lunes, 31 de octubre de 2011

A la deriva de Joris-Karl Huysmans

A la deriva
Joris-Karl Huysmans
Editorial Machado Libros
Traducción Juan Díaz de Atauri
Madrid, 2010
8€
9788477748359

"Al Sr. Folantin no se le disipó la tristeza, ni al día siguiente, ni al otro; se dejaba ir a la deriva, incapaz de reaccionar contra aquella melancolía que lo agobiaba. Iba al trabajo mecánicamente, bajo un cielo lluvioso; salía; comía y se acostaba a las nueve para empezar al día siguiente una vida parecida; poco a poco, se iba deslizando en un completo aturdimiento."

La vida moderna, 1882, París. 

Los planes fracasados. Un proyecto acabado en el que se contemplaba la formación, el ascenso social, el matrimonio, la descendencia, un futuro asegurado, un final tranquilo. Un proyecto que nace muerto, que se tuerce, que embarranca en algún punto. En esta historia no hay una gran tragedia, no hay un gran desengaño, no hay jugadas del destino. Un día nos descubrimos demasiado mayores para casarnos, demasiado cansados para entrar en el juego social, demasiado pesimistas para confiar en el cambio. Sólo nos ha ocurrido la vida, demasiados atardeceres, quizá falta de decisión o ambición en aquel momento, una corriente irresistible de plácida inercia.

El presente hostil. El Sr. Folantin no es feliz ni todo lo contrario. Busca un hueco que no encuentra, por ejemplo entre los bibliófilos de la rivera del Sena. Podría ser como ellos pero no es. El Sr. Folantin busca amigos y un nuevo bistró donde comer, una nueva zona de la ciudad donde quemar su hastío, pero no encuentra. La gente le parece desagradable, los otros establecimientos llenos de inconvenientes y los nuevos barrios construidos con una impersonalidad de avenidas infinitas (donde las barricadas ya no son posibles). Y da razones plausibles para todo ello. Al Sr. Folantin le desagrada que el servicio de lavandería le devuelva las camisas desteñidas y los pañuelos deshilachados, su estómago no le admite más cenas frías en su casa vacía. Pero encuentra cómoda la ausencia de mujer, una aventura con demasiadas aristas y posibilidades. Al Sr. Folantin le gusta dormir solo, y buscar los lugares fríos de la cama en los días calurosos.

La deriva hacia el futuro. Mejor dejarse llevar. Ante la zafiedad del presente, la inutilidad del cambio, la oscura posibilidad del futuro, todo giro resulta inútil, todo esfuerzo en la novedad una vana ilusión de mejora. Al fin y al cabo, las únicas mujeres que se muestran amables, sólo buscan un par de guantes nuevos.

Y empieza la literatura moderna...

viernes, 28 de octubre de 2011

Diez estigmas del cine independiente.


 
Utilizamos una semidesconocida película, The station agent, para repasar en diez puntos todas las marcas, casi estigmas, que posee el cine independiente, en especial el norteamericano. No dudamos de la buena intención de estas historias frente al cine comercial, pero debido a lo sobrevalorado de las mismas, hemos considerado, yo y mi odio, hacer justicia poética desde ya mismo. Empecemos la autopsia:

1.- Personajes. Los protagonistas de esta cinta son un enano silencioso y taciturno al que le gustan los trenes, una mujer de mediana edad depresiva que pinta cuadros abstractos y un cubano que vende café en el lugar menos poblado de América. Para completar el plantel tenemos a una niña extrovertida con sobrepeso (negra y pobre), un redneck con mullet en el papel de malo y una bibliotecaria lolita que acaba embarazada. Esto se llama rareza pretendida. No construimos una historia y por necesidades de la misma aparecen tipos poco usuales. Buscamos primero gente extrañamente tópica y les colocamos como a figuritas en una maqueta. Ojo,  los engranajes empiezan a chirriar.

