jueves, 23 de octubre de 2014

Trayecto en noche cerrada ya está aquí


Por fin, y tras muchos meses de trabajo, Trayecto en noche cerrada, mi último libro, está a punto de ver la luz.

El pasado mes de febrero, tras un tiempo -más largo del que mi confianza como juntaletras hubiera deseado- di con Ricardo Moreno, de Ediciones Lupercalia, como la persona que no dudó un minuto en que este Trayecto fuera a ocupar uno de los números de su colección. A partir de ahí listas interminables de mails, correcciones y retoques, apretar las tuercas a una máquina para que adoptara la forma óptima en su encuentro con el lector.

Y uno de esos puntos imprescindibles, por los que un libro es recordado, es justo algo que no tiene que ver con las palabras que alberga: la portada. Igual que con mi primer trabajo, De derrotas y victorias, Berta Bartok se ha encargado de resumir en una imagen el contenido de este Trayecto en noche cerrada. Agradecido es poco por poner rostro a la publicación.

Además en este libro encontraréis unas páginas llenas de generosidad, las que Miqui Otero ha escrito para introducir y, de alguna manera apadrinar, este texto. Es una sensación muy grata el que alguien te describa (describa lo que has escrito, qué más da) casi como si te conociera, cuando el encuentro no se ha dado más que en esa blanca asepsia de una pantalla.

Y luego está el que os habla, el que os escribe, que por fin tiene esa sensación de liberación y quizá, más que miedo, expectación, al enfrentar al mundo su libro.

Confiamos plenamente en él. Esta colección de 21 relatos gira en torno a todo aquello que nunca se cuenta, a la épica olvidada de la cotidianeidad, a los monstruos cercanos, en un país, en un momento, en el que el amanecer no se imagina, en un permanente Trayecto en noche cerrada.

El libro se pondrá en preventa a través de la página web de Lupercalia la próxima semana, para ya ir alcanzando los anaqueles de las librerías en las siguientes.

Aprovecho también para invitaros a la presentación que tendrá lugar el próximo jueves 6 de noviembre a las 20:30 horas en el Espacio Leer, C/ Argumosa, 37, Madrid.




domingo, 19 de octubre de 2014

El trabajo cultural en la Setmana de la Benvinguda


He tenido la suerte de que el Consejo de Estudiantes de la Universitat Jaume I de Castelló me haya invitado a participar en la Setmana de la Benvinguda 2014.

Para ello he preparado unas reflexiones que girarán en torno a eso llamado Trabajo Cultural, tanto en su ámbito interno -naturaleza, industria, precarización- como en el externo -intervención, propuestas, preguntas- siempre desde la óptica del que lo práctica desde abajo, desde el campo de batalla.

El próximo martes 21 de octubre a las 17:00 horas os espero a todos.

viernes, 17 de octubre de 2014

Presentación Ilustraciones al libro de Job




El pasado domingo 28 de septiembre tuvo lugar en el Cementerio Británico de Madrid la presentación de Ilustraciones al libro de Job, de William Blake, editado por La Felguera. Una tarde en la que tuve el placer de acompañar a los amigos que allí se dieron cita leyendo un par de poemas de Mad Blake.


Jueves Santo

¿Es acaso algo sagrado ver
En una tierra rica y fecunda
Niños reducidos a la miseria
Nutridos por manos frías e innobles?

¿Es ese llanto trémulo un canto?
¿Puede ser un canto de alegría?
¿Y tantos niños pobres?
¡Esta es una tierra de miseria!

Y el sol nunca brilla
Y sus campos son yermos incultos,
Y sus caminos está erizados de espinas:
¿Reina aquí un invierno eterno!

Porque donde brilla el sol,
Y donde cae la lluvia,
los niños no pueden tener hambre,
Ni puede la miseria consternar nuestra mente.

jueves, 2 de octubre de 2014

Punto de partida



No sé si alguna vez lo han pensado, pero el lenguaje es algo fascinante. El hecho de que se alcanzara un desarrollo evolutivo tal para que unos simples sonidos, y mucho más tarde, unos signos gráficos, representaran el mundo que nos rodea, lo tangible y lo inmediato, y mucho más allá, lo incuantificable y abstracto, es uno de los mayores avances en la historia de la humanidad.

