jueves, 7 de julio de 2011

La cita


El bar es muy desafortunado, pero me gusta. Tiene un camarero joven y distante, pero simpático, parece que no trabaja, que está detrás de la barra haciendo un favor a alguien, mirando la tele, pasando el rato, no le molesta lo más mínimo, es agradable ver a alguien así. Al fondo un par de mesas apenas ocupadas, un tipo ha juntado algunas monedas y se está tomando una caña. El bar está en una de esas calles donde la gente de bien no circula, demasiadas putas y mugre. Las mujeres andan en parejas, ya no esperan a nadie, sinceramente parece que tampoco están trabajando. En este recoveco de la ciudad la gente hace cosas y las hace porque no les queda más remedio que hacerlas. Abnegación, por eso nadie exterioriza el esfuerzo ni la antipatía, ni las ganas de estar en otro sitio, porque no hay ya otro sitio, porque no hay ya nada, ni golpes de suerte ni trenes que parten, ni gente que espera. Solo están, ahí.

Yo sí espero y aún tengo sitios donde ir, aunque de momento me encuentro bien aquí. No niego cierto miedo a que esto me atrape, este dulce spleen del fracaso, de cervezas a un euro y ausencia de ambiciones y horarios. Tengo mis triunfos personales: ayer limpié las ventanas y me quedaron asombrosamente bien, relucientes y ausentes, casi como si no estuvieran. La calle es otra desde entonces. Unos críos pasan hablando sobre un futbolista, casi a gritos, pelean por ver quién tiene la razón, sólo por éso, sin importarles realmente el tema. Lo niños cuando son de barrio, pobres y tienen padres que no han nacido en el país que es el suyo, hablan alto, llevan camisetas grandes y son simpáticos en su honradez comunicativa. Van aprendiendo que cuando no hay cosas importantes de las que hablar es mejor hablar dando importancia a las cosas que no la tienen.

Las farolas se han encendido pero aún hay luz. Es ese tono rojizo de Madrid una noche de julio. Ese ladrillo que ha recibido sol toda la tarde, que parece contar con luminosidad propia, paredes que dan calor en una ciudad como ésta, en una calle como ésta, que no espera más que la siguiente meada de perro en la esquina. Yo, insisto, sí estoy esperando, y tengo que pedir una segunda y una tercera, parece que mi cita se retrasa. Me entretengo comiendo aceitunas y tirando los huesos a la papelera. Fallo la mayoría. No sé si lo podría hacer mejor, el caso es que fallo casi todos y eso me hace ponerme ligeramente triste.

En el telediario aparece gente muy cabreada. La tele del bar está sin sonido, aquí no habla nadie. Un hombre dice algo a la cámara y al acabar la gente que le rodea aplaude y le zarandea con cariño. Es como un portavoz improvisado, guiado por la indignación, al parecer lo ha hecho bastante bien. A continuación la imagen cambia y aparece esa misma gente marchando por un barrio como éste, pero sin ser éste. Conectan en directo con la reportera; está muy buena, mucho. Está demasiado buena, es casi una estrella del erotismo muy seria y circunspecta cubriendo algún conflicto social. Me da la sensación que alguien se ríe de forma retorcida de esas personas. Unos niños devuelven la broma y aparecen de improvisto en plano dando saltos y saludando, casi danzando. Uno que está sin camiseta agarra el micrófono y grita algo carcajeándose. Cortan rápidamente la imagen pero aún da tiempo a ver lo incómodo de la situación para la reportera exageradamente atractiva de la pantalla. Me pido el cuarto botellín. Allí sigue sin aparecer nadie.

Miro el reloj del móvil y lo tengo sin batería, no sé la hora, ni desde cuando está sin batería. El camarero me sirve y dice algo extraño. Dice que a ver si esta vez encesto más huesos en la papelera, y me llama por mi nombre. La familiaridad con que me trata me asusta.

Me mira y se ríe, como esperando mi pregunta, anticipando mi siguiente paso, sabiendo que algo no va bien. Se adelanta por segundos y me dice si hoy, por fin, va a venir alguien.

Eso espero, le digo entre el asombro y la estupefacción, torpemente, casi sin creérmelo. Él me dice que sí, con un tono de condescendencia que no me gusta nada.

Me empiezo a encontrar mal, respiro hondo y me toco el pelo. Encuentro menos del que esperaba, pero ése ahora no es mi principal problema. Busco dinero en el bolsillo para pagarle, pongo los cuatro euros encima de la barra y me dirijo a la calle.

Según salgo por la puerta oigo que me dice que mañana nos vemos y que a ver si esta vez hay algo más suerte.

Camino, sé donde está mi casa,  agarro las llaves con fuerza, tanto que casi se me clavan en la mano.