna vez lo han pensado, pero el lenguaje es algo fascinante. El hecho de que se alcanzara un desarrollo evolutivo tal para que unos simples sonidos, y mucho más tarde, unos signos gráficos, representaran el mundo que nos rodea, lo tangible y lo inmediato, y mucho más allá, lo incuantificable y abstracto, es uno de los mayores avances en la historia de la humanidad.

Piensen en lo difícil que es describir el miedo, el amor o la esperanza y sin embargo lo sencillo que resulta transmitirlo a través de una sola palabra: la capacidad tan asombrosa de comunicar un concepto tan complicado de una forma tan efectiva y económica.

Sin embargo hay algo más que una pura abstracción semiótica para que este proceso funcione. La vida y su experiencia hacen que aunque nos sea difícil describir algo, sólo con nombrarlo, y gracias a la memoria que nos evoca el sentido, rápidamente acuda a nosotros el equivalente de lo que se nos intentaba transmitir. Por eso es tan difícil explicarles a los niños conceptos abstractos, si no los han vivido difícilmente las palabras suplirán el vacío existencial.

Vivimos tiempos de urgencia, de desastre y desvergüenza. No insistiré en ello, quien disponga de sentidos -y corazón- sabrá de qué hablo. Supongo que eso nos hace buscar asideros y atajos continuamente, asideros como el hombre que cuelga del abismo y atajos como el que es perseguido por el lobo en un bosque cerrado. Y en el camino, a veces, perdemos la perspectiva de lo esencial.

Leo, ya sin sorpresa -por desgracia-, la enésima renuncia a lo que algunos califican como el obsoleto eje ideológico de la derecha y la izquierda. Y como, más grave aún, se empieza a actuar como se piensa, negando las inherentes contradicciones e intereses que existen entre clases sociales.

Ser de izquierdas, frente a lo que pudiera parecer, no es una ideología, es, básicamente, una forma de caminar por la vida. Una ideología, como no me canso de repetir, es la forma ordenada de concitar unos intereses con una forma concreta de pensar y hacer. Y, pese a lo que se podría pensar, nadie carece de ella.

Todo el mundo tiene ideología. Otra cosa es que lo sepa, o a menudo, y por desgracia, se valga de una que incluso es contraria a sus intereses como persona. Se trata, simplemente, de que los que mandan, en un alarde esperable de ingeniería social, han hecho coincidir sus intereses con los de la mayoría, e incluso, en un giro totalitario, trabajan para que la única forma de pensar aceptable y conocida sea la suya. Y aquí viene la gente.

Todos sabemos qué es la gente, todos lo ignoramos. Cuando se aplica un concepto extraído del lenguaje popular a la política, cuando se hace de la necesidad virtud, surgen problemas de comunicación y, sobre todo, gigantescos huecos de significado por los que se cuela todo. Cuando activistas críticos con lo que hay -no ofendamos llamándoles de izquierdas- hablan de la gente -no sin un cierto tono paternalista- a lo que se están queriendo referir es a las clases populares que carecen de una ideología fuerte y propia más allá de su experiencia empírica con la realidad.

Es, a propósito de esta “gente”, como habitualmente se fundamenta lo obsoleto del término izquierda. Al parecer, nos dicen, la gente no comprende, por lo tanto debemos hablar un lenguaje cercano e inclusivo que facilite su acercamiento a nosotros, esto es, los que realizamos algún tipo de actividad política ordenada.

Además de urgencia, como decía antes, vivimos tiempos donde aceptamos ideas sin más demostración que su repetición insistente o la popularidad de quien las nombra. Y su objetivo, a menudo, no es tanto crear nada nuevo, sino ocupar el espacio de lo ya existente. Y la idea de que la izquierda es un concepto obsoleto no pasa de ser más que un mantra, una especulación, una dolorosa superstición elevada a teoría.

Lo primero porque, como decíamos al principio del artículo, la propia palabra tiene una capacidad de comunicar inmensa. Todo el mundo, independientemente de su formación ideológica, sabe qué significa. Por supuesto que los matices variarán, incluso con las mentiras adosadas a ella, pero lo innegable es su capacidad de recuperación como concepto: decir izquierda es evocar una gloriosa tradición, a pesar incluso de años de apropiación indebida por parte de muchos que se han dicho como tales y han ido rebajando su significado hasta llevarlo a unos niveles de insoportable traición, decadencia y superficialidad.

Precisamente es ahí donde entran aquellos que no han cedido un paso en defender el significado de la izquierda. Que han sido capaces incluso de adaptar su contenido, expresado en una ideología concreta, a todos los cambios que la sociedad ha experimentado desde 1789, de hacer de este significado incluso un pensamiento científico que sólo ha sido refutado mediante la brutalidad de las armas.

Renunciar a la izquierda es renunciar al arma más poderosa con la que contamos, nuestra identidad. Y vivimos un momento en el que, frente a incertidumbres cada vez mayores, la gente demuestra hambre de identidad.

Renunciar a la izquierda es renunciar a unas formas de pensar y hacer básicas, el mínimo común denominador que todo proceso de convergencia requiere. No es hacer fetiche de una palabra, es, hacer de una virtud necesidad.

Renunciar a ser de izquierdas es caer en la nada. En una entelequia expresada en la defensa ciudadana de unos derechos comunes. No existe comunidad posible entre el cordero y el lobo, entre quienes mantienen diferentes y antagónicos lugares en el proceso productivo. Entre quienes nos necesitamos unos a otros y quienes se necesitan a ellos mismos. La transversalidad no es más que, en el mejor de los casos, un deseo pueril, en el peor, una forma de negar por interés la naturaleza del sistema económico y social en el que vivimos (y morimos).

