jueves, 22 de diciembre de 2011

Alexander Trocchi golpeando a la conformidad

Alexander Trocchi en 1967 por Marvin Lichtner.
Durante la Segunda Guerra Mundial los aliados pergeñaron una serie de convoyes marítimos a través del Ártico para llevar todo tipo de material a la Unión Soviética. Barcos de la Royal Navy con varios centímetros de hielo en cubierta perseguidos por submarinos alemanes, todo en medio de la constante oscuridad del invierno polar. Y un Trocchi adolescente de marinero en uno de estos barcos. Para cualquiera que hubiese sobrevivido las aventuras hubieran sido suficientes. Para este escocés de padre italiano no. A él le quedaban treinta años para pasar a formar parte de esos héroes de la literatura underground, de la revuelta constante, los olvidados fundadores de la modernidad.

Alexander Trocchi fue casi todo lo interesante que se puede ser, incluso lo que no, internándose en los campos minados de las adicciones y la autodestrucción. 

Después de estudiar literatura en la universidad de Glasgow se traslada a París donde entra en contacto con los círculos literarios alrededor de la Sorbona, el existencialismo, la política de vanguardia y los opiáceos. Funda una de las revistas literarias más importantes de Posguerra, Merlín, en 1952. Consiguió reunir las firmas de autores como Sartre, Pablo Neruda, Samuel Beckett, Henry Miller o Jean Genet. Es un momento en el que aún los escritores tienen una importancia social notable y en el que un tipo semi-desconocido de 27 años puede concitar la atención de intelectuales y artistas y proponerles proyectos conjuntos. Todavía los dientes del mercado y las trabas al flujo de ideas no se habían clavado lo suficientemente profundo en los lomos de los libros.

Trocchi, a mediados de los cincuenta ya cuenta a sus espaldas con varios trabajos publicados. En general su obra rehuye el artificio literario, los lugares comunes y la invención como escapismo. El autor escocés publica incluso  novelas pornográficas bajo pseudónimos tan dispares como Frances Lengel o Carmencita de las Lunas, en un cambalache con el editor de Merlín, Maurice Girodias, para que la interesante, pero deficitaria revista, se siga editando. En el 57 saca uno de sus dos títulos más definitorios, Young Adam, una historia sobre un joven inteligente pero asqueado y rechazado por la sociedad del momento, que seduce a mujeres, eligiendo el margen y el exceso como campo de juego.

Integrantes de la revista Merlín, alrededor de 1953

Es en París donde se produce también uno de los dos encuentros esenciales en la vida de Trocchi. Guy Debord se cruza en su camino (o en su mesa, por la afición de ambos al alcohol sin mesura). En aquel entonces Debord se haya inmerso en su primer intento de grupo que concilie el arte, la vida y la política: la Internacional Letrista (responsable entre otras acciones del asalto a Notre Damme o el acoso a Chaplin). Debord y este grupo de surrealistas tardíos sientan las bases del pensamiento y la acción revolucionaria de Trocchi.

El otro de los encuentros fundamentales se produce cuando nuestro escritor abandona París a finales de los cincuenta para descubrir nuevos lugares efervescentes. Y se dirige nada menos que a San Francisco, al entorno del City Lights, librería donde se junta con Kerouac, Ginsberg y Corso. Pero sobre todo con Burroughs, debido a la especial relación de ambos escritores con las drogas, que utilizaban no sólo desde un punto de vista recreacional o como ampliadores de perspectivas, sino también a la cual contemplaban desde su vertiente capitalista, paradigma del deseo consumista y de la oferta inmediata. Burroughs acaba publicando El almuerzo desnudo, prohibído en EEUU, en París, en Olimpia Press, la editorial del ya citado Girodias, un tipo encargado de rescatar Lolita, los libros de Miller y Nin y de haber servido como trampolín a Trocchi, conocido a partir de ese momento como el Beat escocés.

Nuestro escritor vuela al Lower East Side, en Nueva York, barrio en el que escribe en 1960 su segunda novela imprescindible, El libro de Caín. Un libro que encierra todas las temáticas conflictivas posibles, homosexualidad y sobre todo la adicción a la heroína, casi como contrapunto a lo que Trocchi y muchos otros consideraban una sociedad hipócrita, carente de realidad vital y que centraba ya todos sus esfuerzos en la dinámica trabajo-consumo.

Esta etapa es una de las más complicadas y oscuras para Trocchi, que acaba perdiendo el rumbo personal. Su segunda mujer se acaba prostituyendo y él comienza a  traficar para mantener su adicción. Es detenido por las autoridades, lo que desencadena una campaña internacional para su liberación, con la Internacional Situacionista haciendo campaña desde Europa y Miller, Mailer y demás norteamericanos pidiendo su liberación. Las presiones dan sus frutos y le es concedida la libertad condicional. Trocchi, como buen aventurero, emprende la huida a través de la frontera con Canadá con un pasaporte falso. Es acogido por Leonard Cohen. El cantautor, quien guardó siempre un buen recuerdo del escritor prófugo, cuenta que lo primero que hizo Trocchi al llegar a su apartamento fue pedirle un chute de heroína. Abandona América para siempre.

Los Situs al rescate de Trocchi!

A principios de los sesenta comienza la andadura en Londres. Primero como miembro de la sección inglesa de la I.S. la cual publica su ensayo La insurrección silenciosa de un millón de mentes. Este texto propone que el cambio social debe ir más allá de la ocupación de los resortes del poder político. Plantea que la condición revolucionaria debe ir unida a una subversión de los valores culturales en el sentido amplio de la palabra. "La rebelión cultural es el cimiento necesario, la subestructura apasionada de un nuevo orden de cosas". Además insiste en que las condiciones del desencanto ya están ahí, presentes en las cabezas de muchos jóvenes, que sólo falta la chispa que haga detonar la increíble energía contradictoria que ahora se escapa en la denominada delincuencia juvenil. Trocchi no sólo adelanta la descabezada, espontánea y errática rebelión de los mods en las playas de Brighton, obviamente está anticipando la oleada revolucionaria mundial de mayo del 68. La insurrección silenciosa será el texto que anime a King Mob a ocupar la facultad de políticas y economía de Londres en el 67, y en general el ensayo que dio forma a los grupos insurrectos británicos a partir de esa fecha.

La Internacional Situacionista fue un grupo empeñado en muchas cosas, una de ella la expulsión permanente de sus miembros. Uno de los damnificados es Trocchi, quien a pesar de haber contado con la admiración de Debord por La insurrección silenciosa, considera que las amistades beats del escocés le han llevado hacia un camino de misticismo y religiosidad oriental aberrante. Esta expulsión no pone fin a la actividad del escritor, pero sí resulta un duro golpe.


Trocchi imparable en el Londres de los sesenta
Trocchi edita libros como Writers in Revolt en 1963 que recoge textos de escritores como Artaud, Baudelaire, o su camarada Burroughs. Se enemista con la plana mayor de los escritores escoceses por considerarlos unos nacionalistas cortos de miras. Funda el Proyecto Sigma, básicamente una nueva plataforma para llevar adelante sus ideas revolucionarias expresadas en La insurrección silenciosa. El Proyecto Sigma atrae a gente de diferentes campos y generaciones, desde Picasso hasta Timothy Leary, el psiquiatra del LSD. Consigue llevar a los Beats a Londres, en un festival literario que reune a siete mil personas. Trocchi intenta crear a través de Sigma una realidad alternativa que desbanque a la realidad oficial, a las formas de comportamiento aceptadas, que haga trizas la conformidad.

