lunes, 24 de octubre de 2011

De amor y hambre de Julian Maclaren-Ross

De amor y hambre
Julian Maclaren-Ross
Editorial Lumen
Traducción Ernesto Montequin
Barcelona, 2007
9788426415929
17€ (Descatalogado)

"En cierto modo lo que había dicho Gibbs era cierto. Había muchos jóvenes como yo en el mundo. Los veías recibiendo cursos para vender aspiradoras, vendiendo coches usados en Great Portland Street o medias de seda casa por casa. Joven educado en colegio privado, con carnet de conducir, dispuesto a viajar a cualquier parte, a hacer cualquier cosa. Viviendo de esperanzas. Ya saldrá algo. Ya vendrán tiempos mejores. Y no salía nada, salvo la guerra. Tal vez Sukie tenía razón y el sistema no funcionaba. Tal vez sí necesitábamos una revolución. En cualquier caso, necesitábamos algo."

Richard Francis Fanshawe, el protagonista de este libro, es uno de eso tipos de andar inconfundible que por aquí nos gustan tanto, y esta historia, De amor y hambre, una narración con un título descriptivamente acertado y preciso. ¿De qué va?. 

En 1939 un joven inglés que ha pasado cinco años en la India recala en una población del sur de Inglaterra con la intención de ser escritor. Malvive vendiendo aspiradoras a domicilio, sorteando las deudas y contando los cigarros, la crisis está a punto de transformarse en guerra y parece que el mundo está tensamente detenido. Un compañero de trabajo decide embarcarse como marino mercante y le encarga cuidar a su mujer. De forma inesperadamente necesaria ambos comienzan a sentirse atraídos.

De amor y hambre es una gran historia construida desde lo pequeño y cotidiano, desde la contradicción, desde la realidad. He leído algunos libros en los que los protagonistas sufren, ríen, viven todo tipo de aventuras, siempre situados en un entorno pretendidamente realista. En ninguno de ellos términos como dinero o trabajo parecen tener ninguna importancia.

Contamos con un protagonista que está totalmente fuera de lugar, que viene de un país alejado, bulliciosamente extremo, con comidas demasiado picantes. Que exactamente no es de donde se supone que debe ser, que ha visto mundo, que ha cambiado y ese cambio le permite ver su entorno de una forma diferente, tal como es. 

Una ciudad del sur de Inglaterra en temporada permanentemente baja, de pubs vacíos, paseos marítimos lluviosos y señoras que miran desde detrás de las cortinas. De caseras que se entromenten amablemente y viejos rentistas que dan lecciones de esfuerzo. De ir cambiando el montoncito de peniques de un acreedor a otro, sin saldar nunca las deudas pero manteniéndolas vivas a todas. De trabajos absurdos, literalmente absurdos, que ocupan el tiempo más que permiten vivir.

El trabajo, ese mal necesario que dice tanto de la sociedad a la que mantiene unida. Compañeros crédulos con lo que les contaron en el curso de formación, pendientes de dar el gran salto que no llega nunca. Reuniones festivas sonrojantes, atención, asistimos al nacimiento del espíritu corporativo. Y también tíos extraños con los que das casualmente, que visten todo el año con un abrigo abrochado hasta el último botón por no tener dinero para ropa, pero que posiblemente, tengan la visión más acertada de la gran mentira llamada carrera profesional.

Un mundo muy parecido a este, pero aún no devorado por el espectáculo. En el que el concepto ocio planificado no existe, ni la televisión, en el que la publicidad es tan tosca que resulta inane. Un momento en el que los libros aún significaban mucho, y en el que Fanshawe, nuestro amigo, habla de lo absurdas que le resultan las historias que lee.

Pero en el que existen las mujeres, como ahora, en el que la explosión del amor surge inesperada e impertinente. En el que nos preocupa lo que la otra persona sienta, por saberla cambiante y compleja, indecisa, contradictoria, por saberla humana, como nosotros. Pero a pesar de todo seguir adelante, aunque veamos los carteles de precaución, las luces de alarma, aunque casi sepamos que el fracaso es seguro.

Seguir adelante a pesar de todo, tachando cosas de la lista, llevando la cabeza alta, sin creernos nada, solo poseedores de nuestra educada arrogancia de caballeros desposeidos. De los que aún gustan de enamorarse, aunque sea de la chica equivocada.