martes, 8 de julio de 2014

El alien herido

Street art de Fin DAC

Ando hacia el trabajo en un Madrid extrañamente templado para el mes de julio. La profunda incertidumbre hace que las calles que me rodean se plieguen sobre sí mismas y yo entre en una suerte de catarsis, en un estado de monólogo interior.

El dolor es una droga que me ciega la vista, las imágenes quedan reducidas a unas manchas impresionistas que desfilan por mi camino mostrando detalles inconclusos, sombras chinescas, reflejos breves. De una extraña manera eso agudiza los otros sentidos. Percibo en el aire el aroma del champú de una turista que salió del hotel hace horas; oigo el chasquido del tallo que se rompe, de la hoja que silba por el aire cayendo al asfalto; se me cuelan conversaciones que salen de bares y ventanas: Casillas, amor, ministro, caña. Una sinestesia basada en la privación del presente, cuando el presente duda en mostrarse siquiera habitable.

Paso por uno de los restaurantes a los que alguna vez fuimos, de esos que siempre estaban llenos o ya cerrados, en los que nunca conseguimos comer. Pienso en las cosas que nunca haremos, en los sitios en que no estaremos, en las sonrisas que no le sacaré. Me acuerdo que, según me dijo, un correo que le envié, en el que con bastante fortuna iba desgranando todas las cosas que me gustaría hacer con ella, fue el que la acabó de enamorar. El momento de la derrota definitiva es aquel en el que al tahúr se le acaban las cartas marcadas, en que la prestidigitación no impresiona, en el que ya sólo tenemos promesas basadas en el recuerdo y no en el futuro.

Aún no he comido, paro una terraza que hace esquina entre Santa Isabel y Santa Inés, pienso que estar entre tanta santa no puede hacerme más que bien. Los santos y su capacidad de entrar en éxtasis, mediante la privación o el martirio, mediante la devoción repetitiva o el enajemiento extremo. Al final los ateos dolientes y las santas tenemos más cosas en común de las que pensamos.

Me rodean unos edificios que creo del S.XVII: piedra y arcos, sobriedad castellana. Me remiten a una época en la que esta ciudad era el centro de un imperio, un pueblecito venido a más desde el que se dirigían los destinos de medio mundo. A sus habitantes les iba un poco peor que al imperio. Al parecer estas calles eran, animadas por el posible oro que transportaba la buchaca de cualquier caballero, una de las más peligrosas del continente. Eso y el carácter sanguíneo que hacía tirar de navaja tripera o florete raudo al primer menda con el que te cruzabas en uno de aquellos callejones de tierra.

En estas se acerca la camarera -una chica morena con cara amable- y le pido algo breve con lo que seguir el día sin caer en el desmayo. Escribo algo desde el móvil. Siento que me abofetean. Que ella se marcha cuando aún yo no he vuelto. Que he recibido un ataque definitivo y los pocos efectivos que me quedaban corren en desbandada disparándose entre ellos rodeados del humo y el caos. Y quizá lo merezco.

La chica morena y amable me trae un tinto de verano con casera y un sandwich de jamón, queso, bacon y un huevo frito que asoma su yema amarilla entre un circulito del pan tostado y grasiento. Es lo único bueno -junto con el café con hielo que vendrá luego- que me pasará en este día demente en el que descubro que me han dejado.

A la mesa de al lado llegan unos oficinistas, un hombre y dos mujeres. Ellas llevan unas gafas de folclórica extragrandes, él una corbata de estampado desafortundado. Constituyen un trío tenebroso. Empiezan una conversación intrascendente, un juego establecido en que se miden. Miden lo alto que creen estar, lo ocurrente de sus frases, lo simpático de sus caras, miden lo que se supone que tienen que ofrecer. Un flirteo tácito con olor a tóner.

La propuesta vital se reduce a la amabilidad diligente de un marido que baja al perro o la basura por las noches con la esperanza de que algo quiebre su vida, para volver, a los diez minutos, con las manos vacías y un rostro cada vez más arrugado que se le muestra bajo la luz del fluorescente en el espejo del ascensor. Es esa sexualidad limitada de clase media con aspiraciones que transita entre la cuñada, la vecina o la compañera de trabajo. Ese orgasmo en el que la mirada se cruza con los ojos candorosos del hijo vestido de primera comunión que la querida tiene fotografiado sobre la cómoda.

Son del ramo de los seguros, una religión que promete la salvación en cómodos plazos mensuales. Los seguros, el yoga, los alimentos bajos en calorías, el running, los airbags, los preparados de fibras, los libros de autoayuda, el suplemento de cuerpo y mente, el mindfulness y las demás toneladas de gilipolleces que les hacen creer que algo está bajo control, que se pueden trazar planes, que se han librado de la contingecia y lo inesperado. Casi les prefería arrodillados rezando el rosario, mirando temerosos a los ojos del nazareno y sus gotas de sangre derramada, rogando con el temor secular del campesino.

Cuentan anécdotas de sus hijos y eso me duele. No son mucho mayores que yo. Ellas, incluso, a pesar de su aspecto acartonado, es posible que no alcancen ni mi edad -esa mitad de una treintena llena de andamios-. Quizá a mí también me hubiera gustado seguir su vida, tener hijos y un adosado en las afueras. Hacer sonreír a mis vecinos. Pero no ha podido ser. Por eso les veo y contemplo su conversación como un cacareo de una vida fallecida que boquea inútilmente.