Piensen en lo difícil que es describir el miedo, el amor o la esperanza y sin embargo lo sencillo que resulta transmitirlo a través de una sola palabra: la capacidad tan asombrosa de comunicar un concepto tan complicado de una forma tan efectiva y económica.

Sin embargo hay algo más que una pura abstracción semiótica para que este proceso funcione. La vida y su experiencia hacen que aunque nos sea difícil describir algo, sólo con nombrarlo, y gracias a la memoria que nos evoca el sentido, rápidamente acuda a nosotros el equivalente de lo que se nos intentaba transmitir. Por eso es tan difícil explicarles a los niños conceptos abstractos, si no los han vivido difícilmente las palabras suplirán el vacío existencial.

Vivimos tiempos de urgencia, de desastre y desvergüenza. No insistiré en ello, quien disponga de sentidos -y corazón- sabrá de qué hablo. Supongo que eso nos hace buscar asideros y atajos continuamente, asideros como el hombre que cuelga del abismo y atajos como el que es perseguido por el lobo en un bosque cerrado. Y en el camino, a veces, perdemos la perspectiva de lo esencial.

Leo, ya sin sorpresa -por desgracia-, la enésima renuncia a lo que algunos califican como el obsoleto eje ideológico de la derecha y la izquierda. Y como, más grave aún, se empieza a actuar como se piensa, negando las inherentes contradicciones e intereses que existen entre clases sociales.

Ser de izquierdas, frente a lo que pudiera parecer, no es una ideología, es, básicamente, una forma de caminar por la vida. Una ideología, como no me canso de repetir, es la forma ordenada de concitar unos intereses con una forma concreta de pensar y hacer. Y, pese a lo que se podría pensar, nadie carece de ella.

Todo el mundo tiene ideología. Otra cosa es que lo sepa, o a menudo, y por desgracia, se valga de una que incluso es contraria a sus intereses como persona. Se trata, simplemente, de que los que mandan, en un alarde esperable de ingeniería social, han hecho coincidir sus intereses con los de la mayoría, e incluso, en un giro totalitario, trabajan para que la única forma de pensar aceptable y conocida sea la suya. Y aquí viene la gente.

Todos sabemos qué es la gente, todos lo ignoramos. Cuando se aplica un concepto extraído del lenguaje popular a la política, cuando se hace de la necesidad virtud, surgen problemas de comunicación y, sobre todo, gigantescos huecos de significado por los que se cuela todo. Cuando activistas críticos con lo que hay -no ofendamos llamándoles de izquierdas- hablan de la gente -no sin un cierto tono paternalista- a lo que se están queriendo referir es a las clases populares que carecen de una ideología fuerte y propia más allá de su experiencia empírica con la realidad.

Es, a propósito de esta “gente”, como habitualmente se fundamenta lo obsoleto del término izquierda. Al parecer, nos dicen, la gente no comprende, por lo tanto debemos hablar un lenguaje cercano e inclusivo que facilite su acercamiento a nosotros, esto es, los que realizamos algún tipo de actividad política ordenada.

Además de urgencia, como decía antes, vivimos tiempos donde aceptamos ideas sin más demostración que su repetición insistente o la popularidad de quien las nombra. Y su objetivo, a menudo, no es tanto crear nada nuevo, sino ocupar el espacio de lo ya existente. Y la idea de que la izquierda es un concepto obsoleto no pasa de ser más que un mantra, una especulación, una dolorosa superstición elevada a teoría.

Lo primero porque, como decíamos al principio del artículo, la propia palabra tiene una capacidad de comunicar inmensa. Todo el mundo, independientemente de su formación ideológica, sabe qué significa. Por supuesto que los matices variarán, incluso con las mentiras adosadas a ella, pero lo innegable es su capacidad de recuperación como concepto: decir izquierda es evocar una gloriosa tradición, a pesar incluso de años de apropiación indebida por parte de muchos que se han dicho como tales y han ido rebajando su significado hasta llevarlo a unos niveles de insoportable traición, decadencia y superficialidad.

Precisamente es ahí donde entran aquellos que no han cedido un paso en defender el significado de la izquierda. Que han sido capaces incluso de adaptar su contenido, expresado en una ideología concreta, a todos los cambios que la sociedad ha experimentado desde 1789, de hacer de este significado incluso un pensamiento científico que sólo ha sido refutado mediante la brutalidad de las armas.

