lunes, 30 de julio de 2012

El mercado de arte frente a la vanguardia

Estudio dadá en azotea -  Rudolf  Schlichter -  1920


El mercado de arte frente a la vanguardia. Reflexiones apresuradas de una tarde de verano.


1.- La vanguardia se concibe como elemento de impacto, tiene la misión de epatar, de causar un sentimiento profundo en el que lo observa, escucha o lee. Tiene un objetivo. El arte mercantilizado carece de finalidad propia, existe como un valor de cambio, es por tanto prescindible por naturaleza desde el punto de vista de la creación humana. Si está en desacuerdo con el primer punto salga de esta página, o mejor, pruebe a cambiar el bodegón que heredó de su abuela por un billete de euro entre dos chinchetas.

2.- La vanguardia sólo se concibe en un momento y lugar determinados. No tiene naturaleza trascendente, por el contrario, su naturaleza es agotarse en su propia finalidad, en su culmen , es decir, en el impacto provocado. El arte como mercancía pretende perpetuarse, sino individualmente, sí como tendencia permanente.

3.-Si muchas vanguardias de hace cien años aún siguen expresando algo es porque no han sido superadas históricamente. Los posibles observadores situados en nuestro presente todavía siguen por detrás del momento intelectual que generó estas obras. 

4.-Es habitual que los medios hablen de entendidos en arte, o de que la gente, temerosa de su supuesta ignorancia, diga que no comprende la obra artística. El arte no necesita ser explicado, la obra debe valerse de si misma para provocar una reacción, sea la que sea. Si no lo consigue ha fracasado en su objetivo. La Vanguardia no necesita de expertos, el Guernica no requiere sesudos estudios, ni Un Perro Andaluz de largas explicaciones.

5.- Todo arte es deudor del mundo en que surge. El presunto arte dominado por el mercado es un perfecto vástago de nuestra realidad, sus creadores gente con una extraordinaria capacidad de adaptación.

6.- La vanguardia no requiere de intermediarios, su disfrute es libre y público y las reacciones que crea, o mejor dicho, cataliza, deben ser aceptadas sin más. El trash posmoderno viene con guias, se ciñe a convenciones, se piensa para lo privado y censura las reacciones adversas que provoca, tachándolas de incultura.

7.- Mercado y vanguardias son enemigos irreconciliables. El falso debate sobre que los creadores tienen que vivir de algo es una burda coartada en la que no vamos a entrar porque su sola mención nos ofende. Pretende ocultar que la única finalidad de este detritus estético es su valor de cambio, (carece del de uso), transformando a los creadores en artesanos bien remunerados, que elaboran productos con el único objetivo de su comercialización. He aquí el auténtico leit-motiv del problema que nos ocupa.

8.- La cantidad de parásitos que zumban alrededor de la montaña de basura es espeluznante. Comisarios, tecnoartístas, representantes, starlettes, subasteros, clientes. Sí, clientes, ellos tampoco se salvan. Pueden ser acusados de mal gusto, pero no de estupidez. Ellos son quienes comprenden mejor que nadie la trama. Compran arte como compran acciones en la bolsa, esperando adquirir barato para luego vender caro.

9.- De el anterior punto se extrae la explicación, incomprensible para la mayoría, de como un montón de mierda puede valer un millón de euros. Especulación, palabra que a estas alturas de la película, querido-lector-hipotecado-a-cincuenta-años le debería ya sonar. La diferencia es que usted no puede vender la casa, porque hay muchas y no hay compradores. Ni dinero, ni vergüenza.

10.- Por eso, si ha leído los nueve puntos anteriores, comprenderá porque usted, ni yo, ni Joaquín, el camarero que le sirve la cañas, podemos exponer en ferias. No es porque nos falte el talento, sino porque es necesario mantener el coto cerrado para que el valor de los objetos no baje. Además, los hijos de la pequeña burguesía progresista (disculpen el oxímoron) necesitan ocuparse en algo y, casualmente, nunca tienen inclinaciones hacia el noble arte de la cajera de súper o el teleoperador esforzado.

