domingo, 11 de diciembre de 2011

Dexedrinas

Mussolini por Alfred Eisenstaedt

Salió al balcón muy enfadado, arengando a las masas con un discurso incendiario, gestos enérgicos, chispas de saliva saltando de su boca. Ante la quietud del público alguien tuvo que advertirle, no sin miedo, que padecía un ataque de xenoglosia y nadie le entendía.
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Se preparó para el futuro, se preparó mucho. Cuando llegó el momento el futuro ya no estaba allí.
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En el piso de enfrente trabajan unas teleoperadoras. A veces las veía mirar distraídas por la ventana a esa pareja que se reencuentra en la plaza, a los profesionales de la limosna, incluso a veces me miraban a mí. Hoy he visto unos plásticos blancos opacos en sus cristales, a modo de cortinas censoras de sueños, efectivos acicates de productividad.
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Como una distopía con atención al cliente, tópicos convenientes, imágenes que conducen al cementerio de la razón, un espectáculo constante donde la realidad no importa y donde el espectador nunca puede ser actor.
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Y ella sonrió y él pensó que allí, justo allí, no le podían tocar.
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-Pasas demasiado tiempo sacando brillo a tus zapatos. -Me gusta que estén limpios. -Bah, la gente ni se fija. -No lo hago por la gente, lo hago por mí.
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Eran unos tipos de escaso gusto pero con un voraz apetito. Con aspecto de tener por lectura la guia de teléfonos y por toda norma moral la sonrisa del vendedor de coches usados. Eran unos grandísimos hijos de puta y hacían lo que querían. Una masa babeante e imbécil les reía las gracias aplaudiendo sin coordinación.
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Lagos, Nigeria, mediados de los setenta. Bombillas rojas colgando de un cable pelado, muchas armas, drogas y mujeres guapas. Los tipos, de natural exagerados y molones, bailando como diablos. Yo y mi colega Lucky, un negro admirador de Bruce Lee, hemos salido a perdernos, aún más si cabe.
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Un hombre extraño. Aficionado a los toros y el anime romántico para niñas.
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Wilson, masajista ecuatoriano, veía en la tele como el candidato vencedor saludaba desde el balcón a sus fieles seguidores. Se le escapó una lágrima mientras las banderas ondeaban jubilosas. Le había perdido para siempre.