viernes, 1 de marzo de 2013

El anciano


Salía del portal a la misma hora todos los días, en ese espacio en el que, aunque aún es de noche, algo hace percibir que pronto dejará de serlo. Por su aspecto, pelo blanco, andar encorvado -aunque decidido- no era difícil deducir que el tiempo de jubilarse ya le había tocado. Vestía como cualquier hombre mayor pero llevaba una mochila al hombro siempre que emprendía sus paseos de madrugada. La llevaba llena de zapatos y guantes viejos que, el día anterior, recogía por los cubos de basura de su barrio. Comenzaba su marcha y de vez en cuando -en una secuencia que sólo él llegaba a comprender- sacaba un guante de la mochila y lo arrojaba en la acera, depositaba un zapato encima de un coche o dentro del hueco por el que los árboles beben en una ciudad. Al ser preguntado en una ocasión -por un paseante curioso, su yo matutino, un periodista con ambiciones artísticas, quién sabe- por qué realizaba tan extraña tarea, contestó sin pensárselo un instante: un zapato o un guante sobre el asfalto hacen volver los días violentos que esta ciudad ha tenido y que nadie parece querer recordar.