martes, 27 de septiembre de 2011

El árbol de la vida, de Terrence Malick


El árbol de la vida es una película que sitúa al cine en su verdadero lenguaje, el de las imágenes, que resulta poética y arquitectónica, que posee la geometría de la sinestesia y la evocación, y lo hace no como un juego estético, sino para trazar un mapa de la geografía humana, de sus dudas y su caótica e inesperada relación con el todo.

La pérdida y el universo

Un fulgor ocupa el vacío, una llama de extraña naturaleza sobre un fondo negro.

La metafísica suele ser un juego de salón, una vieja resonancia de los tiempos en los que la religión y la filosofía intentaban dar respuesta a los problemas que iban más allá de la realidad cercana. Lo cual no significa que los problemas, desaparecidas las guías y los juegos, dejen de existir.

Una de las pruebas fundamentales que atraviesan las personas es la muerte del ser querido. Causa dolor pero también estupefacción. Una pregunta ante lo inesperado, ante una explosión que irrumpe en una línea y cambia su trayectoria para siempre. Una sensación de desamparo, de cuestionamiento de las razones últimas, sean, dependiendo del prisma del individuo, razones divinas o naturales. 

Una pérdida del rumbo, de los valores, de lo que una vez quisimos ser. Pérdida de la felicidad, en una vida adulta, mediana edad, triunfo profesional. Rascacielos de una asepsia tan calculada que en ellos no caben los sentimientos más puros, los más humanos. Arrugas en la cara como surcos profundos que recuerdan las contradicciones acumuladas, ascensores que nos conducen más cerca del cielo pero que no nos hacen sentir mejor.

Y el comienzo de todo. De lo más específico, lo más pequeño, una tragedia personal que nos pone en contacto con el universo, ese momento en el que el individuo permanece de pie ante el tiempo y el espacio. Un espacio lleno de posibilidades, de asombrosa belleza, que lo es porque nosotros la contemplamos. Un caos que da como resultado la vida, una posibilidad entre millones, una característica frágil, hasta las formas más grandes pueden agonizar en las playas, hasta las formas más feroces pueden demostrar indulgencia.

La infancia, la familia y el fin de la inocencia

La niñez es un recuerdo de imágenes, de sensaciones, de momentos ingrávidos o extraordinariamente pesados, es el comienzo de todo, de lo que seremos y querremos ser, es nuestra etapa más extraordinaria y pocas veces nadie lo ha reflejado tan bien en una pantalla de cine.
Desde los inicios, desde los primeros pasos, fragmentos poderosos que nunca nos abandonan, que se hacen más patentes al llegar al final. Una cara de alguien que nos habla, el olor de un objeto, el tacto de la mano de nuestra madre aquel día que jugaba con nosotros. Desde el sol de media mañana hasta el silencio de la casa una noche de verano, todos surgiendo de un mundo a descubrir, de una realidad virgen e inexplorada.

Los padres como sustento de ese mundo por empezar, como columnas a las que agarrarnos y piernas tras las que ocultarnos. Los padres como la expresión de la bondad, la inteligencia, el cariño y la comprensión, pero también como las contradicciones, los problemas de un mundo dinámico que se filtran poco a poco y que con el tiempo pueden empantanarlo todo. La transformación del héroe en villano, cuando nunca se fue, aunque se pretendió, ser ninguna de las dos cosas. No hay momento tan duro, pero tan necesario en la vida de una persona, que comprobar la falibilidad y la imperfección de los padres. 

Igual que el momento de ensuciarnos las manos por primera vez, de notar nuestra propia imperfección, nuestra propia maldad, ante la que sentimos miedo pero a la vez un deseo irrefrenable de darle salida. El como un hermano pequeño que confía en nosotros se ve traicionado o como corremos hasta perder el aliento para ocultar una pequeña falta, que a nuestros ojos, es el delito más deleznable del mundo. Como necesitamos equivocarnos para perdonar y ser perdonados.

Y como al final, un día, observamos como esa etapa se aleja como una casa vista desde un coche, un hogar que sabemos nuestro pero al que nunca volveremos.