A lo mejor los oficinistas de la mesa de al lado, su calzado horrible, sus hijos, su teletexto, sus planes vacacionales, su blanqueamiento dental, su pelo cortado por unas manos deprimidas, son toda la realidad que hay, todo lo disponible en el mundo, toda la vida alcanzable por cualquiera de nosotros. O a lo mejor no. A lo mejor esa realidad, esa vida, esa propuesta no es más que un patito de feria que flota con su sonrisa estúpida esperando un disparo que nunca llega. Que nunca llega hasta que da con alguien como yo.

Soy un alien herido que salpica ácido a todo lo que tiene cerca.

Y no es nada fácil vivir así.

No cuando careces de arrogancia porque sabes del magnífico desastre en el que has convertido tu vida.

Dónde empezó a fallar todo, cuándo fue la primera vez que la decepción acudió a su cabeza, qué fue aquello que dijiste que le hizo plantearse que ya nada tenía sentido.

Al final te das cuenta de que no hay un gran desastre que acabe con todo como el alud que se lleva la pequeña cabaña que creíste de sólidos troncos. Sólo una acumulación de pequeños incidentes que se podían haber evitado con haber respirado una o dos veces antes de soltar lo primero que te vino a la cabeza.

Ya no hay sandwich, ni tinto y si un café con hielo. Son las cuatro y el interrogante permanece flotando en mi cabeza con el sopor de una siesta imposible.

Unos vencejos aventureros y fuera de hora anticipan una puesta de sol para la que aún faltan horas. Tan pocas como para que vuelva a una casa vacía pero aún llena de nuestras cosas, casi con la marca de su cuerpo en los cojines del sofá o el olor de su pelo en la almohada. Con la planta que nunca supimos cuidar, con los cristales del vaso roto aquella última noche.

miércoles, 11 de junio de 2014

Letanía a la normalidad

Catalá Roca
La normalidad, bajo este cielo, no es un estado de continuidad; es una imposición, una losa, un sudario que ahoga las ideas.La normalidad es una bolsa de plástico en la cabeza, un coro de corral que ensordece, una página que se pasa sin haberla terminado de leer.

La normalidad son tus ojos tristes.

La normalidad es la arrogancia del ignorante, la pose del muerto, el grito de la grada que celebra su propia ejecución. La normalidad es la sonrisa del vendedor, la ética del tratante de esclavos, la ley escrita con manos sucias.

La normalidad es que el amor se compre, la normalidad es vender tu alma. Es la lagrima que cae si saber muy bien por qué, es mirar a las estrellas y ver que las han apagado. La normalidad es bañarte en piscinas de ruindad, beber egoísmo embotellado, arrastrarte por tan solo un aplauso.

La normalidad son las uñas negras del viejo conde tocando una carne joven que le pertenece como la tierra seca que se quema bajo el sol. La normalidad son las colas ante la nada, el ver pasar los días sin esperanza, el olor a podrido en el aire.

La normalidad es la anestesia.

La normalidad es tu coche caro -monstruo mecánico de engranajes metálicos- atropellando mi respiración. La normalidad es la mirada perdida en el cercanías, las caras sudorosas que no encuentran respiro, el sonido de una sierra eléctrica que no deja pensar. La normalidad son las rebajas, decadencia en cómodos plazos, esclavismo con descuento.

La normalidad es el derecho de sangre, de cuna, de cuentas en Suiza. La normalidad es el tedio de sienes plateadas, sillón orejero, derrumbe de caspa que nos sepulta como un alud. Es tu fino bigote -moderno de mierda- haciendo que no se entera de nada.

La normalidad es la información meteorológica -no nos hace falta el hombre del tiempo para saber por dónde sopla el viento-.

La normalidad es un orgasmo fingido, un cunnilingus ansioso y procaz, es el semen que te limpias de las comisuras de los labios al acabar el informativo. La normalidad es un telepromter con el mismo texto escrito una y otra vez, hora tras hora, día tras día. La normalidad es tan falsa como el beso a la esposa pensando en la amante.

La normalidad es una mujer que me dice -muy bajito, como avergonzada- que le de una ayuda, cuando doblo la esquina que conduce a mi normalidad. Es un cuerpo entre cartones, una cara que ruega y de la que no sé el nombre.

La normalidad es la humillación, el para servirle a usted en lo que haga falta. La normalidad es la firma de un notario, el perdón del cura, el permiso del policía. La normalidad es una ventana que se cierra para que no entre aire, es una anciana mirando detrás de las cortinas mientras que pasa las cuentas del rosario con una habilidad demente.

La normalidad es el alarido del mudo ante el desastre inminente, la escopeta trucada en la feria, la risa por compromiso, las palabras medidas, las miradas con miedo, unas piernas que corren, unos grilletes puestos en la manos del escultor. La normalidad es un gusano que se arrastra dejando una dulce baba de complacencia.

La normalidad, bajo esta normalidad, es todo lo peor que te puedas esperar.

Pero la normalidad también soy yo, nosotros, mirándoos a los ojos tan firmemente que tendréis, tarde o temprano, que agachar la cabeza.

(Oíd cómo se acerca la tormenta...)

