viernes, 18 de diciembre de 2015

Por qué voy a votar a Alberto Garzón


Una de mis películas favoritas es La soledad del corredor de fondo, basada en un cuento del escritor británico Alan Sillitoe. A grandes rasgos es la historia de un chaval de clase obrera en la Inglaterra de finales de los cincuenta, un país, un momento, donde todo lo que por siglos había parecido inmutable se empezaba a resquebrajar. Si hay algo que me impresiona en ella, o si las veces que la he visto he podido aprender algo, es que, aún teniéndolo todo en contra merece la pena dar el siguiente paso.

En este texto yo no les voy a pedir el voto para Garzón. Lo primero porque no soy nadie para decirles lo que tienen que hacer. Lo segundo porque tampoco sacralizo el voto. No les voy a engañar: creo que se ha apoderado de casi todos una visión neoliberal de la política donde lo electoral se ha convertido en algo muy parecido a ir al centro comercial de compras, una especie de paseo caprichoso donde esperamos que nos seduzcan, que nos hagan sentir importantes y necesarios. Y lo de votar no iba de esto. Votar es una herramienta y un momento, nada más. Lo que ocurre es que, a veces, es una herramienta y un momento muy importante, sobre todo cuando cerramos una etapa en que nuestra vida cotidiana se ha convertido en un campo de batalla. Si después del domingo piensan que ya está todo hecho es que quizá no han entendido del todo bien qué significa la democracia.

Por otro lado no es que crea que mi opinión respecto a qué hacer el domingo sea especialmente relevante. Lo que sí creo es que explicar cuáles son mis motivos puede ser útil frente a todos esos argumentos que, con la excusa de la campaña, deterioran aún más nuestro pensamiento político.

De hecho, para empezar, el título de este artículo forma también parte de ese deterioro del que les hablo. Yo no voy a votar a Alberto Garzón, voy a votar a una organización política y, más aún, voy a votar por unas ideas. Quiero decir, Alberto Garzón me parece un buen tipo, pero me parece aún mejor lo que defiende y, aún mejor, que lo haga organizadamente junto a otras personas que piensan parecido a él. Esto, lo de votar, o lo de organizarse políticamente, no implica un acuerdo matrimonial ni exige un reflejo puro de quiénes somos (o creemos ser) sino entender la utilidad de lo común, de que tus necesidades, intereses y problemas son compartidos, al igual que sus respuestas, por otra mucha gente, sobre todo en un mundo donde unos pocos acumulan tal capacidad de imponer sus decisiones. Por eso, cuando a veces les veo exagerar los detalles que no les gustan, percibo más una individualidad narcisista que una visión lógica del asunto. A los que no tenemos nada nos sale muy caro jugar a sibaritas de lo político.

Yo aquí no les voy a hablar del programa de IU-UP, les entiendo lo suficientemente capaces para haberlo buscado. Además, insisto, me parece hasta insultante que esto de votar se plantee como, pongamos, la compra de un coche, donde después de seleccionar varios modelos vamos comparando en unas tablitas las características de cada uno. Igual que con algunos fabricantes de coches les debería resultar obvio, después de estos cuatro años, que algunos programas no son más que la treta publicitaria para ocultar lo que algunos partidos son. Para mí es más útil hacer el ejercicio de ver qué ha pasado en esta última legislatura, de comprobar, con los hechos, dónde y con quién ha estado cada uno. Y aquí, Alberto Garzón, el tipo que se atrevió a decirle a Mario Draghi lo que era, esto es, un secuaz de los poderes económicos, tiene todas las de ganar.

Porque estos últimos cuatro años no han sido sólo un festival de sacrificios y recortes donde la clase trabajadora ha pagado todos los platos rotos de la codicia de los de arriba, ha sido, sobre todo, la constatación de que la democracia, tal y como está planteada, es una cuestión secundaria, un trámite procedimental incompatible con los privilegios y necesidades del sistema económico capitalista. Y ahí, Garzón, ha sido implacable, denunciando las tropelías concretas, explicando la situación general y planteando alternativas inmediatas y viables.