La izquierda, como concepto, no solo no es obsoleta, sino más necesaria que nunca. Serán luego las ideologías concretas las que nos permitan entendernos, expresarnos y crear nuestras formas de unión y acción, con las que mejorar nuestras vidas.

De hecho, cuando alguien quiere asociarse a este concepto, no dice pertenecer, estar o pensar. Dice ser. Se es de izquierdas, como condición intrínseca a uno mismo, y eso ya dice bastante por sí del asunto.

Decía antes que la izquierda era una gloriosa tradición: es un punto de partida desde el que empezar a arreglar lo que siempre parece roto; es el gozoso arte de negar lo que se da por sentado; es el grito de quien no tiene voz; es lo contrario a la súplica y la oración; es la razón en marcha; es el cuerpo que se sitúa para que otro no reciba el porrazo; es reírse en alto para molestar; es que quien olvida cómo se juega olvida cómo se vive; es el derecho a la pereza; es lo que niega al trabajo como único horizonte; es lo que convierte el éxito impuesto en el mayor fracaso; es lo que cuestiona, se interroga y niega; es lo que convierte la contradicción en arte; es la mano con la que siempre cuentas; es el sentirse parte de algo más grande que las estrechas barreras del yo; es el libro que se niega a arder en la pira; es la falta de miedo ante el fuerte; es el baile que no para durante toda una noche; es el golpe certero al cinismo y la desesperanza; es frente a lo que se asusta el hipócrita, el mezquino y el reaccionario; es dirigirse en contra de las indicaciones; es la mejor forma de vivir que conozco.

Y quizá, si lo explicáramos así, como lo que todo el mundo conoce en su vida cotidiana, como lo ya vivido, no necesitaríamos de tantas horribles metáforas del vacío por las que se puedan colar los monstruos.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Dexedrinas XVI



El único motivo por el que ya no llevamos cadenas es porque hemos olvidado la necesidad de escapar.
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La indolencia es el arte de ser implacable con el entusiasmo.
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El técnico que reparaba lavadoras sentía cierta aflicción al ver a su pequeño hijo ser centrifugado por una de las atracciones en la feria.
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Las bolsas transportaban como perros lazarillos a los compradores atolondrados.
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Un fragmento de película -apenas un parpadeo- otorgó la inmortalidad a un instante de su vida.
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Aquel videojuego, anunciado como uno de los más realistas de la historia, despertó grandes expectativas. Los jugadores acabaron por darle la espalda: pasar sentado ocho horas en la oficina no resultaba atractivo para nadie.
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Un reloj sin manecillas pedía limosna en la esquina.
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Las bombillas carecen de barreras idiomáticas: hablan todas en lenguaje binario.
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El portero mira con cierta envidia los partidos de baloncesto.
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La superioridad moral es la droga de los fanáticos.
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Un conductor del metro deprimido contó a su psiquiatra que necesitaba elegir su propio camino.
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El alpinismo de los pulmones son las montañas de cigarrillos en el cenicero.
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La striper echaba unas horas en aquella tienda de ropa. Pidió el puesto de control en los probadores.
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El dibujante de cómic siempre fantasea con montarse un trío con una fotógrafa y una escritora.

miércoles, 11 de junio de 2014

Letanía a la normalidad

Catalá Roca
La normalidad, bajo este cielo, no es un estado de continuidad; es una imposición, una losa, un sudario que ahoga las ideas.La normalidad es una bolsa de plástico en la cabeza, un coro de corral que ensordece, una página que se pasa sin haberla terminado de leer.

La normalidad son tus ojos tristes.

La normalidad es la arrogancia del ignorante, la pose del muerto, el grito de la grada que celebra su propia ejecución. La normalidad es la sonrisa del vendedor, la ética del tratante de esclavos, la ley escrita con manos sucias.

La normalidad es que el amor se compre, la normalidad es vender tu alma. Es la lagrima que cae si saber muy bien por qué, es mirar a las estrellas y ver que las han apagado. La normalidad es bañarte en piscinas de ruindad, beber egoísmo embotellado, arrastrarte por tan solo un aplauso.

La normalidad son las uñas negras del viejo conde tocando una carne joven que le pertenece como la tierra seca que se quema bajo el sol. La normalidad son las colas ante la nada, el ver pasar los días sin esperanza, el olor a podrido en el aire.

La normalidad es la anestesia.

La normalidad es tu coche caro -monstruo mecánico de engranajes metálicos- atropellando mi respiración. La normalidad es la mirada perdida en el cercanías, las caras sudorosas que no encuentran respiro, el sonido de una sierra eléctrica que no deja pensar. La normalidad son las rebajas, decadencia en cómodos plazos, esclavismo con descuento.

La normalidad es el derecho de sangre, de cuna, de cuentas en Suiza. La normalidad es el tedio de sienes plateadas, sillón orejero, derrumbe de caspa que nos sepulta como un alud. Es tu fino bigote -moderno de mierda- haciendo que no se entera de nada.

La normalidad es la información meteorológica -no nos hace falta el hombre del tiempo para saber por dónde sopla el viento-.

La normalidad es un orgasmo fingido, un cunnilingus ansioso y procaz, es el semen que te limpias de las comisuras de los labios al acabar el informativo. La normalidad es un telepromter con el mismo texto escrito una y otra vez, hora tras hora, día tras día. La normalidad es tan falsa como el beso a la esposa pensando en la amante.