Renunciar a la izquierda es renunciar al arma más poderosa con la que contamos, nuestra identidad. Y vivimos un momento en el que, frente a incertidumbres cada vez mayores, la gente demuestra hambre de identidad.

Renunciar a la izquierda es renunciar a unas formas de pensar y hacer básicas, el mínimo común denominador que todo proceso de convergencia requiere. No es hacer fetiche de una palabra, es, hacer de una virtud necesidad.

Renunciar a ser de izquierdas es caer en la nada. En una entelequia expresada en la defensa ciudadana de unos derechos comunes. No existe comunidad posible entre el cordero y el lobo, entre quienes mantienen diferentes y antagónicos lugares en el proceso productivo. Entre quienes nos necesitamos unos a otros y quienes se necesitan a ellos mismos. La transversalidad no es más que, en el mejor de los casos, un deseo pueril, en el peor, una forma de negar por interés la naturaleza del sistema económico y social en el que vivimos (y morimos).

La izquierda, como concepto, no solo no es obsoleta, sino más necesaria que nunca. Serán luego las ideologías concretas las que nos permitan entendernos, expresarnos y crear nuestras formas de unión y acción, con las que mejorar nuestras vidas.

De hecho, cuando alguien quiere asociarse a este concepto, no dice pertenecer, estar o pensar. Dice ser. Se es de izquierdas, como condición intrínseca a uno mismo, y eso ya dice bastante por sí del asunto.

Decía antes que la izquierda era una gloriosa tradición: es un punto de partida desde el que empezar a arreglar lo que siempre parece roto; es el gozoso arte de negar lo que se da por sentado; es el grito de quien no tiene voz; es lo contrario a la súplica y la oración; es la razón en marcha; es el cuerpo que se sitúa para que otro no reciba el porrazo; es reírse en alto para molestar; es que quien olvida cómo se juega olvida cómo se vive; es el derecho a la pereza; es lo que niega al trabajo como único horizonte; es lo que convierte el éxito impuesto en el mayor fracaso; es lo que cuestiona, se interroga y niega; es lo que convierte la contradicción en arte; es la mano con la que siempre cuentas; es el sentirse parte de algo más grande que las estrechas barreras del yo; es el libro que se niega a arder en la pira; es la falta de miedo ante el fuerte; es el baile que no para durante toda una noche; es el golpe certero al cinismo y la desesperanza; es frente a lo que se asusta el hipócrita, el mezquino y el reaccionario; es dirigirse en contra de las indicaciones; es la mejor forma de vivir que conozco.

Y quizá, si lo explicáramos así, como lo que todo el mundo conoce en su vida cotidiana, como lo ya vivido, no necesitaríamos de tantas horribles metáforas del vacío por las que se puedan colar los monstruos.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Dexedrinas XVI



El único motivo por el que ya no llevamos cadenas es porque hemos olvidado la necesidad de escapar.
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La indolencia es el arte de ser implacable con el entusiasmo.
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El técnico que reparaba lavadoras sentía cierta aflicción al ver a su pequeño hijo ser centrifugado por una de las atracciones en la feria.
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Las bolsas transportaban como perros lazarillos a los compradores atolondrados.
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Un fragmento de película -apenas un parpadeo- otorgó la inmortalidad a un instante de su vida.
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Aquel videojuego, anunciado como uno de los más realistas de la historia, despertó grandes expectativas. Los jugadores acabaron por darle la espalda: pasar sentado ocho horas en la oficina no resultaba atractivo para nadie.
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Un reloj sin manecillas pedía limosna en la esquina.
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Las bombillas carecen de barreras idiomáticas: hablan todas en lenguaje binario.
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El portero mira con cierta envidia los partidos de baloncesto.
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La superioridad moral es la droga de los fanáticos.
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Un conductor del metro deprimido contó a su psiquiatra que necesitaba elegir su propio camino.
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El alpinismo de los pulmones son las montañas de cigarrillos en el cenicero.
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La striper echaba unas horas en aquella tienda de ropa. Pidió el puesto de control en los probadores.
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El dibujante de cómic siempre fantasea con montarse un trío con una fotógrafa y una escritora.

lunes, 8 de septiembre de 2014

El armadillo y la liebre

La conversión de San Pablo - Luca Giordano, 1690

En la época previa a la crisis recuerdo que una de las máximas preocupaciones para cualquiera que hiciera política en la izquierda era el vaciado ideológico de la sociedad. Se instaló la falsa idea de que existía algún tipo de gestión neutra que estaba por encima de lo ideológico, esto es, que se podían tomar decisiones concretas en base a algo llamado sentido común.

