lunes, 26 de septiembre de 2011

Las cabinas


En mis sueños no aparecen teléfonos móviles. Son un objeto desaparecido, una técnica inconcebible, un artefacto ausente. No recuerdo un solo sueño donde los use, donde suenen arrogantes e imprevistos. Tampoco suelo recibir llamadas convencionales cuando duermo.

Soy yo quien las realiza o al menos lo intenta. Siempre surge una necesidad de comunicarme ineludiblemente con alguien, siempre desde un teléfono fijo. Pero es raro que sea en una casa, esta misión me asalta en la calle, donde, en mi mundo onírico, las cabinas aún tienen razón de ser. 

Son llamadas imprescindibles, no recuerdo los motivos. Son llamadas tan necesarias que se me acelera el pulso, notando la mano húmeda al descolgar el auricular pesado, respirando hondo antes de iniciar el proceso. Son llamadas a vida o muerte, casi.

Pero siempre hay un problema. Algunas veces se trata de la simple iluminación, demasiado tenue y anaranjada, que me impide ver las teclas. A veces no llevo dinero suficiente, o la cabina me devuelve las monedas, dejándolas caer con un ruido metálico de desprecio. En el peor de los casos los números están cambiados de orden, correspondiendo un significado diferente a cada significante, o en un engaño dinámico, se mueven en la propia marcación, siendo más rápidos que mis dedos y mi mente.

No me doy por vencido facilmente. Entrecierro los ojos intentando atisbar donde está la tecla, o echo las monedas con especial fuerza, rascándolas contra el metal del teléfono público, como si de una máquina de tabaco renuente se tratara. Incluso pruebo permutaciones, intento memorizar el orden y encontrar una razón para que ese cinco sea un dos. No me doy por vencido porque tengo algo que decir, y ese algo es lo suficientemente importante para hacer el esfuerzo, para notar el estómago contraído y los dedos de los pies haciendo fuerza contra el suelo. 

Cuando entablo comunicación, al otro lado, no contesta la persona que espero. 

Vuelvo a iniciar el proceso. Inagotable. Tengo que hacer esa llamada.

Suelo estar solo, y el crepúsculo o la noche son el decorado donde se desarrollan estos incidentes comunicativos. Ayer, sin embargo, llevaba a alguien de la mano.

Leí, ya despierto, algo sobre las partículas subatómicas. Pequeños elementos cuánticos que no pueden ser vistos por si solos, en todo caso, y siempre que alguien observa, sólo podemos ver una de sus posibilidades. 

Ayer, en mi sueño, mientras sujetaba el auricular con el cuello, mientras la luz de la cabina zumbaba, a punto de fundirse, no estaba solo. Agarraba una mano pequeña, la cubría por completo. Él me miraba con ojos de desconcierto, de miedo, no sabría precisar. Me miraba confiando ciegamente en mí. Yo intentaba, mientras que llamaba en vano, ofrecerle el consuelo y la seguridad que podía. No sé si lo conseguía. Lo que sé es que sentía por ese niño un amor inédito, que nunca había sentido por nadie en este mundo y en esta vida. Un amor tan inédito como los teléfonos móviles en mis sueños.

Mientras que marcaba él me seguía mirando, como, quizás, yo miraba a mi padre cuando era pequeño.