La normalidad es una mujer que me dice -muy bajito, como avergonzada- que le de una ayuda, cuando doblo la esquina que conduce a mi normalidad. Es un cuerpo entre cartones, una cara que ruega y de la que no sé el nombre.

La normalidad es la humillación, el para servirle a usted en lo que haga falta. La normalidad es la firma de un notario, el perdón del cura, el permiso del policía. La normalidad es una ventana que se cierra para que no entre aire, es una anciana mirando detrás de las cortinas mientras que pasa las cuentas del rosario con una habilidad demente.

La normalidad es el alarido del mudo ante el desastre inminente, la escopeta trucada en la feria, la risa por compromiso, las palabras medidas, las miradas con miedo, unas piernas que corren, unos grilletes puestos en la manos del escultor. La normalidad es un gusano que se arrastra dejando una dulce baba de complacencia.

La normalidad, bajo esta normalidad, es todo lo peor que te puedas esperar.

Pero la normalidad también soy yo, nosotros, mirándoos a los ojos tan firmemente que tendréis, tarde o temprano, que agachar la cabeza.

(Oíd cómo se acerca la tormenta...)

- Para Carlos, Carmen, Miguel e Isma, no estáis solos-

miércoles, 4 de junio de 2014

El gran naufragio

Henry Grant
Tengo treinta y tres años y he visto a las mejores mentes de mi generación ser ninguneadas por un mundo estúpido, carente de humanidad, falto de toda aventura. 

Durante un tiempo he intentado aportar a este gran naufragio esperanza, esperanza en la propia esperanza, en que aún había una posibilidad, un resquicio, donde poder agarrarnos. Lo he hecho haciendo lo único que sé hacer, escribir. No sé si ha valido para algo. 

A veces pienso en que no debería ser tan difícil para un adulto medio saber distinguir cuáles son sus intereses, cuál es la mejor forma de luchar por ellos, separar lo accesorio de lo fundamental, discriminar lo terrible de lo razonable (ni siquiera excelso). 

Recuerdo ser pequeño y estar con mi abuela, Pilar, una mujer de Jaén que vino a Madrid demasiado joven, pero con esa carga de realidad que da el haber visto a tus hermanos pasar hambre, el haber sentido el horror de la guerra, el haber sufrido la estúpida arrogancia del fascismo (tremenda aquella narración de cómo estuvieron a punto de detenerla por no hacer el saludo romano mientras que recogía las migajas de la cartilla de racionamiento, apenas siendo una adolescente) y escuchar cómo me decía que eran unos embusteros, unos ladrones, que pasara lo que pasara, nunca me creyera lo que iban a contarme. Ella, con una letra escrita con mucho esfuerzo -y aún así bella-, con los rudimentos básicos de números para poder sacar adelante a su familia, sabía quién era y dónde estaba. Cosa que a nosotros, esas mentes brillantes, la-generación-más-preparada-de-la-historia-de-este-país, se nos olvidó por completo o quizá nunca llegamos a saber.

No sé siquiera por qué ocurrió, en todo caso hoy no pienso hablar de ello; no al menos mientras mis ojeras crecen como crisantemos cuando mis ojos ven una realidad turbia pudrirse a través de una ventana que recuerda a los barrotes de una cárcel, donde un parado, uno más, traza unos planes que le fallan, sobre un mapa mal dibujado, con una brújula rota.

Hoy quiero hablar de sentimientos. Simplemente. 

Hace unas semanas vi La Grande Bellezza, la última película de Sorrentino. Un ejercicio, en apariencia, muy poco político. En ella, un periodista de éxito, en el último tercio de su vida, vagabundea por Roma envuelto en estupendos trajes, quema sus noches en fiestas excesivas, disfruta con mujeres pensadas por Eros, contempla el Coliseo, desde la terraza de su casa, en cada amanecer. Y sin embargo, en su culmen, apenas recuerda qué es la felicidad. Un amor, el primero, hurtado hace años por la vida, le sigue persiguiendo, recordándole, a cada precioso fotograma, que la gran belleza está donde pusimos el corazón con la sinceridad aún no arrebatada por la oscuridad del mundo, por el turbio brillo del triunfo, por la tenebrosa realidad de las cosas que se pueden comprar. Esta película, al final, además de ser un metraje de los que hacen saltar las lágrimas con cada fotograma, nos recuerda, desde la óptica del que lo tiene todo, que hay cosas que estamos haciendo terriblemente mal, que los senderos por los que nos obligan a caminar, aunque alcancemos los primeros eso llamado meta, sólo valen para alejarnos de nuestra primordial condición de criaturas que buscan el placer de vivir, ese sentimiento poderoso que nos aleja de la tiranía de la naturaleza.

¿Es tan difícil discriminar la bellezza de la gran fealdad? 

Cuando dudo siempre recurro a una máxima que inventé en un momento en el que necesitaba agarrarme a algo (maderas que flotan, otra vez el naufragio). Es más fácil saber qué es lo que se quiere ser por oposición que saber realmente qué es lo que se quiere ser. Quizá no todos tenemos que hablar de Gramsci, de empoderamiento (por favor, traduzcan de nuevo, qué horror de palabra), de posiciones o tácticas. Quizá debemos ser lo suficientemente honrados para admitir que tenemos muchas más preguntas que respuestas. Que si nos es difícil leer los letreros de los caminos correctos quizá haya que descartar las indicaciones que sabemos desagradables.