Esta historia, obviamente, no acaba bien. Los protagonistas de este relato tuvieron en los menores casos una vida larga y comprometida, otros muchos acabaron cediendo e hipócritamente adaptaron sus idearios para ser aceptados por el mundo que combatían. Algunos directamente se suicidaron. Podíamos decir que Trocchi falleció en el 84, después de haberse sobrepuesto a la muerte de su mujer y de uno de sus hijos, a causa de su prolongada adicción a la heroína, lo que él denominaba ser un cosmonauta del espacio interior. Pero Trocchi seguramente murió por no seguir en un mundo que ya no era el suyo, en el que él había creído. Lo suyo no fue una rendición, él lo había hecho todo, se había enfrentado con la complacencia, la tradición y la costumbre. Y había salido ganando. Aquella ya no era su batalla.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Dexedrinas

Mussolini por Alfred Eisenstaedt

Salió al balcón muy enfadado, arengando a las masas con un discurso incendiario, gestos enérgicos, chispas de saliva saltando de su boca. Ante la quietud del público alguien tuvo que advertirle, no sin miedo, que padecía un ataque de xenoglosia y nadie le entendía.
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Se preparó para el futuro, se preparó mucho. Cuando llegó el momento el futuro ya no estaba allí.
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En el piso de enfrente trabajan unas teleoperadoras. A veces las veía mirar distraídas por la ventana a esa pareja que se reencuentra en la plaza, a los profesionales de la limosna, incluso a veces me miraban a mí. Hoy he visto unos plásticos blancos opacos en sus cristales, a modo de cortinas censoras de sueños, efectivos acicates de productividad.
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Como una distopía con atención al cliente, tópicos convenientes, imágenes que conducen al cementerio de la razón, un espectáculo constante donde la realidad no importa y donde el espectador nunca puede ser actor.
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Y ella sonrió y él pensó que allí, justo allí, no le podían tocar.
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-Pasas demasiado tiempo sacando brillo a tus zapatos. -Me gusta que estén limpios. -Bah, la gente ni se fija. -No lo hago por la gente, lo hago por mí.
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Eran unos tipos de escaso gusto pero con un voraz apetito. Con aspecto de tener por lectura la guia de teléfonos y por toda norma moral la sonrisa del vendedor de coches usados. Eran unos grandísimos hijos de puta y hacían lo que querían. Una masa babeante e imbécil les reía las gracias aplaudiendo sin coordinación.
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Lagos, Nigeria, mediados de los setenta. Bombillas rojas colgando de un cable pelado, muchas armas, drogas y mujeres guapas. Los tipos, de natural exagerados y molones, bailando como diablos. Yo y mi colega Lucky, un negro admirador de Bruce Lee, hemos salido a perdernos, aún más si cabe.
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Un hombre extraño. Aficionado a los toros y el anime romántico para niñas.
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Wilson, masajista ecuatoriano, veía en la tele como el candidato vencedor saludaba desde el balcón a sus fieles seguidores. Se le escapó una lágrima mientras las banderas ondeaban jubilosas. Le había perdido para siempre.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Mina Loy ya estuvo allí


Pienso en Mina Loy antes de morir, allá por la mitad de los sesenta, digna anciana observando el mundo con una expresión displicente. Debía oír palabras como novedad, revolución, cambio, quizá ver la televisión y sonreír de forma imperceptible. Ella ya había estado allí y lo había hecho todo, y lo había hecho antes y mejor. 

La historia de esta mujer es recorrer el comienzo del siglo XX, es estar donde los pensamientos burbujeaban, las revoluciones eran posibles y las vanguardias quedaban obsoletas antes de nacer. Es ese momento que para muchos significa el cénit cultural y el verdadero underground, donde la innovación tenía sentido y se gestó la materia prima que hemos estado reivindicando y reproduciendo una y otra vez durante décadas.

Imaginen a alguien que expone su obra en el París de 1905 y que traza amistad con la contradictoria Gertrude Stein. Que contacta en Italia con los futuristas e inicia una relación con Marinetti, sin ocultar que ya estaba casada y que era madre. Que conoce a John Reed antes de los días que estremecieron al mundo. Que fue enfermera en la primera guerra mundial. Que publica sus dibujos y poesías en las principales revistas artísticas de Nueva York a comienzos de la década de los diez.

A una mujer que rompe con el futurismo cuando se hace fascista, que se enfrenta a Marinetti y su violenta misoginia con su Manifiesto Feminista en 1918 o que dedica una serie de escandalosos poemas  sexuales hablando de su fallida relación con Papini, sus Love Songs, en 1915. Todo mientras que coincidía con Duchamp y Man Ray en los círculos surrealistas newyorkinos.

Y después su aventura más conocida, junto a Arthur Cravan, poète et boxeur, editor de Maitenant, sucesor de Wilde, dos metros de talento y provocación. Sí, Mina Loy fue la madre del hijo de Cravan, quien estuvo con él en su extraño periplo mejicano. Pero sobre todo fue la mujer que le despidió en la playa mientras que partía en un viaje de no retorno, a bordo de una barca camino de su mítica desaparición.

Mina Loy no paró nunca, siguió adelante concitando la atención de Tristan Tzara, Ezra Pound, T.S. Elliot, pasando décadas, volviendo a casarse por tercera vez, estando al tanto de todo, no perdiendo un solo minuto en lo que no fuera imprescindible. Murió en Colorado a los 83 años, dejando varios trabajos inacabados.

O al menos eso señalan sus biografías. Otros preferimos pensar que se la vio por última vez escapando acompañanada de un tipo alto y desgarbado, hacia ese lugar donde comenzamos a confundir nuestras realidades con nuestros deseos.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Emmy Hennings sigue mirando desafiante


Los periódicos se convirtieron en altavoces de latón por los que sonaban gritos atávicos, llamadas a la grandeza de la nación, defensa de la patria. Se exageraban desde los púlpitos las diferencias con el país vecino, se humillaba a la razón a cada paso, las banderas tomaban los balcones. Los jóvenes, orgullosos y arrogantes, se golpeaban el pecho. Incluso los que hablaban de emancipación no hacía tanto votaron a favor de los créditos de guerra.

Unos pocos se frotaban las manos con el gran negocio. No es casualidad que el dinero huela a sangre.

Y en nada el horror. Las botas relucientes manchadas de barro, los uniformes despedazados, confundidos con la carne deshecha, las manos agarrando la cabeza torturada. Ruido de obuses, silbando de trinchera en trinchera, nidos de ametralladoras, alambres de espino. Soldados escupiendo sus pulmones por la boca. Un mal cálculo, el viento trajo los gases a nuestra posición, los nuestros, los que mandaron lanzar los generales. 

Y Emmy Hennings os mira desafiante.

Aquella cultura había creado el horror. Millones de muertos, nuevas listas cada día. Detrás estaba todo un sistema de valores burgueses, un andamio que sustentaba las piezas, una estructura a destruir. Y un grupo de gente empeñada en tirar abajo la construcción mental que había dado alas al chovinismo más bastardo.

Y entre ellos Emmy Hennings, bailarina, actriz, poeta, motor emocional del Cabaret Voltaire, musa y compañera de Hugo Ball, cabellera de fuego dejando a los espectadores pegados a sus sillas, removiendo el fango de las trincheras en cada actuación.

Pero ella no es un recuerdo, ella sigue viva, observando lo que ocurre. Ella no es una reivindicación de museo, es una amenaza. Y está esperando asaltar el escenario para señalar a los culpables, esos respetables señores a los que nadie tose, cuál es su verdadero rostro, cuál es su verdadero olor.


"Apareció en el centro del cabaret con cintas alrededor del cuello, la cara como de cera. Con el pelo amarillo muy corto y un vestido de terciopelo escaso y oscuro y con rígidos volantes, era algo absolutamente distinto al resto de la humanidad... vieja y estragada... Una mujer posee infinitos matices, caballeros, pero desde luego, uno no ha de confundir lo erótico con la prostitución... ¿Quién puede impedir que esta chica que ya es la mismísima histeria... se hinche hasta constituir una avalancha? Cubierta de maquillaje, hipnotizada con morfina, absenta y la llama color sangre de su eléctrica versión de Gloire, una violenta distorsión de lo gótico, su voz brinca sobre los cadáveres, se burla de ellos, trinando conmovedora como un canario flauta".

Ravien Sirluai en Die Aktion citado por Greil Marcus en Rastros de Carmín.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Podredumbre

Iván el Terrible, Eisenstein.
A veces me cuesta distinguir los filetes envasados de las personas. Unos trozos de carne roja e inerte en esas bandejas de espuma blanca, magnífico precio, calidad extra. Ese zumbido incesante y monótono de la cámara frigorífica, de la luz terriblemente blanca y aséptica, solo un anticipo de su pensamiento.

Cojo el periódico y veo a un señor gordo y satisfecho, detrás de una mesa grande y maciza que pesa igual que él. Es de esa clase de personas que mira ávido el culo de la chica que limpia en su casa, que desde la ventanilla de su coche, con chófer de serie, observa con asco a un negro que pide en un semáforo. Exige sacrificios y ajustes, dice que es hora de apretarse el cinturón. El emulador de sacerdote maya usa tirantes, no encuentra una correa de su tamaño.

Ando y veo a unas señoras, salen de tomarse unos pastelitos de una cafetería, de esas con mármoles oscuros por mesas, de esas en las que se planean golpes de estado. Siempre me sorprende la cara de extremo amargor con la que cuentan, su piel estirada, su olor a vinagre. A juzgar por su pelo, rubio, ahuecado, Thatcher-style, deben pasar gran parte de su tiempo bajo el secador. Hablan del paro, de lo mal que está todo, lo hacen con indignación. Debe ser difícil vivir comprando tan solo un par de Vuittons al mes, toda una injusticia.

