jueves, 12 de abril de 2012

Rosa Rolando detiene el presente

Rosa Rolando, por Man Ray, París, 1928.

Pasaba las horas tristes de privación asalariada de libertad. Pasaba las horas colocando libros como ladrillos, materia de sueños llevada a la nada por repetición, convertida en polvo, reducida a cero.

Y apareció ella, fotografía de portada. Asiendo fuerte el ejemplar entre mis manos dejé mis ojos sobre la imagen, obvié todo por unos segundos. Segundos transformados en minutos, horas, días de contemplación reverencial ante el eterno femenino, ante el arquetipo de la vida, ante la belleza hecha carne.

Carentes de palabras ante la esencia de la mujer, deseos irrenunciables, pálpito de vida en tan solo un trozo de papel.

Todo lo que era deja de ser: el hastío, el cansancio, el absurdo cotidiano. Y siento la sangre caliente en mis venas.

Mi boca se acerca a su cuello, por detrás, la muerdo con todas mis fuerzas sin hacerla daño. Porque a una mujer así no se la puede hacer daño.

Maravilla mejicana rasgando el espacio y el tiempo. Un recuerdo poderoso de que las cosas fueron sinceras y reales, mucho más de lo que nunca podrán aspirar a ser hoy.