miércoles, 9 de abril de 2014

Escribir




1. Escribir sin buscar el artificio, el giro sorprendente, los fuegos artificiales creativos. No mentir nunca al lector con triquiñuelas.

2. Escribir sobre las vidas de la gente normal, perdedores, excluidos, derrotados. Sobre las víctimas del brillo insondable del triunfo.

3. Escribir desde la contradicción irresoluble. No hay deus ex machina capaz de solventar la sentencia inapelable de la realidad.

4. Escribir desde la honradez personal de lo conocido. No del ego de una vida propia intrascendente, sino de lo común de esa intrascendencia.

5. Escribir desde el barro para el barro. La condescendencia es propia del burgués gentilhombre que sentencia desde la ética caritativa.

6. Escribir aceptando que hay gente que gana y gente que pierde. El idealismo que dulcifica los dientes rotos es una droga infame.

7. Escribir desde el estómago, el único órgano que de verdad tiene algo que decir en un proceso creativo.

8. Escribir sabiendo tu función, posición y privilegio. Quien se convierte en objeto de consumo escribiendo no es un escritor, es una vedette.

9. Escribir si tienes algo que realmente merezca la pena ser contado: las cosas que nunca se cuentan y quedan en el olvido.

10. Escribir sin esperar el aplauso, ni el reconocimiento, ni la recompensa. Pero aún así hacerlo, cada día, sin descanso.

(Esto no es un catecismo, una código normativo, un amago de manifiesto. Es un deseo, un mapa personal, algo a lo que agarrarse cuando las fuerzas flaquean y el lápiz se quiebra).

viernes, 4 de abril de 2014

El telegrafista del Titanic.

André Kertesz

El telegrafista del Titanic; un astronauta orbitando por la cara oculta de la Luna; un avezado lector europeo en una biblioteca china; el mudo justo antes de presenciar un atropello; un farero en la noche de tormenta; la prostituta en el West End victoriano, Jack mediante; un mimo ante turistas ciegos; el actor teatral ante un auditorio hostil; el Cabaret Voltaire a los ojos del Kaiser; la torre de control en un día de niebla; el radar ante el avión espía; ese dato esencial que se queda en la garganta del agonizante; la pista que el detective pasa por alto; el campesino ante la misa en Latín; el texto en braille tocado por manos inexpertas; una guitarra sin cuerdas; la máquina de escribir sin folio; el proyecto SETI; un náufrago, sin ni siquiera botella; el vendedor de enciclopedias a domicilio; la carta con dirección incorrecta, sin remitente; un merodeador de rastros tras la copiosa nevada; la teniente Ripley, al final de la película; el voayeur que vive en un sótano interior; el poeta millonario; la pizarra de Einstein ante el indocto; la hormiga sin antenas; una bola de cristal rota por la medium que ha perdido el don; el humorista deprimido; un VHS ante los campos magnéticos; la soprano afónica; la bengala de emergencia con la pólvora mojada; un disco de vinilo en los noventa; el explorador que se adentró demasiado en África; el bolígrafo con la tinta seca; los satélites ante la tormenta solar; el sextante un día nublado; el preso en la celda de castigo; la frase de despedida que se pierde ante el silbido del tren; el arpa ante la pezuña; un contestador automático de una empresa desaparecida; el semáforo para el daltónico; la radio entre montañas; la máquina Enigma sin Alan Turing; una obra inédita que arde; el mensaje escrito con limón que nadie puso al calor; el ruido del árbol que cae en el bosque desierto; la frustración del poseído ante su xenoglosia; el robot marciano que se queda sin baterías; las almenaras que no arden; el cuerno partido en la batalla.

Efectivamente, tenía un serio problema de comunicación.

miércoles, 2 de abril de 2014

Indios Hopi y casacas rojas.