2.- Relaciones. Ahora que tenemos montado el circo nos haría falta que los muñecos se movieran un poco para entretener al personal. Cuando los guionistas son hábiles, los personajes se conocen e interactuan de una forma sutil. Como en toda historia inventada nada es casual, pero nosotros, el público, no nos damos cuenta. En The Station Agent y otras muchas del estilo, más que encuentros tenemos encontronazos, situaciones de unión tan forzadas que resultan inverosímiles.

3.- Emociones. Estas películas siempre han presumido de ser un "crisol de sentimientos", que diría algún redactor pretencioso de una revista de moda. Si nos emocionamos viendo una película es porque sentimos empatía, es decir, nos ponemos en el lugar del otro, comprendemos lo que siente y por tanto revivimos en nuestro pathos lo visto. Aquí no hay empatía posible. Casi todos los personajes suelen caracterizarse por una anemia energética notable, pasean sus rostros lánguidos por la pantalla y miran al horizonte esperando algo que no llega nunca. Todos tenemos momentos de astenia, estos personajes la llevan en su código genético. No hay cambios, sólo una melancolía permanente.

4.- Ausencia de conflictos de clase. Vale, ya sé que en La Guerra de las Galaxias tampoco hay lugar para el sindicalismo. La diferencia es que estos directores presumen de Cinema Verité. Pretenden reflejar la realidad, intentan huir del escapismo de Hollywood y que universitarios interesados en el cine asientan con la cabeza a sus creaciones. Pero eso sí, no nos explican como vive un inmigrante cubano vendiendo dos cafés al día, sin derecho a contrato o asistencia sanitaria y con un padre gravemente enfermo. Y no lo explican por un sencillo motivo, la mayoría de gente involucrada en este tipo de independencia suele tener sus bolsillos bien cubiertos, desconocen del todo, en primera persona, que significan expresiones como trabajo precario, despido o facturas. El ser social determina la conciencia, decían por ahí.

5.- Sexo. O no aparece por ninguna parte o si lo hace es de una forma patológica y pueril. En este punto no prefiero entrar, pero a mi me parece claro y cristalino como el agua en una mañana de verano.

6.- Estética. De manual, pero demasiado. Al igual que los escritores utilizan los tiempos y las personas verbales para contar diferentes tipos de historias, en el cine no se debería cambiar de plano cada tres segundos si el tema es la quietud y la introspección. Eso es una cosa, otra no desmontar la cámara del trípode que les dejaron en la escuela de cine en noventa minutos. Esto no es teatro filmado, y o no se enteraron en el tema uno, o el día que pusieron Potemkin en clase faltaron para ir a ver a Jay Jay Johanson.

7.- Vergüenza ajena. Nunca se debería filmar una escena de gritos, furia descontrolada, llantos o cualquier otro momento desmedido, a no ser que esté muy justificada y se cuente con actores de primera. Si no el resultado que se obtendrá es el que da nombre a este punto.

8.- Música. Si quieren meter la musica que hace su novia con el casiotone y eso justifica que a lo mejor les dejen que la den algo más que un beso, vale. Si no es por este motivo se debería recurrir a un profesional que componga una banda sonora que enfatice y arrope la película. No se trata de sacar irremediablemente a los grupos preferidos, o sí, pero es que a nosotros nos gusta el soul...

9.- Argumento. Es decir, no vale parar el DVD en cualquier momento y obtener el mismo resultado que si llegaramos hasta el final. No hace falta ceñirse a la novela decimonónica, pero no estaría mal algo de estructura, algún punto de giro y alguna pista que haga pensar al espectador que merece la pena acabar de ver la película por más que hacer tiempo. De verdad, en el fondo esto se trata de contar historias. Incluso aunque carezcan de interés real se pueden, se deben, contar bien.

