viernes, 18 de noviembre de 2011

Podredumbre

Iván el Terrible, Eisenstein.
A veces me cuesta distinguir los filetes envasados de las personas. Unos trozos de carne roja e inerte en esas bandejas de espuma blanca, magnífico precio, calidad extra. Ese zumbido incesante y monótono de la cámara frigorífica, de la luz terriblemente blanca y aséptica, solo un anticipo de su pensamiento.

Cojo el periódico y veo a un señor gordo y satisfecho, detrás de una mesa grande y maciza que pesa igual que él. Es de esa clase de personas que mira ávido el culo de la chica que limpia en su casa, que desde la ventanilla de su coche, con chófer de serie, observa con asco a un negro que pide en un semáforo. Exige sacrificios y ajustes, dice que es hora de apretarse el cinturón. El emulador de sacerdote maya usa tirantes, no encuentra una correa de su tamaño.

Ando y veo a unas señoras, salen de tomarse unos pastelitos de una cafetería, de esas con mármoles oscuros por mesas, de esas en las que se planean golpes de estado. Siempre me sorprende la cara de extremo amargor con la que cuentan, su piel estirada, su olor a vinagre. A juzgar por su pelo, rubio, ahuecado, Thatcher-style, deben pasar gran parte de su tiempo bajo el secador. Hablan del paro, de lo mal que está todo, lo hacen con indignación. Debe ser difícil vivir comprando tan solo un par de Vuittons al mes, toda una injusticia.

El portero limpia el suelo con calma, viéndole es posible pensar que espera a que el suelo se deslice bajo su escoba. Mono azul, calvo y bigote, mirada de desconfianza cuando paso. Le saludo con educación, mucha. A veces no contesta. La radio, donde un predicador parece llamar al fusilamiento de alguien, tiene la culpa de que no me escuche. 

Es sevillano, tiene treinta y cinco años, trabaja de informático en el departamento de delaciones. Su mujer le prepara unas comidas deliciosas, muy bien presentadas en el tupper de tapa naranja. Mientras que las calienta en el microondas habla de la camarera dominicana del bar de al lado, dice que un día se la folla. También está muy descontento con la situación del país, debe haber hecho algún master en economía, por correo. Antes la economía le interesaba menos, se compró un chalet con piscina, hipoteca a cuarenta años. Le metieron un poco más de dinerito los del banco, para el coche y las vacaciones. Ahora dice que anda apurado, busca respuestas con la mirada perdida en su tele de 45 pulgadas.

En otra casa otra tele. Unos chavales en una manifestación, camiseta verde, pancartas con consignas imaginativas. La imagen cambia, las consignas por los suelos, los chicos en desbandada, la policía dando hostias. El locutor dice algo de grupos de violentos radicales. Eulogio saborea la escena, cada golpe, cada carrera, disfruta especialmente con la cara de una chica, hace nada niña, que llora histérica en el suelo mientras se la llevan del pelo. Eulogio da un grito a su mujer, ya es hora de cenar. Piensa, mientras que una señora mayor pone los platos en silencio, que esto de la democracia al final no fue tan malo.

Ramón aparca su coche cerca de la entrada de la facultad. Estudia derecho, su ropa brilla como el césped que cubre el campus. Va al gimnasio un par de veces a la semana, se tira a sus compañeras de clase, algún sábado caen unas rayitas. También va a misa una vez al mes, a su madre le hace feliz. El año que viene tiene pensado hacer un master en EEUU. Es joven, sabe que tiene un espléndido futuro por delante. Le gustan los profesores que hablan del esfuerzo y el sacrificio, de la excelencia académica. No comprende como hay tanto vago y tanto envidioso que encubre su mediocridad hablando de igualdad de oportunidades.

En el barrio le conocen como el Willy. No le respetan, le tienen miedo. No llega a los veinte y algunos hombres con los que se cruza se cambian de acera. Dejó el instituto, donde solo enseñaban gilipolleces, y se fue a trabajar a una fábrica de molduras de puertas en el polígono. Ahora está en paro. Tiene un coche deportivo, pero lo mueve poco porque chupa mucho. Le dan asco los moros y los sudacas e intuye que la culpa la tienen ellos. ¿De qué? De todo. Un chaval que conoció en una discoteca le habló de un tíos con muchos huevos que quieren poner orden a base de hostias. Quizá esta tarde se pase por la dirección que le dieron.


This Machine kill fascist - Woody Guthrie
Llueve como si nunca hubiera llovido, cae el agua con fuerza, con rabia, casi con orgullo. Un tipo que escribe abre la ventana y ve como la calle se vacía. Desea que siga lloviendo con más fuerza, que el agua limpie una ciudad tan sucia, con un olor cada vez más patente, un olor a viejo, a cerrado, a podredumbre. Piensa en cada uno de ellos, en como el domingo sonreirán mientras que suena esa ridícula sintonía, en el agitar de banderas, alguna con pollo incluido. También piensa en como la realidad nos acaba alcanzando, en como el triunfo de unos supone la inacción de otros muchos. Y se siente culpable. Quizá es hora de volver a posicionarse, de enterrar bien hondo el cinismo y la desesperanza, las largas noches que no llevan a ningún sitio. Quizá es hora de luchar, mañana puede ser demasiado tarde.