La idea era falsa: negaba el conflicto entre actores sociales, que por su posición en la producción, no podían compartir intereses. Pero además era totalitaria, imponía que la sociedad sólo podía organizarse de una forma posible, la que beneficiaba a los propietarios de los medios de producción, en una especie de transposición del derecho divino noble a la burguesía de la sociedad postindustrial.

Esta interesada aberración filosófica se llevó incluso por medio a esa versión del capitalismo que había sido mayoritaria en el mundo occidental tras la segunda guerra mundial, aquella que proponía una redistribución de la riqueza con el estado como garante de derechos civiles, políticos y sociales.

Todo el mundo compró la nueva forma de hacer y organizarse (que provenía de las cloacas de la Escuela de Chicago, una pandilla de extremistas del liberalismo económico, totalmente marginada por la comunidad universitaria en sus inicios y elevada a paradigma gracias al reaganismo). Y cuando digo todo el mundo no me refiero únicamente a los profesionales de la cosa pública. Aquel dicho de que el pensamiento de la clase dominante es el pensamiento dominante se hizo patente cuando asunciones como que “los empresarios son los que crean la riqueza” o “no existe la derecha ni la izquierda, sólo los negocios” eran tomadas por cualquiera como el movimiento de las mareas o los amaneceres.

Con la izquierda posible noqueada, o bien por la Tercera Vía o bien por el shock soviético, pero sobre todo por un empirismo inmediato que elevaba a fin de la historia quince años de crecimiento económico (no sin sustos premonitorios, miren el hundimiento del Nasdaq), la clase trabajadora quedó huérfana de paraguas ideológico, dejó de percibirse como tal y por tanto de creer en sus propios intereses. Ciento cincuenta años de luchas e identidad se disolvieron como un azucarillo en un espectáculo demasiado caliente.

Y en estas llegó la crisis. Entonces el empirismo, forma de educación política popular, empezó a resultar menos atractivo para la clase dirigente.

El día que Lehman Brothers cayó simbolizando el fin de la mentira de la infalibilidad del mercado recuerdo verme señalando furioso a la tele, mirando a la gente que me acompañaba en el salón y esperando, en vano, que aquel acontecimiento revelador les iluminara como a San Pablo de Tarso.

Por desgracia no hubo ni lenguas de fuego ni caída del caballo. La maquinaria mediático teórica del capitalismo se puso a funcionar al día siguiente: ante la imposibilidad de ocultar a millones de seres humanos -esos que parecían vivir cómodamente- la naturaleza caótica y vil del sistema, había que colocar miles de pantallas entre ellos y su realidad, mediar la percepción sobre sus vidas y sobre todo, buscar culpables de aquello.

Y les funcionó; tras seis años de crisis el pensamiento dominante sigue siendo aquel que provocó este magnífico desbarajuste.

Hagamos un alto en el camino ¿cómo se enfrentó la izquierda a la crisis?

Manifestación -Antonio Berni, 1934

Quizá la pregunta debiera ser ¿Cómo se había enfrentado anteriormente con la discrepancia entre intereses de clase y su disolución en las formas de pensar impuestas?

La forma más clásica había pasado siempre por lo que se podía denominar como hoja de ruta militante. Lo que se proponía era, sobre todo, pedagogía política. Lo podríamos resumir en que un partido organizaba una resistencia ideológica en torno a él; mediante la militancia se enseñaba al trabajador tanto teoría como práctica; el partido conseguía crear una red amplia de consensos en torno a sus ideas, una estructura que era transversal a todos los estratos de la clase trabajadora. El partido era el organizador, pero sobre todo el mediador entre el sujeto y la realidad. Se esperaba por tanto que este proceso fuera seguido, progresivamente y de manera exponencial, por más trabajadores, hasta resultar mayoritario y por tanto decisivo.

