jueves, 22 de diciembre de 2011

Alexander Trocchi golpeando a la conformidad

Alexander Trocchi en 1967 por Marvin Lichtner.
Durante la Segunda Guerra Mundial los aliados pergeñaron una serie de convoyes marítimos a través del Ártico para llevar todo tipo de material a la Unión Soviética. Barcos de la Royal Navy con varios centímetros de hielo en cubierta perseguidos por submarinos alemanes, todo en medio de la constante oscuridad del invierno polar. Y un Trocchi adolescente de marinero en uno de estos barcos. Para cualquiera que hubiese sobrevivido las aventuras hubieran sido suficientes. Para este escocés de padre italiano no. A él le quedaban treinta años para pasar a formar parte de esos héroes de la literatura underground, de la revuelta constante, los olvidados fundadores de la modernidad.

Alexander Trocchi fue casi todo lo interesante que se puede ser, incluso lo que no, internándose en los campos minados de las adicciones y la autodestrucción. 

Después de estudiar literatura en la universidad de Glasgow se traslada a París donde entra en contacto con los círculos literarios alrededor de la Sorbona, el existencialismo, la política de vanguardia y los opiáceos. Funda una de las revistas literarias más importantes de Posguerra, Merlín, en 1952. Consiguió reunir las firmas de autores como Sartre, Pablo Neruda, Samuel Beckett, Henry Miller o Jean Genet. Es un momento en el que aún los escritores tienen una importancia social notable y en el que un tipo semi-desconocido de 27 años puede concitar la atención de intelectuales y artistas y proponerles proyectos conjuntos. Todavía los dientes del mercado y las trabas al flujo de ideas no se habían clavado lo suficientemente profundo en los lomos de los libros.

Trocchi, a mediados de los cincuenta ya cuenta a sus espaldas con varios trabajos publicados. En general su obra rehuye el artificio literario, los lugares comunes y la invención como escapismo. El autor escocés publica incluso  novelas pornográficas bajo pseudónimos tan dispares como Frances Lengel o Carmencita de las Lunas, en un cambalache con el editor de Merlín, Maurice Girodias, para que la interesante, pero deficitaria revista, se siga editando. En el 57 saca uno de sus dos títulos más definitorios, Young Adam, una historia sobre un joven inteligente pero asqueado y rechazado por la sociedad del momento, que seduce a mujeres, eligiendo el margen y el exceso como campo de juego.

Integrantes de la revista Merlín, alrededor de 1953

Es en París donde se produce también uno de los dos encuentros esenciales en la vida de Trocchi. Guy Debord se cruza en su camino (o en su mesa, por la afición de ambos al alcohol sin mesura). En aquel entonces Debord se haya inmerso en su primer intento de grupo que concilie el arte, la vida y la política: la Internacional Letrista (responsable entre otras acciones del asalto a Notre Damme o el acoso a Chaplin). Debord y este grupo de surrealistas tardíos sientan las bases del pensamiento y la acción revolucionaria de Trocchi.

El otro de los encuentros fundamentales se produce cuando nuestro escritor abandona París a finales de los cincuenta para descubrir nuevos lugares efervescentes. Y se dirige nada menos que a San Francisco, al entorno del City Lights, librería donde se junta con Kerouac, Ginsberg y Corso. Pero sobre todo con Burroughs, debido a la especial relación de ambos escritores con las drogas, que utilizaban no sólo desde un punto de vista recreacional o como ampliadores de perspectivas, sino también a la cual contemplaban desde su vertiente capitalista, paradigma del deseo consumista y de la oferta inmediata. Burroughs acaba publicando El almuerzo desnudo, prohibído en EEUU, en París, en Olimpia Press, la editorial del ya citado Girodias, un tipo encargado de rescatar Lolita, los libros de Miller y Nin y de haber servido como trampolín a Trocchi, conocido a partir de ese momento como el Beat escocés.

Nuestro escritor vuela al Lower East Side, en Nueva York, barrio en el que escribe en 1960 su segunda novela imprescindible, El libro de Caín. Un libro que encierra todas las temáticas conflictivas posibles, homosexualidad y sobre todo la adicción a la heroína, casi como contrapunto a lo que Trocchi y muchos otros consideraban una sociedad hipócrita, carente de realidad vital y que centraba ya todos sus esfuerzos en la dinámica trabajo-consumo.