Y ese es el principal valor de Alberto Garzón y el proyecto que defiende. En un mundo donde incluso parte de la izquierda lo cede todo a la estrategia, él lo hace a la pedagogía. Vivimos un momento muy extraño donde la táctica se ha mitificado de tal forma que se pretende que, incluso, pueda sustituir a la ideología (convirtiéndose, paradójicamente, en una ideología en sí misma). Donde se plantea una falsa dicotomía entre fondo y forma, haciéndonos creer que es imposible decir lo que piensas y hacerte entender. El problema, y no es la primera vez que ocurre, es que al final acabamos actuando como hablamos, y lo que en principio era tan sólo una táctica, una forma de llegar, acaba dando forma a lo que pensamos, sustituyendo al pensamiento original por una copia demasiado cercana a lo establecido, es decir, a lo que el poder espera de nosotros.

Además, minusvalorar la capacidad de la gente (aún de una forma paternalista) lo único a lo que te llevar es a crear unas barreras artificiales. Si queremos que alguien consiga algo no parece la mejor forma de lograrlo pensar de antemano que no está preparado para ello. La gente de este país ha demostrado de largo estos últimos años que está dispuesta a luchar, llenando calles y plazas cada vez que ha hecho falta. Y tras este bagaje es muy triste escuchar a la gente, hablando de sí mismos en tercera persona, imaginando su propia incapacidad. Hablar claro, incluso decir lo que no gusta, no es un signo de arrogancia, es un acto de respeto.

Esto no es una cuestión de pureza, es una cuestión de generosidad. Otras formas de hacer política garantizan votantes, pero no dejar algo en el proceso de buscarlos, es decir, parecen preocuparse únicamente de un momento inmediato, rompiendo categorías de entender la realidad y explicarla que, por ejemplo, nos hacen falta para caracterizar a Ciudadanos, un partido comprometido con el orden existente, pero percibido, gracias a la mentira de la posibilidad de la no ideología y la gestión neutra, como óptimo para el momento actual. Que Garzón opte por la vía de la confrontación ideológica, es decir, contraponer ideas y no espectáculos, es generosidad porque el resultado no busca votantes en sí mismos, sino ciudadanos conscientes de quiénes son y cuáles son sus intereses propios y comunes.

Cuánto hubiéramos disfrutado, y qué útil hubiera resultado para todos, el que hubiera sido el debate de esta campaña, el de Garzón contra Rivera.

Obviamente voy a votar a Garzón y IU-UP porque soy una persona de izquierdas, pero sobre todo lo voy a hacer porque creo que es necesario que en la política parlamentaria (sé que en la calle estarán siempre) haya alguien no sólo que defienda los intereses de los de abajo, de las trabajadoras, de los que por desgracia en nuestra vida sólo encontramos un camino de incertidumbres, sino una forma diferente de entender y enfrentarse a la realidad. Una forma que defienda no sólo unos principios, sino la corresponsabilidad de cada uno en su consecución. Yo, qué quieren que les diga, soy de los que creo que no necesitamos salvadores ni mesías, sino el coraje, la fuerza y la inteligencia para ser nosotros mismos quienes alteremos este injusto orden de cosas, yo soy de los que me siento respetado cuando alguien me trata así.

No se trata de quedarse solos, es que solos ya estamos. Solos nos quieren, solos frente a la implacable virulencia del egoísmo. De lo que se trata es que esa soledad pase a ser una comunidad lúcida, para empezar, con su propia existencia.

Empecé hablando de La soledad del corredor de fondo, de la necesidad, de que aunque todo se alie en tu contra, dar el siguiente paso adelante. Hay algo más, algo que no les desvelaré y que sucede al final de la historia, algo imprevisto y jodidamente glorioso. Algo que nos viene a decir que no debemos hacer lo que se espera de nosotros, cuando quien lo espera no es nuestro amigo, no es como nosotros.

