sábado, 30 de noviembre de 2013

Ofensa es lo que es ofensivo

Fotografía de Daido Moriyama
Nos ofenden los dedos marrones del banquero, la nube de moscas que se desplazan al paso del olor del noble, el zumbido del fluorescente en la oficina un lunes por la mañana. Nos ofende el olor a ajo seco de la sotana del cura y el descascarillado infame en la talla de los pies de ese Cristo que nos mira piadoso mientras que nuestra abuela, ya muerta, enciende unas velas por la salud de la familia. Nos ofende el aroma de tu colonia, ejecutivo de mierda, cuando subimos en el ascensor inteligente contigo. Nos ofende el bramido de los estadios pero también de los círculos sociales en torno a la alta cultura, escritores sebosos tocando el culo a señoras que han ido a por una copa de vino español. España ofende a España. Nos ofenden el yogur helado, los pendientes de perlas y ese torpe depilado capilar púbico en una noche de bodas que predestina un auténtico fracaso matrimonial. Nos ofenden las fábulas del telediario y su mierda de información meteorológica. Nos ofende que en Teruel haga nueve grados bajo cero. Nos ofende imaginarle viendo el ciclismo mientras que su mujer le limpia las babas con un trapito orensano; ambos saben que en el fondo su mentira es la mentira de este puto país de muertos en cunetas y buitres con escopetas. Nos ofende tu uniforme, y tu porra y tu pistola. Nos ofende, profundamente, tu apelación de caballero. No hemos visto un caballo, madero demente, en nuestra vida. Nos ofende que no salga vapor de las alcantarillas y las ratas, presurosas, corran a sus despachos cuando oyen lo menos ofensivo que oímos en el aire, que respiramos en nuestra vida. El rumor, primero, luego grito, de mil gargantas que acercan para decirte cual es la única salida.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Tratado de navegación del absurdo cotidiano (Prólogo de un libro que nunca existió)



Los prólogos son un invento de los editores miedicas. Alguien, en algún momento, pensó que el texto que iba a lanzar a la calle no era suficientemente bueno, o bien demasiado farragoso, o por contra, aunque excelente, de un autor desconocido. En estos casos ese escrito necesitaba un empujón, una explicación, el abrazo de un padrino, incluso, en las peores situaciones, una disculpa previa.

O todo lo anterior o lo siguiente: que lo que tienen delante, queridos lectores, sea una obra con una intrahistoria tan alucinante que merece ser contada, que funciona, o puede funcionar, como narración aparte del propio texto. Y sí, es el caso del Tratado de navegación del absurdo cotidiano.

Esta idea surge en distintos encuentros a plena luz del día pero con un matiz claramente conspirativo. Fueron las llamadas Sesiones de prestidigitación, unas reuniones en las que, con un camuflaje de comida o café, se tramaba este artefacto de combate social, literario y vital. Se exponían ideas inconfesables delante de camareros que servían gazpacho, al lado de mesas muy cercanas (los trabajadores carecemos de espacios, incluso en los restaurantes) hasta que el silencio, y las miradas reprobatorias, surgían en los casuales compañeros de festín.

Vivimos en una realidad dolorosa, un mundo punitivo, una cotidianeidad hiriente. No es broma, no es una metáfora (las metáforas, aunque es posible que aquí encuentren unas pocas, son de cobardes), es un sentimiento que brota a diario: levantarse ya cansa.

Podríamos, a grandes rasgos, distinguir 3 vertientes por las que el calendario sangra a cada hoja que cae.