10.- Diversión. El cine de entretenimiento no es malo. Incluso normalmente es mejor que este. Mira Indiana Jones y el Arca Perdida y aprende como contar algo, de forma interesante y que te lo haga pasar bien durante hora y media. ¿Qué tu eres un tipo serio y sustancial?. Te diría que vieras La Soledad del Corredor de Fondo, pero no, no te lo mereces, esa es nuestra.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Todos los caballos del rey de Michele Bernstein

Todos los caballos del rey
Michele Bernstein
Editorial Anagrama
Traducción Mª Teresa Gallego
Barcelona, 2006
12€
9788433970954

"Estuve de acuerdo con él en que era más fácil hallar en el cuadro de Carole los amables tópicos de la moda que las osadas torpezas del genio. Pero salí en defensa del ausente: las novelas y los cuadros se componen con las recetas oportunas. Y no deja de tener su mérito eso de utilizar con decencia las trivialidades de la propia época"

Diversión: palabra y acto real, inherente al ser humano, absorbido, depauperado y devuelto en cómodos packs precintados, sólo dos minutos en el microondas. Consumir sólo en pequeñas dosis, y siguiendo cuidadosamente las instrucciones de uso.

Tómese diversión como sinónimo de autenticidad, experimentación propia, esto es, realizada por el propio sujeto, no observada, y creada, a drede, para vivir la propia vida.

Si quieren saber de que va lo de ahí arriba lean La sociedad del espectáculo, o Tratado del saber vivir, y si perciben algo, pero no se acaban de enterar, busquen otros libros, páginas o personas (esto último difícil pero altamente recomendable), que les aclaren, o al menos les sitúen, en la senda de la autenticidad vs. espectacularidad.

Pero Todos los caballos del Rey, escrita por Michele Bernstein, mujer de Debord y miembro de la I.S., no va de explicar teóricamente nada. Va de retratar La Vida. Y como protagonistas quiénes mejor que ellos mismos, y la deriva por París, y los aprendices de profesionales del intelecto, siendo utilizados como herramientas de placer en las playas de la costa azul. "Gilles y yo no somos guapos. Pero tenemos aspecto de inteligentes y gustamos", sin concesiones, artificios o subterfugios, a lo Alí, danzando suavemente, golpeando brutalmente.

Se supone, y así fue, que esta novela fue escrita para recaudar fondos para la I.S. y de esta forma liberarse del trabajo asalariado. Yo creo que hubo algo más, con los situs siempre había algo más. Esto es el panfleto definitivo, el pasquín sin defectos, la llamada de atención por megáfono pero en código. Quien después de leerla no quisiera conocerles, vivir (como ellos), es porque era un cadáver o un imbécil, o ambas cosas a la vez. 

martes, 25 de octubre de 2011

Cinco razones para amar a The Knack


#1.- Por ser una estupenda introducción al Free Cinema, en su vertiente más pop pero no menos crítica con el stablishment de la sociedad británica. Dirigida por Richard Lester en 1965, El knack y como conseguirlo, cuenta la historia de una chica de provincias recién llegada a Londres y de un joven maestro de escuela con escaso éxito con las féminas. Al final acaban juntos, pero para saber cómo y por qué tenéis que ver la película.

#2.- Por tener un ritmo y una narración visual sorprendentes hasta hoy mismo. Esta película es un experimento comprensible, se apuesta por nuevas formas de ver el mundo, pero al final el espectador comprende lo que se le ha querido contar a través de las imágenes. Tiene escenas como la de las puertas que por si solas justifican el romper con todo lo anterior. Es posible que el resultado final conjunto se encuentre por debajo de otros clásicos de la época, pero quien no arriesga no avanza. ¡Ah! por cierto, para los que denigran este tipo de cintas, gano la Palma de Oro en Cannes.

#3.- Por su banda sonora. Jazz Moderno compuesto por John Barry, una música perfectamente adaptada al momento, 1965, puente entre el Londres Mod y la época del colorista Swinging.

#4.- Por Rita Tushingham, la actriz que ven en el cartel promocional francés de ahí arriba, extrañamente guapa, perdida, como si se hubiera caído de una nube en medio del caos. Qué de chicas corrientes y arrebatadoras dio el free cinema.