- Para Carlos, Carmen, Miguel e Isma, no estáis solos-

miércoles, 4 de junio de 2014

El gran naufragio

Henry Grant
Tengo treinta y tres años y he visto a las mejores mentes de mi generación ser ninguneadas por un mundo estúpido, carente de humanidad, falto de toda aventura. 

Durante un tiempo he intentado aportar a este gran naufragio esperanza, esperanza en la propia esperanza, en que aún había una posibilidad, un resquicio, donde poder agarrarnos. Lo he hecho haciendo lo único que sé hacer, escribir. No sé si ha valido para algo. 

A veces pienso en que no debería ser tan difícil para un adulto medio saber distinguir cuáles son sus intereses, cuál es la mejor forma de luchar por ellos, separar lo accesorio de lo fundamental, discriminar lo terrible de lo razonable (ni siquiera excelso). 

Recuerdo ser pequeño y estar con mi abuela, Pilar, una mujer de Jaén que vino a Madrid demasiado joven, pero con esa carga de realidad que da el haber visto a tus hermanos pasar hambre, el haber sentido el horror de la guerra, el haber sufrido la estúpida arrogancia del fascismo (tremenda aquella narración de cómo estuvieron a punto de detenerla por no hacer el saludo romano mientras que recogía las migajas de la cartilla de racionamiento, apenas siendo una adolescente) y escuchar cómo me decía que eran unos embusteros, unos ladrones, que pasara lo que pasara, nunca me creyera lo que iban a contarme. Ella, con una letra escrita con mucho esfuerzo -y aún así bella-, con los rudimentos básicos de números para poder sacar adelante a su familia, sabía quién era y dónde estaba. Cosa que a nosotros, esas mentes brillantes, la-generación-más-preparada-de-la-historia-de-este-país, se nos olvidó por completo o quizá nunca llegamos a saber.

No sé siquiera por qué ocurrió, en todo caso hoy no pienso hablar de ello; no al menos mientras mis ojeras crecen como crisantemos cuando mis ojos ven una realidad turbia pudrirse a través de una ventana que recuerda a los barrotes de una cárcel, donde un parado, uno más, traza unos planes que le fallan, sobre un mapa mal dibujado, con una brújula rota.

Hoy quiero hablar de sentimientos. Simplemente. 

Hace unas semanas vi La Grande Bellezza, la última película de Sorrentino. Un ejercicio, en apariencia, muy poco político. En ella, un periodista de éxito, en el último tercio de su vida, vagabundea por Roma envuelto en estupendos trajes, quema sus noches en fiestas excesivas, disfruta con mujeres pensadas por Eros, contempla el Coliseo, desde la terraza de su casa, en cada amanecer. Y sin embargo, en su culmen, apenas recuerda qué es la felicidad. Un amor, el primero, hurtado hace años por la vida, le sigue persiguiendo, recordándole, a cada precioso fotograma, que la gran belleza está donde pusimos el corazón con la sinceridad aún no arrebatada por la oscuridad del mundo, por el turbio brillo del triunfo, por la tenebrosa realidad de las cosas que se pueden comprar. Esta película, al final, además de ser un metraje de los que hacen saltar las lágrimas con cada fotograma, nos recuerda, desde la óptica del que lo tiene todo, que hay cosas que estamos haciendo terriblemente mal, que los senderos por los que nos obligan a caminar, aunque alcancemos los primeros eso llamado meta, sólo valen para alejarnos de nuestra primordial condición de criaturas que buscan el placer de vivir, ese sentimiento poderoso que nos aleja de la tiranía de la naturaleza.

¿Es tan difícil discriminar la bellezza de la gran fealdad? 

Cuando dudo siempre recurro a una máxima que inventé en un momento en el que necesitaba agarrarme a algo (maderas que flotan, otra vez el naufragio). Es más fácil saber qué es lo que se quiere ser por oposición que saber realmente qué es lo que se quiere ser. Quizá no todos tenemos que hablar de Gramsci, de empoderamiento (por favor, traduzcan de nuevo, qué horror de palabra), de posiciones o tácticas. Quizá debemos ser lo suficientemente honrados para admitir que tenemos muchas más preguntas que respuestas. Que si nos es difícil leer los letreros de los caminos correctos quizá haya que descartar las indicaciones que sabemos desagradables.

Y en mi caso, que puede sea el suyo, buscar por qué con treinta y tres años me siento un 
dinosaurio, una especie a extinguir, un náufrago flotando a la deriva. De por qué, aunque mi vida, espero, transcurrirá en su mayor parte en el siglo XXI, sospecho que echaré de menos tantas cosas del XX.

