lunes, 28 de noviembre de 2011

Emmy Hennings sigue mirando desafiante


Los periódicos se convirtieron en altavoces de latón por los que sonaban gritos atávicos, llamadas a la grandeza de la nación, defensa de la patria. Se exageraban desde los púlpitos las diferencias con el país vecino, se humillaba a la razón a cada paso, las banderas tomaban los balcones. Los jóvenes, orgullosos y arrogantes, se golpeaban el pecho. Incluso los que hablaban de emancipación no hacía tanto votaron a favor de los créditos de guerra.

Unos pocos se frotaban las manos con el gran negocio. No es casualidad que el dinero huela a sangre.

Y en nada el horror. Las botas relucientes manchadas de barro, los uniformes despedazados, confundidos con la carne deshecha, las manos agarrando la cabeza torturada. Ruido de obuses, silbando de trinchera en trinchera, nidos de ametralladoras, alambres de espino. Soldados escupiendo sus pulmones por la boca. Un mal cálculo, el viento trajo los gases a nuestra posición, los nuestros, los que mandaron lanzar los generales. 

Y Emmy Hennings os mira desafiante.

Aquella cultura había creado el horror. Millones de muertos, nuevas listas cada día. Detrás estaba todo un sistema de valores burgueses, un andamio que sustentaba las piezas, una estructura a destruir. Y un grupo de gente empeñada en tirar abajo la construcción mental que había dado alas al chovinismo más bastardo.

Y entre ellos Emmy Hennings, bailarina, actriz, poeta, motor emocional del Cabaret Voltaire, musa y compañera de Hugo Ball, cabellera de fuego dejando a los espectadores pegados a sus sillas, removiendo el fango de las trincheras en cada actuación.

Pero ella no es un recuerdo, ella sigue viva, observando lo que ocurre. Ella no es una reivindicación de museo, es una amenaza. Y está esperando asaltar el escenario para señalar a los culpables, esos respetables señores a los que nadie tose, cuál es su verdadero rostro, cuál es su verdadero olor.


"Apareció en el centro del cabaret con cintas alrededor del cuello, la cara como de cera. Con el pelo amarillo muy corto y un vestido de terciopelo escaso y oscuro y con rígidos volantes, era algo absolutamente distinto al resto de la humanidad... vieja y estragada... Una mujer posee infinitos matices, caballeros, pero desde luego, uno no ha de confundir lo erótico con la prostitución... ¿Quién puede impedir que esta chica que ya es la mismísima histeria... se hinche hasta constituir una avalancha? Cubierta de maquillaje, hipnotizada con morfina, absenta y la llama color sangre de su eléctrica versión de Gloire, una violenta distorsión de lo gótico, su voz brinca sobre los cadáveres, se burla de ellos, trinando conmovedora como un canario flauta".

Ravien Sirluai en Die Aktion citado por Greil Marcus en Rastros de Carmín.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Podredumbre

Iván el Terrible, Eisenstein.
A veces me cuesta distinguir los filetes envasados de las personas. Unos trozos de carne roja e inerte en esas bandejas de espuma blanca, magnífico precio, calidad extra. Ese zumbido incesante y monótono de la cámara frigorífica, de la luz terriblemente blanca y aséptica, solo un anticipo de su pensamiento.

Cojo el periódico y veo a un señor gordo y satisfecho, detrás de una mesa grande y maciza que pesa igual que él. Es de esa clase de personas que mira ávido el culo de la chica que limpia en su casa, que desde la ventanilla de su coche, con chófer de serie, observa con asco a un negro que pide en un semáforo. Exige sacrificios y ajustes, dice que es hora de apretarse el cinturón. El emulador de sacerdote maya usa tirantes, no encuentra una correa de su tamaño.

