miércoles, 7 de septiembre de 2011

Knockemstiff de Donald Ray Pollock

Knockemstiff
Donald Ray Pollock
Libros del Silencio
Traducción Javier Calvo
Barcelona, 2011
9788493853105
20€

"Me desperté creyendo que había vuelto a mearme en la cama, pero no era más que una mancha pegajosa de cuando Shandy y yo habíamos follado la noche antes. Son las típicas cosas que te pasan cuando bebes como yo: que te cagas en los pantalones en el Wal-Mart y terminas viviendo a expensas de una adicta al crack y sus padres hundidos en la miseria."

El mundo de la literatura es, sobre todas las cosas, autoreferente y hermético. Tiene algunas características buenas, pero desde luego, entre las que no lo son, están estas dos: el hablar constantemente de una forma u otra sobre si mismo e impedir a toda costa que se incorporen a sus filas nuevos escritores sin el supuesto pedigrí adecuado para ello. Por eso, cuando tengan en sus manos Knockemstiff, tendrán un libro en el que leerán pasajes poco usuales, carentes de afectación y escritos por un tipo que pasó 32 años trabajando en una fábrica de papel.

Este libro de relatos nos sitúa en un pueblo de Ohio, ni si quiera un pueblo, una agrupación inconexa de casas, caravanas, negocios destartalados y carreteras que no llevan a ninguna parte. Un sitio en el que lo peor no es la ausencia de futuro, si no el oscuro presente, la vida cotidiana sin fin ni principio. La gente que lo habita, inmantada fatalmente a su territorio, vive de la única manera que conoce: trabajos miserables y entretenimientos desastrosos. Aquí no estamos hablando de decadencia, aquí hablamos de un pozo situado en el país de las oportunidades, que solo se percibe a través de las teles, siempre encendidas, cuando aparece el culo de alguna azafata en pantalla.

Este libro carece, afortunadamente, de moralidad. No se juzga a nadie, no hay lineas explicativas y condescendientes. No se nos trata de explicar el porqué, ni presentarnos a los protagonistas como unos freaks de circo que observamos desde el cómodo sillón de casa. Pasan las cosas que pasan y se suceden los comportamientos que se suceden porque es lo que hay, punto. Y hay coches de cilindrada alta que acabarán hechos chatarra en el desguace, como sus dueños. Violencia de todo tipo, desde la que hace sangrar los puños hasta la que se desprende de las acciones más humillantes. Speed y cerveza, speed y whisky barato, speed y speed. Hay sexo, de ese del que preferiríamos apartar la mirada. Hay ropa pasada de moda, anabolizantes y barritas de pescado.

Pero también hay sentimientos palpables, hay culpa por lo que se ha hecho y por lo que se dejó de hacer, hay amor y cariño, hay desolación, hay ganas de escapar de allí aunque se acabe demasiado cerca en habitaciones con el aire viciado. Hay vergüenza, de esa que se siente al mirarse al espejo. Hay asco y hay pena. Hay sensaciones humanas, de las que se comprenden, de las que cambian en cuatro páginas, esos momentos durísimos en los que se asimila el querer al alguien y a la vez desear que se muera. Todo al límite, curiosamente en un micromundo tan constante.

Y todo lo que hay, todo lo que aparece, da una sensación de realidad vertiginosa. No hay un solo signo de la pretensión del escandalo, de la copia al escritor maldito, del diseño de aberración de laboratorio. Todo lo que aparece es sincero, por eso te hace sentirte allí mismo, con las botas llenas de polvo, en una hondonada, evitando el sonrojo de quien solo pretende epatar inventando barbaridades que ni de lejos ha vivido. Es ese tipo de ficción construida con pedazos de vida, de realidad, ese tipo de ficción que nos hace sentirnos parte de aquello, que se nos agarra al estómago y no nos suelta, incluso semanas después de haberlo leído viendo sólo la portada.