En una segunda fase, posiblemente identificada con la ola revolucionaria de los 60, coexistiendo con la anterior forma, surgió un movimiento, más vinculado a la intelectualidad subversiva, el arte y el activismo en base a cuestiones concretas, que donde ponía el foco era en los procesos que legitimaban culturalmente al estado de cosas. Es decir, lo que se trataba no era de formar cuadros (militantes de partido con capacidad de organizar lo práctico y extender lo teórico) sino de buscar los engranajes que hacían brotar la discrepancia entre el sí mismo y el para sí mismo. Se consideraba a la clase trabajadora lo suficientemente formada, lo único que hacía falta era destruir la pantalla que ocultaba a la vez que emitía falsedad.

En una tercera fase -y perdonen de antemano el esquematismo- quizá desde los 70 y con un estallido posterior a la caída de muro, surgió una nueva visión de la izquierda que se planteaba si la sociedad postindustrial había cambiado lo suficiente para reformular sus categorías de análisis, e incluso reformularse a sí misma como categoría. Quizá la clase obrera estaba tan fragmentada que había que agrupar a los actores de otro modo; era posible que para plantear y visualizar correctamente el conflicto hiciera falta prescindir del arco ideológico surgido en la Convención Nacional francesa.

Son por tanto estas categorías, mucho más al menos que las de reformistas o revolucionarios, las que han marcado la actitud de la izquierda ante la crisis actual, que más que crisis (momento de cambio brusco) ya es realidad permanente, sin vuelta al tiempo precedente, al menos por el propio devenir económico y político.

¿Han fracasado estas tres formas de enfrentarse al modelo de pensamiento capitalista? Sí, de momento.

¿Por qué lo han hecho? Fundamentalmente por una cuestión semántica, bien atribuyendo una cualidad mágica al lenguaje, fetichizándolo, bien por su desprecio absoluto, creyendo que el cambio de significantes nunca afecta al significado.

Parte de la izquierda vio la crisis como la oportunidad para demostrar que lo que llevaban años predicando en el desierto era cierto. Por fin, tras años de desideologización existía espacio e interés entre los trabajadores en el debate político, en las ideas. Existía un hambre de explicación, la ruptura de certezas requería de guías. Y allí estaban ellos esperando a impartir su, cierta, clase magistral.

La cuestión es que aquello nunca sucedió. Si en un primer momento Marx volvió a las estanterías de las librerías como superventas pronto fue sustituido por la televisión, que en un pornográfico cambio de máscara, transformó sin rubor el modelo de tertulias del corazón en debates políticos.

La izquierda pedagógica asumió que las nuevas -realmente viejas- contradicciones darían a los trabajadores el impulso para seguir el camino marcado, para convertirse en militantes, formarse y extender a su alrededor la simiente roja. Esta izquierda volvió a confundir que tener razón en algo no siempre coincide con saber expresarlo, pero que sobre todo, incluso pasándolo por el tamiz pedagógico, con que quizá ya no haya nadie que te quiera escuchar.

Las ideas combaten entre ellas, pero sobre todo, en este momento, pugnan por el espacio para sobrevivir, para tomar cuerpo en la sociedad y no quedarse como ecos lejanos recitados entre un pequeño núcleo incapaz de influir en nada. Importa tener razones, casi tanto como un lugar social para que se repliquen.

Por otro lado esa izquierda despojada de cualquier tradición, la que optó por sacrificar su identidad histórica para intentar funcionar con mayor efectividad en una comunidad de individuos con problemas concretos y mutables, es la que quizá ha obtenido un mayor éxito en cuanto a la visualización del descontento.

Sí consiguió articular unas formas que se han expresado en grandes multitudes transversales que sabían que no querían, pero que difícilmente consiguieron organizarse para enfrentar la cuestión globalmente. Quizá si se renunciaba a los grandes narrativas también se hacía a las grandes soluciones. De ahí que el mayor éxito se haya conseguido en ámbitos específicos.


Whaam! - Roy Lichtenstein, 1963

La cuestión es que bajo ese cierto éxito no se ha influido netamente en la comprensión y percepción que la mayoría tiene de la situación general. No es una aseveración a la ligera -y aquí ya volvemos a la parte donde hicimos un desvío en el camino- sino la constatación de que la forma de pensar general que existía hace veinte años sigue vigente y sin haber sufrido un gran desgaste.