1.- El Guión está ahí afuera y es todo. Hablamos de lo que comunmente se denomina actualidad, la sucesión de cosas que pretenden dar cuerpo a cada día en sociedad. Los grandes acontecimientos que afectan a su vida aunque usted, hubo una época (no sé haga el sueco, recuerde, querido lector) en el que hacía como si todo eso diera igual. La realidad es que su hijo vaya a un colegio atestado y carente de medios, que a su madre le cuesten caras esas medicinas que toma o que a pesar de todo lo que estudió, ahora realice un trabajo subcualificado, o peor, siquiera pueda acceder a él. La realidad es que con la crisis que le ahoga al principio tuvo que prescindir de aquel viaje, luego, cada mes, lo empezó a tener jodido para pagar la letra de la hipoteca o el alquiler. La realidad es que la crisis, un acto de terrorismo financiero, una consecuencia de la orgía alocada de la banca, al final le alcanzó a usted y a su vida. Pero, ¿y antes de la crisis?, ¿se acuerda cuando las cosas parecían funcionar? Bien, aquello también era realidad, y era una realidad hiriente. El proyecto de cama, trabajo televisión, la engañifa de la carrera profesional, la propuesta de trabajar mucho para luego seguir trabajando como consumidores en ese aberrante concepto llamado Ocio, todo eso, era también parte de la Realidad, y nosotros, y usted, que se dispone a aferrarse a este libro, lo consideramos odioso y condenable. Está muy mal que nos quiten lo poco que teníamos, y que alcanzamos luchando, o mejor, que alcanzamos con la lucha de una parte de esta sociedad, la más consecuente, mientras que otros, también afectados, estaban en el sofá viendo de Médico de Familia. Pero además, también estaba mal que usted se deslomara y perdiera eso tan precioso llamado vida, por la insulsa promesa de poder tener aquel coche tan grande. Ahora no tiene coche, ni trabajo, y quizá ni dignidad. Ve, no mereció la pena. Y todo esto (en este tratado huiremos del escapismo, de las metáforas y el neolenguaje posmoderno y chachi) se llama capitalismo, o mejor, puto capitalismo. Un sistema falaz, injusto y suicida, y lo peor, en su época de decadencia, totalmente senil e idiotizado. Esta es la realidad, vamos montados en un tren que se dirige al abismo. Los tipos que van en los vagones de primera clase se lo están pasando genial, usted, que va en el vagón de carga (por un tiempo fue en clase turista) está apiñado con otros tropecientos mil infelices, y lo pasa algo peor. La cuestión no es si ellos, los cabrones de primera, descorchan champán a cada segundo, si lo merecen (la respuesta es clara, por supuesto que no), o que hacer para abandonar el vagón de carga y volver a turista, y quizá, con mucha suerte, pasar de mamporrero al de primera (si ha comprado este libro, olvídese, usted nunca será un triunfador), la cuestión, que respondemos de una puta vez, es que el tren va a toda velocidad hacia un abismo muy profundo y nadie parece darse cuenta de ello.

2.- Los Actores. Alguien protagoniza esta realidad, y eso es importante, porque sabemos entonces a quién lanzar los tomates. Hay malas películas, guiones pésimos, que incluso pueden salvarse por la interpretación de los actores. Nosotros vemos una película (usted ve, a lo sumo observa, quédese con esto, raramente participa) en la que el guión está escrito por un mono borracho y los actores son de una telecomedia burda y ridícula que no hace gracia. Siempre ha habido malos y miserables, pero en otras épocas eran temibles, tenían una demencia grandilocuente casi admirable e incluso vestían bien. Ahora son una pandilla de enclenques, con una afición desmedida por lo hortera y el mal gusto. ¿Cree de verdad que Mario Draghi da miedo, un tipo cuya máxima aventura fue mandar una carta a los 25 años con un sello de valor menor al establecido? ¿O piensa que Esperanza Aguirre, una presidenta perfectamente sustituible por una presentadora de magazine matutino, es una gran pensadora? ¿Está seguro de que Flavio Briatore es un modelo de vida y elegancia, alguien que viste blaziers azules de botón dorado y sólo puede ligar en base a su billetera? Vale, tienen un gigantesco cuerpo de hombres armados que les protegen, pero qué es todo eso comparado a la mala hostia de una chica joven, cabreada y extremadamente inteligente. La tragedia no es que los malos dirijan nuestras vidas, convirtiéndolas en una jodida tragedia, lo realmente exasperante es que sean estos malos.