No entiendo por qué llamamos democracia a un sistema que sólo es democrático cuando la democracia no se ejerce; donde los derechos sólo los tiene quien los puede pagar; donde la plenitud consiste es elegir entre cinco marcas de pasta de dientes, champú anticaspa y porno online; donde la emoción parece hallarse en imágenes truculentas, noticias escalofriantes y series con giros sorprendentes; donde se garantiza la libertad de expresión para quien pueda poseer un medio de comunicación, condenándonos al resto a gritar a la tele del salón (casa, tele y electricidad not included); donde lo único que despierta pasiones es un sentimiento nacional envasado en banderas made in China; donde la educación no nos permite desentrañar el mundo en el que vivimos y, a lo sumo, nos capacita para apretar botones ágilmente, cual monos amaestrados; donde se fomentan los prejuicios y los escombros mentales que nos dan la oportunidad de mofarnos del desgraciado inmediatamente inferior a nosotros; donde se nos proporciona un montón de estereotipos absurdos con los que comparar nuestra grotesca fealdad; donde se nos ofrece una vida paralela a través de las redes sociales en la que redimir el fracaso profesional, la soledad y aparentar lozanía juvenil; donde la única forma de hacer más interesante el mundo que nos rodea es aplicar un filtro fotográfico; donde la sanidad acabará siendo un lugar en el que empeñar los órganos sanos aún después de probar sus venenos alimenticios; donde la forma de encarar nuestro odio sea a través de tertulias políticas que giran como tiovivos animadas por muñecos de trapo; donde la literatura, el cine o la música son tan sólo un producto escapista, autorreferencial y amable, con el que aparentar erudición delante de nuestras amistades; donde, al final, si necesitamos apoyo, lo buscaremos en ríos de alcohol y montañas de coca; donde, si acaso nos da por pensar, habrá un cuerpo de hombres armados que nos ponga en nuestro sitio en un periquete.


(Artículo escrito en febrero de 2014 para el número 4 de Grund Magazine)

miércoles, 14 de mayo de 2014

El Estado Mental Radio


El lunes 12 de mayo tuve la suerte de acompañar a Hugo Castignani, Augusto López Riaño, Luis Montero, Albano Cruz en el Magazine Imprevisible, el espacio del EEM Radio conducido por Bruno Galindo.

El programa tenía como pie un debate en torno a los conceptos de materialismo e idealismo, aunque al final acabamos hablando de zombies, industria cultural, porno, Negri, los centros de ocio, falsos fallecimientos y muchas cosas más.

Todo a poco más de un punteo de ratón:

http://www.elestadomental.com/audio/magazine-imprevisible-12-mayo

lunes, 5 de mayo de 2014

Terror en el supermercado



Las tiendas rebosan gente, han empezado las rebajas. Un grupo de muchachos caminan nerviosos entre la multitud portando algunas bolsas -semivacias por su ingravidez- con aspecto de comando que debe cumplir una misión: se diría que para ellos no existe ni el azar de las compras, tienen un plan definido y han de llevarlo a cabo.

Una de las nociones más extendidas del pensamiento crítico ligero es la de consumismo. Es un concepto que casi todo el mundo conoce desde la juventud -uno de los tópicos más recurrentes del debate en clase de ética en el instituto- y podríamos definirlo como la compra y acumulación de bienes y servicios que no son de primera necesidad.

Desde esta perspectiva el consumismo es algo individual. Se diría que la gente, impulsada por un fervor egoísta innato, corre desesperada a las tiendas a gastar su dinero en cosas de las que podría prescindir. Su contra suele ser inane y consiste en una crítica moralista que transita desde la piedad hacia el pobre (no tanto el que no tiene, sino el que no puede tener) hasta la ética del ahorro calvinista (mejor mete el dinero en el banco y permanece temeroso de Dios).

Cualquiera que haya leído algo sobre economía política sabe que el consumismo no es una cuestión individual sino una necesidad de la economía de mercado. Desde que esta se especializó la venta de bienes y servicios tendió hacia la masividad para la supervivencia de la misma. Es necesario fabricar gran cantidad de objetos, o proporcionar una gran cantidad de servicios, y que además estos se consuman en un ciclo alcista sin fin, para poder emplear a grandes masas de trabajadores y que estos reviertan sus sueldos en la economía. Esta forma de enfocar la cuestión no tiene siquiera que tener un componente crítico con el consumismo: es cierto que nos libra del enfoque individual, pero no lo es menos que puede incluso justificar el ciclo como algo positivo, algo de lo que todos nos beneficiamos.

Atendiendo, de momento, únicamente a la visión económica, y siendo observadores de la realidad actual, podemos ver como el supuesto ciclo sin fin alcista en el que se basaron las previsiones de las organizaciones transnacionales, los gobiernos y los economistas de academias “respetables” se han demostrado falsas, erróneas e interesadas. Por sí solas e históricamente las crisis de sobreproducción han dado al traste con este ciclo alcista sin fin. Si además esta forma de estructurar el proceso económico va unido a un modelo de enriquecimiento individual basado en la especulación y el crédito sin sustento, este ciclo se torna suicida. ¿O no?

Diferentes teorías post-marxistas (y el post no es contra, sino ampliativo, cabe recordar) insistieron a partir de finales de los cincuenta en la ecuación trabajo-consumo: los individuos tienen una doble función social, la de productores y consumidores, ambas igual de importantes, no sólo en su vertiente económica, sino también en la del control social para mantener el statu quo.

En esta columna insistimos muy a menudo en ello: la propuesta cama-trabajo-television, la necesidad de la industria del marketing y la publicidad para dirigir el consumo, la vertiente psicosocial de sentirse parte integrante y válida de la sociedad… El equilibrio en resumen de sacrificios y gratificaciones para que la máquina siga funcionando.