Y en mi caso, que puede sea el suyo, buscar por qué con treinta y tres años me siento un 
dinosaurio, una especie a extinguir, un náufrago flotando a la deriva. De por qué, aunque mi vida, espero, transcurrirá en su mayor parte en el siglo XXI, sospecho que echaré de menos tantas cosas del XX.

No entiendo por qué llamamos democracia a un sistema que sólo es democrático cuando la democracia no se ejerce; donde los derechos sólo los tiene quien los puede pagar; donde la plenitud consiste es elegir entre cinco marcas de pasta de dientes, champú anticaspa y porno online; donde la emoción parece hallarse en imágenes truculentas, noticias escalofriantes y series con giros sorprendentes; donde se garantiza la libertad de expresión para quien pueda poseer un medio de comunicación, condenándonos al resto a gritar a la tele del salón (casa, tele y electricidad not included); donde lo único que despierta pasiones es un sentimiento nacional envasado en banderas made in China; donde la educación no nos permite desentrañar el mundo en el que vivimos y, a lo sumo, nos capacita para apretar botones ágilmente, cual monos amaestrados; donde se fomentan los prejuicios y los escombros mentales que nos dan la oportunidad de mofarnos del desgraciado inmediatamente inferior a nosotros; donde se nos proporciona un montón de estereotipos absurdos con los que comparar nuestra grotesca fealdad; donde se nos ofrece una vida paralela a través de las redes sociales en la que redimir el fracaso profesional, la soledad y aparentar lozanía juvenil; donde la única forma de hacer más interesante el mundo que nos rodea es aplicar un filtro fotográfico; donde la sanidad acabará siendo un lugar en el que empeñar los órganos sanos aún después de probar sus venenos alimenticios; donde la forma de encarar nuestro odio sea a través de tertulias políticas que giran como tiovivos animadas por muñecos de trapo; donde la literatura, el cine o la música son tan sólo un producto escapista, autorreferencial y amable, con el que aparentar erudición delante de nuestras amistades; donde, al final, si necesitamos apoyo, lo buscaremos en ríos de alcohol y montañas de coca; donde, si acaso nos da por pensar, habrá un cuerpo de hombres armados que nos ponga en nuestro sitio en un periquete.


(Artículo escrito en febrero de 2014 para el número 4 de Grund Magazine)

miércoles, 14 de mayo de 2014

El Estado Mental Radio


El lunes 12 de mayo tuve la suerte de acompañar a Hugo Castignani, Augusto López Riaño, Luis Montero, Albano Cruz en el Magazine Imprevisible, el espacio del EEM Radio conducido por Bruno Galindo.

El programa tenía como pie un debate en torno a los conceptos de materialismo e idealismo, aunque al final acabamos hablando de zombies, industria cultural, porno, Negri, los centros de ocio, falsos fallecimientos y muchas cosas más.

Todo a poco más de un punteo de ratón:

http://www.elestadomental.com/audio/magazine-imprevisible-12-mayo

lunes, 5 de mayo de 2014

Terror en el supermercado



Las tiendas rebosan gente, han empezado las rebajas. Un grupo de muchachos caminan nerviosos entre la multitud portando algunas bolsas -semivacias por su ingravidez- con aspecto de comando que debe cumplir una misión: se diría que para ellos no existe ni el azar de las compras, tienen un plan definido y han de llevarlo a cabo.

Una de las nociones más extendidas del pensamiento crítico ligero es la de consumismo. Es un concepto que casi todo el mundo conoce desde la juventud -uno de los tópicos más recurrentes del debate en clase de ética en el instituto- y podríamos definirlo como la compra y acumulación de bienes y servicios que no son de primera necesidad.

Desde esta perspectiva el consumismo es algo individual. Se diría que la gente, impulsada por un fervor egoísta innato, corre desesperada a las tiendas a gastar su dinero en cosas de las que podría prescindir. Su contra suele ser inane y consiste en una crítica moralista que transita desde la piedad hacia el pobre (no tanto el que no tiene, sino el que no puede tener) hasta la ética del ahorro calvinista (mejor mete el dinero en el banco y permanece temeroso de Dios).

Cualquiera que haya leído algo sobre economía política sabe que el consumismo no es una cuestión individual sino una necesidad de la economía de mercado. Desde que esta se especializó la venta de bienes y servicios tendió hacia la masividad para la supervivencia de la misma. Es necesario fabricar gran cantidad de objetos, o proporcionar una gran cantidad de servicios, y que además estos se consuman en un ciclo alcista sin fin, para poder emplear a grandes masas de trabajadores y que estos reviertan sus sueldos en la economía. Esta forma de enfocar la cuestión no tiene siquiera que tener un componente crítico con el consumismo: es cierto que nos libra del enfoque individual, pero no lo es menos que puede incluso justificar el ciclo como algo positivo, algo de lo que todos nos beneficiamos.

Atendiendo, de momento, únicamente a la visión económica, y siendo observadores de la realidad actual, podemos ver como el supuesto ciclo sin fin alcista en el que se basaron las previsiones de las organizaciones transnacionales, los gobiernos y los economistas de academias “respetables” se han demostrado falsas, erróneas e interesadas. Por sí solas e históricamente las crisis de sobreproducción han dado al traste con este ciclo alcista sin fin. Si además esta forma de estructurar el proceso económico va unido a un modelo de enriquecimiento individual basado en la especulación y el crédito sin sustento, este ciclo se torna suicida. ¿O no?