#5.- Por el personaje de Tolen (Ray Brooks), perfecto mocker motorizado, zapatos winklepickers, traje negro ajustado y mucho mojo. Lo bueno del asunto es comprender que significa este nuevo elemento, no es importante por su profesión, su status o su clase, es lo que es por él mismo, por la construcción de una identidad al margen de lo establecido. Puede que sea poco, puede que no acabe muy bien, pero es mejor que hundirse en la miseria cotidiana. Además se liga, entre otras muchas, a Jane Birkin.

lunes, 24 de octubre de 2011

De amor y hambre de Julian Maclaren-Ross

De amor y hambre
Julian Maclaren-Ross
Editorial Lumen
Traducción Ernesto Montequin
Barcelona, 2007
9788426415929
17€ (Descatalogado)

"En cierto modo lo que había dicho Gibbs era cierto. Había muchos jóvenes como yo en el mundo. Los veías recibiendo cursos para vender aspiradoras, vendiendo coches usados en Great Portland Street o medias de seda casa por casa. Joven educado en colegio privado, con carnet de conducir, dispuesto a viajar a cualquier parte, a hacer cualquier cosa. Viviendo de esperanzas. Ya saldrá algo. Ya vendrán tiempos mejores. Y no salía nada, salvo la guerra. Tal vez Sukie tenía razón y el sistema no funcionaba. Tal vez sí necesitábamos una revolución. En cualquier caso, necesitábamos algo."

Richard Francis Fanshawe, el protagonista de este libro, es uno de eso tipos de andar inconfundible que por aquí nos gustan tanto, y esta historia, De amor y hambre, una narración con un título descriptivamente acertado y preciso. ¿De qué va?. 

En 1939 un joven inglés que ha pasado cinco años en la India recala en una población del sur de Inglaterra con la intención de ser escritor. Malvive vendiendo aspiradoras a domicilio, sorteando las deudas y contando los cigarros, la crisis está a punto de transformarse en guerra y parece que el mundo está tensamente detenido. Un compañero de trabajo decide embarcarse como marino mercante y le encarga cuidar a su mujer. De forma inesperadamente necesaria ambos comienzan a sentirse atraídos.

De amor y hambre es una gran historia construida desde lo pequeño y cotidiano, desde la contradicción, desde la realidad. He leído algunos libros en los que los protagonistas sufren, ríen, viven todo tipo de aventuras, siempre situados en un entorno pretendidamente realista. En ninguno de ellos términos como dinero o trabajo parecen tener ninguna importancia.

Contamos con un protagonista que está totalmente fuera de lugar, que viene de un país alejado, bulliciosamente extremo, con comidas demasiado picantes. Que exactamente no es de donde se supone que debe ser, que ha visto mundo, que ha cambiado y ese cambio le permite ver su entorno de una forma diferente, tal como es. 

Una ciudad del sur de Inglaterra en temporada permanentemente baja, de pubs vacíos, paseos marítimos lluviosos y señoras que miran desde detrás de las cortinas. De caseras que se entromenten amablemente y viejos rentistas que dan lecciones de esfuerzo. De ir cambiando el montoncito de peniques de un acreedor a otro, sin saldar nunca las deudas pero manteniéndolas vivas a todas. De trabajos absurdos, literalmente absurdos, que ocupan el tiempo más que permiten vivir.

El trabajo, ese mal necesario que dice tanto de la sociedad a la que mantiene unida. Compañeros crédulos con lo que les contaron en el curso de formación, pendientes de dar el gran salto que no llega nunca. Reuniones festivas sonrojantes, atención, asistimos al nacimiento del espíritu corporativo. Y también tíos extraños con los que das casualmente, que visten todo el año con un abrigo abrochado hasta el último botón por no tener dinero para ropa, pero que posiblemente, tengan la visión más acertada de la gran mentira llamada carrera profesional.

Un mundo muy parecido a este, pero aún no devorado por el espectáculo. En el que el concepto ocio planificado no existe, ni la televisión, en el que la publicidad es tan tosca que resulta inane. Un momento en el que los libros aún significaban mucho, y en el que Fanshawe, nuestro amigo, habla de lo absurdas que le resultan las historias que lee.