Porque cuando todo, todo aquello que está en alianza para que parezca que todo cambia pero para que nada cambie, te indica, te sugiere, te arrastra a no votar a Garzón algo nos debería indicar que hay que seguir el camino contrario.

Justo el momento para mostrar tu independencia, para mirarles de frente y hacerles notar que contigo no van a poder. Justo el instante de plantarte y golpear al hecho consumado. Justo la ocasión para hacer lo que no esperan de nosotros. Justo la oportunidad que llevábamos tanto tiempo esperando de decirles quiénes somos: esa gente orgullosa, a pesar de todas sus derrotas, que esta vez ya sólo piensa en ganar.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Fiesta del PCE 2015. Cultura de Asalto.

la Chinoise, Godard, 1967
Si pensamos en la relación entre cultura y política, por desgracia, lo primero que suele venir a nuestra cabeza es un grupo de artistas convencionales apoyando con alguna canción de dudoso gusto a un partido más convencional aún. Una manifestación de la concepción de la mercantilización, tanto de la cultura como de la política, propia de una época donde sólo cuenta la inmediatez y lo espectacular.

Pero no siempre ha sido así ni siempre tiene que serlo. En el acto “Cultura de Asalto” que se celebrará en la Fiesta del PCE 2015 (Sábado 19 de 12 a 13:30 en la carpa por la unidad popular Jaime Ballesteros) pretendemos adentrarnos en los vínculos entre cultura y acción política desde una óptica marxista.

A modo de adelanto planteamos aquí algunas de las cuestiones, muchas de ellas tratadas de forma superficial y con cierta dejadez, ya que eso llamado la cultura se suele considerar -incluso desde las posiciones políticas más avanzadas- como parte tan sólo del esparcimiento o en el mejor de los casos un complemento “agradable” a las tareas militantes.

La cultura, nunca se nos debería olvidar, es aquello que hace a nuestro mundo comprensible, la que nos explica como personas y la que ha puesto palabras, imágenes o notas a los sentimientos de rebelión a lo largo de la historia. Pero la cultura también es lo que mantiene el orden establecido antes incluso que las porras y los tanques.

Convendría analizar a la figura del trabajador cultural, esa útil idea que define al creador más allá del enfoque individual, aislado y producto de un alma genial y lo lleva a ser partícipe de un momento y un lugar, siempre en relación dialéctica con su entorno socieconómico.

Qué ha sido de las trabajadoras culturales en un mundo donde los derechos de autor han sido hechos añicos por las nuevas formas de distribución de contenidos ¿Era por contra la pasada configuración industrial óptima para su profesionalización y el desarrollo de mensajes críticos?¿La justificación de la cultura como un fin en sí mismo es justificación también de condiciones laborales pésimas?

Por otro lado, en un entorno donde los creadores tienen muy difícil su profesionalización ¿Quién nos acabará narrando, quién cantará de nosotros en los tiempos oscuros?

Y qué es la Cultura de Asalto, cómo intervenir políticamente en una sociedad que rechaza por sistema los mensajes más nítidamente politizados ¿Sirve o debe servir la cultura para eso?¿Es el artista comprometido necesario, o tan sólo una trampa para reducir al gueto los mensajes espinosos para lo existente?¿Son necesarias las tácticas de significantes vacíos con una acción cultural audaz?

Lo que parece, de momento, es que no se crea hegemonía repitiendo la palabra hegemonía.