Diferentes teorías post-marxistas (y el post no es contra, sino ampliativo, cabe recordar) insistieron a partir de finales de los cincuenta en la ecuación trabajo-consumo: los individuos tienen una doble función social, la de productores y consumidores, ambas igual de importantes, no sólo en su vertiente económica, sino también en la del control social para mantener el statu quo.

En esta columna insistimos muy a menudo en ello: la propuesta cama-trabajo-television, la necesidad de la industria del marketing y la publicidad para dirigir el consumo, la vertiente psicosocial de sentirse parte integrante y válida de la sociedad… El equilibrio en resumen de sacrificios y gratificaciones para que la máquina siga funcionando.

Tomamos un pequeño desvío. Durante gran parte del S.XX el mundo vivió bajo lo que se conoció como el “Equilibrio del Terror” entre las grandes superpotencias y su capacidad de destrucción nuclear mutua asegurada. Fuera verdad o no -siempre se exageró tanto la capacidad militar de la URSS como, y quizá más aún, su supuesta inclinación belicista e imperialista- el miedo constante era un factor empleado de forma muy hábil por el poder occidental-capitalista como método de control social. Que los malvados comunistas te quisieran vaporizar a ti, a tu familia y a tobby, tu simpático perro, hacía que tu adhesión al gobierno que defendía-representaba la economía y el orden capitalistas fuera mayor. No era momento para sindicatos, huelgas, protestas o crítica, era momento para trabajar y consumir por el bien de la nación. Es decir, el miedo ayudaba a que cada uno ocupara el lugar que estaba destinado para él en la sociedad, mantenía las cosas como debían ser (para aquellos, la clase capitalista, a los que les interesaba que nada cambiara, claro).

Este miedo no fue tan extendido ni estuvo tan arraigado como históricamente se nos quiso hacer creer. Leyendo Sábado por la noche, domingo por la mañana de Sillitoe, situado y escrito en la Inglaterra de finales de los cincuenta, el protagonista, un joven rebelde de clase obrera sin especial inclinación política, hace continuas referencias a cómo el gobierno trata de asustar a la gente con los rusos, con la intención de que los jóvenes fueran al ejército y los obreros a las fábricas. Más allá de las intenciones del angry young man de crear una narrativa accesible a todos y que denunciara sin resultar panfletaria los ardides narcolépticos del sistema a través del terror, deducimos que algo de eso tenía que existir realmente. Un trabajador pobre tenía preocupaciones más inmediatas que la bomba atómica. Este era un terror más de clase media, de aquellos que tenían algo que perder.

El terror y su aprovechamiento como instrumento de control fue cambiando de forma y volviéndose una amenaza más global, llegando a su paroxismo en los atentados del 11s, donde se diría que se vivió una psicosis global televisada minuto a minuto. Ahora sí que todos estábamos amenazados: desde el arquitecto que vivía en el upper west side hasta la señora de Aluche que miraba temerosa al moro en la cola del súper.

Sin embargo aquello duró lo que duró, y pese a que nunca es descartable que los integristas religiosos perpetren alguna barbaridad (ojo al cristianismo anfetaminado made in EEUU), ahora mismo, más allá de cuestiones estratégicas y militares, a nivel psicosocial el terrorismo global no supone ninguna amenaza, es decir, la gente hace tiempo que no lo percibe como tal.

Rebajas y terror, consumismo y miedo, dependientas exhaustas y un demente cabalgando una bomba nuclear. Hagamos otra pequeña parada antes de acabar.

¿Se ha ido más allá de la utilización del ciclo trabajo-consumo como anestesia? Son diferentes las teorías que exponen el concepto de biopoder (desde Foucault hasta los Tiqqun), pero aquí nos lo vamos a tomar como la capacidad del sistema por transformar al propio individuo en un objeto de consumo. Es decir, además de la vertiente de productor vendiendo su fuerza de trabajo, objetivándose en los productos que crea y alienándose como persona; además de su vertiente de consumidor, no sólo desde un punto de vista económico, sino también desde el del control social de esfuerzo-gratificación; el sistema de capitalismo avanzado (y decadente por otro lado) mercantiliza los gestos, las ilusiones, los deseos o el propio cuerpo, transforma a la persona en un ente con valor de uso y valor de cambio.

Por ejemplo, y para ahondar en esta idea de la mercantilización del individuo en sí mismo, las redes sociales -bien sean de ámbito lúdico o profesional- son un gigantesco escaparate donde nos objetivamos como productos que buscan amigos-compradores; la propia idea del curriculum vitae no es la de resumir nuestra experiencia profesional, sino la de servir de etiqueta de componentes o ingredientes de lo que somos, de nosotros mismos. El trabajador fue siempre una mercancía, pero tenía su tiempo libre como escape; cuando el trabajador se dualizó como consumidor, incluso el tiempo libre pasó a ser tiempo de trabajo mientras que compraba; actualmente es la propia persona la que se ha transformado en un producto en sí misma y por tanto plantea sus relaciones sociales como un trasunto de las relaciones mercantiles que vive continuamente (salvo mientras duerme).

Y en esta transformación del propio individuo en producto está la clave de porque consumir para nosotros es tan importante, tan esencial. El consumo de bienes y servicios inútiles ya no es sólo una falsa recompensa a nuestro trabajo, se ha convertido en la forma que tenemos de volvernos nosotros mismos en un producto mejor, en una mercancía más apetecible.