Ando y veo a unas señoras, salen de tomarse unos pastelitos de una cafetería, de esas con mármoles oscuros por mesas, de esas en las que se planean golpes de estado. Siempre me sorprende la cara de extremo amargor con la que cuentan, su piel estirada, su olor a vinagre. A juzgar por su pelo, rubio, ahuecado, Thatcher-style, deben pasar gran parte de su tiempo bajo el secador. Hablan del paro, de lo mal que está todo, lo hacen con indignación. Debe ser difícil vivir comprando tan solo un par de Vuittons al mes, toda una injusticia.

El portero limpia el suelo con calma, viéndole es posible pensar que espera a que el suelo se deslice bajo su escoba. Mono azul, calvo y bigote, mirada de desconfianza cuando paso. Le saludo con educación, mucha. A veces no contesta. La radio, donde un predicador parece llamar al fusilamiento de alguien, tiene la culpa de que no me escuche. 

Es sevillano, tiene treinta y cinco años, trabaja de informático en el departamento de delaciones. Su mujer le prepara unas comidas deliciosas, muy bien presentadas en el tupper de tapa naranja. Mientras que las calienta en el microondas habla de la camarera dominicana del bar de al lado, dice que un día se la folla. También está muy descontento con la situación del país, debe haber hecho algún master en economía, por correo. Antes la economía le interesaba menos, se compró un chalet con piscina, hipoteca a cuarenta años. Le metieron un poco más de dinerito los del banco, para el coche y las vacaciones. Ahora dice que anda apurado, busca respuestas con la mirada perdida en su tele de 45 pulgadas.

En otra casa otra tele. Unos chavales en una manifestación, camiseta verde, pancartas con consignas imaginativas. La imagen cambia, las consignas por los suelos, los chicos en desbandada, la policía dando hostias. El locutor dice algo de grupos de violentos radicales. Eulogio saborea la escena, cada golpe, cada carrera, disfruta especialmente con la cara de una chica, hace nada niña, que llora histérica en el suelo mientras se la llevan del pelo. Eulogio da un grito a su mujer, ya es hora de cenar. Piensa, mientras que una señora mayor pone los platos en silencio, que esto de la democracia al final no fue tan malo.

Ramón aparca su coche cerca de la entrada de la facultad. Estudia derecho, su ropa brilla como el césped que cubre el campus. Va al gimnasio un par de veces a la semana, se tira a sus compañeras de clase, algún sábado caen unas rayitas. También va a misa una vez al mes, a su madre le hace feliz. El año que viene tiene pensado hacer un master en EEUU. Es joven, sabe que tiene un espléndido futuro por delante. Le gustan los profesores que hablan del esfuerzo y el sacrificio, de la excelencia académica. No comprende como hay tanto vago y tanto envidioso que encubre su mediocridad hablando de igualdad de oportunidades.

En el barrio le conocen como el Willy. No le respetan, le tienen miedo. No llega a los veinte y algunos hombres con los que se cruza se cambian de acera. Dejó el instituto, donde solo enseñaban gilipolleces, y se fue a trabajar a una fábrica de molduras de puertas en el polígono. Ahora está en paro. Tiene un coche deportivo, pero lo mueve poco porque chupa mucho. Le dan asco los moros y los sudacas e intuye que la culpa la tienen ellos. ¿De qué? De todo. Un chaval que conoció en una discoteca le habló de un tíos con muchos huevos que quieren poner orden a base de hostias. Quizá esta tarde se pase por la dirección que le dieron.


This Machine kill fascist - Woody Guthrie
Llueve como si nunca hubiera llovido, cae el agua con fuerza, con rabia, casi con orgullo. Un tipo que escribe abre la ventana y ve como la calle se vacía. Desea que siga lloviendo con más fuerza, que el agua limpie una ciudad tan sucia, con un olor cada vez más patente, un olor a viejo, a cerrado, a podredumbre. Piensa en cada uno de ellos, en como el domingo sonreirán mientras que suena esa ridícula sintonía, en el agitar de banderas, alguna con pollo incluido. También piensa en como la realidad nos acaba alcanzando, en como el triunfo de unos supone la inacción de otros muchos. Y se siente culpable. Quizá es hora de volver a posicionarse, de enterrar bien hondo el cinismo y la desesperanza, las largas noches que no llevan a ningún sitio. Quizá es hora de luchar, mañana puede ser demasiado tarde.