Trataremos estas y otras muchas cuestiones, para ello contaremos con:


Daniel Bernabé, escritor.
Eva Fernández, escritora.
Toni Esteban, periodista, bibliotecario
Jorge Diezma, pintor y editor de la revista cultural El Burro.

martes, 21 de julio de 2015

Dexedrinas XVIII



Los pasillos desiertos de las naves espaciales son lugares propicios para escuchar nuestra respiración.
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El insomne, de madrugada, busca sus faros en las luces huidizas de los bloques colindantes.
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Las manos del escritor en retroceso son fusiles que siempre yerran el tiro.
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Una ciudad en verano es como una película de bajo presupuesto.
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Sus temores hacían difícil su vida. Pero hacían vida.
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Una cortina a medio echar nunca revela si es una invitación tímida o una prohibición leve.
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Encontraba sosiego en la observación de los astros; sabía que no podían negarse a actuar cada noche.
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Sintió alivio al ver que como fantasma no atormentaba a nadie, pero también una cierta pena al no ser ni brisa en la memoria.
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Los árboles crecen despacio como silenciosa protesta ante su naturaleza inmóvil.
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Las fotos de la infancia nos recuerdan la belleza que había antes del resultado.
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Un telescopio sin lente se muestra siempre distante.
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Las vacaciones no son el reverso del trabajo, tan sólo su amnesia temporal.
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Sus tardes de domingo se acostumbraron a ser ausencia, olivos y memoria.
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Desde que la conoció no encontraba palabras para describirla. Quizá es que el diccionario se pierde siempre entre las sábanas revueltas.
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Un pequeño gato experto en esgrima y celadas no aumentó su confianza en los felinos, pero sí en quien ofrecía protección a aquella criatura indefensa.

viernes, 3 de julio de 2015

Bosque desolación



Bosque desolación no es un principio, es un resultado, una consecuencia, un epílogo.
Los bosques no nacen con los troncos desnudos por el fuego, con la tierra vuelta fango por las explosiones, con el silencio donde antes había trino.
No hubiera sido tan difícil de evitar.

Primero la desatención, la ausencia con el otro a centímetros, el hastío de conversaciones ya sabidas.
Después la hostilidad, las recriminaciones por la nada, el odio por el vacío.
Por último la huída.

En las guerras entre personas no hay declaración de hostilidades, asesinato del archiduque, invasión súbita de fronteras.
En las guerras entre personas sólo hay desplazamiento de tierras, arenas movedizas, volcanes de lodo.
Y víctimas, como en las otras.

Repito, no hubiera sido tan difícil de evitar.

Hubiera bastado trazar unas líneas mínimas de respeto, haber encerrado las faltas entre gruesas paredes de hormigón, situar antes los pagos que las deudas.
Hubiera bastado con no haber jugado a la arrogancia del que lo sabe todo, con conducir sin tanta velocidad en las curvas, con haber apreciado los pequeños momentos.
Hubiera bastado con tener buena memoria. Memoria buena.

Bosque desolación es lo que queda tras las profecías autocumplidas, esas que nos avisaron mil veces del camino al precipicio.
Bosque desolación es la suma de todas aquellas victorias que suponían dolor en el estómago.
Bosque desolación es lo que se ve en tus ojos tristes.

Y lo conozco demasiado bien para volver siquiera un minuto a él.
Cuesta demasiado quitar el barro de las botas, el tizne de la cara, el ruido atronador de la metralla tornando la carne despojo.
Cuesta demasiado y demasiado poco haberlo destruido.

En el bosque desolación ya nunca crecerá nada.

Por eso no merece la pena un minuto de tu vida, de tu tiempo, pretender piedad para los cuerpos semienterrados que hace mucho dejaron de clamar socorro.
Por eso no se cuenta el tiempo desde que cayó el último soldado sino desde que se disparó la primera bala.
Por eso este no es un sitio donde se pueda descansar,
ni siquiera muerto.

Lo peor de las guerras entre personas es que nunca merecen la pena.
No hay vencedores ni vencidos, sino un tumulto estúpido que mezcla lo excelso con lo miserable hasta hacerlo indistinguible.
Lo peor de estas guerras es que cuestionan la propia paz que las precedió.