Cuando compramos algo no sólo encontramos satisfactorio y razonable trabajar en este entorno de explotación, además compramos unas características añadidas de forma totalmente ficticia pero efectiva a esa cosa, características que pasan del producto comprado al producto comprador, o sea, nosotros. Existe una transferencia psicológica que hace que cuando adquirimos un pantalón, realmente lo que estemos comprando, por ejemplo, es atractivo cosificado, que pasa directamente a nosotros (de forma, repito, totalmente ficticia pero tremendamente efectiva a nivel psicológico).

Bien, todo este camino de biopoder, miedo y compras nos conduce a la siguiente proposición: ¿Qué puede resultar más terrorífico al individuo de nuestro presente que no poder consumir? Es decir, ¿qué puede dar más miedo que, en un mundo en el que las relaciones personales son mercantiles, no poder adquirir, comprar, los atributos que nos hagan un producto más atractivo?.

El miedo a la bomba H era poderoso, aunque difuso en la vida cotidiana; el miedo al terrorismo global era más generalizado, aunque con un límite de pervivencia en el tiempo; el miedo a caducar como individuos es cotidiano, permanente y no tiene fecha de finalización.

El terror en un entorno de crisis económica y paro generalizado se ha transformado hacia una vertiente de biopoder, o diciéndolo de otro forma, todo el entramado de control social mediante la reificación del individuo, la conversión del trabajador-consumidor en producto, que antes funcionaba en forma de acicate en cuanto a su consecución, ahora funciona en forma de terror en base a su pérdida, en relación a la imposibilidad de acceso si quedamos fuera de este contexto.

La horrible proposición que en el fondo se nos hace es que la crisis económica atenta no contra nuestros derechos como personas, sino que somos nosotros, sino sabemos adaptarnos, los culpables de quedar obsoletos como productos-individuo.

Incluso podemos hacer otra lectura en el nivel de las protestas-contestación: desde muchos ámbitos no se critica al sistema en su globalidad (no sólo al económico, sino también a su superestructura) lo que se pide -o en algunos casos parece que se ruega- es que por favor los bancos pongan de nuevo en marcha el crédito para que la rueda pueda volver a girar de nuevo, para que todos tengamos un trabajo en el que ser explotados en más o menos buenas condiciones, podamos consumir todo tipo de cosas (envases que contienen cualidades asociadas) y tengamos una vida “plena” como la de antes de la crisis (podamos ser buenos ciudadanos-producto). Se diría que el reformismo ha pasado -seguramente sin darse cuenta- de defender el Estado del Bienestar a defender la democratización de que cualquier ciudadano de la nación tenga el derecho a ser un producto atractivo en el escaparate.

Cualquier artículo, libro o sistema de pensamiento que pretenda bucear profundo en la caracterización de las argucias de control de esta sociedad corre el peligro de caer en una peligrosa abstracción: la de que cualquier lucha o petición concreta o parcial sea descartada y considera simplemente una válvula de escape del propio sistema. Creo, de hecho, que uno de los grandes debes desde el Situacionismo en adelante -en toda esa tradición de crítica marxista heterodoxa- es la de no saber unir la teoría del análisis con la acción concreta e inmediata, nuestro particular problema de aunar, como los físicos, todas las teorías en una. La pretensión es la de responder de forma total a una guerra total, que es la que libra la clase de los poseedores contra los demás (incluso los que colaboran con ellos a cambio de las migajas). Tan erróneo sería no participar en una acción concreta determinada (desde votar a un partido de izquierdas en unas elecciones hasta tratar de evitar un desahucio) como volvernos unos reduccionistas y sólo atender a esas cuestiones de forma aislada y parcial, corriendo tras del hueso de tal ataque como un enjambre enfurecido pero confuso. Es lo que nos toca: luchar y a la vez dibujar el mapa de la batalla, sin tiempo para detenernos en sólo una cosa u otra.


miércoles, 30 de abril de 2014

Presentación de El Burro - Materialismo y Cultura




Este próximo martes 6 de mayo a las 20h en la librería Dalcó (C/Olmo, 18, Madrid) presentaré  junto a Hugo Castignani, Jorge Diezma, Joaquín Reyes y Antonio Antón el fanzine El Burro.



"Este fanzine trata de sobre cómo se hacen las cosas en el campo de la cultura en España. Sobre las cosas que se hacen, las que se dejan de hacer y las que se podrían hacer de otra manera. Pretende localizar los condicionantes económico/sociales que influyen para que nuestra producción sea ésta y no otra. Poner en relación la forma de financiación con el tipo de obra que hacemos. Asociar las políticas culturales con el tipo de artistas que hay. Comprender las relaciones que se establecen entre la cultura y el poder, y cuáles son los réditos que cada cual saca de este intercambio."
http://elburrofanzine.blogspot.com.es/

Reseña que escribí para la revista LEER aprovechando la salida del zine
http://revistaleer.com/2014/03/la-cultura-desquiciada/

jueves, 24 de abril de 2014

Elegir bando.

Foto por Toni Chinoise.

En el mundo de donde venimos nosotros, ante una huelga, no hay duda posible, todos los trabajadores sabemos de qué lado hay que estar. Pesan cuestiones de solidaridad, sentimentales y hasta de orgullo, pero sobre todo la conciencia de saber en qué consiste exactamente una huelga.

En el mundo de donde venimos sabemos que la huelga, la paralización de la producción, es la única arma efectiva de quien sólo posee como moneda de cambio su fuerza de trabajo. Las huelgas no son un capricho, un divertido pasatiempo, son la respuesta ante un ataque empresarial que tiene, en último término, la codicia como motor: aumentar la tasa de beneficios en perjuicio de las condiciones laborales. Sabemos que cuando los trabajadores recurren a ella es como última salida, ya que una huelga perdida, a menudo, significa un cheque en blanco para el acoso laboral o directamente el despido.

