domingo, 9 de junio de 2013

El Rastro

El Rastro, fotografía de Carlos Saura para ilustrar el libro homónimo de Gómez de la Serna.
Una chica con unas gafas sobredimensionadas mira una caja de latón encima de unos papeles de periódicos, sobre el suelo. Al lado una cuchilla con la que le está quitando el óxido, unos pinceles y unos botes de pintura pequeños, de cristal, como en el que Alicia se mete para surcar el océano de lágrimas. Cerca su novio en el sofá ojea una revista sin ganas, mira por encima de las páginas pensando en decirla que quizá la gracia está en dejar la caja tal y como la compraron el domingo anterior en El Rastro, que si la arregla la va a estropear. Pero ella parece decidida a restaurarla, o a darle otro aspecto, mejor dicho; él creé recordar que, mientras que tomaban unas sardinas en un bar de Cascorro, ella le dijo que podría dibujar unas flores o unas formas geométricas, o lo que fuera. Ella acabará lo que tiene pensado hacer, como siempre. Cuando le pregunte que qué le parece él dirá que está muy bien, que le ha quedado muy bonita, aunque no haya por donde cogerla. La cuestión, piensa el chico mientras que oye el rascar de la cuchilla sobre el metal, es que ella nunca conoció El Rastro cuando aún era un sitio especial donde ese hampa amable trapicheaba con objetos de baúles extraños sobre una manta. Donde él le preguntaba a su padre si las máscaras de gas que veían eran de verdad de una guerra -cualquiera, una guerra indeterminada, lo importante era la veracidad del combate- o sí los trabucos -unas malas imitaciones traídas de Toledo- habían sido de algún bandolero como Luis Candelas. Él había sido un niño raro, de los que tuvo la suerte de conocer ese Madrid crepuscular que aún, en pequeños retazos, como imágenes de un sueño que se borran al momento en que recordamos, pervivía más allá de las páginas escritas por Gómez de la Serna. Aquella gente que él vio en Ribera de Curtidores ya no existía: ni los traperos, ni los carteristas, ni el viejo que se paseaba con un loro al hombro y decía haber sido pirata -y que quizá sólo se parecía a ellos por el insoportable olor a vino que exudaba-, ni siquiera el chato, primera figura de horror en su vida, faz de escalofrío por la espalda y sin embargo de una atracción magnética, poco más que un señor normal -bien arreglado, con americana marrón de tela gruesa- pero que carecía de nariz. Aquella gente, si había llegado a existir, ya era poco más que el óxido que yacía en los papeles de periódico arrancado por aquellas certeras manos de chica joven. Él se levantó al baño, pasando por su lado rápido, sin querer mirar a la lata. Ella notó el aire al pasar y dejó por un momento de frotar con aquella cuchilla.

jueves, 6 de junio de 2013

Hijo


Un bloque de viviendas cualquiera en una ciudad cualquiera. Un niño de unos pocos meses en una cuna. La habitación tenía ese olor a galletas que, misteriosamente, algunos bebés dan a los recintos que habitan. Las paredes, azules, con unas nubes blancas dibujadas en serie a mitad del muro, daban un aspecto irreal a la estancia, como de cielo católico. El niño se había despertado y permanecía fascinado con algo que sólo él entendía. Miraba atento al techo y sonreía, con ese gesto de aprendiz de quien ni siquiera tiene todavía ensayada la risa. Movía los brazos y las piernas sin mucha coordinación, en una especie de aplauso espontáneo y primario. Su madre llevaba algo más despierta, estaba en chándal e intentaba desatornillar una mesa sin demasiada fortuna. En uno de los intentos -los tornillos eran de un metal pésimo- el destornillador, asido con toda la fuerza que podía, se le escapó y fue a clavarse en la alfombra, a pocos centímetros de su pierna. Ella quedó quieta, en ese estado en el que caemos después de asomarnos al precipicio que acompaña al accidente, rodeada de cajas a medio hacer y un sofá cochambroso que no se llevarían. Pudo, en el silencio sólo cortado por su respiración que volvía poco a poco a la normalidad tras el susto y el esfuerzo, oír a su hijo ya despierto en la habitación de al lado. Fue a por él y decidió, al verle tan contento sólo por estar despierto, que no iba a hacer nada más que cuidarle, al menos esa mañana. Estar con él, tocarle las manos, mirarle a los ojos, verle dormir otra vez. 
Empezarían de nuevo en otra parte, encontrarían otro lugar. Y ella volvería a pintar las paredes de azul y cubrirlas con la cenefa de nubes.