Esta etapa es una de las más complicadas y oscuras para Trocchi, que acaba perdiendo el rumbo personal. Su segunda mujer se acaba prostituyendo y él comienza a  traficar para mantener su adicción. Es detenido por las autoridades, lo que desencadena una campaña internacional para su liberación, con la Internacional Situacionista haciendo campaña desde Europa y Miller, Mailer y demás norteamericanos pidiendo su liberación. Las presiones dan sus frutos y le es concedida la libertad condicional. Trocchi, como buen aventurero, emprende la huida a través de la frontera con Canadá con un pasaporte falso. Es acogido por Leonard Cohen. El cantautor, quien guardó siempre un buen recuerdo del escritor prófugo, cuenta que lo primero que hizo Trocchi al llegar a su apartamento fue pedirle un chute de heroína. Abandona América para siempre.

Los Situs al rescate de Trocchi!

A principios de los sesenta comienza la andadura en Londres. Primero como miembro de la sección inglesa de la I.S. la cual publica su ensayo La insurrección silenciosa de un millón de mentes. Este texto propone que el cambio social debe ir más allá de la ocupación de los resortes del poder político. Plantea que la condición revolucionaria debe ir unida a una subversión de los valores culturales en el sentido amplio de la palabra. "La rebelión cultural es el cimiento necesario, la subestructura apasionada de un nuevo orden de cosas". Además insiste en que las condiciones del desencanto ya están ahí, presentes en las cabezas de muchos jóvenes, que sólo falta la chispa que haga detonar la increíble energía contradictoria que ahora se escapa en la denominada delincuencia juvenil. Trocchi no sólo adelanta la descabezada, espontánea y errática rebelión de los mods en las playas de Brighton, obviamente está anticipando la oleada revolucionaria mundial de mayo del 68. La insurrección silenciosa será el texto que anime a King Mob a ocupar la facultad de políticas y economía de Londres en el 67, y en general el ensayo que dio forma a los grupos insurrectos británicos a partir de esa fecha.

La Internacional Situacionista fue un grupo empeñado en muchas cosas, una de ella la expulsión permanente de sus miembros. Uno de los damnificados es Trocchi, quien a pesar de haber contado con la admiración de Debord por La insurrección silenciosa, considera que las amistades beats del escocés le han llevado hacia un camino de misticismo y religiosidad oriental aberrante. Esta expulsión no pone fin a la actividad del escritor, pero sí resulta un duro golpe.


Trocchi imparable en el Londres de los sesenta
Trocchi edita libros como Writers in Revolt en 1963 que recoge textos de escritores como Artaud, Baudelaire, o su camarada Burroughs. Se enemista con la plana mayor de los escritores escoceses por considerarlos unos nacionalistas cortos de miras. Funda el Proyecto Sigma, básicamente una nueva plataforma para llevar adelante sus ideas revolucionarias expresadas en La insurrección silenciosa. El Proyecto Sigma atrae a gente de diferentes campos y generaciones, desde Picasso hasta Timothy Leary, el psiquiatra del LSD. Consigue llevar a los Beats a Londres, en un festival literario que reune a siete mil personas. Trocchi intenta crear a través de Sigma una realidad alternativa que desbanque a la realidad oficial, a las formas de comportamiento aceptadas, que haga trizas la conformidad.

Esta historia, obviamente, no acaba bien. Los protagonistas de este relato tuvieron en los menores casos una vida larga y comprometida, otros muchos acabaron cediendo e hipócritamente adaptaron sus idearios para ser aceptados por el mundo que combatían. Algunos directamente se suicidaron. Podíamos decir que Trocchi falleció en el 84, después de haberse sobrepuesto a la muerte de su mujer y de uno de sus hijos, a causa de su prolongada adicción a la heroína, lo que él denominaba ser un cosmonauta del espacio interior. Pero Trocchi seguramente murió por no seguir en un mundo que ya no era el suyo, en el que él había creído. Lo suyo no fue una rendición, él lo había hecho todo, se había enfrentado con la complacencia, la tradición y la costumbre. Y había salido ganando. Aquella ya no era su batalla.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Dexedrinas