El fin, la redención y el principio

Y quizá la metáfora y la alegoría, tras haber utilizado una báscula entre la realidad más patente y nuestras preguntas más elevadas, con la poética de la imagen sirviendo de instrumento, se nota artificial. Pero ya que Terrence Malick nos ha conducido hasta este punto de forma tan magnífica, es justo dejarnos arrastrar un poco más hasta el fin de la historia.

Hasta el fin de la Historia, cuando el Sol engulla el planeta, cuando no queden más que cenizas y la vida sea un recuerdo ausente. Cuando nuestro planeta sea polvo y en el centro solo quede una pequeña y fría estrella blanca, un ordenado caos del universo, bello y tajante, inexorable, matemático.

Y el fin propio o el fin de la vida que no queremos. Una posibilidad de recuperación, de perdonarnos, de basarnos en todo lo bueno y necesario que perdimos y que aún sigue dentro de nosotros.

Un fulgor ocupa el vacío, una llama de extraña naturaleza sobre un fondo negro.

El árbol de la vida es una película que se ha situado a la altura de 2001. Es un ejercicio de análisis y búsqueda de respuestas que utiliza una narración visual y un desarrollo no lineal que Terrence Malick ya nos esbozó en La delgada línea roja, no solo en lo formal, sino también en la posición central del ser humano, con sus grandezas y miserias y su extraordinaria capacidad para mirar, cuestionarse y asombrarse de todo.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Las cabinas


En mis sueños no aparecen teléfonos móviles. Son un objeto desaparecido, una técnica inconcebible, un artefacto ausente. No recuerdo un solo sueño donde los use, donde suenen arrogantes e imprevistos. Tampoco suelo recibir llamadas convencionales cuando duermo.

Soy yo quien las realiza o al menos lo intenta. Siempre surge una necesidad de comunicarme ineludiblemente con alguien, siempre desde un teléfono fijo. Pero es raro que sea en una casa, esta misión me asalta en la calle, donde, en mi mundo onírico, las cabinas aún tienen razón de ser. 

Son llamadas imprescindibles, no recuerdo los motivos. Son llamadas tan necesarias que se me acelera el pulso, notando la mano húmeda al descolgar el auricular pesado, respirando hondo antes de iniciar el proceso. Son llamadas a vida o muerte, casi.

Pero siempre hay un problema. Algunas veces se trata de la simple iluminación, demasiado tenue y anaranjada, que me impide ver las teclas. A veces no llevo dinero suficiente, o la cabina me devuelve las monedas, dejándolas caer con un ruido metálico de desprecio. En el peor de los casos los números están cambiados de orden, correspondiendo un significado diferente a cada significante, o en un engaño dinámico, se mueven en la propia marcación, siendo más rápidos que mis dedos y mi mente.

No me doy por vencido facilmente. Entrecierro los ojos intentando atisbar donde está la tecla, o echo las monedas con especial fuerza, rascándolas contra el metal del teléfono público, como si de una máquina de tabaco renuente se tratara. Incluso pruebo permutaciones, intento memorizar el orden y encontrar una razón para que ese cinco sea un dos. No me doy por vencido porque tengo algo que decir, y ese algo es lo suficientemente importante para hacer el esfuerzo, para notar el estómago contraído y los dedos de los pies haciendo fuerza contra el suelo. 

Cuando entablo comunicación, al otro lado, no contesta la persona que espero. 

Vuelvo a iniciar el proceso. Inagotable. Tengo que hacer esa llamada.

Suelo estar solo, y el crepúsculo o la noche son el decorado donde se desarrollan estos incidentes comunicativos. Ayer, sin embargo, llevaba a alguien de la mano.

Leí, ya despierto, algo sobre las partículas subatómicas. Pequeños elementos cuánticos que no pueden ser vistos por si solos, en todo caso, y siempre que alguien observa, sólo podemos ver una de sus posibilidades. 

Ayer, en mi sueño, mientras sujetaba el auricular con el cuello, mientras la luz de la cabina zumbaba, a punto de fundirse, no estaba solo. Agarraba una mano pequeña, la cubría por completo. Él me miraba con ojos de desconcierto, de miedo, no sabría precisar. Me miraba confiando ciegamente en mí. Yo intentaba, mientras que llamaba en vano, ofrecerle el consuelo y la seguridad que podía. No sé si lo conseguía. Lo que sé es que sentía por ese niño un amor inédito, que nunca había sentido por nadie en este mundo y en esta vida. Un amor tan inédito como los teléfonos móviles en mis sueños.