3.- El Público. Ya hemos insistido, como mosquitos insidiosos una plácida noche de verano, varias veces en los puntos anteriores, pero permítannos que lo hagamos una vez más. Ustedes, nosotros, somos sólo espectadores en esta gigantesca telecomedia absurda. De la misma forma que el público aplaude, nosotros trabajamos, de la misma forma que el público es esencial en cualquier representación, nosotros lo somos en este ridículo pésimamente guionizado. Y eso nos molesta. Posiblemente sea lo que más nos moleste de todo. No es entendible ni admisible que mientras le dan de tortas usted sonría, que cave de buena gana la tumba en la que se entierra a diario, que sea capaz de defender al impresentable que le escupe en la calva. Bueno, quizá usted, querido lector, que lee estas lineas, no lo haga, no le guste, le repugne profundamente, y por eso, sólo por eso, ha accedido a comprar este libro.

Por estas razones el calendario sangra, por estas razones, y otras muchas más, nos decidimos a escribir este Manual contra el absurdo cotidiano. Aunque en principio no era esa la idea.

Pensamos, viendo el caudal de subversión que teníamos entre manos, en utilizarlo como elemento de chantaje político emocional. Pensamos en dirigirnos a tres estamentos claramente representativos del mundo en el que vivimos: La Iglesia, Goldman Sachs y El Corte Inglés. El primero por representar la moralidad más absurda, hiriente y primitiva, un entramado lucrativo montado en base a unas fábulas para camelleros de hace 2000 años. Ya duran demasiado. El segundo por ser la agencia de terrorismo financiero internacional más visible, la SPECTRA de nuestras vidas, nuestro Sauron, el Imperio Galáctico de la gomina y los tirantes, los tíos que parten el bacalao. El tercero porque representa la España desarrollista, el sueño del obrero medio, porque odiamos su hilo musical y lo apelmazado de sus propuestas estéticas, detestamos su olor a naftalina. Nos dirigimos a ellos con la esperanza de que cundiera el temor entre sus filas, que este manual les hiciera bajar los brazos antes del combate, imaginamos a sus ejércitos tirar las armas, derrotados ante este alarde de verdad escrita. O en su defecto esperamos que nos ofrecieran una cantidad pornográfica de dinero por no publicarlo, por mantener este manual en una cripta muy oscura y profunda debajo del Vaticano (El Corte Inglés se ofreció a guardarlo en sus sótanos secretos, pero ganaron los curas que tienen más tradición). ¿Vendernos? No esperen tan poco de nosotros, por supuesto pensábamos publicarlo de todas formas.

Y nada de eso ocurrió, ni se rieron de nosotros, ni se dignaron a recibirnos. Lo máximo que alcanzamos fue a ver la cara de estupefacción de una pobre dependienta de la sección de lencería femenina del Centro Comercial, que nos sonreía nerviosa mientras avisaba a seguridad.

Dimos con nuestros huesos en el duro asfalto, pero nuestros principios y nuestras ideas continuaban frescos, intactos, como recién planchados.

Entonces nos pusimos a escribirlo.

Sí, efectivamente, mientras que desarrollamos este prólogo nada de lo que aquí se habla ha ocurrido. No hay una sola página escrita, una sola idea sustantivada. A medida que el cursor avanza por delante de nuestros ojos pensamos en lo que vamos a hacer, en la maravillosa aventura que tenemos por delante.

El arte expresa el sueño de la misma forma que el sueño expresa la realidad, habitualmente, mejor que ella misma.

Porque de eso va este viaje. Un libro para intentar manejar la bastardada absurda que surge cuando la tele se enciende, el sonido de murmullo histérico que llega hasta los oídos. Una guía para saber qué hacer, un compendio de trucos ninja para salir airoso de su despido, de la insidiosa manía de su marido por las vacaciones en el Caribe, de la fatídica programación de la radiofórmula. Este libro son las cartas en la manga que siempre necesitó en aquel preciso momento.