Pero en el que existen las mujeres, como ahora, en el que la explosión del amor surge inesperada e impertinente. En el que nos preocupa lo que la otra persona sienta, por saberla cambiante y compleja, indecisa, contradictoria, por saberla humana, como nosotros. Pero a pesar de todo seguir adelante, aunque veamos los carteles de precaución, las luces de alarma, aunque casi sepamos que el fracaso es seguro.

Seguir adelante a pesar de todo, tachando cosas de la lista, llevando la cabeza alta, sin creernos nada, solo poseedores de nuestra educada arrogancia de caballeros desposeidos. De los que aún gustan de enamorarse, aunque sea de la chica equivocada.

viernes, 21 de octubre de 2011

Ser Mod en los tiempos del cólera


Dejo los veinticinco pavos en la encimera de la cocina, es lo mejor, o al menos lo más productivo que he hecho en toda la semana. 

Willie Tee - Walking up a one way street

Voy por la calle con la maleta llena de singles, pesa, me encuentro con él, tiene un sitio fijo donde pinchar, giro la esquina, una pandilla de niñatos espera al kebab, no hablan ni mi idioma, pero exigen, por su tono de voz.
- ¿Celveza? - me dice el chino
-No - banda sonora de mis retiradas, no tengo ni para eso, hoy no quiero (ni puedo) cambiar.

Bobby Hebb - Love, love love

Llegamos al bar, tienen la puerta chapada. La chica llama (no hay nada mejor en estas situaciones que delegar responsabilidades). Parece que se oye música dentro, parece que se ve algo a través del cristal. Es como la vida, parece, pero luego no es.

Major Lance - Monkey Time

- Pon el último que quedan cinco minutos - me dice la camarera, finjiendo una profesionalidad que no le apetece. Pienso en el No Thanks de Georgie Fame y mi compi me enseña el segundo de Ocean Colour Scene - Para ti - le cedo - la última la pones tú - le digo seguro.Y es que ese grupo significa el final de mi adolescencia, el ver en un single unas bowling shoes, un bote de talco y una bolsa sintética donde llevarlo todo. Ese grupo significa ser lo que quería ser sin serlo.

Eyes of Blue -Supermarket full of Cans

Veo que se han pasado detrás del concierto, no está mal, vamos a ser más que yo y mi sombra. Este barrio tiene fama, pero en una noche de jueves, en un bar que no está de moda, se nota tanto la crisis como en el mercado de valores de Singapur. Unos se van pronto, otros no les queda más para el finde, ella tiene que trabajar mañana.

Aaron Neville - Why Worry

- ¿Y a cúanto vamos? - le digo a mi colega entumecido por el frío reciente.
- ¿A media hora?
- ¿A veinticinco minutos?
- Ni "pa ti" "ni pa mi" - contesta un tío majete que siempre anda por el bar pero que ni sé como se llama.

Major Lance - Monkey Time

Salgo de casa con la camisa recien planchada, la única nueva de este año, me la regalaron mis amigos.
- ¿Qué tal mi vida? - La digo mientras la abrazo, mientras que cierro la puerta y miro su cara de ciervo asustado.
- Bien - Me dice sin demasiada convicción - Al final se nos complico la presentación, el cliente quería más - doce horas fuera de casa.
 ¿Más de qué? Me pregunto mientras la abrazo, sintiéndome un inútil, una semana más en el paro, una semana más pintando la mona. Ven, deja que te abrace, eres lo único bueno que tengo y temo que te canses de mi.

Y llego a casa, y dejo los veinticinco euros sobre la encimera, testigo mudo de mi único triunfo en un mundo absurdo donde estoy tan fuera del mercado laboral que no entiendo ni los nombres de los trabajos.
Me los he ganado, con su ayuda.

The Bluestars - Social End Product

"I’ve been labeled as an angry young man
Because I don’t fit into the master plan
..."

Mañana volveré a escribir lo de echarme en un rincón y esperar mi extinción tranquilamente. Me quedan dos meses de paro y al parecer mis conocimientos del siglo XIX son escasamente apreciados en el XXI.