El portero limpia el suelo con calma, viéndole es posible pensar que espera a que el suelo se deslice bajo su escoba. Mono azul, calvo y bigote, mirada de desconfianza cuando paso. Le saludo con educación, mucha. A veces no contesta. La radio, donde un predicador parece llamar al fusilamiento de alguien, tiene la culpa de que no me escuche. 

Es sevillano, tiene treinta y cinco años, trabaja de informático en el departamento de delaciones. Su mujer le prepara unas comidas deliciosas, muy bien presentadas en el tupper de tapa naranja. Mientras que las calienta en el microondas habla de la camarera dominicana del bar de al lado, dice que un día se la folla. También está muy descontento con la situación del país, debe haber hecho algún master en economía, por correo. Antes la economía le interesaba menos, se compró un chalet con piscina, hipoteca a cuarenta años. Le metieron un poco más de dinerito los del banco, para el coche y las vacaciones. Ahora dice que anda apurado, busca respuestas con la mirada perdida en su tele de 45 pulgadas.

En otra casa otra tele. Unos chavales en una manifestación, camiseta verde, pancartas con consignas imaginativas. La imagen cambia, las consignas por los suelos, los chicos en desbandada, la policía dando hostias. El locutor dice algo de grupos de violentos radicales. Eulogio saborea la escena, cada golpe, cada carrera, disfruta especialmente con la cara de una chica, hace nada niña, que llora histérica en el suelo mientras se la llevan del pelo. Eulogio da un grito a su mujer, ya es hora de cenar. Piensa, mientras que una señora mayor pone los platos en silencio, que esto de la democracia al final no fue tan malo.

Ramón aparca su coche cerca de la entrada de la facultad. Estudia derecho, su ropa brilla como el césped que cubre el campus. Va al gimnasio un par de veces a la semana, se tira a sus compañeras de clase, algún sábado caen unas rayitas. También va a misa una vez al mes, a su madre le hace feliz. El año que viene tiene pensado hacer un master en EEUU. Es joven, sabe que tiene un espléndido futuro por delante. Le gustan los profesores que hablan del esfuerzo y el sacrificio, de la excelencia académica. No comprende como hay tanto vago y tanto envidioso que encubre su mediocridad hablando de igualdad de oportunidades.

En el barrio le conocen como el Willy. No le respetan, le tienen miedo. No llega a los veinte y algunos hombres con los que se cruza se cambian de acera. Dejó el instituto, donde solo enseñaban gilipolleces, y se fue a trabajar a una fábrica de molduras de puertas en el polígono. Ahora está en paro. Tiene un coche deportivo, pero lo mueve poco porque chupa mucho. Le dan asco los moros y los sudacas e intuye que la culpa la tienen ellos. ¿De qué? De todo. Un chaval que conoció en una discoteca le habló de un tíos con muchos huevos que quieren poner orden a base de hostias. Quizá esta tarde se pase por la dirección que le dieron.


This Machine kill fascist - Woody Guthrie
Llueve como si nunca hubiera llovido, cae el agua con fuerza, con rabia, casi con orgullo. Un tipo que escribe abre la ventana y ve como la calle se vacía. Desea que siga lloviendo con más fuerza, que el agua limpie una ciudad tan sucia, con un olor cada vez más patente, un olor a viejo, a cerrado, a podredumbre. Piensa en cada uno de ellos, en como el domingo sonreirán mientras que suena esa ridícula sintonía, en el agitar de banderas, alguna con pollo incluido. También piensa en como la realidad nos acaba alcanzando, en como el triunfo de unos supone la inacción de otros muchos. Y se siente culpable. Quizá es hora de volver a posicionarse, de enterrar bien hondo el cinismo y la desesperanza, las largas noches que no llevan a ningún sitio. Quizá es hora de luchar, mañana puede ser demasiado tarde.


martes, 8 de noviembre de 2011

Vivir y morir en Lavapiés de José Ángel Barrueco

Vivir y morir en Lavapiés
José Ángel Barrueco
Ediciones Escalera
Madrid, Octubre 2011
16€
9788493836351

"Plaza de Lavapiés y aledaños. Los marroquíes discuten, se empujan, se encaran. Algunos son muy jóvenes. El jaleo atrae a los curiosos y se acercan a ver el espectáculo. Alcohólicos, tíos de paso, turistas con miedo, vagos, paseantes, mirones, tenderos, grupos de guitarra y litrona, mujeres que bebían de una lata, adolescentes, pandilleros. Los árabes se espolean otra vez. El careo se centra en dos de ellos. Uno debe dinero. Las chicas se meten en medio. Las chicas son amigas suyas. O novias, nadie lo sabe con certeza. Son españolas. Son hermosas."

Deconstrucción.

Nuestra percepción de la vida es siempre incompleta. Lo es por nuestra posición, por nuestro espacio y nuestro tiempo, lo es por nuestros prejuicios. Completamos lo que vemos, construimos una narración personal con fragmentos que unimos con nuestra memoria y nuestra imaginación. Este libro es una historia única y son muchas a la vez, es un Manhattan Transfer contemporáneo y madrileño. Es una narración en un solo día, con su mañana, tarde y noche, con hilos que siguen de principio a fin, con luces que se encienden y apagan, con gente que huye y gente que espera, con todo un barrio moviéndose a la vez.

Realismo

Las peores películas son en las que el espectador intuye la cámara, los focos y el equipo tras la escena, en el que descubrimos la falsedad de la actuación. En los libros pasa lo mismo. Toda ficción en el fondo es un engaño, pero un engaño en el que entramos gustosamente, un truco de magia que sabemos que no es verdad pero que nos gusta, permitimos que exista en nuestra mente, entramos en el juego que se nos propone. Barrueco consigue que olvidemos que leemos un libro, nos hace disfrutar olvidando que lo que leemos es una ficción. Y eso es una de las cosas más difíciles que hay a la hora de escribir. 

Velocidad

En este libro hay gente que huye, que corre por su vida, que escapa, incluso estando parada. Hay agilidad de propuesta, saltando de lugar en lugar y de personaje en personaje. A veces recuerda a esas tomas magníficas a cámara rápida en el que vemos una ciudad en el transcurso de un amanecer a una puesta de sol, en el que contemplamos el dinamismo y ese extraño mecanismo que hace que todo fluya. Y le viene muy bien, por el contexto, por los argumentos y por el propio estilo. Hacía tiempo que no agarraba un libro y terminaba sus doscientas páginas de una sola lectura.

Referentes 

Siempre he distinguido dos tipos de personas. Los que se toman los libros, la música y las películas como un mero entretenimiento y los que los utilizan como ladrillos que ayudan a construir una vida y a definirse. Y este libro está lleno de referentes, no de los que se sueltan para aparentar conocimiento o por darse el gusto, sino de los que ayudan a entender que tipo de personas nos están hablando. Incluso uno de los (mejores) personajes, un mafioso a la española, casi obsesionado por el cine negro, un Tony Soprano de Larios-Cola, lleva a su trabajo los referentes de la gran pantalla.

Dialéctica

Lucha irreconciliable de contrarios, permanente contradicción que hace avanzar todo. Vida y muerte, como el título del libro, una máquina llamada existencia de la que desconocemos su funcionamiento, pero que sabemos que tipo de combustible consume, nuestros sueños y pesadillas. 

Un libro escrito aquí y ahora por uno de los nuestros, de esa gente de la que desconocemos casi todo, pero de la que intuimos, al leer esta historia, que escribe de una forma sincera, de la que arrebata las tripas, la única forma decente de escribir.

 

lunes, 31 de octubre de 2011

A la deriva de Joris-Karl Huysmans

A la deriva
Joris-Karl Huysmans
Editorial Machado Libros
Traducción Juan Díaz de Atauri
Madrid, 2010
8€
9788477748359

"Al Sr. Folantin no se le disipó la tristeza, ni al día siguiente, ni al otro; se dejaba ir a la deriva, incapaz de reaccionar contra aquella melancolía que lo agobiaba. Iba al trabajo mecánicamente, bajo un cielo lluvioso; salía; comía y se acostaba a las nueve para empezar al día siguiente una vida parecida; poco a poco, se iba deslizando en un completo aturdimiento."

La vida moderna, 1882, París. 

Los planes fracasados. Un proyecto acabado en el que se contemplaba la formación, el ascenso social, el matrimonio, la descendencia, un futuro asegurado, un final tranquilo. Un proyecto que nace muerto, que se tuerce, que embarranca en algún punto. En esta historia no hay una gran tragedia, no hay un gran desengaño, no hay jugadas del destino. Un día nos descubrimos demasiado mayores para casarnos, demasiado cansados para entrar en el juego social, demasiado pesimistas para confiar en el cambio. Sólo nos ha ocurrido la vida, demasiados atardeceres, quizá falta de decisión o ambición en aquel momento, una corriente irresistible de plácida inercia.

