jueves, 13 de septiembre de 2012

Dexedrinas VIII

Nush y Paul Eluard, por Man Ray

El deseo y el deber combaten con las armas del placer y la recompensa
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Para el viajante la maleta es el ancla con su hogar.
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Un tecnófilo previsor sentía angustia ante la muerte. No sabía en que formato grabar la música de su funeral.
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La lencería es la tela de araña de la seducción.
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La mujer suspiraba mientras que acababa su último caligrama. Dudaba si enamorarse del escritor o del
dibujante.
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Los errores son los clavos del insomnio.
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La cajera del súper pasaba los productos por el lector con un orden creativo. Formaba acrónimos en los tickets  de venta. Estaba triste, nadie parecía advertirlo.
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La letra X expresa mejor que ninguna la multiplicidad de incógnitas respecto al sexo.
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El director de orquesta jubilado pasa las horas en el banco del parque. A veces no puede evitar dirigir al coro de palomas con su bastón.
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Las paredes de gotelé son las nubes del agorafóbico con imaginación.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Le voyage


Apreciamos tanto los viajes porque representan la aspiración permanente de la vida total. Un tiempo en el que se nos permite la deriva por las calles de un espacio inédito, la reinvención de nuestra identidad partiendo de la imaginación y la liberación mental de la condición asalariada. La única preocupación es la que debería ser siempre, el disfrute de nosotros mismos y nuestras posibilidades. Por eso su recuerdo, bajo la opresión espectacular, suele provocar una notable nostalgia. La reflexión es sencilla: hagamos de nuestra actividad, ya sea política, creativa o lúdica, un permanente viaje.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Revoluciones apropiadas


La china mira la tele que tiene en la esquina de su local con una abstracción propia de la divinidad. Va tecleando en la calculadora los precios, al azar, de las cuatro cosas que llevo mientras las mete en una bolsa verde color camuflaje. Me dice un total sin mirarme. Yo miro a la pantalla por encima del hombro y veo un culebrón situado en la Dinastía Ming (la única que conozco).

Camino por la calle camino de casa. Paso por delante de una tienda de musculación en la que venden complementos proteínicos en unos botes grandes y coloristas, la efigie de un culturista hinchado y naranja me sonríe desde el interior. Se cruzan conmigo una mujer con un perro mínimo, de andares aristocráticos y ladridos psicóticos, una pareja gay con bigotillos fascistas y una anciana con un carrito de la compra que empuja con la dificultad de los años. En su mirada puedo ver la abnegación y el cansancio de quien ha visto demasiado y nada le sorprende, de quien prefiere ya mirar hacia el pasado.

Brevemente yo también miro hacia el pasado, hacia hace un rato, una oficina de una empresa de trabajo temporal. Una chica un poco más joven que yo, con maneras aprendidas de manual, me preguntaba datos absurdos mientras que hacía marcas con un boli rojo sobre mi currículum. También tenía uno verde encima de la mesa pero no lo ha tocado en toda la conversación. Un trabajo manual para sobrevivir. Creo que no le han gustado ni mi edad, ni mi experiencia, ni mis patillas de una frondosidad tropical. A mi ella tampoco me ha gustado, pero eso es insustancial para lo que iba allí, y para las facturas. Ya me llamarán.

No me quedan ni dos meses de paro y lo peor es que me da igual. Me quedo mirando unos zapatos preciosos que veo en un escaparate, demasiado caros y demasiado bonitos para los tiempos que corren. Voy a necesitar unas botas duras para el otoño, creo que saldremos muchas veces a la calle y no precisamente de paseo.

Me pierdo en las piernas de una chica que ha dejado de ser adolescente hace poco. Empieza la temporada en el barrio. Llegan, como animalillos incautos de piel sensible, a cumplir su sueño teleproducido de estudios artísticos, más experiencia de vida en zona juvenil y pretendidamente alternativa. No sabe donde se ha metido. Los depredadores acabarán con ella en un par de fines de semana. Las noches en el centro no son una cosa sencilla, se ve en las ojeras de las que llevan aquí un año más. Se ve en las ojeras y en los modales afectados para prevenir a los posibles pretendientes de martes por la mañana.

Uno acaba haciéndose inmune a la belleza juvenil femenina. Hay tantas que ya no impresionan. Entre otras cosas porque hay otros problemas más inmediatos que andar detrás de las faldas de la pretenciosidad con ganas de aparecer en la última revista de tendencias. No sé hacia donde voy y a estas alturas he acabado por acostumbrarme. Como una parte de mi generación.

Por suerte parece que hemos dejado atrás ese cinismo noventero mal copiado de americanos tristes sin motivo con camisas de franela. Me encuentro con un conocido, me cuenta que viene de presentar unos dibujos a una editorial para un libro infantil. El tío es listo, sabe lo que hace y, aunque no le va mucho mejor que a mi, confío que acabe consiguiendo lo que le mola sin volverse imbécil. Por lo menos tiene actitud, que es lo poco que se puede exigir cuando naces sin padrino y sin chequera. Arrogancia bien entendida.

Abro el portal sorteando a unos turistas que se toman una gilipollez de batido en las escaleras. Saludo al portero con ademán adulto y me miro en el espejo del ascensor intentando averiguar que habrán visto los que se cruzaron conmigo. Entro en casa, meto las cuatro cosas de la bolsa en la nevera, un aparato que debió ser diseñado cuando aún se contemplaba el vapor como alternativa energética. Me enciendo un piti y me voy a seguir mirando por la ventana.

Si no me llaman de este curro, cosa que necesito de verdad, me da bastante igual. Estoy en un estado de letargo que se deriva de la ausencia real de poder ganarme la vida con nada de lo que sé hacer. Es lo que hay. O lo cambiamos, de arriba a bajo, tomando todo y dejando nada, o me adapto y me jodo, el tiempo que haga falta. No hemos venido aquí para llorar. Llorar está feo, a mi me lo enseñaron mis compañeros del cole a base de patadas.

Así que mientras que planifico mentalmente un par de cosas, entre ellas algo tan terrenal como la forma de hacer los noodles más apetecibles, pongo un single en el plato y dejo el maletín abierto para el siguiente. Me pongo una caña también, en un vaso apropiado que debí afanar de algún bar alguna de estas noches.

El tipo que canta lo hace sin miedo ni complejos, lo hace sin dudas ni elipsis, lo hace como hay que hacerlo. Y supongo que lo tuvo que tener jodido en un país donde, dependiendo del color de tu piel, el sueño democrático se tornaba en una tormenta de hostias por parte de la policía. Aquí pasaba lo mismo, aún teniendo todos la piel del mismo color. No había sueño democrático, y la gente, a la que le caían como panes, se quejaba menos y actuaba más.

Voy a elegir el siguiente. Nunca es momento de ponerse dramático mientras que suene soul en los altavoces.

martes, 4 de septiembre de 2012

Artículos en Grund



Desde la pasada semana tengo la suerte de escribir una entrada para Grund Magazine que aparecerá cada martes.

Grund es la palabra alemana para base, argumento, razón, motivo… Con este nombre, buscamos expresar lo que queremos, que GRUNDmagazine contenga “elementos fundamentales para la crítica” de la sociedad, de la cultura, de la economía, del arte…

Así definían sus editores, Salvador J. Tamayo y José Gallego Leal, este proyecto editorial antagonista que se edita en papel y en formato digital.

La columna semanal que realizo la podéis leer aquí.

Seguiré actualizando, no obstante, Días Asaigonados, con la irregularidad que nos ha caracterizado siempre.