martes, 27 de marzo de 2012

La Huelga


Laura trabaja en un almacén de pinturas, en uno de los polígonos más grandes de Europa. Tiene un crío y una hipoteca a cuarenta años, por un chalet adosado en una zona residencial del sur de Madrid. Su marido, Juan,  está en paro, trabajaba instalando aires acondicionados. Lleva un año y pico con el agua al cuello, en todo. Tuvo una discusión fuerte con Juan hace unos meses, él se fue a casa de sus padres porque no aceptaba la nueva situación. Volvió al cabo de dos semanas. Laura fue con su madre a ver a la trabajadora social, para solicitar una ayuda (los pañales valen muy caros). No se la concedieron, hay gente peor que ella. Laura vio ese día a unas sudamericanas en la sala de espera del centro de servicios sociales, desde entonces habla en monosílabos con una compañera ecuatoriana del almacén. No hará la huelga, ha oído en la tele que los sindicatos se llevan mucho dinero del estado y convocan la protesta porque el gobierno se lo ha quitado.

Gonzalo es de Mieres, pero vive en Madrid porque allí, literalmente, no había trabajo. Comparte piso en el centro con un par de amigos que conoció en el rollo nocturno: bares, niñas y esa música llamada rock & roll. Es licenciado en periodismo pero ha hecho de todo menos la calle. Desde hace seis meses curra en una revista ocho horas, oficiales, por 650 pavos. Está en un periodo de prueba perpetuo. Quiere hacer la huelga pero le da miedo de perder el primer empleo que ha conseguido de lo suyo. Sospecha que en la próxima renovación  sus jefes podrían no contar con él.

Esteban tiene 55 años y cobra una pensión por discapacidad. De joven fue militante de la ORT. Recuerda perfectamente los momentos en los que visualizar el cambio, el de verdad, aún era posible. Recuerda a Gloria, la chica de pelo negro y sonrisa preciosa que conoció en el partido. Recuerda la juventud efervescente, las pocas alegrías por los escasos triunfos. También se acuerda del desencanto, de como todo se fue vaporizando, y un día, ya no quedaba casi nada. A Esteban le metieron una paliza en comisaria, en el año 81. Su caso apareció brevemente en algunos periódicos generalistas, estuvo meando sangre una semana, y aunque Esteban no es médico, cree intuir que los problemas de salud que tiene ahora empezaron entonces. Esteban no puede hacer ninguna huelga, pero irá de cabeza a la manifestación, aunque crea que los lideres sindicales son más flojos que la gaseosa. Sabe que el movimiento se demuestra andando, sabe lo que nos jugamos. Gloria también irá, llevan viviendo juntos desde entonces, y ella sigue conservando esa sonrisa tan bonita, a pesar de todo.

Arturo es consultor en una empresa financiera. Desde que ha estallado la crisis tiene más trabajo que nunca, ha doblado su sueldo. Por supuesto no hará la huelga. Comentaba con unos amigos en una cena que organizó su mujer para celebrar su cumpleaños (tiene 45, pero va al gimnasio y aparenta menos), que había que prohibir por ley que cuatro vagos que viven de las subvenciones se dedicaran a ejercer la violencia y a imponer sus opiniones a los demás. Eso no se puede consentir en una democracia moderna. Con cuatro copas de más sus amigos y él subieron algo el tono de la conversación, sus mujeres, divertidas y aparentemente contrariadas, hicieron que cambiaran de tema.

Altagracia es dominicana, cuida a unos ancianos en una residencia. Cuando vuelve a su país su familia la trata con un cariño atenuado y los antiguos amigos casi con reservas. Fue de las primeras en llegar, a principios de los noventa, está separada y sus hijos no hablan, ni visten, ni piensan como ella, pero les quiere igual. Altagracia quiere hacer la huelga. En las primeras que vivió todo le sonaba extraño, hasta que una compañera de la residencia, delegada sindical, le contó de que iba todo esto. Y Altagracia pensó que aquella compañera que pasaba con ella tantas horas quitando y poniendo pañales, tenía razón en lo que decía. Doña Concha, la directora de la residencia las hizo pasar a su despacho, una a una. Les dijo que ya sabían lo que había, que a la que se le ocurriera faltar la echaba a la puta calle, y lo dijo así, tocando una inmensa pila de curriculums que había colocado sobre la mesa. Altagracia la miraba, pero los ojos se le iban a una foto en un marco dorado, donde sale Doña Concha con el Papa.

Eulogio es taxista y a él no le dice nadie cuando trabajar y cuando no. Además él tiene lo que tiene porque se lo ha ganado y nadie le ha ayudado nunca, no te jode. Hoy por poco se ha llevado a una moto por delante. La puta culpa la ha tenido el de la moto, y el gilipollas ese de Fermín, también taxista, con el que por poco ha salido a hostias hablando del asunto, mientras que comían el bocadillo en el bar. No comprende como puede hacerse llamar compañero un tío así. 

Alba es administrativa en una productora de televisión. Tiene contrato fijo, pero en el último año han caído cuatro de sus compañeros, gente con la que llevaba trabajando diez años, gente que ya eran sus amigos. Alba tiene una hija, primero la lleva al colegio y luego coge el metro, se sabe las paradas de memoria. Tiene miedo por ella: si este trabajo se le va está en una edad peligrosa, 41, siendo mujer y madre, para volver a trabajar. En lo suyo o en lo que sea. Pero sobre todo tiene miedo por su hija. Por eso hará la huelga, más convencida que nunca.

Y el que escribe esto les pide, les conmina, a que vayan a la Huelga General el 29 de Marzo (Y actualiazamos, el 14 DE NOVIEMBRE). Y lo hace sin ninguna humildad, porque con humildad no se va a ninguna parte, pero sobre todo porque está absolutamente convencido de ello. Porque esta reforma laboral es la destrucción de los derechos laborales más básicos, eso que costó años y generaciones ganar, arrancar a los de arriba. Porque esta crisis fue provocada (premeditadamente) por las grandes corporaciones financieras para destruir, del todo, eso llamado democracia, por muy de baja intensidad que ya fuera. Porque esta reforma laboral no va a crear empleo, al contrario, está pensada para destruirlo, para convertirnos, aún más, en un elemento sacrificable de la producción. Y porque, joder, lo único que nos puede pasar es que perdamos, y a eso, a eso, ya estamos sobradamente acostumbrados. 


Imaginen si ganamos...