martes, 24 de julio de 2012

De cómo Batman se hizo neocón.


Un sistema desigual e injusto no sólo necesita una permanente justificación moral, ideológica y económica, también requiere una narrativa continua que sustente su normalidad, el inalterable estado de cosas que permite su funcionamiento. El cine ha sido desde sus comienzos parte de esta narrativa, un arma ideológica de transmisión de valores y sentencias. 

Batman, el caballero oscuro: la leyenda renace es una película de reciente estreno firmada por C. Nolan, que pone fin a la trilogía rodada por este director. Sus virtudes estéticas han sido notables, transportando a este héroe a un mundo actual, despojándole del colorido pop de anteriores adaptaciones, pero también incluyéndole en un escenario de contradicciones reales.

Toda narración, hasta la que no lo pretende, es ideológica. Siempre se toma partido frente a la realidad de una u otra forma. En determinadas ocasiones esta política de contar es imperceptible: el autor deja el sello de sus opiniones, de las suyas o las que están a su alrededor y ha interiorizado, sin que él mismo incluso se de cuenta. En este caso, en una película de producción multimillonaria y con una audiencia masiva estimada, esta claro que no es así.

Se ha optado por el adoctrinamiento de brocha gorda. Un tamaño de pincel que sin duda variará dependiendo del espectador y su capacidad crítica, pero que está enfocado y dirigido, notablemente, a expresar la siguiente idea:

Aunque el mundo en el que vivamos esté lleno de fallos y desigualdades, de corrupción y problemas, los ciudadanos nunca deben iniciar una revolución. Esta sólo conducirá a la tiranía y al caos. Es más, los trabajadores son incapaces de gestionar nada sin la élites que los dominan, el statu quo, por injusto que sea, es la única garantía de paz, progreso y democracia.

¿Cómo demonios Batman ha acabado con una chapita del Tea Party en su musculoso torso?

Para los que no lo conozcan (gente que ha estado en un refugio nuclear los últimos 70 años) Batman es la identidad en la que se oculta Bruce Wayne, un millonario de apariencia despreocupada pero con un interés filantrópico admirable, que decide combatir el crimen a raíz de perder a sus padres en un atraco cuando era un niño. Normalmente se presenta una lucha entre el bien/mal de una forma generalista y a lo sumo, el problema de que tenga que ser un héroe enmascarado, y no los propios poderes públicos, el que meta a los malos entre rejas. En esta película se da un paso más allá situando las andanzas del justiciero en un nivel mucho más concreto y próximo.

El villano, Bane, un tipo extranjero de aspecto temible, asalta la bolsa, un émulo de Wall Street. No lo hace solo, los secuaces son individuos disfrazados de trabajadores manuales: electricistas, repartidores, chicos del café... La justificación de guión es lo de menos, se nos coloca en la posición de ver como el Mal toma como enemigo el epicentro más conocido del poder financiero.

De forma más o menos sutil se nos dan clases de economía neoliberal. Las empresas de Wayne no van bien, y todo porque el millonario ha decidido invertir en un sistema de fusión fría, concepto de energía teóricamente ilimitado y no contaminante. El problema acarreado es que el millonario ya no puede ejercer su labor filantrópica y tiene que cortar los fondos que financian un orfanato. Es decir, cuando la economía va bien, el dinero permea a toda la sociedad, incluso a los más desfavorecidos, cuando no, los pobres niños huérfanos lo pagan. El dogma capitalista más repetido de la historia.

Antes de que empiece la acción otro de los personajes, Cat Woman, una ladrona que sólo roba a los ricos pero cuyo deseo es dejar de hacerlo, le dice al millonario enmascarado: "Hay una tormenta avecinándose Sr. Wayne, y usted y sus mejores amigos harían bien en cerrar las escotillas. Porque cuando llegue se van a preguntar cómo pudieron vivir a lo grande dejando tan poco para los demás". La frase, grandiosa, encierra el rencor de todos los desfavorecidos hacía el 1%. No obstante, luego, se mostrarán las consecuencias de mirar tan mal a las señoras de estola y a los caballeros con monóculo.

El tipo malvado cargado de esteroides ejecuta su plan. Deja a la ciudad aislada del mundo exterior conminando a los ciudadanos que hagan lo que quieran con ella. Sólo pone como condición que si hay interferencias externas hará detonar el núcleo de fusión fría como una bomba nuclear. Aquí, además de dejarnos claro que el petroleo no es tan malo, se nos plantea el inicio de la revolución desde la perspectiva burguesa. Los cambios se producen por una conspiración encabezada por un mesías rojo malvado, un Lenin  posmoderno, que entrega al pueblo una falsa libertad, que este, por supuesto, empleará mal.

Es en este punto cuando comienza la orgía neocón, cuando la película se transforma en un alegato descarado y, todo hay que decirlo, deja de ser interesante hasta como cinta de entretenimiento.

Se suceden imágenes de saqueos en mansiones, de rapiña y destrucción. Gentiles pro-hombres arrastrados por el suelo y despojados de sus posesiones, hogueras, muchas hogueras, y chicos con rastas y capucha enarbolando kalashnikovs por el centro de Gotham/Manhattan. Una nueva reconstrucción a la reaccionaria de su mayor temor: la toma del Palacio de Invierno.

Cat Woman, la ladrona buena (en todos los sentidos), mira una foto de una familia feliz en una casa señorial hecha añicos. Se da cuenta de que quizá las cosas no van por donde debieran ir. Esta casa era de alguien, le comenta a una amiga (prostituta y presumiblemente drogadicta) a lo que esta responde, ahora es la casa de todos. Ergo, las pretensiones de igualdad conducen a la destrucción de la civilización, otra interpretación populista, recurrente y derechista del fin de la propiedad privada (de los medios de producción).

Se constituyen tribunales populares, donde el juez es un psicópata de anteriores entregas de la saga, en los que no hay ningún tipo de garantías judiciales y se condena a todo acusado a una muerte segura.  Estéticamente incluso, esta escena, está inspirada en los cuadros que retratan el periodo jacobino en la Revolución Francesa.

Por último, antes de que el héroe salve a la ciudad de sí misma y de los conspiradores, se nos deja bien claro que el único reducto de resistencia ante el Mal (obsérvese de nuevo el desplazamiento de términos) ha sido la policía y el consejo de administración de la multinacional de Wayne. Es decir, la única institución que nos interesa de lo público es la coercitiva, e, incluso en los peores momentos, es la iniciativa privada, las grandes empresas y sus ejecutivos, los que mantienen el mundo funcionando.

Casi tres horas de entretenimiento, de ocupación del tiempo libre de los espectadores, salpicados de una forma grotesca por una narrativa reaccionaria camuflada, con mayor o menor fortuna, en un fuego de artificio magnífico. Un ejercicio de adoctrinamiento que será deglutido por millones de personas al ritmo de consumo de sus palomitas, y que dejará la misma sensación pegajosa en sus cabezas que el aperitivo en sus dedos.