El presente hostil. El Sr. Folantin no es feliz ni todo lo contrario. Busca un hueco que no encuentra, por ejemplo entre los bibliófilos de la rivera del Sena. Podría ser como ellos pero no es. El Sr. Folantin busca amigos y un nuevo bistró donde comer, una nueva zona de la ciudad donde quemar su hastío, pero no encuentra. La gente le parece desagradable, los otros establecimientos llenos de inconvenientes y los nuevos barrios construidos con una impersonalidad de avenidas infinitas (donde las barricadas ya no son posibles). Y da razones plausibles para todo ello. Al Sr. Folantin le desagrada que el servicio de lavandería le devuelva las camisas desteñidas y los pañuelos deshilachados, su estómago no le admite más cenas frías en su casa vacía. Pero encuentra cómoda la ausencia de mujer, una aventura con demasiadas aristas y posibilidades. Al Sr. Folantin le gusta dormir solo, y buscar los lugares fríos de la cama en los días calurosos.

La deriva hacia el futuro. Mejor dejarse llevar. Ante la zafiedad del presente, la inutilidad del cambio, la oscura posibilidad del futuro, todo giro resulta inútil, todo esfuerzo en la novedad una vana ilusión de mejora. Al fin y al cabo, las únicas mujeres que se muestran amables, sólo buscan un par de guantes nuevos.

Y empieza la literatura moderna...

viernes, 28 de octubre de 2011

Diez estigmas del cine independiente.


 
Utilizamos una semidesconocida película, The station agent, para repasar en diez puntos todas las marcas, casi estigmas, que posee el cine independiente, en especial el norteamericano. No dudamos de la buena intención de estas historias frente al cine comercial, pero debido a lo sobrevalorado de las mismas, hemos considerado, yo y mi odio, hacer justicia poética desde ya mismo. Empecemos la autopsia:

1.- Personajes. Los protagonistas de esta cinta son un enano silencioso y taciturno al que le gustan los trenes, una mujer de mediana edad depresiva que pinta cuadros abstractos y un cubano que vende café en el lugar menos poblado de América. Para completar el plantel tenemos a una niña extrovertida con sobrepeso (negra y pobre), un redneck con mullet en el papel de malo y una bibliotecaria lolita que acaba embarazada. Esto se llama rareza pretendida. No construimos una historia y por necesidades de la misma aparecen tipos poco usuales. Buscamos primero gente extrañamente tópica y les colocamos como a figuritas en una maqueta. Ojo,  los engranajes empiezan a chirriar.

2.- Relaciones. Ahora que tenemos montado el circo nos haría falta que los muñecos se movieran un poco para entretener al personal. Cuando los guionistas son hábiles, los personajes se conocen e interactuan de una forma sutil. Como en toda historia inventada nada es casual, pero nosotros, el público, no nos damos cuenta. En The Station Agent y otras muchas del estilo, más que encuentros tenemos encontronazos, situaciones de unión tan forzadas que resultan inverosímiles.

3.- Emociones. Estas películas siempre han presumido de ser un "crisol de sentimientos", que diría algún redactor pretencioso de una revista de moda. Si nos emocionamos viendo una película es porque sentimos empatía, es decir, nos ponemos en el lugar del otro, comprendemos lo que siente y por tanto revivimos en nuestro pathos lo visto. Aquí no hay empatía posible. Casi todos los personajes suelen caracterizarse por una anemia energética notable, pasean sus rostros lánguidos por la pantalla y miran al horizonte esperando algo que no llega nunca. Todos tenemos momentos de astenia, estos personajes la llevan en su código genético. No hay cambios, sólo una melancolía permanente.

4.- Ausencia de conflictos de clase. Vale, ya sé que en La Guerra de las Galaxias tampoco hay lugar para el sindicalismo. La diferencia es que estos directores presumen de Cinema Verité. Pretenden reflejar la realidad, intentan huir del escapismo de Hollywood y que universitarios interesados en el cine asientan con la cabeza a sus creaciones. Pero eso sí, no nos explican como vive un inmigrante cubano vendiendo dos cafés al día, sin derecho a contrato o asistencia sanitaria y con un padre gravemente enfermo. Y no lo explican por un sencillo motivo, la mayoría de gente involucrada en este tipo de independencia suele tener sus bolsillos bien cubiertos, desconocen del todo, en primera persona, que significan expresiones como trabajo precario, despido o facturas. El ser social determina la conciencia, decían por ahí.

5.- Sexo. O no aparece por ninguna parte o si lo hace es de una forma patológica y pueril. En este punto no prefiero entrar, pero a mi me parece claro y cristalino como el agua en una mañana de verano.

6.- Estética. De manual, pero demasiado. Al igual que los escritores utilizan los tiempos y las personas verbales para contar diferentes tipos de historias, en el cine no se debería cambiar de plano cada tres segundos si el tema es la quietud y la introspección. Eso es una cosa, otra no desmontar la cámara del trípode que les dejaron en la escuela de cine en noventa minutos. Esto no es teatro filmado, y o no se enteraron en el tema uno, o el día que pusieron Potemkin en clase faltaron para ir a ver a Jay Jay Johanson.

7.- Vergüenza ajena. Nunca se debería filmar una escena de gritos, furia descontrolada, llantos o cualquier otro momento desmedido, a no ser que esté muy justificada y se cuente con actores de primera. Si no el resultado que se obtendrá es el que da nombre a este punto.

8.- Música. Si quieren meter la musica que hace su novia con el casiotone y eso justifica que a lo mejor les dejen que la den algo más que un beso, vale. Si no es por este motivo se debería recurrir a un profesional que componga una banda sonora que enfatice y arrope la película. No se trata de sacar irremediablemente a los grupos preferidos, o sí, pero es que a nosotros nos gusta el soul...

9.- Argumento. Es decir, no vale parar el DVD en cualquier momento y obtener el mismo resultado que si llegaramos hasta el final. No hace falta ceñirse a la novela decimonónica, pero no estaría mal algo de estructura, algún punto de giro y alguna pista que haga pensar al espectador que merece la pena acabar de ver la película por más que hacer tiempo. De verdad, en el fondo esto se trata de contar historias. Incluso aunque carezcan de interés real se pueden, se deben, contar bien.

10.- Diversión. El cine de entretenimiento no es malo. Incluso normalmente es mejor que este. Mira Indiana Jones y el Arca Perdida y aprende como contar algo, de forma interesante y que te lo haga pasar bien durante hora y media. ¿Qué tu eres un tipo serio y sustancial?. Te diría que vieras La Soledad del Corredor de Fondo, pero no, no te lo mereces, esa es nuestra.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Todos los caballos del rey de Michele Bernstein

Todos los caballos del rey
Michele Bernstein
Editorial Anagrama
Traducción Mª Teresa Gallego
Barcelona, 2006
12€
9788433970954

"Estuve de acuerdo con él en que era más fácil hallar en el cuadro de Carole los amables tópicos de la moda que las osadas torpezas del genio. Pero salí en defensa del ausente: las novelas y los cuadros se componen con las recetas oportunas. Y no deja de tener su mérito eso de utilizar con decencia las trivialidades de la propia época"

Diversión: palabra y acto real, inherente al ser humano, absorbido, depauperado y devuelto en cómodos packs precintados, sólo dos minutos en el microondas. Consumir sólo en pequeñas dosis, y siguiendo cuidadosamente las instrucciones de uso.

Tómese diversión como sinónimo de autenticidad, experimentación propia, esto es, realizada por el propio sujeto, no observada, y creada, a drede, para vivir la propia vida.

Si quieren saber de que va lo de ahí arriba lean La sociedad del espectáculo, o Tratado del saber vivir, y si perciben algo, pero no se acaban de enterar, busquen otros libros, páginas o personas (esto último difícil pero altamente recomendable), que les aclaren, o al menos les sitúen, en la senda de la autenticidad vs. espectacularidad.

Pero Todos los caballos del Rey, escrita por Michele Bernstein, mujer de Debord y miembro de la I.S., no va de explicar teóricamente nada. Va de retratar La Vida. Y como protagonistas quiénes mejor que ellos mismos, y la deriva por París, y los aprendices de profesionales del intelecto, siendo utilizados como herramientas de placer en las playas de la costa azul. "Gilles y yo no somos guapos. Pero tenemos aspecto de inteligentes y gustamos", sin concesiones, artificios o subterfugios, a lo Alí, danzando suavemente, golpeando brutalmente.