Tomamos un pequeño desvío. Durante gran parte del S.XX el mundo vivió bajo lo que se conoció como el “Equilibrio del Terror” entre las grandes superpotencias y su capacidad de destrucción nuclear mutua asegurada. Fuera verdad o no -siempre se exageró tanto la capacidad militar de la URSS como, y quizá más aún, su supuesta inclinación belicista e imperialista- el miedo constante era un factor empleado de forma muy hábil por el poder occidental-capitalista como método de control social. Que los malvados comunistas te quisieran vaporizar a ti, a tu familia y a tobby, tu simpático perro, hacía que tu adhesión al gobierno que defendía-representaba la economía y el orden capitalistas fuera mayor. No era momento para sindicatos, huelgas, protestas o crítica, era momento para trabajar y consumir por el bien de la nación. Es decir, el miedo ayudaba a que cada uno ocupara el lugar que estaba destinado para él en la sociedad, mantenía las cosas como debían ser (para aquellos, la clase capitalista, a los que les interesaba que nada cambiara, claro).

Este miedo no fue tan extendido ni estuvo tan arraigado como históricamente se nos quiso hacer creer. Leyendo Sábado por la noche, domingo por la mañana de Sillitoe, situado y escrito en la Inglaterra de finales de los cincuenta, el protagonista, un joven rebelde de clase obrera sin especial inclinación política, hace continuas referencias a cómo el gobierno trata de asustar a la gente con los rusos, con la intención de que los jóvenes fueran al ejército y los obreros a las fábricas. Más allá de las intenciones del angry young man de crear una narrativa accesible a todos y que denunciara sin resultar panfletaria los ardides narcolépticos del sistema a través del terror, deducimos que algo de eso tenía que existir realmente. Un trabajador pobre tenía preocupaciones más inmediatas que la bomba atómica. Este era un terror más de clase media, de aquellos que tenían algo que perder.

El terror y su aprovechamiento como instrumento de control fue cambiando de forma y volviéndose una amenaza más global, llegando a su paroxismo en los atentados del 11s, donde se diría que se vivió una psicosis global televisada minuto a minuto. Ahora sí que todos estábamos amenazados: desde el arquitecto que vivía en el upper west side hasta la señora de Aluche que miraba temerosa al moro en la cola del súper.

Sin embargo aquello duró lo que duró, y pese a que nunca es descartable que los integristas religiosos perpetren alguna barbaridad (ojo al cristianismo anfetaminado made in EEUU), ahora mismo, más allá de cuestiones estratégicas y militares, a nivel psicosocial el terrorismo global no supone ninguna amenaza, es decir, la gente hace tiempo que no lo percibe como tal.

Rebajas y terror, consumismo y miedo, dependientas exhaustas y un demente cabalgando una bomba nuclear. Hagamos otra pequeña parada antes de acabar.

¿Se ha ido más allá de la utilización del ciclo trabajo-consumo como anestesia? Son diferentes las teorías que exponen el concepto de biopoder (desde Foucault hasta los Tiqqun), pero aquí nos lo vamos a tomar como la capacidad del sistema por transformar al propio individuo en un objeto de consumo. Es decir, además de la vertiente de productor vendiendo su fuerza de trabajo, objetivándose en los productos que crea y alienándose como persona; además de su vertiente de consumidor, no sólo desde un punto de vista económico, sino también desde el del control social de esfuerzo-gratificación; el sistema de capitalismo avanzado (y decadente por otro lado) mercantiliza los gestos, las ilusiones, los deseos o el propio cuerpo, transforma a la persona en un ente con valor de uso y valor de cambio.

Por ejemplo, y para ahondar en esta idea de la mercantilización del individuo en sí mismo, las redes sociales -bien sean de ámbito lúdico o profesional- son un gigantesco escaparate donde nos objetivamos como productos que buscan amigos-compradores; la propia idea del curriculum vitae no es la de resumir nuestra experiencia profesional, sino la de servir de etiqueta de componentes o ingredientes de lo que somos, de nosotros mismos. El trabajador fue siempre una mercancía, pero tenía su tiempo libre como escape; cuando el trabajador se dualizó como consumidor, incluso el tiempo libre pasó a ser tiempo de trabajo mientras que compraba; actualmente es la propia persona la que se ha transformado en un producto en sí misma y por tanto plantea sus relaciones sociales como un trasunto de las relaciones mercantiles que vive continuamente (salvo mientras duerme).

Y en esta transformación del propio individuo en producto está la clave de porque consumir para nosotros es tan importante, tan esencial. El consumo de bienes y servicios inútiles ya no es sólo una falsa recompensa a nuestro trabajo, se ha convertido en la forma que tenemos de volvernos nosotros mismos en un producto mejor, en una mercancía más apetecible.

Cuando compramos algo no sólo encontramos satisfactorio y razonable trabajar en este entorno de explotación, además compramos unas características añadidas de forma totalmente ficticia pero efectiva a esa cosa, características que pasan del producto comprado al producto comprador, o sea, nosotros. Existe una transferencia psicológica que hace que cuando adquirimos un pantalón, realmente lo que estemos comprando, por ejemplo, es atractivo cosificado, que pasa directamente a nosotros (de forma, repito, totalmente ficticia pero tremendamente efectiva a nivel psicológico).

Bien, todo este camino de biopoder, miedo y compras nos conduce a la siguiente proposición: ¿Qué puede resultar más terrorífico al individuo de nuestro presente que no poder consumir? Es decir, ¿qué puede dar más miedo que, en un mundo en el que las relaciones personales son mercantiles, no poder adquirir, comprar, los atributos que nos hagan un producto más atractivo?.