Incluso sabemos que, aunque un conflicto laboral no te toque directamente, el resultado del mismo tarde o temprano acabará repercutiendo en tu vida. Por eso contemplamos con dolor las derrotas y celebramos las victorias como si fueran nuestras.

Por eso sabemos cuál es el significado preciso de la palabra compañero.

Desgraciadamente el mundo del que venimos -ese en el que el orgullo de la identidad obrera se lleva como una condecoración- está en retroceso; a cambio se nos ofrece un páramo posmoderno en el que el egoísmo, la frivolidad y lo ruín campan a sus anchas: serviles con el fuerte despiadados con el débil es la máxima a seguir.

El escritor y periodista Soto Ivars parece que se siente cómodo en este estercolero moral donde las personas han pasado a ser meras unidades de producción, e incluso las palabras, herramientas del que escribe, se han convertido en mercancía a disposición de mercaderes que puedan pagar por ellas. No diríamos que el par de artículos publicados por este columnista en El Confidencial, arremetiendo contra la huelga en Fnac y el sindicato convocante CGT, nos sorprendieron. Se ha convertido en algo habitual que ante un conflicto social o laboral se alcen voces, en apariencia desinteresadas e incluso con un pretendido halo rebelde, dando pábulo a una visión reaccionaria del mismo.

En el primero de ellos, Soto Ivars, intenta justificar su esquirolaje ante la campaña que pedía a los escritores no firmar en las mesas de Fnac en Sant Jordi. De argumentos pobres, la columna se refugia en ese cajón de sastre que es la crisis del sector editorial y la piratería, junto al respeto a quienes “han puesto el dinero” o sea, sus editores. Quizá, en un arranque de sinceridad no meditada, el autor, en el primer párrafo, lamenta perder esa gran oportunidad de sentarse junto a “Millás, Vila-Matas o Vicente del Bosque” (sic). Podríamos hablar largo y tendido sobre la crisis del sector editorial (los que firman estas líneas llevan ya unos cuantos años comiendo polvo en el Retiro y aguantando impertinencias de starlettes de la pluma) y su relación con la piratería -sin duda la hay- pero también de propuestas editoriales que, a pesar del bombo mediático y presunta popularidad virtual de sus autores- son incapaces de vender, ni siquiera, las estimaciones mínimas para alcanzar la rentabilidad de la tirada. Pero es que la cosa no iba de esto -es habitual el juego de manos cuando lo que se trata es ocultar algo- el asunto era tan sencillo como que se pedía un gesto, que muchos -incluso personajes televisivos tan deleznables como Buenafuente o Mejide- llevaron a cabo: no firmar en la mesa de la Fnac. Cosa que a Soto Ivars parecía desagradarle sobremanera.

Espoleado por las críticas recibidas -Soto Ivars, deberías escuchar a Billy Bragg, no cruces jamás la línea de un piquete- el autor publica un segundo artículo en el mismo medio en el que acusa a CGT de mentir, en el que califica la huelga de fracaso y capricho y la sitúa en la típica visión policiaca de la coacción del malvado y vago sindicalista que llega desde fuera a crear conflicto en un encomiable proyecto empresarial. El artículo cae en un triste ridículo al admitir que los recortes, si bien se producen, no son sólo en Fnac, sino en todo el sector del comercio.

Soto Ivars, sin duda, viene de un mundo diferente al nuestro -le importa su firma, su momento, más allá de problemas “secundarios” como las condiciones de trabajo de unos “dependientes”-; parece sufrir de cretinismo al no entender las contradicciones irresolubles entre sostener o aumentar (como es el caso en Fnac) la tasa de beneficio empresarial y el recorte en las condiciones de trabajo de los obreros. Pero Soto Ivars, pese a firmar cosas como Tenían veinte años y estaban locos es ya lo suficientemente maduro y cuerdo para entender del lado de quién hay que poner tu pluma si quieres llegar lejos en el proceloso mundo literario.

Los autores de este artículo no tenemos ninguna vinculación con CGT. Más allá del contenido concreto de su campaña (exitosa por otro lado, felicidades) acusar al sindicato de mentir agarrándose a porcentajes y opiniones que el autor dice de trabajadores del supermercado de la cultura es como poco tendencioso. Esgrime haber visto una nómina de 1300 euros, entendemos que la falta de costumbre comunicándose con miembros de la clase trabajadora puede ser la causa de semejante patinazo. Probablemente el interlocutor de Soto Ivars, es un VQ, una suerte de supervisor de vendedores o jefe de área, cuyo sueldo es superior al de un vendedor. Sumando antigüedad y trabajando a jornada completa el sueldo medio de un dependiente de FNAC ronda los 900 euros. Los contratos recientes nunca son jornadas completas, según trabajadores consultados más de la mitad de la plantilla trabaja a tiempo parcial sin posibilidad real de aumentar la jornada para alcanzar un sueldo mínimo. Si por 40 horas semanales, sumando pluses, unos pocos trabajadores cobran 900 euros, hagan ustedes las cuentas, restando antigüedades y recortando horarios. Baste, para los lectores interesados, que alberguen alguna duda, consultar alguna de las ofertas de trabajo que Fnac lanza de vez en cuando, o hablar -como hemos hecho nosotros- con alguno de los empleados. Asegurar que la huelga fue secundada solamente por cinco trabajadores constituye una manipulación intolerable, una aseveración ridícula, solamente hay que ver las imágenes de las tiendas desiertas y los stands de firmas vacíos. ¿Dónde se esconde la trampa?, FNAC lleva dos años consecutivos aplicando el artículo 41 del nuevo ET, es decir, una reforma sustancial de las condiciones laborales (que por cierto, tras la reforma laboral del PP, no requiere que la empresa que lo aplica presente pérdidas), quien no lo acepta, tiene 20 días para abandonar su puesto de trabajo con indemnización de 20 días por año y paro. Un chantaje de manual. El día 23 era el último día que los trabajadores de FNAC tenían para marcharse. Por tanto, quienes apoyaban la huelga, decidieron que era el día perfecto para convertirse en ex-empleados.