Se supone, y así fue, que esta novela fue escrita para recaudar fondos para la I.S. y de esta forma liberarse del trabajo asalariado. Yo creo que hubo algo más, con los situs siempre había algo más. Esto es el panfleto definitivo, el pasquín sin defectos, la llamada de atención por megáfono pero en código. Quien después de leerla no quisiera conocerles, vivir (como ellos), es porque era un cadáver o un imbécil, o ambas cosas a la vez. 

martes, 25 de octubre de 2011

Cinco razones para amar a The Knack


#1.- Por ser una estupenda introducción al Free Cinema, en su vertiente más pop pero no menos crítica con el stablishment de la sociedad británica. Dirigida por Richard Lester en 1965, El knack y como conseguirlo, cuenta la historia de una chica de provincias recién llegada a Londres y de un joven maestro de escuela con escaso éxito con las féminas. Al final acaban juntos, pero para saber cómo y por qué tenéis que ver la película.

#2.- Por tener un ritmo y una narración visual sorprendentes hasta hoy mismo. Esta película es un experimento comprensible, se apuesta por nuevas formas de ver el mundo, pero al final el espectador comprende lo que se le ha querido contar a través de las imágenes. Tiene escenas como la de las puertas que por si solas justifican el romper con todo lo anterior. Es posible que el resultado final conjunto se encuentre por debajo de otros clásicos de la época, pero quien no arriesga no avanza. ¡Ah! por cierto, para los que denigran este tipo de cintas, gano la Palma de Oro en Cannes.

#3.- Por su banda sonora. Jazz Moderno compuesto por John Barry, una música perfectamente adaptada al momento, 1965, puente entre el Londres Mod y la época del colorista Swinging.

#4.- Por Rita Tushingham, la actriz que ven en el cartel promocional francés de ahí arriba, extrañamente guapa, perdida, como si se hubiera caído de una nube en medio del caos. Qué de chicas corrientes y arrebatadoras dio el free cinema.


#5.- Por el personaje de Tolen (Ray Brooks), perfecto mocker motorizado, zapatos winklepickers, traje negro ajustado y mucho mojo. Lo bueno del asunto es comprender que significa este nuevo elemento, no es importante por su profesión, su status o su clase, es lo que es por él mismo, por la construcción de una identidad al margen de lo establecido. Puede que sea poco, puede que no acabe muy bien, pero es mejor que hundirse en la miseria cotidiana. Además se liga, entre otras muchas, a Jane Birkin.

lunes, 24 de octubre de 2011

De amor y hambre de Julian Maclaren-Ross

De amor y hambre
Julian Maclaren-Ross
Editorial Lumen
Traducción Ernesto Montequin
Barcelona, 2007
9788426415929
17€ (Descatalogado)

"En cierto modo lo que había dicho Gibbs era cierto. Había muchos jóvenes como yo en el mundo. Los veías recibiendo cursos para vender aspiradoras, vendiendo coches usados en Great Portland Street o medias de seda casa por casa. Joven educado en colegio privado, con carnet de conducir, dispuesto a viajar a cualquier parte, a hacer cualquier cosa. Viviendo de esperanzas. Ya saldrá algo. Ya vendrán tiempos mejores. Y no salía nada, salvo la guerra. Tal vez Sukie tenía razón y el sistema no funcionaba. Tal vez sí necesitábamos una revolución. En cualquier caso, necesitábamos algo."

Richard Francis Fanshawe, el protagonista de este libro, es uno de eso tipos de andar inconfundible que por aquí nos gustan tanto, y esta historia, De amor y hambre, una narración con un título descriptivamente acertado y preciso. ¿De qué va?. 

En 1939 un joven inglés que ha pasado cinco años en la India recala en una población del sur de Inglaterra con la intención de ser escritor. Malvive vendiendo aspiradoras a domicilio, sorteando las deudas y contando los cigarros, la crisis está a punto de transformarse en guerra y parece que el mundo está tensamente detenido. Un compañero de trabajo decide embarcarse como marino mercante y le encarga cuidar a su mujer. De forma inesperadamente necesaria ambos comienzan a sentirse atraídos.

De amor y hambre es una gran historia construida desde lo pequeño y cotidiano, desde la contradicción, desde la realidad. He leído algunos libros en los que los protagonistas sufren, ríen, viven todo tipo de aventuras, siempre situados en un entorno pretendidamente realista. En ninguno de ellos términos como dinero o trabajo parecen tener ninguna importancia.

Contamos con un protagonista que está totalmente fuera de lugar, que viene de un país alejado, bulliciosamente extremo, con comidas demasiado picantes. Que exactamente no es de donde se supone que debe ser, que ha visto mundo, que ha cambiado y ese cambio le permite ver su entorno de una forma diferente, tal como es. 

Una ciudad del sur de Inglaterra en temporada permanentemente baja, de pubs vacíos, paseos marítimos lluviosos y señoras que miran desde detrás de las cortinas. De caseras que se entromenten amablemente y viejos rentistas que dan lecciones de esfuerzo. De ir cambiando el montoncito de peniques de un acreedor a otro, sin saldar nunca las deudas pero manteniéndolas vivas a todas. De trabajos absurdos, literalmente absurdos, que ocupan el tiempo más que permiten vivir.

El trabajo, ese mal necesario que dice tanto de la sociedad a la que mantiene unida. Compañeros crédulos con lo que les contaron en el curso de formación, pendientes de dar el gran salto que no llega nunca. Reuniones festivas sonrojantes, atención, asistimos al nacimiento del espíritu corporativo. Y también tíos extraños con los que das casualmente, que visten todo el año con un abrigo abrochado hasta el último botón por no tener dinero para ropa, pero que posiblemente, tengan la visión más acertada de la gran mentira llamada carrera profesional.

Un mundo muy parecido a este, pero aún no devorado por el espectáculo. En el que el concepto ocio planificado no existe, ni la televisión, en el que la publicidad es tan tosca que resulta inane. Un momento en el que los libros aún significaban mucho, y en el que Fanshawe, nuestro amigo, habla de lo absurdas que le resultan las historias que lee.

Pero en el que existen las mujeres, como ahora, en el que la explosión del amor surge inesperada e impertinente. En el que nos preocupa lo que la otra persona sienta, por saberla cambiante y compleja, indecisa, contradictoria, por saberla humana, como nosotros. Pero a pesar de todo seguir adelante, aunque veamos los carteles de precaución, las luces de alarma, aunque casi sepamos que el fracaso es seguro.

Seguir adelante a pesar de todo, tachando cosas de la lista, llevando la cabeza alta, sin creernos nada, solo poseedores de nuestra educada arrogancia de caballeros desposeidos. De los que aún gustan de enamorarse, aunque sea de la chica equivocada.

viernes, 21 de octubre de 2011

Ser Mod en los tiempos del cólera


Dejo los veinticinco pavos en la encimera de la cocina, es lo mejor, o al menos lo más productivo que he hecho en toda la semana. 

Willie Tee - Walking up a one way street

Voy por la calle con la maleta llena de singles, pesa, me encuentro con él, tiene un sitio fijo donde pinchar, giro la esquina, una pandilla de niñatos espera al kebab, no hablan ni mi idioma, pero exigen, por su tono de voz.
- ¿Celveza? - me dice el chino
-No - banda sonora de mis retiradas, no tengo ni para eso, hoy no quiero (ni puedo) cambiar.

Bobby Hebb - Love, love love

Llegamos al bar, tienen la puerta chapada. La chica llama (no hay nada mejor en estas situaciones que delegar responsabilidades). Parece que se oye música dentro, parece que se ve algo a través del cristal. Es como la vida, parece, pero luego no es.

Major Lance - Monkey Time

- Pon el último que quedan cinco minutos - me dice la camarera, finjiendo una profesionalidad que no le apetece. Pienso en el No Thanks de Georgie Fame y mi compi me enseña el segundo de Ocean Colour Scene - Para ti - le cedo - la última la pones tú - le digo seguro.Y es que ese grupo significa el final de mi adolescencia, el ver en un single unas bowling shoes, un bote de talco y una bolsa sintética donde llevarlo todo. Ese grupo significa ser lo que quería ser sin serlo.

Eyes of Blue -Supermarket full of Cans

Veo que se han pasado detrás del concierto, no está mal, vamos a ser más que yo y mi sombra. Este barrio tiene fama, pero en una noche de jueves, en un bar que no está de moda, se nota tanto la crisis como en el mercado de valores de Singapur. Unos se van pronto, otros no les queda más para el finde, ella tiene que trabajar mañana.

Aaron Neville - Why Worry

- ¿Y a cúanto vamos? - le digo a mi colega entumecido por el frío reciente.
- ¿A media hora?
- ¿A veinticinco minutos?
- Ni "pa ti" "ni pa mi" - contesta un tío majete que siempre anda por el bar pero que ni sé como se llama.

