jueves, 6 de junio de 2013

Hijo


Un bloque de viviendas cualquiera en una ciudad cualquiera. Un niño de unos pocos meses en una cuna. La habitación tenía ese olor a galletas que, misteriosamente, algunos bebés dan a los recintos que habitan. Las paredes, azules, con unas nubes blancas dibujadas en serie a mitad del muro, daban un aspecto irreal a la estancia, como de cielo católico. El niño se había despertado y permanecía fascinado con algo que sólo él entendía. Miraba atento al techo y sonreía, con ese gesto de aprendiz de quien ni siquiera tiene todavía ensayada la risa. Movía los brazos y las piernas sin mucha coordinación, en una especie de aplauso espontáneo y primario. Su madre llevaba algo más despierta, estaba en chándal e intentaba desatornillar una mesa sin demasiada fortuna. En uno de los intentos -los tornillos eran de un metal pésimo- el destornillador, asido con toda la fuerza que podía, se le escapó y fue a clavarse en la alfombra, a pocos centímetros de su pierna. Ella quedó quieta, en ese estado en el que caemos después de asomarnos al precipicio que acompaña al accidente, rodeada de cajas a medio hacer y un sofá cochambroso que no se llevarían. Pudo, en el silencio sólo cortado por su respiración que volvía poco a poco a la normalidad tras el susto y el esfuerzo, oír a su hijo ya despierto en la habitación de al lado. Fue a por él y decidió, al verle tan contento sólo por estar despierto, que no iba a hacer nada más que cuidarle, al menos esa mañana. Estar con él, tocarle las manos, mirarle a los ojos, verle dormir otra vez. 
Empezarían de nuevo en otra parte, encontrarían otro lugar. Y ella volvería a pintar las paredes de azul y cubrirlas con la cenefa de nubes.