lunes, 27 de febrero de 2012

La suerte de Jim de Kingsley Amis

La suerte de Jim
Kingsley Amis
Editorial Destino
Traducción José Manuel Benítez Ariza
Barcelona 2007
9788423339471
19€


"Unos pocos segundos más le bastaron a Dixon para percibir cuanto había que percibir de esta chica: la combinación de cabello rubio, lacio y corto, y ojos marones; los labios sin pintar, la estricta disposición de la boca y los hombros rectos, los pechos grandes y la cintura estrecha, la premeditada sencillez de la falda de pana color vino y la blusa de lino sin adornos. Su mera imagen constituía un ataque irresistible contra sus propias costumbres , valores y ambiciones: como si la hubieran diseñado para ponerlo en su sitio para siempre."

Jim Dixon es un tipo joven que se gana la vida dando clases en una universidad de provincias de la Inglaterra de medidados de los cincuenta. Y, sin exagerar demasiado, es uno de mis héroes literarios preferidos. Y lo es no sólo por despertar mis simpatías, sino, sobretodo, por ejercer de vengador de todos los que somos un poco como él: eternos perdedores de mirada afilada, gente en fuera de juego por unas reglas absurdas, personas que tras la tormenta, casi siempre permanente, aún conservan la chaqueta en su sitio. Contradictorios, algo dubitativos, amenazados por lo cotidiano. Muy lejos de ingresar en el santoral, pero esencialmente, buenas personas. 

Dixon es parte de ese inmenso naufragio llamado sociedad, del que algunos parecen disfrutar chapoteando alegremente en el agua. Él prefiere flotar, observar sin condescendencia el espectáculo absurdo que consiste vivir, preferiblemente con una pinta en la mano. Sabe también que es imposible no mojarse (algunos salpican mucho). Pero sabe también, y esto es lo que más le preocupa, que su navegar es inexistente, carece de rumbo y puerto al que llegar.

El trabajo como ejemplo mayúsculo. Generalmente una actividad que si no es innecesaria y carente de interés ya tendrá elementos externos para hacerla (aún más) insoportable. Dixon no pretende liberarse de la condición asalariada, pero al menos, sí quiere poder hacer algo digno con la necesidad de ganarse la vida. Es difícil compatibilizar la pregunta: ¿Cómo he acabado yo aquí?, con el interés fingido para no acabar en la calle. Y más si tu jefe, del que depende tu futuro, es un viejo con pelos en las orejas al que sólo le preocupa el sonido de su voz.

El mundo suele ser un sitio hostil. Una fiesta de sociedad, por ejemplo, como paradigma del lugar del que escapar. Lleno de señoras preocupadas por el dobladillo del mantel, aficionados a lo insustancial, expertos en la conversación ligera y la sonrisa amble de ojos gélidos. Un espacio repleto de gente a la que evitar. Incluso de enemigos.

Porque todos tenemos nuestros enemigos. Y en el caso de Dixon se trata de un autodenominado pintor, esa clase de profesionales del arte de vivir del cuento, pretenciosos hasta la extenuación, gente con la suerte de quien han nacido para comportarse como un huno que destruye y depreda lo que se le pone por delante. Hijo de tu jefe, además, el señor que decide en último término sobre tu vida. 

Con este panorama la tentación de abandonarse es una opción. Dejar la analítica que nos hace ser como somos a un lado, dar la mano al pintor, pasar a formar parte de uno de esos corrillos de copa en la mano y animado ruido de dientes. Sino fuera por un pequeño detalle, sino fuera porque somos como somos, que es lo único que nos queda.

Y entre otras cosas somos demasiado sensibles a la belleza. Amor: privación y desconocimiento. Ese encuentro casi siempre fortuito en el que somos golpeados y nos quedamos sin aire, en el que sabemos que algo ha cambiado dentro de nosotros, el que nos hace elevarnos, y aún conscientes de la dura caída, contemplar por un momento los momentos por los que merece la pena vivir.

Porque La Suerte de Jim va de todo esto y de algunas cosas más, como los escuderos peculiares a los que llamamos amigos, la maldita caridad emocional que nos puede hacer trizas, el problema de fumar en la cama. Pero sobre todo va de jugar la partida, de, aún sabiendo que tenemos peores cartas, intentarlo. Va de no ponérselo fácil a los malos, a los que siempre ganan sin ningún esfuerzo. Va de tomar decisiones, da igual que sean valientes, temerarias, inoportunas, que sean nuestras, sobre todo. 

