miércoles, 11 de enero de 2012

Eso no está bien para un niño de seis años.

Rue Laurence Savart por Willy Ronis


Los aprendices del ingenio mastican las tripas de los hombres muertos, no con ansiedad, buscan el sabor atenuado de las victorias públicas. Algunos parecen distanciarse pedaleando más fuerte, gimiendo, haciendo ruidos sonoros, pornografía de exageraciones personales, de historias que no interesan a nadie, que levantan el ardoroso aplauso de los químicos de la lengua, de los pulmones enfermos que los sustentan, de las revistas de moda que los alientan.

Paso con paso apresurado por la calle de adoquines apretados, no quiero que me vean. Las solapas del abrigo como serpiente negra enroscada al cuello, tapando las mejillas rojas por el frío. Un niño golpea el hielo de una fuente, primero con un palo, luego con una piedra que le alcanza su padre. La muerte acecha, amenaza, deseosa de cobrarse otra víctima, de esparcir una desgracia insolvente, de las de permanencia y herida permanente. Se desvía por alguna razón no comprendida. Quizá tenga sentimientos después de todo.

Un circo de animatrónica suspendida, de ingeniería aplicada al comercio. Un hombre bala sin vida espera en el cañón a ser lanzado en un invierno de 1986, es Madrid, la ciudad que siempre mira de reojo al desastre. Los niños contemplan candorosos el espectáculo. Todos menos uno que aplaude menos, aún con el acuario y las pirañas, aún con las figuras en miniatura de viejas profesiones, aún con el cariño desmedido de la casa de abuela, aún con las estufas de butano, bombona roja, llama azul de medianoche. Le falta su madre y eso es algo difícil de explicar.

El martirio es necesario para uno mismo, aunque no de resultados. Una espontánea explosión de luces de colores, de comas ausentes, de estruendo voluble y sangre en las venas, de golpeo en el pecho de gorila, de tambor de plástico de los chinos, de mono con platillos y mirada esquizoide. Es necesario porque sí, por los cojones del santo padre colgando de una rama, por las memorias perdidas que necesitan ser recuperadas, por esa extraña facultad de abrir el dolor en canal y sacar las miriadas de escombros que componen un libro.

Maldice en silencio su mala suerte, pero maldice más todavía el esqueleto de talento que baila quejumbroso en una esquina junto a la pared. A través del ventanuco de la puerta azul de metal caliente ha visto una calavera y corre asustado. Siempre pensará en términos de imaginación o sueño, sin atreverse a reconocer los duendes que saludan desde las chimeneas, las oscuras siluetas como folios, pegadas, dando miedo, moviendo sus brazos en el momento preciso para helar el corazón. Las sábanas hasta los ojos, los pies atenazados, la sonrisa de los bosques mutilados bajando en riada por la cabeza.

Se calma y toma aire. Aire del bueno.

La estocada al monstruo está casi lista. Faltan por decir las enumeraciones de fantasías recurrentes, la visita de nuevo a la plaza de las fuentes congeladas, el guiño a la vieja del banco que teje ganchillo haciendo como que no te ve mientras que guiña el ojo. Aprieta fuerte el brazo de tu madre. El abrigo verde oscuro de lana recia, trazada y entrelazada por máquinas precisas, por manos de acero, por completos estiletes. La protección y el intento de confianza son inolvidables, me asombra todavía a estas alturas.

Quizá el refugio en lo prepúber resulte de lo más conveniente cuando de lo que se trata es de evitar complicaciones de las que no permiten la marcha atrás, de las de terrones de tierra cayendo fuerte sobre la madera, con ese sonido oscuro, pero más agradable que la mecanización esférica que te hace desaparecer tras de una puerta cuando te has convertido en un engaño, en un trasunto de lo que fuiste como ser humano. 

Y los llantos de los familiares que se vuelven insoportables.

Momentos inconvenientes donde sobran incluso los trajes, y esos no sobran en casi ninguna parte, en casi ningún momento. Sigamos siendo conscientes niños de mirada inteligente, con demasiada carga en la cabeza para tan poca edad. Sigamos siendo tú y yo los héroes de una ficción televisiva propia. Es posible que sea esa la única forma razonable, y hasta efectiva, de evitar que la vieja acabe de enmendar el jersey y nos lo de a probar definitivamente.