Decíamos que bosque desolación no era un principio, sino un resultado, una consecuencia, un epílogo.
También decimos que bosque desolación es un aviso, una cicatriz, una marca de fuego indeleble.
Una inteligencia de lo ya mal hecho.
Un sitio de donde conviene partir.

martes, 2 de junio de 2015

Literal. Fira d’idees & llibres radicals.


Este último fin de semana ha tenido lugar en Barcelona Literal, la feria de libros e ideas radicales. A lo largo de tres días se dieron cita en el Ateneu Harmonía decenas de editoriales, autores, activistas y pensadores englobados en algo que podríamos llamar crítica a la imposición de lo existente, con la intención de impulsar y promover la cultura que se enfrenta al poder dominante.

Es de agradecer, y celebrar, la ruptura ya más que clara del camino seguido por la producción cultural únicamente interesada en el beneficio, el escapismo y la reproducción de ideas afines a lo aceptado. Encuentros como Literal demuestran que la antes trinchera resistente de lo crítico ha dado el salto hacia un ámbito fuera de sus fronteras tradicionales.

Tuve la suerte de formar parte de este evento hablando sobre El Buitre, la novela de Gil Scott-Heron editada por Hoja de Lata de la cual escribí el prólogo.

Aquí podéis ver la entrevista que me hizo Catalunya Plural a propósito del libro.

miércoles, 13 de mayo de 2015

El paréntesis de Gutenberg. Un rastreo de una no-noticia.



Una tendencia cobra fuerza en twitter, veo que se trata del nombre Kim Jong-Un, el dictador de Corea del Norte. Leo los titulares de la prensa española que encabezan largos artículos. El del periódico El País dice lo siguiente:

"Seúl asegura que Corea del Norte ha ejecutado a su ministro de defensa"

Tal y como está redactado el titular entendemos, mediante la figura de sustitución del gobierno de un país por el nombre de su capital, que la misma tiene un caracter oficial y firme.

Como ya es habitual el titular no encuentra respaldo en el cuerpo de la noticia, que recoge que la misma procede de una agencia de noticias surcoreana, citando esta a su vez a los servicios de inteligencia de Corea del Sur. El propio redactor reconoce que "en ocasiones aciertan... pero fallaron con el supuesto asesinato de varios miembros de la orquesta Unhasu, en la que trabajó como cantante la actual esposa del líder comunista, Ri Sol-ju, que "resucitaron" un año después."

Parece que la información, hace décadas tratada con esmero, se ha convertido en algo parecido a la quiniela, un juego de azar donde se acierta o se falla. Los medios parecen olvidar que la fuente es, como poco, interesada y parcial. Los servicios de inteligencia de un país que está oficialmente en guerra con otro desde hace medio siglo no deberían ser -a no ser que lo que se quiera es tomar partido de forma descarada- una fuente fiable.

Para mayor gloria de la no-noticia, de la mera especulación, el periódico asegura que el ministro fue ejecutado con un cañón anti-aéreo por el hecho de quedarse dormido en un desfile. La situación, casi de comedia bufa, da pie a miles de chascarrillos y ocurrencias en las redes, ya dispuestas a celebrar con alborozo, como un coro de corral, cualquiera de las astracanadas atribuidas al líder norcoreano.

La no-noticia, una mera especulación interesada, es ya tendencia mundial, sin llegar aún a los informativos de televisión. Es decir, cierta o falsa, será imposible rebatirla por ningún medio. El objetivo está conseguido.

No es pretensión discutir en este texto sobre Corea del Norte. Lo primero porque este país sirve ya de entretenimiento que nos aleja de nuestras miserias cotidianas (estas sí, constatables, pero rara vez tratadas por la prensa y el público con tanta efusividad). Lo segundo porque el debate es imposible al carecer de ningún elemento de juicio fiable (el hermetismo por un lado y el vergonzoso trato caricaturesco por otro lo impiden). Y tercero porque lo que nos interesa es hablar de la información, de cómo una especulación interesada, una no-noticia, pasa en pocas horas de un escueto titular a producir millones de palabras por todo el mundo.