El miedo a la bomba H era poderoso, aunque difuso en la vida cotidiana; el miedo al terrorismo global era más generalizado, aunque con un límite de pervivencia en el tiempo; el miedo a caducar como individuos es cotidiano, permanente y no tiene fecha de finalización.

El terror en un entorno de crisis económica y paro generalizado se ha transformado hacia una vertiente de biopoder, o diciéndolo de otro forma, todo el entramado de control social mediante la reificación del individuo, la conversión del trabajador-consumidor en producto, que antes funcionaba en forma de acicate en cuanto a su consecución, ahora funciona en forma de terror en base a su pérdida, en relación a la imposibilidad de acceso si quedamos fuera de este contexto.

La horrible proposición que en el fondo se nos hace es que la crisis económica atenta no contra nuestros derechos como personas, sino que somos nosotros, sino sabemos adaptarnos, los culpables de quedar obsoletos como productos-individuo.

Incluso podemos hacer otra lectura en el nivel de las protestas-contestación: desde muchos ámbitos no se critica al sistema en su globalidad (no sólo al económico, sino también a su superestructura) lo que se pide -o en algunos casos parece que se ruega- es que por favor los bancos pongan de nuevo en marcha el crédito para que la rueda pueda volver a girar de nuevo, para que todos tengamos un trabajo en el que ser explotados en más o menos buenas condiciones, podamos consumir todo tipo de cosas (envases que contienen cualidades asociadas) y tengamos una vida “plena” como la de antes de la crisis (podamos ser buenos ciudadanos-producto). Se diría que el reformismo ha pasado -seguramente sin darse cuenta- de defender el Estado del Bienestar a defender la democratización de que cualquier ciudadano de la nación tenga el derecho a ser un producto atractivo en el escaparate.

Cualquier artículo, libro o sistema de pensamiento que pretenda bucear profundo en la caracterización de las argucias de control de esta sociedad corre el peligro de caer en una peligrosa abstracción: la de que cualquier lucha o petición concreta o parcial sea descartada y considera simplemente una válvula de escape del propio sistema. Creo, de hecho, que uno de los grandes debes desde el Situacionismo en adelante -en toda esa tradición de crítica marxista heterodoxa- es la de no saber unir la teoría del análisis con la acción concreta e inmediata, nuestro particular problema de aunar, como los físicos, todas las teorías en una. La pretensión es la de responder de forma total a una guerra total, que es la que libra la clase de los poseedores contra los demás (incluso los que colaboran con ellos a cambio de las migajas). Tan erróneo sería no participar en una acción concreta determinada (desde votar a un partido de izquierdas en unas elecciones hasta tratar de evitar un desahucio) como volvernos unos reduccionistas y sólo atender a esas cuestiones de forma aislada y parcial, corriendo tras del hueso de tal ataque como un enjambre enfurecido pero confuso. Es lo que nos toca: luchar y a la vez dibujar el mapa de la batalla, sin tiempo para detenernos en sólo una cosa u otra.


miércoles, 30 de abril de 2014

Presentación de El Burro - Materialismo y Cultura




Este próximo martes 6 de mayo a las 20h en la librería Dalcó (C/Olmo, 18, Madrid) presentaré  junto a Hugo Castignani, Jorge Diezma, Joaquín Reyes y Antonio Antón el fanzine El Burro.



"Este fanzine trata de sobre cómo se hacen las cosas en el campo de la cultura en España. Sobre las cosas que se hacen, las que se dejan de hacer y las que se podrían hacer de otra manera. Pretende localizar los condicionantes económico/sociales que influyen para que nuestra producción sea ésta y no otra. Poner en relación la forma de financiación con el tipo de obra que hacemos. Asociar las políticas culturales con el tipo de artistas que hay. Comprender las relaciones que se establecen entre la cultura y el poder, y cuáles son los réditos que cada cual saca de este intercambio."
http://elburrofanzine.blogspot.com.es/

Reseña que escribí para la revista LEER aprovechando la salida del zine
http://revistaleer.com/2014/03/la-cultura-desquiciada/

jueves, 24 de abril de 2014

Elegir bando.

Foto por Toni Chinoise.

En el mundo de donde venimos nosotros, ante una huelga, no hay duda posible, todos los trabajadores sabemos de qué lado hay que estar. Pesan cuestiones de solidaridad, sentimentales y hasta de orgullo, pero sobre todo la conciencia de saber en qué consiste exactamente una huelga.

En el mundo de donde venimos sabemos que la huelga, la paralización de la producción, es la única arma efectiva de quien sólo posee como moneda de cambio su fuerza de trabajo. Las huelgas no son un capricho, un divertido pasatiempo, son la respuesta ante un ataque empresarial que tiene, en último término, la codicia como motor: aumentar la tasa de beneficios en perjuicio de las condiciones laborales. Sabemos que cuando los trabajadores recurren a ella es como última salida, ya que una huelga perdida, a menudo, significa un cheque en blanco para el acoso laboral o directamente el despido.

Incluso sabemos que, aunque un conflicto laboral no te toque directamente, el resultado del mismo tarde o temprano acabará repercutiendo en tu vida. Por eso contemplamos con dolor las derrotas y celebramos las victorias como si fueran nuestras.