Los culpables han sido los políticos. Si existe una aseveración hegemónica hoy en día es esa.

Obviamente, nuestros políticos, no han hecho nada digno para no ganarse el odio de todo el mundo. Han hecho, efectivamente, lo que tenían que hacer, para lo que fueron elegidos (y no por nosotros en las elecciones, precisamente).

La comprensión de que la mayoría de políticos no son más que funcionarios aventajados del gran capital sigue siendo minoritaria y residual. Esto lleva a que ese odio ante el gran desastre haya sido fácilmente manipulado: si ya tenemos a alguien a quien partir la cara, ¿para qué buscar a los verdaderos culpables y beneficiarios de la crisis?

Esto lleva a la aberración escandalosa de ver a defensores a ultranza del capital jactándose de que precisamente ha sido “lo público” lo que nos ha llevado a la crisis; “las malas decisiones de los políticos, su pésima gestión” ¿recuerdan? El conflicto ideológico se sigue negando, se sigue reduciendo todo a una gestión pretendidamente neutra, salvo que, en este caso, como ejemplo negativo.

Además, la asunción de que se sabe identificar a eso llamado clase política, es como poco optimista. Quizá a lo que se echa la culpa es a la propia política, situándonos ante una paradoja que revuelve el estómago: precisamente una crisis que fue el resultado del abandono de la economía a una sola forma de hacer política, la de derechas, es la que se va a llevar por delante a toda la política -y no hablo de un parlamento- sino del propio concepto de ideología, esto es, la forma ordenada de enfrentar unos intereses en base a una forma concreta de pensar y hacer.

Otro de los sangrantes ejemplos es la enésima fantasía de horizonte que el capitalismo ha ideado para proporcionar, además de culpables, esperanzas. El mito del emprendedor. Digo fantasía de horizonte porque es un lugar que se atisba, que impulsa a andar, pero al que es imposible llegar. Es absurdo, además de suicida, pretender que la salida a la crisis se encuentre en la creación de pequeños negocios innovadores. Absurdo porque no se puede vender cuando no hay dinero para comprar (vender productos, servicios, ideas, lo que sea); suicida porque el nivel de cierre de pequeñas empresas iguala casi al de creación, dejando a muchos con deudas que les lastran (a ellos y a todos) aún más. Pero además es una fantasía de horizonte sucia. Sucia porque bajo el emprendedor, el autónomo, se trata de ocultar la mayor pérdida de derechos laborales de la historia reciente: ¿para qué contratar a nadie si ellos mismos se pueden auto-explotar vendiéndonos sus servicios, parecen decir los empresarios? El capitalismo ha elevado a categoría de teoría cuatro aforismos propios de un libro de autoayuda para justificarse.

Por otro lado, la creación de identidades artificiales, aunque exitosa, deja muchas dudas en el camino. Obviamente hablo de la casta y el pueblo, conceptos que ayer usaban los ultras mediáticos, hoy personas bien intencionadas y mañana quién sabe. Los juegos de reapropiación es lo que tienen, puedes acumular muchas cartas pero, en la siguiente jugada, quizá se las quede tu enemigo.

Aún así el problema es, sobre todo, que al final el lenguaje acaba de modelar las formas de pensar. No basta con repetir “clase trabajadora” para que por sí mismo esto opere un cambio. No decirlo, al final, hace olvidar -o quizá nunca conocer- cuál es ese concepto que lleva haciendo avanzar a la historia desde hace siglos. No es casual, por tanto, que desde estas posiciones a veces se exprese como salida la subvención al pequeño empresario: no es una cuestión de maldad o ética, es, simplemente, que al final se acaba pensando como se habla.

No construimos narrativas para impresionar a un gran auditorio social, lo hacemos para poder representar la realidad de una forma exitosa, para guiar nuestras acciones, para ayudarnos a decidir.

Por un lado quienes creen tener una respuesta estructurada al actual estado de cosas han sido incapaces de llegar a influir en los trabajadores. No han llegado siquiera a visualizarse como una alternativa que merezca la atención, y eso, tras esta sangría descomunal (no es dramatismo, las cifras son de guerra) es para replantearse un par de cosas.