No pasa nada. Siempre podré poner discos por última vez.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Gog de Giovanni Papini

Gog
Giovanni Papini
Rey Lear Editores
Traducción Paloma Alonso Alberti
Madrid, 2010
9788492403516
22,95€ 

"Un ingeniero de Pittsburg, que representa aquí a una fábrica americana, me llevó la otra noche a una tertulia de noctámbulos, una mezcla de taberna, café, teatro y garito. Se bebe, se fuma y uno se aburre como en todas partes. De vez en cuando, sale de detrás de un telón grana y oro un esqueleto femenino pintarrajeado y mal vestido que regurgita una canción más triste que su cara deshonrada. O bien un aborto crecido de sexo masculino, con pantalones amarillos, barriga violácea y joroba escarlata -un engendro entre payaso en paro, tísico dipsómano y revolucionario- grita algunas injurias en versos libres, acogido por los aplausos distraídos de los indígenas. En conjunto, una melancolía siniestra."

El dato esencial para comprender este libro es cuándo está escrito. El periodo de entreguerras es ese espacio fascinante en el que el mundo dirimía sus contradicciones entre vanguardias y tradición, burguesía y proletariado, fascismo y comunismo. Un momento histórico de tensiones desatadas, pasiones límite y afiliaciones inquebrantables. Un lugar en el que Papini cuenta una historia de historias, un viaje por continentes, metrópolis y lugares olvidados, un análisis lúcido desde la aberración.

La premisa es simple. El autor conoce en un sanatorio mental a un tipo excéntrico que le entrega unos manuscritos sin orden aparente. El paciente resulta ser Gog, un millonario norteamericano que una vez cansado de amasar dinero abandona los negocios para dedicarse a ser libre. Una libertad especialmente trazada que consiste en utilizar su dinero para conocer el mundo en su más amplia expresión. Papini utiliza esta voz, la de Gog, para que le acompañemos a descubrir en qué consistía la realidad en los años veinte y treinta.  

Gog es interesante porque es contradictorio. Es rico pero detesta la riqueza, es un ignorante reconocido pero se interesa por toda manifestación cultural y artística. Carece de afectación y refinamiento aunque tiene el suficiente oído para ponerlo al servicio de músicos y poetas, ortodoxo pero con la astucia de escuchar lo novedoso. Detesta la civilización y ama la técnica. Gog es un tirano en potencia, pero un conocedor de la humanidad desde el extrañamiento.

Este curioso millonario permite que estemos al lado de figuras como Gandhi, Ford o Gómez de la Serna. Las semblanzas que leemos en las entrevistas que mantiene, generosamente pagadas, como todo, distan mucho de ser positivas, se alejan de los tópicos bienintencionados que hemos visto en documentales, enciclopedías y hagiografías. Nos situan ante individuos menos geniales y extraordinarios de lo que suponemos, y aún siendo ficción, como lectores, sospechamos que no están tan lejos de la realidad.
 
Los proyectos en los que se embarca Gog son extraordinariamente divertidos, aunque no menos esclarecedores de la condición humana. Colecciona gigantes, esto es, personas de más de dos metros, y se los lleva a vivir a una pradera en Luisiana con impredecibles consecuencias. Monta una fábrica de poesía con la intención de tecnificar la creatividad o localiza a los mejores expertos en ocultismo para que le demuestren la existencia del más allá. Otras veces es la realidad la que viene a Gog, contactando con él, en busca de su dinero, desde un escultor de humo hasta un verdugo nostálgico que echa de menos su profesión. 

Lo interesante, además de personajes, figuras y proyectos, es la extraña e inquietante vigencia de casi todo lo oscuro que desfila por las páginas. El millonario nos cuenta como en una ocasión compró una república sumida en el desorden y los problemas, como todo en ese país funcionaba con aparente y democrática normalidad, aunque ya no perteneciese a sus ciudadanos, sino a él. 

Gog, de Papini, es un libro tan divertido como esencial, un libro para los que disfrutan de lo extraño, de la filosofía contada en historias, de los análisis de espíritu construídos como cuentos. Además aparece El Conde de Saint-Germain, y eso, escuchar a un aventurero libertino casi inmortal, es un aliciente ya en sí mismo.