11.- Y sí, la anécdota de que en la TATE una limpiadora tiró a la basura una obra, confundiéndola, o mejor dicho, interpretándola como lo que era, un detrito, es cierta. Las trabajadoras de la limpieza de las ferias de arte son la única vanguardia auténtica, real y sincera que ustedes encontrarán allí.

miércoles, 25 de julio de 2012

Dexedrinas VI

Georg Schrimpf - Martha - 1925

Dejó de prestar atención a las palabras, los recuerdos subyacían entre las líneas.
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Las mentiras se hicieron tan densas que ni la realidad podía escapar de ellas.
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El mariscal contemplaba a su ejército en retirada. Ensució sus brillantes botas con sagacidad.
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El césped de piscina, visto a ras de suelo, es toda la jungla que se permite el veraneante.
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El camión de la basura es el ogro que devora nuestros excesos, el Cronos que se encarga de que todo parezca volver a la normalidad.
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El buzón estaba vacío. Contenía todo el desprecio de un mundo absurdo y hostil.
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La memoria de Madrid se esfumaba al ritmo que desaparecían las macetas de los balcones.
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Su femineidad me golpeó con la fuerza del aire que desplazaron sus pestañas al cerrarse.
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Los tejados de tejas rojas son las cuentas perdidas de los collares de entreguerras.
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¿Sabe dónde termina el campo de golf? Justo allí da comienzo la realidad.

martes, 24 de julio de 2012

De cómo Batman se hizo neocón.


Un sistema desigual e injusto no sólo necesita una permanente justificación moral, ideológica y económica, también requiere una narrativa continua que sustente su normalidad, el inalterable estado de cosas que permite su funcionamiento. El cine ha sido desde sus comienzos parte de esta narrativa, un arma ideológica de transmisión de valores y sentencias. 

Batman, el caballero oscuro: la leyenda renace es una película de reciente estreno firmada por C. Nolan, que pone fin a la trilogía rodada por este director. Sus virtudes estéticas han sido notables, transportando a este héroe a un mundo actual, despojándole del colorido pop de anteriores adaptaciones, pero también incluyéndole en un escenario de contradicciones reales.

Toda narración, hasta la que no lo pretende, es ideológica. Siempre se toma partido frente a la realidad de una u otra forma. En determinadas ocasiones esta política de contar es imperceptible: el autor deja el sello de sus opiniones, de las suyas o las que están a su alrededor y ha interiorizado, sin que él mismo incluso se de cuenta. En este caso, en una película de producción multimillonaria y con una audiencia masiva estimada, esta claro que no es así.

Se ha optado por el adoctrinamiento de brocha gorda. Un tamaño de pincel que sin duda variará dependiendo del espectador y su capacidad crítica, pero que está enfocado y dirigido, notablemente, a expresar la siguiente idea:

Aunque el mundo en el que vivamos esté lleno de fallos y desigualdades, de corrupción y problemas, los ciudadanos nunca deben iniciar una revolución. Esta sólo conducirá a la tiranía y al caos. Es más, los trabajadores son incapaces de gestionar nada sin la élites que los dominan, el statu quo, por injusto que sea, es la única garantía de paz, progreso y democracia.

¿Cómo demonios Batman ha acabado con una chapita del Tea Party en su musculoso torso?

Para los que no lo conozcan (gente que ha estado en un refugio nuclear los últimos 70 años) Batman es la identidad en la que se oculta Bruce Wayne, un millonario de apariencia despreocupada pero con un interés filantrópico admirable, que decide combatir el crimen a raíz de perder a sus padres en un atraco cuando era un niño. Normalmente se presenta una lucha entre el bien/mal de una forma generalista y a lo sumo, el problema de que tenga que ser un héroe enmascarado, y no los propios poderes públicos, el que meta a los malos entre rejas. En esta película se da un paso más allá situando las andanzas del justiciero en un nivel mucho más concreto y próximo.

El villano, Bane, un tipo extranjero de aspecto temible, asalta la bolsa, un émulo de Wall Street. No lo hace solo, los secuaces son individuos disfrazados de trabajadores manuales: electricistas, repartidores, chicos del café... La justificación de guión es lo de menos, se nos coloca en la posición de ver como el Mal toma como enemigo el epicentro más conocido del poder financiero.