martes, 8 de noviembre de 2011

Vivir y morir en Lavapiés de José Ángel Barrueco

Vivir y morir en Lavapiés
José Ángel Barrueco
Ediciones Escalera
Madrid, Octubre 2011
16€
9788493836351

"Plaza de Lavapiés y aledaños. Los marroquíes discuten, se empujan, se encaran. Algunos son muy jóvenes. El jaleo atrae a los curiosos y se acercan a ver el espectáculo. Alcohólicos, tíos de paso, turistas con miedo, vagos, paseantes, mirones, tenderos, grupos de guitarra y litrona, mujeres que bebían de una lata, adolescentes, pandilleros. Los árabes se espolean otra vez. El careo se centra en dos de ellos. Uno debe dinero. Las chicas se meten en medio. Las chicas son amigas suyas. O novias, nadie lo sabe con certeza. Son españolas. Son hermosas."

Deconstrucción.

Nuestra percepción de la vida es siempre incompleta. Lo es por nuestra posición, por nuestro espacio y nuestro tiempo, lo es por nuestros prejuicios. Completamos lo que vemos, construimos una narración personal con fragmentos que unimos con nuestra memoria y nuestra imaginación. Este libro es una historia única y son muchas a la vez, es un Manhattan Transfer contemporáneo y madrileño. Es una narración en un solo día, con su mañana, tarde y noche, con hilos que siguen de principio a fin, con luces que se encienden y apagan, con gente que huye y gente que espera, con todo un barrio moviéndose a la vez.

Realismo

Las peores películas son en las que el espectador intuye la cámara, los focos y el equipo tras la escena, en el que descubrimos la falsedad de la actuación. En los libros pasa lo mismo. Toda ficción en el fondo es un engaño, pero un engaño en el que entramos gustosamente, un truco de magia que sabemos que no es verdad pero que nos gusta, permitimos que exista en nuestra mente, entramos en el juego que se nos propone. Barrueco consigue que olvidemos que leemos un libro, nos hace disfrutar olvidando que lo que leemos es una ficción. Y eso es una de las cosas más difíciles que hay a la hora de escribir. 

Velocidad

En este libro hay gente que huye, que corre por su vida, que escapa, incluso estando parada. Hay agilidad de propuesta, saltando de lugar en lugar y de personaje en personaje. A veces recuerda a esas tomas magníficas a cámara rápida en el que vemos una ciudad en el transcurso de un amanecer a una puesta de sol, en el que contemplamos el dinamismo y ese extraño mecanismo que hace que todo fluya. Y le viene muy bien, por el contexto, por los argumentos y por el propio estilo. Hacía tiempo que no agarraba un libro y terminaba sus doscientas páginas de una sola lectura.

Referentes 

Siempre he distinguido dos tipos de personas. Los que se toman los libros, la música y las películas como un mero entretenimiento y los que los utilizan como ladrillos que ayudan a construir una vida y a definirse. Y este libro está lleno de referentes, no de los que se sueltan para aparentar conocimiento o por darse el gusto, sino de los que ayudan a entender que tipo de personas nos están hablando. Incluso uno de los (mejores) personajes, un mafioso a la española, casi obsesionado por el cine negro, un Tony Soprano de Larios-Cola, lleva a su trabajo los referentes de la gran pantalla.

Dialéctica

Lucha irreconciliable de contrarios, permanente contradicción que hace avanzar todo. Vida y muerte, como el título del libro, una máquina llamada existencia de la que desconocemos su funcionamiento, pero que sabemos que tipo de combustible consume, nuestros sueños y pesadillas. 

Un libro escrito aquí y ahora por uno de los nuestros, de esa gente de la que desconocemos casi todo, pero de la que intuimos, al leer esta historia, que escribe de una forma sincera, de la que arrebata las tripas, la única forma decente de escribir.