Se impone pues un ejercicio tan sano como sencillo y necesario. Rastrear la noticia sirviéndonos del servicio de noticias de google. Algo que cualquiera puede hacer desde su casa.

Damos con la fuente original de la misma, en la agencia surcoreana Yonhap. Hay tres versiones con sus sucesivas ampliaciones (ampliaciones que por otra parte son una glosa de parrafos que no aportan ningún dato más a la original). La versión en español, la versión en inglés, y el titular que dio comienzo a todo esto.

"(URGENT) S. Korea's spy agency says N. Korea purged its defense chie. 2015/05/13 09:14"

Parece exagerado, insistimos, crear tal ola informativa por algo tan escasamente fiable e informativo. Desconocemos por qué la agencia surcoreana va añadiendo elementos como la ametralladora anti-aérea (lo del cañón debe ser cosa del redactor de El País, le sonaría más efectista) o la somnolencia del fenecido ministro. Recordamos, eso sí, que otras falsas noticias (es decir, vulgares mentiras) sobre ejecuciones de figuras cercanas a Kim Jong-Un siguieron el mismo reguero: el anuncio de su muerte para a continuación pasar a la adición de detalles grotescos al gusto de los "informadores", desde desmembramientos hasta fosos llenos de perros asesinos.

Vamos decididos a dar el último paso. Ir a la propia fuente de la notica, el NIS, los servicios de espionaje del país surcoreano. Suponemos, obviamente, que todos los "periodistas" que han publicado algo en sus medios, han hecho lo mismo. Suponemos que allí habrán tenido acceso a la nota de prensa que tendría que haber dado pie a todo esto. Suponemos, porque, como ya imaginarán, tal nota de prensa o información no existe.

Carecemos de conocimientos en coreano, pero afortunadamente no es difícil utilizar cualquier servicio web que nos hace comprensible al instante esos extraños caracteres. Ni rastro de la noticia.

Es decir, una ola de información mundial por algo, que en el momento de escribir estas líneas, desconocemos si ha llegado a ocurrir, si el señor ministro de la guerra está muerto o tranquilamente en su casa haciendo lo que quiera que haga un ministro de la guerra norcoreano.

Sabemos, eso sí, a ciencia cierta, la bochornosa profesión en que se ha convertido una gran parte del periodismo en grandes medios, en este país y a nivel mundial. Sabemos, a ciencia cierta, la incapacidad del ciudadano medio por discriminar lo cierto de lo que no lo es. Sabemos, a ciencia cierta, que la ingnorancia, antes causada por la lentitud y la falta de información, hoy surge del exceso de ruido y su infinita replicación. Sabemos, a ciencia cierta, que el paréntesis de Gutenberg se ha cerrado a nuestras espaldas.*1


*1(Gracias por la gran frase,

martes, 12 de mayo de 2015

La unidad popular, una defensa descreída.



La Primera Guerra Mundial nunca podrá ser recordada desde la óptica de la épica y el heroísmo. Cuando la sangre, el barro y la metralla se mezclan de tal forma que se hacen indistinguibles no hay retórica capaz de sustentar la mentira de la gloria imperialista, del pedazo de campo extranjero convertido en Inglaterra por el cuerpo del soldado.

Lo cual no quita para que dentro de la terrible hostilidad al humanismo y la razón que supuso aquella confrontación no hubiera en ella hechos, historias e individuos capaces, aún siendo parte del marcador de la muerte, de sacar lo mejor de la vida, de hacernos creer desde el descreimiento en la honradez.

Los gaiteros de las trincheras me parecen el ejemplo palmario de ello. Tipos que daban el salto armados tan solo con su instrumento, que avanzaban entre los gritos, las explosiones y los alambres con la certeza de que lo que hacían, al menos, valía para dar el coraje que librara de la muerte a los soldados.