Mientras que marcaba él me seguía mirando, como, quizás, yo miraba a mi padre cuando era pequeño.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Knockemstiff de Donald Ray Pollock

Knockemstiff
Donald Ray Pollock
Libros del Silencio
Traducción Javier Calvo
Barcelona, 2011
9788493853105
20€

"Me desperté creyendo que había vuelto a mearme en la cama, pero no era más que una mancha pegajosa de cuando Shandy y yo habíamos follado la noche antes. Son las típicas cosas que te pasan cuando bebes como yo: que te cagas en los pantalones en el Wal-Mart y terminas viviendo a expensas de una adicta al crack y sus padres hundidos en la miseria."

El mundo de la literatura es, sobre todas las cosas, autoreferente y hermético. Tiene algunas características buenas, pero desde luego, entre las que no lo son, están estas dos: el hablar constantemente de una forma u otra sobre si mismo e impedir a toda costa que se incorporen a sus filas nuevos escritores sin el supuesto pedigrí adecuado para ello. Por eso, cuando tengan en sus manos Knockemstiff, tendrán un libro en el que leerán pasajes poco usuales, carentes de afectación y escritos por un tipo que pasó 32 años trabajando en una fábrica de papel.

Este libro de relatos nos sitúa en un pueblo de Ohio, ni si quiera un pueblo, una agrupación inconexa de casas, caravanas, negocios destartalados y carreteras que no llevan a ninguna parte. Un sitio en el que lo peor no es la ausencia de futuro, si no el oscuro presente, la vida cotidiana sin fin ni principio. La gente que lo habita, inmantada fatalmente a su territorio, vive de la única manera que conoce: trabajos miserables y entretenimientos desastrosos. Aquí no estamos hablando de decadencia, aquí hablamos de un pozo situado en el país de las oportunidades, que solo se percibe a través de las teles, siempre encendidas, cuando aparece el culo de alguna azafata en pantalla.

Este libro carece, afortunadamente, de moralidad. No se juzga a nadie, no hay lineas explicativas y condescendientes. No se nos trata de explicar el porqué, ni presentarnos a los protagonistas como unos freaks de circo que observamos desde el cómodo sillón de casa. Pasan las cosas que pasan y se suceden los comportamientos que se suceden porque es lo que hay, punto. Y hay coches de cilindrada alta que acabarán hechos chatarra en el desguace, como sus dueños. Violencia de todo tipo, desde la que hace sangrar los puños hasta la que se desprende de las acciones más humillantes. Speed y cerveza, speed y whisky barato, speed y speed. Hay sexo, de ese del que preferiríamos apartar la mirada. Hay ropa pasada de moda, anabolizantes y barritas de pescado.

Pero también hay sentimientos palpables, hay culpa por lo que se ha hecho y por lo que se dejó de hacer, hay amor y cariño, hay desolación, hay ganas de escapar de allí aunque se acabe demasiado cerca en habitaciones con el aire viciado. Hay vergüenza, de esa que se siente al mirarse al espejo. Hay asco y hay pena. Hay sensaciones humanas, de las que se comprenden, de las que cambian en cuatro páginas, esos momentos durísimos en los que se asimila el querer al alguien y a la vez desear que se muera. Todo al límite, curiosamente en un micromundo tan constante.

Y todo lo que hay, todo lo que aparece, da una sensación de realidad vertiginosa. No hay un solo signo de la pretensión del escandalo, de la copia al escritor maldito, del diseño de aberración de laboratorio. Todo lo que aparece es sincero, por eso te hace sentirte allí mismo, con las botas llenas de polvo, en una hondonada, evitando el sonrojo de quien solo pretende epatar inventando barbaridades que ni de lejos ha vivido. Es ese tipo de ficción construida con pedazos de vida, de realidad, ese tipo de ficción que nos hace sentirnos parte de aquello, que se nos agarra al estómago y no nos suelta, incluso semanas después de haberlo leído viendo sólo la portada.