lunes, 23 de abril de 2012

Trilobites de Breece D´J Pancake

Trilobites
Breece D´J Pancake
Ediciones Alpha Decay
Traducción Albert Fuentes
Barcelona 2012
9788492837373
21€

"Miro como juega el ganado. Deben venir lluvias. Siempre vienen cuando el ganado juega. A veces sus juegos llaman a la nieve, pero casi siempre es la lluvia lo que viene. Cuando papá me atizó de lo lindo con esa serpiente negra, la colgó de una valla. Pero no llovió. El ganado no estaba jugando y no vinieron las lluvias, pero no abrí la boca. Ya había tenido bastante con la serpiente y no quería que me diera con el cinturón."


Este libro de cuentos es un tratado de sentimientos, de frustraciones y esperanzas. Es un compendio de miedos, de huidas y regresos. Es la forma en la que un escritor de veintipocos años echó todo lo que tenía a través de la descripción de Virginia Occidental y sus habitantes a finales de los años setenta, a través de lo que conocía y vivía, a través de la verdad.

Breece Dexter John Pancake publicó sólo seis relatos en la revista The Atlantic Monthly antes de suicidarse en abril de 1979. Su único libro, una recopilación de sus cuentos, apareció póstumamente en 1983.

Un libro en el que aparecen personas abnegadas a su suerte, ancladas a la tierra de montañas y granjas donde pasan sus días en una aparente calma, en un precario equilibrio que parece dispuesto a romperse en cualquier momento, desatando tempestades capaces de quebrar cualquier entendimiento.

Gente que vive en una latente y tranquila desesperación, contemplando una calle lluviosa y oscura, sabiendo de antemano que sus acciones no les van a aportar un mínimo de tranquilidad, un momento de respiro. Incapaces de no plegarse a su destino pese a conocerlo, a intuirlo.

Chicos con la esperanza de la huida imposible a cualquier parte donde ocurra algo, donde exista una posibilidad de futuro. Una huida conduciendo su coche, algo más que una máquina en este lugar. El coche no es simplemente un (bien) utilitario, es la independencia, la ficticia madurez, la llave de la celda. Los trenes ya no aminoran al paso por el pueblo, como en la gran depresión, cuando tu padre saltó dentro del vagón viendo los ojos de los otros yardbirds en la oscuridad. Los trenes van demasiado rápido para siquiera pensar en cogerlos.

Sin embargo nunca se va demasiado rápido para escapar del pasado. El pasado es, en estas historias, un juez implacable, una bestia que acecha agazapada, durante años. El pasado es un cazador que no hierra el disparo, que guarda silencio y solo lo oyes cuando la acometida es imparable. Debió ser difícil vivir en un sitio con un presente tan recortado. Y tan violento.

La violencia en todos sus tipos, formas y manifestaciones, desde los puñetazos que revientan ojos hasta las palabras que destruyen conciencias, que aplastan dignidades y machacan un desconocido orgullo. La violencia de quien emprendió el viaje a la locura en guerras lejanas y de quien observa hierático y frío el llanto entrecortado de un padre con un pie en la tumba.

Y el espacio del que regresa sólo para volver a marcharse, rompiendo el tiempo, buscando una redención imposible, salvo quizá en un brazo que ayuda a levantarse de entre las cenizas, de entre el carbón arrancado de la tierra, una tierra a la que indefectiblemente habrá que volver.

Y todo sin la complacencia de quien observa desde la ciudad, desde el mundo exterior. De quien coge a los tipos del campo y les coloca como piezas en su particular teatro, con maldad o condescendencia, ambas igual de asquerosas. Todo esto desde una naturalidad que estremece, que asusta, pero que hace de todas y cada una de las historias unas narraciones honradas, creíbles y sinceras.

Y esa es, al fin y al cabo, la única forma en la que se debería escribir.