Por eso sabemos cuál es el significado preciso de la palabra compañero.

Desgraciadamente el mundo del que venimos -ese en el que el orgullo de la identidad obrera se lleva como una condecoración- está en retroceso; a cambio se nos ofrece un páramo posmoderno en el que el egoísmo, la frivolidad y lo ruín campan a sus anchas: serviles con el fuerte despiadados con el débil es la máxima a seguir.

El escritor y periodista Soto Ivars parece que se siente cómodo en este estercolero moral donde las personas han pasado a ser meras unidades de producción, e incluso las palabras, herramientas del que escribe, se han convertido en mercancía a disposición de mercaderes que puedan pagar por ellas. No diríamos que el par de artículos publicados por este columnista en El Confidencial, arremetiendo contra la huelga en Fnac y el sindicato convocante CGT, nos sorprendieron. Se ha convertido en algo habitual que ante un conflicto social o laboral se alcen voces, en apariencia desinteresadas e incluso con un pretendido halo rebelde, dando pábulo a una visión reaccionaria del mismo.

En el primero de ellos, Soto Ivars, intenta justificar su esquirolaje ante la campaña que pedía a los escritores no firmar en las mesas de Fnac en Sant Jordi. De argumentos pobres, la columna se refugia en ese cajón de sastre que es la crisis del sector editorial y la piratería, junto al respeto a quienes “han puesto el dinero” o sea, sus editores. Quizá, en un arranque de sinceridad no meditada, el autor, en el primer párrafo, lamenta perder esa gran oportunidad de sentarse junto a “Millás, Vila-Matas o Vicente del Bosque” (sic). Podríamos hablar largo y tendido sobre la crisis del sector editorial (los que firman estas líneas llevan ya unos cuantos años comiendo polvo en el Retiro y aguantando impertinencias de starlettes de la pluma) y su relación con la piratería -sin duda la hay- pero también de propuestas editoriales que, a pesar del bombo mediático y presunta popularidad virtual de sus autores- son incapaces de vender, ni siquiera, las estimaciones mínimas para alcanzar la rentabilidad de la tirada. Pero es que la cosa no iba de esto -es habitual el juego de manos cuando lo que se trata es ocultar algo- el asunto era tan sencillo como que se pedía un gesto, que muchos -incluso personajes televisivos tan deleznables como Buenafuente o Mejide- llevaron a cabo: no firmar en la mesa de la Fnac. Cosa que a Soto Ivars parecía desagradarle sobremanera.

Espoleado por las críticas recibidas -Soto Ivars, deberías escuchar a Billy Bragg, no cruces jamás la línea de un piquete- el autor publica un segundo artículo en el mismo medio en el que acusa a CGT de mentir, en el que califica la huelga de fracaso y capricho y la sitúa en la típica visión policiaca de la coacción del malvado y vago sindicalista que llega desde fuera a crear conflicto en un encomiable proyecto empresarial. El artículo cae en un triste ridículo al admitir que los recortes, si bien se producen, no son sólo en Fnac, sino en todo el sector del comercio.

Soto Ivars, sin duda, viene de un mundo diferente al nuestro -le importa su firma, su momento, más allá de problemas “secundarios” como las condiciones de trabajo de unos “dependientes”-; parece sufrir de cretinismo al no entender las contradicciones irresolubles entre sostener o aumentar (como es el caso en Fnac) la tasa de beneficio empresarial y el recorte en las condiciones de trabajo de los obreros. Pero Soto Ivars, pese a firmar cosas como Tenían veinte años y estaban locos es ya lo suficientemente maduro y cuerdo para entender del lado de quién hay que poner tu pluma si quieres llegar lejos en el proceloso mundo literario.

Los autores de este artículo no tenemos ninguna vinculación con CGT. Más allá del contenido concreto de su campaña (exitosa por otro lado, felicidades) acusar al sindicato de mentir agarrándose a porcentajes y opiniones que el autor dice de trabajadores del supermercado de la cultura es como poco tendencioso. Esgrime haber visto una nómina de 1300 euros, entendemos que la falta de costumbre comunicándose con miembros de la clase trabajadora puede ser la causa de semejante patinazo. Probablemente el interlocutor de Soto Ivars, es un VQ, una suerte de supervisor de vendedores o jefe de área, cuyo sueldo es superior al de un vendedor. Sumando antigüedad y trabajando a jornada completa el sueldo medio de un dependiente de FNAC ronda los 900 euros. Los contratos recientes nunca son jornadas completas, según trabajadores consultados más de la mitad de la plantilla trabaja a tiempo parcial sin posibilidad real de aumentar la jornada para alcanzar un sueldo mínimo. Si por 40 horas semanales, sumando pluses, unos pocos trabajadores cobran 900 euros, hagan ustedes las cuentas, restando antigüedades y recortando horarios. Baste, para los lectores interesados, que alberguen alguna duda, consultar alguna de las ofertas de trabajo que Fnac lanza de vez en cuando, o hablar -como hemos hecho nosotros- con alguno de los empleados. Asegurar que la huelga fue secundada solamente por cinco trabajadores constituye una manipulación intolerable, una aseveración ridícula, solamente hay que ver las imágenes de las tiendas desiertas y los stands de firmas vacíos. ¿Dónde se esconde la trampa?, FNAC lleva dos años consecutivos aplicando el artículo 41 del nuevo ET, es decir, una reforma sustancial de las condiciones laborales (que por cierto, tras la reforma laboral del PP, no requiere que la empresa que lo aplica presente pérdidas), quien no lo acepta, tiene 20 días para abandonar su puesto de trabajo con indemnización de 20 días por año y paro. Un chantaje de manual. El día 23 era el último día que los trabajadores de FNAC tenían para marcharse. Por tanto, quienes apoyaban la huelga, decidieron que era el día perfecto para convertirse en ex-empleados.