A veces, incluso, la suerte puede estar de nuestro lado.

lunes, 13 de febrero de 2012

Dexedrinas II


Saben de ese espacio que existe en los relojes de agujas, entre la esfera y el cristal exterior. Justo allí, el aire que contiene, se encuentra protegido del paso del tiempo
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Tenía un cierto toque de rebeldía inocua, presumía de apolítico, rezumaba populismo. La camisa se intuía bajo el jersey. Era de color pardo.
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La palabra electromagnético sobre una mesa escolar. Las letras hechas de contrachapado, madera barata, serradas con precisión infantil. Los profesores, a la hora del café, califican al niño de contradictorio, incluso de iconoclasta.
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De como mileurista pasó de ser un adjetivo despectivo a un título nobiliario.
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La música de los momentos, del Glen Grant del 77, del mecanismo pobremente calibrado del reloj de pared. Esa es la que permite encontrar la forma de traer los sueños al presente para contar lo indescifrable de los abismo del pasado.
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Capitalismo ibérico, cimientos de palacios sobre terrones de tierra seca.
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Un niño sordomudo. Su padre ha inventado un sistema de comunicación único y preciso, una especie de morse con un coco. Es el único interlocutor del crío, y de vez en cuando, le engaña cambiando el nombre a las cosas. Una pequeña perversión paterna, no puede evitarlo.
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-Cómo pudisteis permitir que se repitiera?
-Los que lo vimos venir éramos demasiado pocos y además no hicimos nada o lo hicimos tarde. El resto se echó en brazos de sus verdugos gustosamente, confió la extinción a los propios pirómanos.
-No se daban cuenta?
-La mayoría no, por una peligrosa mezcla de ignorancia, miedo y necesidad. Además sustituyeron habilmente los uniformes por trajes, la dictadura por tecnocracia, el lebensraum por guerras contra el tercer mundo. Lo peor de todo es que algunos, aún siendo conscientes, colaboraron arduamente en aquella locura.
-Maldad?
-Y cobardía. La mayoría, y esto que no se te olvide, prefiere la amable comodidad del esclavo a la maravillosa aventura de la revolución. Además aquella promesa de subvencionar las teles en 3D tuvo mucho éxito entre la gente.
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Una señora muy aficionada a los diminutivos condescendientes: negrito, mariquita, huerfanito. También le agradaban las cajitas coleccionables de los kioskos. En ellas guardaba los dientecitos de sus pequeñas víctimas.
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Los barrios, a las cuatro de la tarde, huelen a tranquilidad y ropa tendida.

sábado, 11 de febrero de 2012

Sábado por la noche y domingo por la mañana de Alan Sillitoe


Sábado por la noche y domingo por la mañana
Alan Sillitoe
Editorial Impedimenta
Traducción Mercedes Cebrián
Madrid, 2011
9788415130130
22,50€ 


"Él la siguió, acariciándola cada dos escalones, resarciéndose de deseo por su cuerpecillo salvaje, y recordando que hacía muy poco había subido otras escaleras en distintas circunstancias. La noche había comenzado y la noche iba a terminar. Winnie se quedó en ropa interior y se acostó en la cama, esperándolo. Nunca una noche había empezado tan mal y terminado tan bien, pensó él, quitándose los calcetines."

A Arthur Seaton, joven de clase obrera en Nottingham a finales de los cincuenta, no le cuadra casi nada. Es egoísta, inmoral y carente de aspiraciones, pero también observador e inteligente. Y ve las fisuras de un mundo mezquino colarse entre los ladrillos rojos de las casas que se repiten como los días de su vida.

Trabaja en una fábrica de bicicletas, manejando el torno y calculando las libras que ganará al final del día. Dinero que no irá al ahorro: mañana es un concepto nuboso y sin mucho significado. Posiblemente le sirva para comprarse un abrigo de teddy boy, beber en el pub o invitar a una chica con la esperanza de acabar la noche del sábado acompañado. 

A Arthur se le dan bien las mujeres, sobre todo las casadas, y sabe que las utiliza, pero no menos de lo que ellas le utilizan a él. De lo que no quiere oír hablar es de que le atrapen, de perder su libertad y acabar como el viejo, mirando el periódico y murmurando en bajo la última ocurrencia de su madre.

Sus enemigos no fueron los alemanes, ni serán los rusos, pese a que la guerra nuclear es un peligro insistente, al menos desde los medios. Su enemigo es la vecina chismosa de su calle que ha echado raíces al otro lado del muro, escrutando como una vigía de moral victoriana y aburrimiento perpetuo. Su enemigo es el supervisor de la fábrica, a ese cabrón le tiene bien calado. Su enemigo es el gobierno, su gobierno, que le hizo perder muchas semanas en el ridículo servicio militar. No estaría mal volar algún palacio con dinamita.
 
Arthur vuelve con ese andar pesado de sábado por la noche, de demasiadas pintas, aunque manteniendo el equilibrio y la compostura, él todavía no es un borracho viejo de taberna mohosa. Es su momento preferido, su campo de juego, el lugar donde es libre, al menos por unas horas. Los escaparates de algunas tiendas reflejan su figura con la luz tenue de las farolas. No mira. Sabe que puede encontrar fisuras, también en él mismo, intuye, después de todo, que su vida no siempre podrá seguir así.