Mussolini por Alfred Eisenstaedt

Salió al balcón muy enfadado, arengando a las masas con un discurso incendiario, gestos enérgicos, chispas de saliva saltando de su boca. Ante la quietud del público alguien tuvo que advertirle, no sin miedo, que padecía un ataque de xenoglosia y nadie le entendía.
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Se preparó para el futuro, se preparó mucho. Cuando llegó el momento el futuro ya no estaba allí.
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En el piso de enfrente trabajan unas teleoperadoras. A veces las veía mirar distraídas por la ventana a esa pareja que se reencuentra en la plaza, a los profesionales de la limosna, incluso a veces me miraban a mí. Hoy he visto unos plásticos blancos opacos en sus cristales, a modo de cortinas censoras de sueños, efectivos acicates de productividad.
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Como una distopía con atención al cliente, tópicos convenientes, imágenes que conducen al cementerio de la razón, un espectáculo constante donde la realidad no importa y donde el espectador nunca puede ser actor.
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Y ella sonrió y él pensó que allí, justo allí, no le podían tocar.
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-Pasas demasiado tiempo sacando brillo a tus zapatos. -Me gusta que estén limpios. -Bah, la gente ni se fija. -No lo hago por la gente, lo hago por mí.
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Eran unos tipos de escaso gusto pero con un voraz apetito. Con aspecto de tener por lectura la guia de teléfonos y por toda norma moral la sonrisa del vendedor de coches usados. Eran unos grandísimos hijos de puta y hacían lo que querían. Una masa babeante e imbécil les reía las gracias aplaudiendo sin coordinación.
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Lagos, Nigeria, mediados de los setenta. Bombillas rojas colgando de un cable pelado, muchas armas, drogas y mujeres guapas. Los tipos, de natural exagerados y molones, bailando como diablos. Yo y mi colega Lucky, un negro admirador de Bruce Lee, hemos salido a perdernos, aún más si cabe.
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Un hombre extraño. Aficionado a los toros y el anime romántico para niñas.
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Wilson, masajista ecuatoriano, veía en la tele como el candidato vencedor saludaba desde el balcón a sus fieles seguidores. Se le escapó una lágrima mientras las banderas ondeaban jubilosas. Le había perdido para siempre.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Mina Loy ya estuvo allí


Pienso en Mina Loy antes de morir, allá por la mitad de los sesenta, digna anciana observando el mundo con una expresión displicente. Debía oír palabras como novedad, revolución, cambio, quizá ver la televisión y sonreír de forma imperceptible. Ella ya había estado allí y lo había hecho todo, y lo había hecho antes y mejor. 

La historia de esta mujer es recorrer el comienzo del siglo XX, es estar donde los pensamientos burbujeaban, las revoluciones eran posibles y las vanguardias quedaban obsoletas antes de nacer. Es ese momento que para muchos significa el cénit cultural y el verdadero underground, donde la innovación tenía sentido y se gestó la materia prima que hemos estado reivindicando y reproduciendo una y otra vez durante décadas.

Imaginen a alguien que expone su obra en el París de 1905 y que traza amistad con la contradictoria Gertrude Stein. Que contacta en Italia con los futuristas e inicia una relación con Marinetti, sin ocultar que ya estaba casada y que era madre. Que conoce a John Reed antes de los días que estremecieron al mundo. Que fue enfermera en la primera guerra mundial. Que publica sus dibujos y poesías en las principales revistas artísticas de Nueva York a comienzos de la década de los diez.

A una mujer que rompe con el futurismo cuando se hace fascista, que se enfrenta a Marinetti y su violenta misoginia con su Manifiesto Feminista en 1918 o que dedica una serie de escandalosos poemas  sexuales hablando de su fallida relación con Papini, sus Love Songs, en 1915. Todo mientras que coincidía con Duchamp y Man Ray en los círculos surrealistas newyorkinos.

Y después su aventura más conocida, junto a Arthur Cravan, poète et boxeur, editor de Maitenant, sucesor de Wilde, dos metros de talento y provocación. Sí, Mina Loy fue la madre del hijo de Cravan, quien estuvo con él en su extraño periplo mejicano. Pero sobre todo fue la mujer que le despidió en la playa mientras que partía en un viaje de no retorno, a bordo de una barca camino de su mítica desaparición.

Mina Loy no paró nunca, siguió adelante concitando la atención de Tristan Tzara, Ezra Pound, T.S. Elliot, pasando décadas, volviendo a casarse por tercera vez, estando al tanto de todo, no perdiendo un solo minuto en lo que no fuera imprescindible. Murió en Colorado a los 83 años, dejando varios trabajos inacabados.

O al menos eso señalan sus biografías. Otros preferimos pensar que se la vio por última vez escapando acompañanada de un tipo alto y desgarbado, hacia ese lugar donde comenzamos a confundir nuestras realidades con nuestros deseos.