Major Lance - Monkey Time

Salgo de casa con la camisa recien planchada, la única nueva de este año, me la regalaron mis amigos.
- ¿Qué tal mi vida? - La digo mientras la abrazo, mientras que cierro la puerta y miro su cara de ciervo asustado.
- Bien - Me dice sin demasiada convicción - Al final se nos complico la presentación, el cliente quería más - doce horas fuera de casa.
 ¿Más de qué? Me pregunto mientras la abrazo, sintiéndome un inútil, una semana más en el paro, una semana más pintando la mona. Ven, deja que te abrace, eres lo único bueno que tengo y temo que te canses de mi.

Y llego a casa, y dejo los veinticinco euros sobre la encimera, testigo mudo de mi único triunfo en un mundo absurdo donde estoy tan fuera del mercado laboral que no entiendo ni los nombres de los trabajos.
Me los he ganado, con su ayuda.

The Bluestars - Social End Product

"I’ve been labeled as an angry young man
Because I don’t fit into the master plan
..."

Mañana volveré a escribir lo de echarme en un rincón y esperar mi extinción tranquilamente. Me quedan dos meses de paro y al parecer mis conocimientos del siglo XIX son escasamente apreciados en el XXI.

No pasa nada. Siempre podré poner discos por última vez.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Gog de Giovanni Papini

Gog
Giovanni Papini
Rey Lear Editores
Traducción Paloma Alonso Alberti
Madrid, 2010
9788492403516
22,95€ 

"Un ingeniero de Pittsburg, que representa aquí a una fábrica americana, me llevó la otra noche a una tertulia de noctámbulos, una mezcla de taberna, café, teatro y garito. Se bebe, se fuma y uno se aburre como en todas partes. De vez en cuando, sale de detrás de un telón grana y oro un esqueleto femenino pintarrajeado y mal vestido que regurgita una canción más triste que su cara deshonrada. O bien un aborto crecido de sexo masculino, con pantalones amarillos, barriga violácea y joroba escarlata -un engendro entre payaso en paro, tísico dipsómano y revolucionario- grita algunas injurias en versos libres, acogido por los aplausos distraídos de los indígenas. En conjunto, una melancolía siniestra."

El dato esencial para comprender este libro es cuándo está escrito. El periodo de entreguerras es ese espacio fascinante en el que el mundo dirimía sus contradicciones entre vanguardias y tradición, burguesía y proletariado, fascismo y comunismo. Un momento histórico de tensiones desatadas, pasiones límite y afiliaciones inquebrantables. Un lugar en el que Papini cuenta una historia de historias, un viaje por continentes, metrópolis y lugares olvidados, un análisis lúcido desde la aberración.

La premisa es simple. El autor conoce en un sanatorio mental a un tipo excéntrico que le entrega unos manuscritos sin orden aparente. El paciente resulta ser Gog, un millonario norteamericano que una vez cansado de amasar dinero abandona los negocios para dedicarse a ser libre. Una libertad especialmente trazada que consiste en utilizar su dinero para conocer el mundo en su más amplia expresión. Papini utiliza esta voz, la de Gog, para que le acompañemos a descubrir en qué consistía la realidad en los años veinte y treinta.  

Gog es interesante porque es contradictorio. Es rico pero detesta la riqueza, es un ignorante reconocido pero se interesa por toda manifestación cultural y artística. Carece de afectación y refinamiento aunque tiene el suficiente oído para ponerlo al servicio de músicos y poetas, ortodoxo pero con la astucia de escuchar lo novedoso. Detesta la civilización y ama la técnica. Gog es un tirano en potencia, pero un conocedor de la humanidad desde el extrañamiento.

Este curioso millonario permite que estemos al lado de figuras como Gandhi, Ford o Gómez de la Serna. Las semblanzas que leemos en las entrevistas que mantiene, generosamente pagadas, como todo, distan mucho de ser positivas, se alejan de los tópicos bienintencionados que hemos visto en documentales, enciclopedías y hagiografías. Nos situan ante individuos menos geniales y extraordinarios de lo que suponemos, y aún siendo ficción, como lectores, sospechamos que no están tan lejos de la realidad.
 
Los proyectos en los que se embarca Gog son extraordinariamente divertidos, aunque no menos esclarecedores de la condición humana. Colecciona gigantes, esto es, personas de más de dos metros, y se los lleva a vivir a una pradera en Luisiana con impredecibles consecuencias. Monta una fábrica de poesía con la intención de tecnificar la creatividad o localiza a los mejores expertos en ocultismo para que le demuestren la existencia del más allá. Otras veces es la realidad la que viene a Gog, contactando con él, en busca de su dinero, desde un escultor de humo hasta un verdugo nostálgico que echa de menos su profesión. 

Lo interesante, además de personajes, figuras y proyectos, es la extraña e inquietante vigencia de casi todo lo oscuro que desfila por las páginas. El millonario nos cuenta como en una ocasión compró una república sumida en el desorden y los problemas, como todo en ese país funcionaba con aparente y democrática normalidad, aunque ya no perteneciese a sus ciudadanos, sino a él. 

Gog, de Papini, es un libro tan divertido como esencial, un libro para los que disfrutan de lo extraño, de la filosofía contada en historias, de los análisis de espíritu construídos como cuentos. Además aparece El Conde de Saint-Germain, y eso, escuchar a un aventurero libertino casi inmortal, es un aliciente ya en sí mismo.

martes, 27 de septiembre de 2011

El árbol de la vida, de Terrence Malick


El árbol de la vida es una película que sitúa al cine en su verdadero lenguaje, el de las imágenes, que resulta poética y arquitectónica, que posee la geometría de la sinestesia y la evocación, y lo hace no como un juego estético, sino para trazar un mapa de la geografía humana, de sus dudas y su caótica e inesperada relación con el todo.

La pérdida y el universo

Un fulgor ocupa el vacío, una llama de extraña naturaleza sobre un fondo negro.

La metafísica suele ser un juego de salón, una vieja resonancia de los tiempos en los que la religión y la filosofía intentaban dar respuesta a los problemas que iban más allá de la realidad cercana. Lo cual no significa que los problemas, desaparecidas las guías y los juegos, dejen de existir.

Una de las pruebas fundamentales que atraviesan las personas es la muerte del ser querido. Causa dolor pero también estupefacción. Una pregunta ante lo inesperado, ante una explosión que irrumpe en una línea y cambia su trayectoria para siempre. Una sensación de desamparo, de cuestionamiento de las razones últimas, sean, dependiendo del prisma del individuo, razones divinas o naturales. 

Una pérdida del rumbo, de los valores, de lo que una vez quisimos ser. Pérdida de la felicidad, en una vida adulta, mediana edad, triunfo profesional. Rascacielos de una asepsia tan calculada que en ellos no caben los sentimientos más puros, los más humanos. Arrugas en la cara como surcos profundos que recuerdan las contradicciones acumuladas, ascensores que nos conducen más cerca del cielo pero que no nos hacen sentir mejor.

Y el comienzo de todo. De lo más específico, lo más pequeño, una tragedia personal que nos pone en contacto con el universo, ese momento en el que el individuo permanece de pie ante el tiempo y el espacio. Un espacio lleno de posibilidades, de asombrosa belleza, que lo es porque nosotros la contemplamos. Un caos que da como resultado la vida, una posibilidad entre millones, una característica frágil, hasta las formas más grandes pueden agonizar en las playas, hasta las formas más feroces pueden demostrar indulgencia.

La infancia, la familia y el fin de la inocencia

La niñez es un recuerdo de imágenes, de sensaciones, de momentos ingrávidos o extraordinariamente pesados, es el comienzo de todo, de lo que seremos y querremos ser, es nuestra etapa más extraordinaria y pocas veces nadie lo ha reflejado tan bien en una pantalla de cine.
Desde los inicios, desde los primeros pasos, fragmentos poderosos que nunca nos abandonan, que se hacen más patentes al llegar al final. Una cara de alguien que nos habla, el olor de un objeto, el tacto de la mano de nuestra madre aquel día que jugaba con nosotros. Desde el sol de media mañana hasta el silencio de la casa una noche de verano, todos surgiendo de un mundo a descubrir, de una realidad virgen e inexplorada.

Los padres como sustento de ese mundo por empezar, como columnas a las que agarrarnos y piernas tras las que ocultarnos. Los padres como la expresión de la bondad, la inteligencia, el cariño y la comprensión, pero también como las contradicciones, los problemas de un mundo dinámico que se filtran poco a poco y que con el tiempo pueden empantanarlo todo. La transformación del héroe en villano, cuando nunca se fue, aunque se pretendió, ser ninguna de las dos cosas. No hay momento tan duro, pero tan necesario en la vida de una persona, que comprobar la falibilidad y la imperfección de los padres. 

