sábado, 10 de diciembre de 2011

Mina Loy ya estuvo allí


Pienso en Mina Loy antes de morir, allá por la mitad de los sesenta, digna anciana observando el mundo con una expresión displicente. Debía oír palabras como novedad, revolución, cambio, quizá ver la televisión y sonreír de forma imperceptible. Ella ya había estado allí y lo había hecho todo, y lo había hecho antes y mejor. 

La historia de esta mujer es recorrer el comienzo del siglo XX, es estar donde los pensamientos burbujeaban, las revoluciones eran posibles y las vanguardias quedaban obsoletas antes de nacer. Es ese momento que para muchos significa el cénit cultural y el verdadero underground, donde la innovación tenía sentido y se gestó la materia prima que hemos estado reivindicando y reproduciendo una y otra vez durante décadas.

Imaginen a alguien que expone su obra en el París de 1905 y que traza amistad con la contradictoria Gertrude Stein. Que contacta en Italia con los futuristas e inicia una relación con Marinetti, sin ocultar que ya estaba casada y que era madre. Que conoce a John Reed antes de los días que estremecieron al mundo. Que fue enfermera en la primera guerra mundial. Que publica sus dibujos y poesías en las principales revistas artísticas de Nueva York a comienzos de la década de los diez.

A una mujer que rompe con el futurismo cuando se hace fascista, que se enfrenta a Marinetti y su violenta misoginia con su Manifiesto Feminista en 1918 o que dedica una serie de escandalosos poemas  sexuales hablando de su fallida relación con Papini, sus Love Songs, en 1915. Todo mientras que coincidía con Duchamp y Man Ray en los círculos surrealistas newyorkinos.

Y después su aventura más conocida, junto a Arthur Cravan, poète et boxeur, editor de Maitenant, sucesor de Wilde, dos metros de talento y provocación. Sí, Mina Loy fue la madre del hijo de Cravan, quien estuvo con él en su extraño periplo mejicano. Pero sobre todo fue la mujer que le despidió en la playa mientras que partía en un viaje de no retorno, a bordo de una barca camino de su mítica desaparición.

Mina Loy no paró nunca, siguió adelante concitando la atención de Tristan Tzara, Ezra Pound, T.S. Elliot, pasando décadas, volviendo a casarse por tercera vez, estando al tanto de todo, no perdiendo un solo minuto en lo que no fuera imprescindible. Murió en Colorado a los 83 años, dejando varios trabajos inacabados.

O al menos eso señalan sus biografías. Otros preferimos pensar que se la vio por última vez escapando acompañanada de un tipo alto y desgarbado, hacia ese lugar donde comenzamos a confundir nuestras realidades con nuestros deseos.