lunes, 18 de julio de 2011

Aquel anhelado oficio de escritor



La tarde había empezado justo cuando acabé de comerme la ridícula porción de postre que me habían servido. El bar, uno de esos inventos modernos de Chueca, donde el menú del día pretende ser sofisticado, nos había dejado con hambre a ambos. A mi y a mi amigo, mi interlocutor y probablemente uno de los tipos que me ha salvado de hundirme más veces este último año. Había quedado con él por amistad, pero también para sentir que todo lo que había estado sucediendo no era solo un pequeño triunfo en el erial que suelen ser las vidas modernas por las que transitamos.

No sé a quien se le ocurrió que caminar es una buena forma de mantener una conversación. Quizá, en los caminos de la Grecia antigua era posible dar rodeos por los senderos de la mente, pero por el centro de Madrid en julio, el habla se vuelve entrecortada, por el calor, los obstáculos y esa imposibilidad real de caminar con otra persona de forma pareja por aceras tan pequeñas que impiden guardar un mínimo espacio de decoro. Decidimos ir a tomar un café con hielo, el reconstituyente de las tardes y la droga legal dulce más amable que conozco.

El camarero sirvió los vasos con bastante rapidez, pero en esa relación de amor-odio que mantengo con la hostelería, esta vez me desagradó que no tuviera aspecto de camarero. Recuerdo a la perfección como a la hora de ir a pedir no supe si estaba hablando a un transeunte, momento que me llenó de un cierto pánico social por una equivocación ridícula. Y ahí, más o menos ahí, fue cuando empezamos a hablar de verdad, a conversar de esa forma tan necesaria a veces, en la que se nota el fluir de ideas, el reconocimiento, esa efervescencia del reconocimiento en el discurso del otro.

Nos centramos en lo nuestro, escribir. En lo nuestro después de sortear el paro, sacar dinero debajo de las piedras para el alquiler o estirar veinte euros en el DIA para acabar confeccionando una nevera más o menos decente. Pero lo nuestro, lo que nos gusta, lo que nos mantiene despiertos y nos despega de la vulgaridad pegajosa de lo cotidiano es eso, escribir, y que jodidamente difícil es a veces.

Lo primero por lo de arriba, porque es una labor nula en cuanto a retribuciones en especie, porque es muy difícil no sentirse un estúpido colegial llevando a cabo el enésimo proyecto inconcluso, infantil e imposible, porque la vida aprieta de verdad y las facturas no se pagan con versos. Y nos reafirmamos mientras removía con la cuchara los hielos con un gesto aparentemente experto: es difícil llenar hojas en blanco cuando los números de la cuenta andan en rojo.

Recuerdo que pasó una mujer en un coche y nos miramos por unos segundos. Esa ruptura con el desconocido me sigue fascinando y he de admitir que, no sé si por una creación de mi ego, suelo sentirme el objeto de la mirada, el observado, intrigándome por el efecto causado en la observadora. La cosa marchaba bien y aún había tiempo, decidimos seguir con el segundo café de la tarde, como dos ancianas jugueteando con el lado salvaje de la vida. 

Algo que hacen los escritores cuando se juntan con otros escritores es hablar de terceros, en tono admirativo, despectivo o irónico, una necesidad infame de reafirmación o simplemente el saber qué, cómo y porqué se mueve todo ésto. Y ésto es un negocio. Y como tal tiene sus ligas, sus clases, sus estratos cada vez más herméticos en los que intentar encajar. Las críticas, la promoción, la imposible tarea de sacar el cuello siendo un desconocido por encima de una pila de miles de libros no necesariamente peores que el tuyo. Y otros miles, también, decididamente detestables. Llegamos a la conclusión, entre otras muchas, que los que hacemos ésto porque nos gusta de verdad, porque no nos queda otra si no queremos acabar en el frenopático, no toleramos a los embusteros y a los mentirosos, al producto, a esos simulacros de novela donde el escritor escribe lo que se espera que tenga que escribir.

Y casi acabando, pidiendo la cuenta, mirando el reloj para no llegar tarde, él a su trabajo, yo a ninguna parte, surgió lo más interesante de todo. Esa irrefrenable sensación de estar haciendo las cosas bien delante del teclado, ese tono, ese ritmo de golpeo a las teclas que, decidimos, solo sentimos los que escribimos de verdad. El momento en el que se forma un túnel de velocidad y nada de lo que hay alrededor cuenta, cuando los dedos no van suficientemente rápido para trasladar las ideas que brotan, literalmente. Es en ese momento cuando se sabe que se está escribiendo, cuando el cursor desaparece y las palabras dejan de ser letra en una pantalla y acaban tomando un entidad propia de discurso mental, de reguero expresivo, de fantástica impresión de los sentimientos. Cuando la pantalla en blanco no asusta y somos nosotros quien mandamos sobre ella.

Y nos levantamos, sin dejar propina, por necesidad no por racanería. Diez euros cuatro cafés es un precio excesivo, siempre, por mucha terraza y mucho Alonso Martínez, por mucha niña de gesto afectado que ande moviendo su nuevo vestido por la plaza. La otra tarde, eso sí, fueron diez euros muy bien empleados.