Por otro, quienes sí han conseguido conectar lo hacen de una forma superficial, encarnando un papel en un juego de roles fácilmente modificable, dependiendo de una figura carismática, siendo, más que una esperanza por ellos mismos, una herramienta que ha encauzado el odio a lo existente.

La encrucijada es importante, pero de difícil encaje. Yo, al menos, desconozco la respuesta.

Y quizá en la asunción de esta incertidumbre se halla una forma de actuar: hacer el menor ruido necesario para poder escuchar, y dejar, sobre todo, que el debate se desarrolle en las mejores circunstancias posibles.

Sí, en cambio, sigo apostando por lo que conozco. La lucha cultural.

Aquella encaminada a minar las legitimidades que hacen del actual estado de cosas algo razonable, que hacen pasar el caos por orden, que transforman lo inenarrable en normalidad. La cultura es algo más que un cuadro que cuelga de un museo, es la forma que tenemos de comunicarnos socialmente, la entidad que es capaz de transmitir determinados valores que representan determinados intereses. La cultura es eso que transforma el odio en orgullo, la esperanza en posibilidad, la oscuridad en día.

Y siendo cierto que es una lucha desigual, de desarrollo muy lento y de resultados poco constatables en la práctica, nunca deberíamos subestimar aquello que nos ha construido como personas, que nos ha hecho como somos, que me ha impulsado a escribir esta pieza y a ustedes a leerla.

martes, 8 de julio de 2014

El alien herido

Street art de Fin DAC

Ando hacia el trabajo en un Madrid extrañamente templado para el mes de julio. La profunda incertidumbre hace que las calles que me rodean se plieguen sobre sí mismas y yo entre en una suerte de catarsis, en un estado de monólogo interior.

El dolor es una droga que me ciega la vista, las imágenes quedan reducidas a unas manchas impresionistas que desfilan por mi camino mostrando detalles inconclusos, sombras chinescas, reflejos breves. De una extraña manera eso agudiza los otros sentidos. Percibo en el aire el aroma del champú de una turista que salió del hotel hace horas; oigo el chasquido del tallo que se rompe, de la hoja que silba por el aire cayendo al asfalto; se me cuelan conversaciones que salen de bares y ventanas: Casillas, amor, ministro, caña. Una sinestesia basada en la privación del presente, cuando el presente duda en mostrarse siquiera habitable.

Paso por uno de los restaurantes a los que alguna vez fuimos, de esos que siempre estaban llenos o ya cerrados, en los que nunca conseguimos comer. Pienso en las cosas que nunca haremos, en los sitios en que no estaremos, en las sonrisas que no le sacaré. Me acuerdo que, según me dijo, un correo que le envié, en el que con bastante fortuna iba desgranando todas las cosas que me gustaría hacer con ella, fue el que la acabó de enamorar. El momento de la derrota definitiva es aquel en el que al tahúr se le acaban las cartas marcadas, en que la prestidigitación no impresiona, en el que ya sólo tenemos promesas basadas en el recuerdo y no en el futuro.

Aún no he comido, paro una terraza que hace esquina entre Santa Isabel y Santa Inés, pienso que estar entre tanta santa no puede hacerme más que bien. Los santos y su capacidad de entrar en éxtasis, mediante la privación o el martirio, mediante la devoción repetitiva o el enajemiento extremo. Al final los ateos dolientes y las santas tenemos más cosas en común de las que pensamos.

Me rodean unos edificios que creo del S.XVII: piedra y arcos, sobriedad castellana. Me remiten a una época en la que esta ciudad era el centro de un imperio, un pueblecito venido a más desde el que se dirigían los destinos de medio mundo. A sus habitantes les iba un poco peor que al imperio. Al parecer estas calles eran, animadas por el posible oro que transportaba la buchaca de cualquier caballero, una de las más peligrosas del continente. Eso y el carácter sanguíneo que hacía tirar de navaja tripera o florete raudo al primer menda con el que te cruzabas en uno de aquellos callejones de tierra.

En estas se acerca la camarera -una chica morena con cara amable- y le pido algo breve con lo que seguir el día sin caer en el desmayo. Escribo algo desde el móvil. Siento que me abofetean. Que ella se marcha cuando aún yo no he vuelto. Que he recibido un ataque definitivo y los pocos efectivos que me quedaban corren en desbandada disparándose entre ellos rodeados del humo y el caos. Y quizá lo merezco.