Eran una verdad que sustentaba una enorme mentira, la de que incluso sirviendo a intereses completamente ajenos a ellos, la tropa, necesitaba de un punto de luz entre tanta oscuridad. Sin los gaiteros -al igual que sin las cartas de las madres o las fotos de las esposas- la guerra hubiera seguido adelante, con la misma barbarie y sin ninguna esperanza. A menudo no elegimos dónde morimos ni por qué lo hacemos, y no por ello caemos al suelo exhaustos de fatalismo.

Cien años después en Europa se ha librado otra guerra. Los obuses han sido sustituidos por trampas financieras, las listas de bajas por cifras de desempleo y Lord Kitchener por un experto televisivo que esta vez, también, nos decía que todo iba a ir bien. Y como de aquella “si alguien pregunta por qué acabamos muertos, dale sólo un motivo: nuestros padres mintieron”.

Esta guerra la estamos perdiendo nosotros, la clase trabajadora. No hay ni dudas ni paños calientes cuando las cifras de damnificados se parecen a los de un gran choque bélico. No hay duda para quien sepa tener la mirada atenta a lo que nos ha ocurrido: los grandes poderes económicos nos han machacado, a nosotros y a la simple idea de democracia, derechos o futuro.

Una de las diferencias entre una guerra y la lucha de clases es que la primera tiene fecha de finalización e inicio, declaración de hostilidades y capitulación. La segunda, por su naturaleza, es parte y consecuencia del propio sistema económico, por lo que a los ganadores habituales de la misma les acompaña la tragedia de Sísifo, nunca pueden ganarla del todo. Obtienen victorias que se plasman en todas las canalladas que acompañan nuestra existencia como unidades de producción a las que alimentar y entretener, y así mismo, cuanto más batallas se apuntan en su cuenta de resultados, más desequilibran el estado de las cosas hacia el odio.

Por desgracia los hechos no siempre se perciben como ocurren, ni siempre el odio surge ni surge certero. Por desgracia carecemos de buenos planes de batalla, generales expertos y trincheras con material suficiente.

En el ciclo imaginario o narrativo que nos ocupa, nuestra batalla pudo empezar en 2008, con la caída de ese casino de la economía etérea llamado Goldman Sachs. Aunque seguramente el punto de partida, la declaración de guerra, sea personal para cada uno de nosotros: sentirnos impotentes para pagar la casa, esperar estoicos con nuestro número en la mano en ese apartadero llamado desempleo, ver llorar a un amigo o vernos llorar nosotros en el espejo del baño, en silencio.

El fin de esta enésima batalla, de este ciclo, antes de que la roca ascienda y vuelva a caer de nuevo, es también imaginario -como lo son las horas o cualquier otra convención que utilizamos a menudo- y podríamos situarlo, esta vez sí, para todos, en las elecciones municipales, autonómicas y generales de este año.

En estas elecciones no se van a elegir alcaldes o presidentes, no se van a dar apoyos a programas políticos o mentiras relucientes. Estas elecciones van a ser un plebiscito que marcará nuestro devenir de forma muy importante: o elegir entre los bandidos que aprobaron el 135 o entre quien puede ser el paño que detenga nuestra hemorragia; entre las fuerzas políticas que mantendrán todo como hasta ahora o las que pueden servir como punto de partida para algo más digno (no doy nombres ya que a mis lectoras les supongo gente instruida y sin alteraciones cognitivas).

Sin embargo, además, estas elecciones tienen otro elemento novedoso y recuperado desde nuestra historia encima del tablero político: las candidaturas de unidad popular.


Yo soy escéptico respecto a ellas, diría mejor que alguna de las formas que han tomado no me gustan nada. Pero necesito defenderlas. Desde el descreimiento.