Germaine Krull

Un silencio que me inunda desde todas las partes de la casa, no saber muy bien dónde estoy, confundir los decorados por un cambio demasiado rápido de función. Las noches ni siquiera se parecen, aunque el ánimo desatendido sigue brillando reptante como un caracol que ha perdido la senda que debería haber seguido. Mi anestesia ya no surte efecto, tengo un pronunciado dolor en uno de los pulmones que, ahora, se ha trasladado al centro del pecho, algo debajo del esternón, como una estrella negra que intenta avisarme de que quizá todo va peor de lo que me imagino, que mi vida no es eterna y mi salud cómplice de mis desvaríos. Me aterra saber que la imagen que refleja el espejo es la mejor que voy a dar nunca, me adhiere al suelo una sensación de falta de tracción, como en los sueños donde corremos dentro del agua o la superficie por la que caminamos no tiene demasiada gravedad. Algún día espero encontrar los mapas que me guíen, arreglar las brújulas que, como relojes pisados por un gato gigante, ya ni siquiera dan dos veces bien la hora en un mismo día. Leo unas pequeñas frases que son como su voz, tan distante y abandonada, tan breve y cadenciosa, tan alejada de lo que conozco habitualmente. Pasa por la calle un camión invisible que transporta a los muertos que han decidido salir de este país de forma apresurada, sin dirección, aunque eso, en estas condiciones, tampoco importa demasiado. El ratón tiene una luz azul como de nube de hidrógeno en medio del vasto universo, calentada fríamente por algún sol distante, de los que anuncian su presencia muchos años después de haberse extinguido. Ya no me preocupan demasiado mis ambiciones como cronista del desastre, tan sólo el desastre en sí. Qué bonito sería hablar de esperanzas y parques repletos de niños y manos enlazadas y parejas con la vista puesta en el futuro que se anticipa prometedor como una puesta de sol en una película de los años cincuenta. Yo tan sólo tengo un metraje mudo, en blanco y negro, donde aparezco con ropa de payaso, de pobre, de maestro de pueblo, donde aparezco con un frac mojado o un disfraz de perro a medio construir. Ni como generador de pena me han contratado en la oficina del INEM. Los malditos canallas de mirada tersa como los billetes que guardan a puñados en sus bolsillos están devorando el cadáver de un burro muerto hace mucho. Les da igual que el animal hieda como apesta este país lleno de sotanas manchadas por los flujos insondables de un pecado que sólo es tal a los ojos del nazareno crucificado. Además de la ira me provocan una pena terrible por haberme robado mi vida y no poder, siquiera, dispararles con una escopeta que nunca he tenido y que si tuviera tendría los cañones con demasiados agujeros para que la bala supiera por dónde salir. Me quedan un puñado de cosas buenas y os las voy a enumerar, ya que es poco educado según la costumbre de los esquimales de tierras heladas y de los Indios Hopi despedirse con lágrimas o agitar un pañuelo manchado de culpa en una estación victoriana abarrotada de casacas rojas que parten a matar negros mientras que son devorados por la reina de todo el imperio. Esas cosas buenas son mis compañeros de trinchera que han aguantado mi cadáver una vez más -y ya van unas pocas- los que por apenas el valor de una sonrisa se afanan por adecentarme para que parezca un esqueleto danzarín algo atractivo, los que consiguen que mis pies, apenas dos muñones absurdos que impiden caminar, puedan empezar a mostrar algo de brío en las mañanas aún frías de un año con demasiadas minas antipersona hundidas en cada poro de mi piel. Además está ella, aunque huya como el viento de las regiones septentrionales y las grandes praderas de América, aunque cabalgue a lomos de un bisonte cada noche, aunque se escape en un tren con una marca indeleble en cada ventanilla de cada vagón. Posee uno de los cuellos más geométricamente perfectos que he visto en toda mi vida. Incluso, una vez, unos científicos de Idaho intentaron repetir la proeza buscando la fórmula de la curva que va de su pelo a su hombro y sólo lograron una serie de números que rápidamente fueron eclipsados por la realidad de su sonrisa, sonrisa de niña viendo una película de dibujos un viernes por la noche, sonrisa de calor, sonrisa de madriguera de pequeños roedores esperando el fin del invierno acurrucados entre paja seca y oyendo el lejano rumor de las pisadas de los caminantes, los coches presurosos, los metros que se deslizan aún más profundo que ellos, la ópera de los canales oficiales que sólo anuncia tempestades. Pero da igual, allí, ellos dos, están a salvo de todo, aunque todo aquí y ahora ya sólo sea un cuaderno de hojas arrancadas en el que aunque aún se lean los párrafos ya ninguna de las páginas tiene sentido. No hay más que contar por hoy, más que desconectar el transistor de recuerdos, el canal de bobina de Tesla que nos transmite desde las más lejanas regiones australes de nuestro cerebro las palabras explosivas de una noche de abril.