La chica morena y amable me trae un tinto de verano con casera y un sandwich de jamón, queso, bacon y un huevo frito que asoma su yema amarilla entre un circulito del pan tostado y grasiento. Es lo único bueno -junto con el café con hielo que vendrá luego- que me pasará en este día demente en el que descubro que me han dejado.

A la mesa de al lado llegan unos oficinistas, un hombre y dos mujeres. Ellas llevan unas gafas de folclórica extragrandes, él una corbata de estampado desafortundado. Constituyen un trío tenebroso. Empiezan una conversación intrascendente, un juego establecido en que se miden. Miden lo alto que creen estar, lo ocurrente de sus frases, lo simpático de sus caras, miden lo que se supone que tienen que ofrecer. Un flirteo tácito con olor a tóner.

La propuesta vital se reduce a la amabilidad diligente de un marido que baja al perro o la basura por las noches con la esperanza de que algo quiebre su vida, para volver, a los diez minutos, con las manos vacías y un rostro cada vez más arrugado que se le muestra bajo la luz del fluorescente en el espejo del ascensor. Es esa sexualidad limitada de clase media con aspiraciones que transita entre la cuñada, la vecina o la compañera de trabajo. Ese orgasmo en el que la mirada se cruza con los ojos candorosos del hijo vestido de primera comunión que la querida tiene fotografiado sobre la cómoda.

Son del ramo de los seguros, una religión que promete la salvación en cómodos plazos mensuales. Los seguros, el yoga, los alimentos bajos en calorías, el running, los airbags, los preparados de fibras, los libros de autoayuda, el suplemento de cuerpo y mente, el mindfulness y las demás toneladas de gilipolleces que les hacen creer que algo está bajo control, que se pueden trazar planes, que se han librado de la contingecia y lo inesperado. Casi les prefería arrodillados rezando el rosario, mirando temerosos a los ojos del nazareno y sus gotas de sangre derramada, rogando con el temor secular del campesino.

Cuentan anécdotas de sus hijos y eso me duele. No son mucho mayores que yo. Ellas, incluso, a pesar de su aspecto acartonado, es posible que no alcancen ni mi edad -esa mitad de una treintena llena de andamios-. Quizá a mí también me hubiera gustado seguir su vida, tener hijos y un adosado en las afueras. Hacer sonreír a mis vecinos. Pero no ha podido ser. Por eso les veo y contemplo su conversación como un cacareo de una vida fallecida que boquea inútilmente.

A lo mejor los oficinistas de la mesa de al lado, su calzado horrible, sus hijos, su teletexto, sus planes vacacionales, su blanqueamiento dental, su pelo cortado por unas manos deprimidas, son toda la realidad que hay, todo lo disponible en el mundo, toda la vida alcanzable por cualquiera de nosotros. O a lo mejor no. A lo mejor esa realidad, esa vida, esa propuesta no es más que un patito de feria que flota con su sonrisa estúpida esperando un disparo que nunca llega. Que nunca llega hasta que da con alguien como yo.

Soy un alien herido que salpica ácido a todo lo que tiene cerca.

Y no es nada fácil vivir así.

No cuando careces de arrogancia porque sabes del magnífico desastre en el que has convertido tu vida.

Dónde empezó a fallar todo, cuándo fue la primera vez que la decepción acudió a su cabeza, qué fue aquello que dijiste que le hizo plantearse que ya nada tenía sentido.

Al final te das cuenta de que no hay un gran desastre que acabe con todo como el alud que se lleva la pequeña cabaña que creíste de sólidos troncos. Sólo una acumulación de pequeños incidentes que se podían haber evitado con haber respirado una o dos veces antes de soltar lo primero que te vino a la cabeza.

Ya no hay sandwich, ni tinto y si un café con hielo. Son las cuatro y el interrogante permanece flotando en mi cabeza con el sopor de una siesta imposible.

Unos vencejos aventureros y fuera de hora anticipan una puesta de sol para la que aún faltan horas. Tan pocas como para que vuelva a una casa vacía pero aún llena de nuestras cosas, casi con la marca de su cuerpo en los cojines del sofá o el olor de su pelo en la almohada. Con la planta que nunca supimos cuidar, con los cristales del vaso roto aquella última noche.