Como defiendo por otro lado la participación electoral. A veces no encuentro mayor mitificación de las elecciones que quienes predican el abstencionismo. Para muchos votar es poco más que un intento -uno más- de alterar lo establecido, de escribir fuera de los márgenes que se esperan, aunque sean unas pocas palabras. No creo en el sistema electoral tal y como está planteado mucho más que en ver salir el sol por el oeste, y sé, que por sí solo, el poder político transformador tiende a cero si no se acompaña de movilización constante, instrucción ciudadana y amordazamiento de la bestia económica. Lo cual no implica que el dinero de unos presupuestos, determinadas leyes positivas, inmediatas y factibles o la aplicación de algunas ya existentes y olvidadas, sean tareas que requieran de mi voto y a las que mi falta de entusiasmo les importe poco.

Además hay algo más, derrotar al enemigo puede suponer que la batalla tenga un resultado muy diferente al esperado, puede ser la pequeña luz entre tanta sombra, la constatación de que cuando nos movemos juntos podemos obtener resultados. Y eso es algo que olvidamos fácilmente (y que nos hace mucha falta).

Salir a las plazas el 15m no dio resultados aparentes inmediatos, en unos años hemos visto, sin embargo, desarrollarse todo tipo de iniciativas para paliar el desastre, organizadas desde abajo y por los de abajo. Y por parciales no las descartamos. El continuar esta labor en las instituciones puede ser una forma de profundizar en ellas. Puede serlo.

Y creo que la forma mejor que el momento requiere es la unidad popular. No se trata de un deseo o una inclinación personal (y creo que esto es algo que muchos no han entendido) sino de hacer de la necesidad virtud.

No nos hagamos trampas al solitario. Si hubiera una opción política en el campo de lo crítico con lo existente capaz de, por sí misma, alterar de forma sustancial el panorama, las candidaturas no hubieran surgido.

Les seré sinceros (ya que esta es una cualidad que por ese eufemismo llamado táctica escasea en la política), lo que a mí me gustaría sería que el Partido Comunista arrasara por sí solo en las elecciones. Me gustaría prescindir de estrategias que no me son gratas, no tener que aguantar ideas entre lo voluntarioso y lo infantil, ni ver en las listas a personas que no han explicado convenientemente cambios ideológicos demasiado bruscos y demasiado precipitados (en tiempos de escasez debemos, al menos, ser estéticos a la hora del oportunismo). Esto es lo que me gustaría.

Pero, una vez más, la política, nuestra política (el arte de alterar lo establecido) no consiste en gustos ni deseos, sino en realidades. Y la realidad es que el Partido Comunista, por sí solo, no tiene capacidad de ganar unas elecciones (el debate de por qué y cómo solucionarlo no es lo que ahora nos ocupa en estas líneas).

No estamos hablando aquí de hacer una revolución, estamos hablando de ganar ayuntamientos. Y para esa tarea, casi artesanal (y no tanto artística como decíamos antes) lo que necesitamos son buenas herramientas, no embanderamientos hipócritas que lo único que pretenden es salvar a los aparatos que las agitan (bastante patética e impotentemente, por otra parte).

En la unidad popular ha sobrado cálculo y ha faltado generosidad, ha primado el tacticismo sobre las tareas esenciales, ha faltado apertura social antes que resituaciones de última hora.

Pero una vez más tenemos las herramientas que hemos podido construir, las trincheras excavadas a prisa por una urgente necesidad de detener la hemorragia social que nos está (literalmente) matando.

No sé si recuerdan a los gaiteros, esas figuras que nos hacían creer que podíamos tomar la trinchera de enfrente, que nos hacían correr más rápido y calar la bayoneta con más convencimiento. La unidad popular, nuestra unidad popular hoy, no es más que eso: lo que nos puede hacer creer desde el descreimiento en la honradez y la victoria. Y no es poco.

Esta batalla aún no ha acabado. La guerra continuará tras de ella. A veces nos hacen falta verdades simples que nos hagan seguir adelante, que nos sirvan de referencia entre las explosiones, el lodo y la destrucción. Y la verdad, por muy simple y voluntariosa que sea, de que cuando estamos juntos podemos hacer cualquier cosa, es algo en lo que me hace falta creer.