Igual que el momento de ensuciarnos las manos por primera vez, de notar nuestra propia imperfección, nuestra propia maldad, ante la que sentimos miedo pero a la vez un deseo irrefrenable de darle salida. El como un hermano pequeño que confía en nosotros se ve traicionado o como corremos hasta perder el aliento para ocultar una pequeña falta, que a nuestros ojos, es el delito más deleznable del mundo. Como necesitamos equivocarnos para perdonar y ser perdonados.

Y como al final, un día, observamos como esa etapa se aleja como una casa vista desde un coche, un hogar que sabemos nuestro pero al que nunca volveremos.

El fin, la redención y el principio

Y quizá la metáfora y la alegoría, tras haber utilizado una báscula entre la realidad más patente y nuestras preguntas más elevadas, con la poética de la imagen sirviendo de instrumento, se nota artificial. Pero ya que Terrence Malick nos ha conducido hasta este punto de forma tan magnífica, es justo dejarnos arrastrar un poco más hasta el fin de la historia.

Hasta el fin de la Historia, cuando el Sol engulla el planeta, cuando no queden más que cenizas y la vida sea un recuerdo ausente. Cuando nuestro planeta sea polvo y en el centro solo quede una pequeña y fría estrella blanca, un ordenado caos del universo, bello y tajante, inexorable, matemático.

Y el fin propio o el fin de la vida que no queremos. Una posibilidad de recuperación, de perdonarnos, de basarnos en todo lo bueno y necesario que perdimos y que aún sigue dentro de nosotros.

Un fulgor ocupa el vacío, una llama de extraña naturaleza sobre un fondo negro.

El árbol de la vida es una película que se ha situado a la altura de 2001. Es un ejercicio de análisis y búsqueda de respuestas que utiliza una narración visual y un desarrollo no lineal que Terrence Malick ya nos esbozó en La delgada línea roja, no solo en lo formal, sino también en la posición central del ser humano, con sus grandezas y miserias y su extraordinaria capacidad para mirar, cuestionarse y asombrarse de todo.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Las cabinas


En mis sueños no aparecen teléfonos móviles. Son un objeto desaparecido, una técnica inconcebible, un artefacto ausente. No recuerdo un solo sueño donde los use, donde suenen arrogantes e imprevistos. Tampoco suelo recibir llamadas convencionales cuando duermo.

Soy yo quien las realiza o al menos lo intenta. Siempre surge una necesidad de comunicarme ineludiblemente con alguien, siempre desde un teléfono fijo. Pero es raro que sea en una casa, esta misión me asalta en la calle, donde, en mi mundo onírico, las cabinas aún tienen razón de ser. 

Son llamadas imprescindibles, no recuerdo los motivos. Son llamadas tan necesarias que se me acelera el pulso, notando la mano húmeda al descolgar el auricular pesado, respirando hondo antes de iniciar el proceso. Son llamadas a vida o muerte, casi.

Pero siempre hay un problema. Algunas veces se trata de la simple iluminación, demasiado tenue y anaranjada, que me impide ver las teclas. A veces no llevo dinero suficiente, o la cabina me devuelve las monedas, dejándolas caer con un ruido metálico de desprecio. En el peor de los casos los números están cambiados de orden, correspondiendo un significado diferente a cada significante, o en un engaño dinámico, se mueven en la propia marcación, siendo más rápidos que mis dedos y mi mente.

No me doy por vencido facilmente. Entrecierro los ojos intentando atisbar donde está la tecla, o echo las monedas con especial fuerza, rascándolas contra el metal del teléfono público, como si de una máquina de tabaco renuente se tratara. Incluso pruebo permutaciones, intento memorizar el orden y encontrar una razón para que ese cinco sea un dos. No me doy por vencido porque tengo algo que decir, y ese algo es lo suficientemente importante para hacer el esfuerzo, para notar el estómago contraído y los dedos de los pies haciendo fuerza contra el suelo. 

Cuando entablo comunicación, al otro lado, no contesta la persona que espero. 

Vuelvo a iniciar el proceso. Inagotable. Tengo que hacer esa llamada.

Suelo estar solo, y el crepúsculo o la noche son el decorado donde se desarrollan estos incidentes comunicativos. Ayer, sin embargo, llevaba a alguien de la mano.

Leí, ya despierto, algo sobre las partículas subatómicas. Pequeños elementos cuánticos que no pueden ser vistos por si solos, en todo caso, y siempre que alguien observa, sólo podemos ver una de sus posibilidades. 

Ayer, en mi sueño, mientras sujetaba el auricular con el cuello, mientras la luz de la cabina zumbaba, a punto de fundirse, no estaba solo. Agarraba una mano pequeña, la cubría por completo. Él me miraba con ojos de desconcierto, de miedo, no sabría precisar. Me miraba confiando ciegamente en mí. Yo intentaba, mientras que llamaba en vano, ofrecerle el consuelo y la seguridad que podía. No sé si lo conseguía. Lo que sé es que sentía por ese niño un amor inédito, que nunca había sentido por nadie en este mundo y en esta vida. Un amor tan inédito como los teléfonos móviles en mis sueños.

Mientras que marcaba él me seguía mirando, como, quizás, yo miraba a mi padre cuando era pequeño.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Knockemstiff de Donald Ray Pollock

Knockemstiff
Donald Ray Pollock
Libros del Silencio
Traducción Javier Calvo
Barcelona, 2011
9788493853105
20€

"Me desperté creyendo que había vuelto a mearme en la cama, pero no era más que una mancha pegajosa de cuando Shandy y yo habíamos follado la noche antes. Son las típicas cosas que te pasan cuando bebes como yo: que te cagas en los pantalones en el Wal-Mart y terminas viviendo a expensas de una adicta al crack y sus padres hundidos en la miseria."

El mundo de la literatura es, sobre todas las cosas, autoreferente y hermético. Tiene algunas características buenas, pero desde luego, entre las que no lo son, están estas dos: el hablar constantemente de una forma u otra sobre si mismo e impedir a toda costa que se incorporen a sus filas nuevos escritores sin el supuesto pedigrí adecuado para ello. Por eso, cuando tengan en sus manos Knockemstiff, tendrán un libro en el que leerán pasajes poco usuales, carentes de afectación y escritos por un tipo que pasó 32 años trabajando en una fábrica de papel.

Este libro de relatos nos sitúa en un pueblo de Ohio, ni si quiera un pueblo, una agrupación inconexa de casas, caravanas, negocios destartalados y carreteras que no llevan a ninguna parte. Un sitio en el que lo peor no es la ausencia de futuro, si no el oscuro presente, la vida cotidiana sin fin ni principio. La gente que lo habita, inmantada fatalmente a su territorio, vive de la única manera que conoce: trabajos miserables y entretenimientos desastrosos. Aquí no estamos hablando de decadencia, aquí hablamos de un pozo situado en el país de las oportunidades, que solo se percibe a través de las teles, siempre encendidas, cuando aparece el culo de alguna azafata en pantalla.

Este libro carece, afortunadamente, de moralidad. No se juzga a nadie, no hay lineas explicativas y condescendientes. No se nos trata de explicar el porqué, ni presentarnos a los protagonistas como unos freaks de circo que observamos desde el cómodo sillón de casa. Pasan las cosas que pasan y se suceden los comportamientos que se suceden porque es lo que hay, punto. Y hay coches de cilindrada alta que acabarán hechos chatarra en el desguace, como sus dueños. Violencia de todo tipo, desde la que hace sangrar los puños hasta la que se desprende de las acciones más humillantes. Speed y cerveza, speed y whisky barato, speed y speed. Hay sexo, de ese del que preferiríamos apartar la mirada. Hay ropa pasada de moda, anabolizantes y barritas de pescado.

Pero también hay sentimientos palpables, hay culpa por lo que se ha hecho y por lo que se dejó de hacer, hay amor y cariño, hay desolación, hay ganas de escapar de allí aunque se acabe demasiado cerca en habitaciones con el aire viciado. Hay vergüenza, de esa que se siente al mirarse al espejo. Hay asco y hay pena. Hay sensaciones humanas, de las que se comprenden, de las que cambian en cuatro páginas, esos momentos durísimos en los que se asimila el querer al alguien y a la vez desear que se muera. Todo al límite, curiosamente en un micromundo tan constante.

Y todo lo que hay, todo lo que aparece, da una sensación de realidad vertiginosa. No hay un solo signo de la pretensión del escandalo, de la copia al escritor maldito, del diseño de aberración de laboratorio. Todo lo que aparece es sincero, por eso te hace sentirte allí mismo, con las botas llenas de polvo, en una hondonada, evitando el sonrojo de quien solo pretende epatar inventando barbaridades que ni de lejos ha vivido. Es ese tipo de ficción construida con pedazos de vida, de realidad, ese tipo de ficción que nos hace sentirnos parte de aquello, que se nos agarra al estómago y no nos suelta, incluso semanas después de haberlo leído viendo sólo la portada.

lunes, 1 de agosto de 2011

Euroyeyé 2011. Presentación De derrotas y victorias.