De forma más o menos sutil se nos dan clases de economía neoliberal. Las empresas de Wayne no van bien, y todo porque el millonario ha decidido invertir en un sistema de fusión fría, concepto de energía teóricamente ilimitado y no contaminante. El problema acarreado es que el millonario ya no puede ejercer su labor filantrópica y tiene que cortar los fondos que financian un orfanato. Es decir, cuando la economía va bien, el dinero permea a toda la sociedad, incluso a los más desfavorecidos, cuando no, los pobres niños huérfanos lo pagan. El dogma capitalista más repetido de la historia.

Antes de que empiece la acción otro de los personajes, Cat Woman, una ladrona que sólo roba a los ricos pero cuyo deseo es dejar de hacerlo, le dice al millonario enmascarado: "Hay una tormenta avecinándose Sr. Wayne, y usted y sus mejores amigos harían bien en cerrar las escotillas. Porque cuando llegue se van a preguntar cómo pudieron vivir a lo grande dejando tan poco para los demás". La frase, grandiosa, encierra el rencor de todos los desfavorecidos hacía el 1%. No obstante, luego, se mostrarán las consecuencias de mirar tan mal a las señoras de estola y a los caballeros con monóculo.

El tipo malvado cargado de esteroides ejecuta su plan. Deja a la ciudad aislada del mundo exterior conminando a los ciudadanos que hagan lo que quieran con ella. Sólo pone como condición que si hay interferencias externas hará detonar el núcleo de fusión fría como una bomba nuclear. Aquí, además de dejarnos claro que el petroleo no es tan malo, se nos plantea el inicio de la revolución desde la perspectiva burguesa. Los cambios se producen por una conspiración encabezada por un mesías rojo malvado, un Lenin  posmoderno, que entrega al pueblo una falsa libertad, que este, por supuesto, empleará mal.

Es en este punto cuando comienza la orgía neocón, cuando la película se transforma en un alegato descarado y, todo hay que decirlo, deja de ser interesante hasta como cinta de entretenimiento.

Se suceden imágenes de saqueos en mansiones, de rapiña y destrucción. Gentiles pro-hombres arrastrados por el suelo y despojados de sus posesiones, hogueras, muchas hogueras, y chicos con rastas y capucha enarbolando kalashnikovs por el centro de Gotham/Manhattan. Una nueva reconstrucción a la reaccionaria de su mayor temor: la toma del Palacio de Invierno.

Cat Woman, la ladrona buena (en todos los sentidos), mira una foto de una familia feliz en una casa señorial hecha añicos. Se da cuenta de que quizá las cosas no van por donde debieran ir. Esta casa era de alguien, le comenta a una amiga (prostituta y presumiblemente drogadicta) a lo que esta responde, ahora es la casa de todos. Ergo, las pretensiones de igualdad conducen a la destrucción de la civilización, otra interpretación populista, recurrente y derechista del fin de la propiedad privada (de los medios de producción).

Se constituyen tribunales populares, donde el juez es un psicópata de anteriores entregas de la saga, en los que no hay ningún tipo de garantías judiciales y se condena a todo acusado a una muerte segura.  Estéticamente incluso, esta escena, está inspirada en los cuadros que retratan el periodo jacobino en la Revolución Francesa.

Por último, antes de que el héroe salve a la ciudad de sí misma y de los conspiradores, se nos deja bien claro que el único reducto de resistencia ante el Mal (obsérvese de nuevo el desplazamiento de términos) ha sido la policía y el consejo de administración de la multinacional de Wayne. Es decir, la única institución que nos interesa de lo público es la coercitiva, e, incluso en los peores momentos, es la iniciativa privada, las grandes empresas y sus ejecutivos, los que mantienen el mundo funcionando.

Casi tres horas de entretenimiento, de ocupación del tiempo libre de los espectadores, salpicados de una forma grotesca por una narrativa reaccionaria camuflada, con mayor o menor fortuna, en un fuego de artificio magnífico. Un ejercicio de adoctrinamiento que será deglutido por millones de personas al ritmo de consumo de sus palomitas, y que dejará la misma sensación pegajosa en sus cabezas que el aperitivo en sus dedos.