No se trata, exclusivamente, de un tema económico, se trata de vivir, maldita sea, invitamos a todo aquel que pone en duda la legitimidad de esta protesta a que trate de llevar una vida normal teniendo un trabajo cuyos horarios se planean y cambian semanalmente, con un reparto de horas sujeto a las necesidades de la empresa, Eso sin hablar de la insistencia de los mandos intermedios para utilizar a los trabajadores como captadores comerciales de socios o los sueldos, orgullo, sin duda, de las intenciones que la Troika tiene para España. Es el modelo del minijob, el esclavismo soterrado, el final de la hoja de ruta capitalista.

Pero es que este tema va más allá de la huelga de Sant Jordi, Fnac o la crisis del sector editorial. Este par de artículos explican a la perfección en qué se está convirtiendo la joven literatura española.

Soto Ivars es una anécdota -prescindible y sin gracia, por otra parte- pero refleja cómo cuando el moderneo canallita de las letras se pone la capa de librepensador siempre se escora hacia el mismo lado, el derecho, el único donde hay algo que pillar. Y lo insoportable, lo realmente asqueroso de la situación, es la pátina de inconformistas políticamente incorrectos que estos individuos -no hace tanto preocupados únicamente por mantener su status de fuckers noctámbulos- insisten en arrogarse.

Soto Ivars (y cia.) os vamos a explicar un par de cosas, y lo vamos a hacer desde el barro, la calle, el almacén repleto de cajas de vuestros libros en permanente devolución. Escribir contra un sindicato, uno especialmente digno y combativo como es CGT, no es políticamente incorrecto, no es subversivo, ni rebelde, es lo que se espera que ocurra en una sociedad con una disonancia cognitiva tan grande, que siendo víctima de la mayor estafa del último siglo, anda pendiente por buscar la culpa de su situación en todos lados menos donde realmente está: la banca y las multinacionales.

Soto Ivars, sinceramente, nos tenéis muy cansados, vosotros y vuestro mundo, donde la máxima preocupación es dejarse ver en tal presentación literaria, estrechar la mano adecuada, callar cuando toca y ladrar cuando se debe. Quizá, si salierais de vuestros estrechos horizontes de clase media superaríais esa mediocridad tan escapista que os impide ver lo realmente jodido que lo tienen millones de personas en este país.

Si tuvierais algo de vida -y vergüenza- seguiríais dedicándoos a lo único que se os da medio bien: la diletancia de bar de tendencias.

Es desesperante comprobar como, además, se dicen víctimas de la persecución de la sectaria izquierda cada vez que toman partido (partido por el poder, que es quien tiene las monedas y por tanto el futuro).

Para gente que escribe -además de tener un trabajo asalariado con el que intenta ganarse la vida- y lo hace sin pseudónimos, a cara descubierta, tomando partido -por los suyos, los obreros, los de abajo- es habitual frenar cada dos líneas y meditar las consecuencias de lo que se está haciendo, pararse a pensar si esa crítica afectará de alguna forma a su trabajo, qué puertas se cerrará, qué timbres no podrá tocar nunca más. El que se declara de izquierda -de esa izquierda que no es respetable, ni presentable, ni razonable, de esa izquierda que no se contenta con gestionar las migajas- sabe que una vez que se lanza la piedra ya no habrá cabida en prestigiosos diarios, agradables ambientes o estanterías de Fnac.

Sí, sabe lo que le toca, elige y acepta.

Acepta porque sabe de su condición de trabajador cultural, porque reconoce su posición, porque identifica a su igual: los escritores no son más que esa chica con chaleco que se desloma preparando todo para que la firma salga bien y, a la cual, la mayoría no tiene ni la decencia de dar los buenos días.

Por eso molesta tanto comprobar como, poco a poco, el sistema capitalista va minando las pocas parcelas en las que quedaba cierta dignidad. Los que controlan esto, aún escondiéndolo en público, saben que cuestiones como que el ser social determina la conciencia son tan ciertas como cierta es su maniobra para promocionar al escritor de clase media presuntamente no ideologizado, es decir, el que por tanto más ideologizado está; el que tomará parte siempre atendiendo antes a sus intereses personales que a los de la colectividad; el escritor que replicará -aún sin ni siquiera darse cuenta- el pensamiento de la clase dominante; el que apuntalará, sin pensarlo, la hegemonía ideológica que provoca que todo siga como está, que todo parezca cambiar para que, realmente, nada cambie. Es fácil, de donde venimos, tenemos claro que, o se tiene el látigo o se tiene la razón, pero no se pueden tener las dos cosas a la vez.

Algunos nos tendréis al lado, otros enfrente. Vosotros sabréis de qué lado estar.


Álex Portero
Daniel Bernabé

Este texto se publica conjuntamente con  Jugando entre las ruinas.