Ese año las mañanas eran muy frías. Salía de casa muy pronto, aún era de noche, recuerdo todo con esa irrealidad cinematográfica que da el paso del tiempo, los años transcurridos, los errores y aciertos cometidos, los árboles del parque más quietos de lo habitual, la luna en el cielo con un círculo de escarcha. Hacía mucho frío y yo andaba hecho un desastre, e iba a la facultad para no quedarme en casa, aislado, en ese mundo de somnolencia química, en ese vacío de estabilidad que me habían recetado. Llegaba a la estación y me sumaba a la riada de gente que bajaba y subía escaleras, que cogía trenes cada cinco minutos, ojeras, malas caras y peinados tristes. Yo me sentaba al lado de la ventanilla cuando podía, al lado de la calefacción, que me daba en la pierna haciendo otra vez que la sintiera. Y miraba mi reflejo.

Leganés, Villaverde, túneles, toses, periódicos gratis, novedad de la época. Pitidos en las puertas, embarazadas de mirada suplicante, Atocha, ya falta menos, el tren más vacío, un paraguas olvidado, Aluche. A ver como está hoy el autobús. Y todo el viaje con los Jam a todo trapo en los cascos, y mirando el parche que llevaba cosido, recién comprado, azul, blanco y rojo, en una parka fea del rastro.

Y ese día, lo recuerdo, con el suelo del autobús recién limpio pero todavía mojado, con el persistente frío de dentro y de fuera, sonó Life from a Window. Sonó en los cascos, de una cinta grabada, de un vinilo que me habían dejado, y sonó con la fuerza de las primeras veces, con esa clarividencia musical, que no habiendo cumplido todavía los veinte, te hace sentirte menos solo, quizá igual de triste, pero menos solo, y aquel día comprendí que yo era todo aquello y que no quería dejar de serlo nunca.

Sientes esas cosas pocas veces, por eso hay que apuntarlas mentalmente cuando ocurren, rasgueando las cuerdas que sabemos van a trazar los recuerdos que compondrán nuestra vida. 

Y pasaron unos años, unos cuantos, de esos en los que miramos por la ventana y vemos pasar las cosas, cambiando lo que vemos y como lo vemos, la propia ventana, hasta incluso tener una (más o menos) nuestra. Y en uno de esos años volví de Gijón, y sentí, de una forma certera, que allí había vuelto a emocionarme con muchas cosas que nunca debí haber dejado atrás.

El viaje en tren, los planes trazados, las maletas ocupando otros sitios (nunca son demasiadas). Llegar notando ese cambio en el aire, humedad de costa, diferencia en la arquitectura, misma estupefacción de los paseantes. Seleccionar lo apropiado, sentirte invencible con esa camisa. Ver los conciertos, probar la sidra, notar como se hace de noche y todo empieza a brillar. Ver a los amigos, saludarles, a unos con la efusividad de la distancia, a los habituales, como si hiciera años que no les has visto. Caminar por el paseo, ese paseo, sintiendo lo corta que va a ser esa noche que acaba de empezar. Bailar en la pista y hacerlo de todas las formas. Mejor acompañado, pero incluso solo, tan solo como a veces la vida te sitúa, sintiéndote por primera vez de acuerdo contigo como hacía mucho que no lo habías hecho. Ver las luces y los discos que se cambian, las chicas guapas, ese tipo elegante que viene de Inglaterra, ese otro que se mueve con precisión aritmética. Ese atusamiento de los chicos en el espejo del baño, ése no se ve en ninguna otra parte. Andar hacia el hotel, con luz, de día, el cielo nublado, esta vez acompañado por quien quieres.

Por eso vuelvo cada año.

La diferencia es que este año hago algo que me llena de orgullo, de especial alegría. Casi como un experimento. Porque hoy me daba cuenta que si hay alguien que va a entender este libro sois vosotros, no me queda más remedio que pensar así, que creérmelo.


Presentación Euroyeyé 2011
Real Mod World, de Daniel Llabrés y 
De Derrotas y Victorias, de Daniel Bernabé
Centro Cultural Antiguo Instituto
C/ Jovellanos, 21
Gijón
Jueves 4 de agosto a las 17 h.

martes, 19 de julio de 2011

Fuck America de Edgar Hilsenrath

Fuck America
Edgar Hilsenrath
Errata Naturae
Madrid, 2010
9788493714567
19,90€


"Aquí estoy yo, Jacob Bronsky, solo en Madison Avenue, poco antes de la medianoche, he abandonado la fiesta antes de tiempo, estoy de mal humor. Sólo aquel otro sueño es inalcanzable para mí: el culo de la secretaria de dirección."

Agradecimiento. Hay veces que todo indica que debemos estar agradecidos por algo, pero ese todo no conoce los detalles, las aristas que hacen de ese algo un elemento mucho menos amable de lo que cabría desear. Jacob Bronsky, trasunto directo del autor, es un judío alemán que ha sobrevivido al holocausto y ha emigrado a Nueva York. ¿Un convencido amante del sueño americano, un defensor de la tierra de las libertades? Extiendan el dedo medio de su mano y digan con él: Jódete América. Veamos sus razones:

1.- Imagínense que son judíos y viven en Alemania a mediados de los años treinta. Si son medianamente inteligentes no verán las orejas al lobo, verán al bicho entero, enseñándoles los dientes y declarando sin rodeos un hambre voraz de violencia y destrucción, y ustedes son los primeros de la lista. Imagínense que escriben al cónsul americano, desesperados, como única posibilidad real de escapar, de obtener un salvoconducto que les libre a usted y su familia de algo muy oscuro. Imagínense que primero les da largas, escudándose en barreras burocráticos, formalismos absurdos y una legalidad de ceguera notable, para luego, tras su insistencia, decirles a las claras que usted, su familia, y la comunidad judía, en realidad, importan una mierda, o peor, que en el fondo el chiquitín malahostia del bigote no está tan equivocado en sus planes.

2.- Años cincuenta, Nueva York. Es usted alguien inteligente, sabe un par de idiomas y se desenvuelve con el inglés de forma más que aceptable, y además, aunque judío, es alemán, con todo lo que eso suponía con respecto a la cultura de la primera mitad del siglo pasado (Hesse, Bretch, Mann...). Es usted Europa, que diablos, la Europa que no pudo ser, pero la parte más brillante de la misma. Además es escritor, teniendo ese punto de acertada mala baba que se requiere para escribir determinadas novelas. Bien, lo sentimos, todo eso, que no es poco, no importa nada  en un país donde los héroes llevan mallas, escupen y golpean pelotitas con palos cilíndricos de madera. Es usted un inmigrante, y su sitio es al final de la cola. Y no se le ocurra moverse de allí. Nos podríamos poner llorones y escribir un libro sobre que injusto es el mundo, pero mejor escribimos uno donde ponemos en su sitio a esa pandilla de gañanes que nos miran por encima del hombro.

3.-  El trabajo. Sobrevive, no te queda otra, pero no te lo creas. El sueño americano es mentira, aquí nadie se hace rico y con una determinada edad y procedencia olvídate de prosperar. Trabaja lo justo para vivir, realizando las ocupaciones más absurdas, para poder escribir el resto del tiempo. Y aprende. Aprende a escaquearte del trabajo, por eventual y fácil que sea este, aprende a colarte en el autobús, a engañar a tu casera y aprende a comer gratis en los restaurantes caros. Somos pobres pero no imbéciles, y nos gusta la buena cocina tanto o más que a un exagerado magnate del automóvil.

4.- Las mujeres, las mujeres y América. Toda una industria para decir al mundo en pantalla grande que en EEUU están las más guapas, las más deseables, las más atractivas mujeres del mundo. De nuevo mentira. No todas son tan guapas, pero lo peor no es eso. Lo peor es todo un género concibiendo las relaciones de pareja como un instrumento de superviviencia, donde la clase social, y el dinero, importan más que cualquier otra cosa. Considere usted el acceso al género opuesto como una inversión en bolsa, como una aventura empresarial. Primero enséñame tus credenciales, si eres de mi nivel o superior podemos empezar a hablar. Podemos empezar a llorar, de nuevo, o convertirnos en unos golfos. Lo de irse de putas mejor descártenlo.

Si leen el libro sabrán porque. Además se encontrarán con páginas de diálogos rápidos como ametralladoras, situaciones absurdas solventadas con bastante clase, y un perdedor, que sabiendo que lo es, conserva la suficiente mezcla de inteligencia y análisis para sobrevivir y jugar al gran juego de América sin creerselo un solo minuto.