No se trata, exclusivamente, de un tema económico, se trata de vivir, maldita sea, invitamos a todo aquel que pone en duda la legitimidad de esta protesta a que trate de llevar una vida normal teniendo un trabajo cuyos horarios se planean y cambian semanalmente, con un reparto de horas sujeto a las necesidades de la empresa, Eso sin hablar de la insistencia de los mandos intermedios para utilizar a los trabajadores como captadores comerciales de socios o los sueldos, orgullo, sin duda, de las intenciones que la Troika tiene para España. Es el modelo del minijob, el esclavismo soterrado, el final de la hoja de ruta capitalista.

Pero es que este tema va más allá de la huelga de Sant Jordi, Fnac o la crisis del sector editorial. Este par de artículos explican a la perfección en qué se está convirtiendo la joven literatura española.

Soto Ivars es una anécdota -prescindible y sin gracia, por otra parte- pero refleja cómo cuando el moderneo canallita de las letras se pone la capa de librepensador siempre se escora hacia el mismo lado, el derecho, el único donde hay algo que pillar. Y lo insoportable, lo realmente asqueroso de la situación, es la pátina de inconformistas políticamente incorrectos que estos individuos -no hace tanto preocupados únicamente por mantener su status de fuckers noctámbulos- insisten en arrogarse.

Soto Ivars (y cia.) os vamos a explicar un par de cosas, y lo vamos a hacer desde el barro, la calle, el almacén repleto de cajas de vuestros libros en permanente devolución. Escribir contra un sindicato, uno especialmente digno y combativo como es CGT, no es políticamente incorrecto, no es subversivo, ni rebelde, es lo que se espera que ocurra en una sociedad con una disonancia cognitiva tan grande, que siendo víctima de la mayor estafa del último siglo, anda pendiente por buscar la culpa de su situación en todos lados menos donde realmente está: la banca y las multinacionales.

Soto Ivars, sinceramente, nos tenéis muy cansados, vosotros y vuestro mundo, donde la máxima preocupación es dejarse ver en tal presentación literaria, estrechar la mano adecuada, callar cuando toca y ladrar cuando se debe. Quizá, si salierais de vuestros estrechos horizontes de clase media superaríais esa mediocridad tan escapista que os impide ver lo realmente jodido que lo tienen millones de personas en este país.

Si tuvierais algo de vida -y vergüenza- seguiríais dedicándoos a lo único que se os da medio bien: la diletancia de bar de tendencias.

Es desesperante comprobar como, además, se dicen víctimas de la persecución de la sectaria izquierda cada vez que toman partido (partido por el poder, que es quien tiene las monedas y por tanto el futuro).

Para gente que escribe -además de tener un trabajo asalariado con el que intenta ganarse la vida- y lo hace sin pseudónimos, a cara descubierta, tomando partido -por los suyos, los obreros, los de abajo- es habitual frenar cada dos líneas y meditar las consecuencias de lo que se está haciendo, pararse a pensar si esa crítica afectará de alguna forma a su trabajo, qué puertas se cerrará, qué timbres no podrá tocar nunca más. El que se declara de izquierda -de esa izquierda que no es respetable, ni presentable, ni razonable, de esa izquierda que no se contenta con gestionar las migajas- sabe que una vez que se lanza la piedra ya no habrá cabida en prestigiosos diarios, agradables ambientes o estanterías de Fnac.

Sí, sabe lo que le toca, elige y acepta.

Acepta porque sabe de su condición de trabajador cultural, porque reconoce su posición, porque identifica a su igual: los escritores no son más que esa chica con chaleco que se desloma preparando todo para que la firma salga bien y, a la cual, la mayoría no tiene ni la decencia de dar los buenos días.

Por eso molesta tanto comprobar como, poco a poco, el sistema capitalista va minando las pocas parcelas en las que quedaba cierta dignidad. Los que controlan esto, aún escondiéndolo en público, saben que cuestiones como que el ser social determina la conciencia son tan ciertas como cierta es su maniobra para promocionar al escritor de clase media presuntamente no ideologizado, es decir, el que por tanto más ideologizado está; el que tomará parte siempre atendiendo antes a sus intereses personales que a los de la colectividad; el escritor que replicará -aún sin ni siquiera darse cuenta- el pensamiento de la clase dominante; el que apuntalará, sin pensarlo, la hegemonía ideológica que provoca que todo siga como está, que todo parezca cambiar para que, realmente, nada cambie. Es fácil, de donde venimos, tenemos claro que, o se tiene el látigo o se tiene la razón, pero no se pueden tener las dos cosas a la vez.

Algunos nos tendréis al lado, otros enfrente. Vosotros sabréis de qué lado estar.


Álex Portero
Daniel Bernabé

Este texto se publica conjuntamente con  Jugando entre las ruinas.