martes, 1 de abril de 2014

Dexedrinas XV

Sin título - Eli Lotard

La palabra gozne chirría de pena al pasar por unas puertas automáticas.
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El pájaro volaba contra el viento, en una extraña y dramática maniobra. Más allá no se veían montañas, ni campos con grano, ni siquiera un árbol con nido donde guarecerse, sólo un páramo insondable y aterrador.
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Siempre se le quedaba el café frío en la taza; pensaba demasiado si necesitaba azúcar o el sincero amargor de la bebida.
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Los días fríos de primavera son el epílogo a un invierno con un final mal narrado.
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Un bosque de bloques de cemento, ciudad de periferia, cordillera grotesca que tapa los sueños de sus habitantes.
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La diferencia entre atisbar el dolor y sentirlo, entre la promesa de heridas y la piel sangrante, entre las púas del erizo marino atravesando la carne y su imaginación, es lo que distingue al suicida del escritor en permanente expiación.
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El loco miraba la cruz verde de la farmacia encenderse y apagarse. Donde otros veían sólo un cartel luminoso él conseguía ver todo un complejo código que le alertaba sobre la inquisición.
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Las almenas son el peine del cielo.
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Los árboles crecen por aburrimiento, las personas por miedo, el amor por latidos.
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Siempre buscamos padres al fracaso cuando lo importante son los hijos que engendra.
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Un gruísta gordo, sucio y de barba hirsuta. Aficionado al ballet. Retiraba los coches mal aparcados con una delicadeza admirable.
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En los días de viento la ropa tendida parece saludar al paseante atento, los toldos a rayas rasgados por el sol le arpegian melodías silenciosas.
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De pequeño le gustaba el olor del garaje, del metro, del trastero donde guardaba la bicicleta. De mayor formó un desconocido grupo de post-punk.
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Antítesis dolorosa es que El Quijote se edite en papel biblia, los ojos huidizos de una madre, el suspiro del amante dedicado al pasado.
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Si los aviones, al atravesar la nubes, no son llamados submarinos, los escritores, en mala racha, no deberían ser tratados como despojos.
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Cuchara, cucurucho, cachiporra: aliteración imberbe y juguetona.
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Al asomarse a su ventana vio a un hombre detenerse frente al contenedor de reciclaje, mirar a derecha e izquierda y meterse dentro, no sin esfuerzo. No se alarmó lo más mínimo, entendió el motivo de aquella extraña acción. Tres días después, leyó en el periódico, que le habían encontrado muerto, aunque con una sonrisa de esperanza.
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Un parque sin niños, ocupado tan sólo por paseantes eventuales, es como un cine a la hora en que el acomodador barre las palomitas del suelo con las luces dadas.
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La incertidumbre convierte los días en meses, las horas en una corriente que fluye tan lenta como la sangre de un animal disecado.
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Los antiguos marineros se guiaban a través de las estrellas, él sólo sabía el nombre de algunas. Aquello, aunque bonito, nunca sirvió como carta de navegación con la que evitar naufragios.




lunes, 17 de marzo de 2014

Trayecto en noche cerrada


Después de tres años por fin puedo anunciar que mi segundo libro "Trayecto en noche cerrada" verá la luz sobre septiembre-octubre de este año gracias a Ediciones Lupercalia.

Será un libro de ficción, relatos, alrededor de veinte, situado en los márgenes, sobre aquellas cosas que nunca se cuentan. Poco a poco os iré hablando por aquí de todo el proceso que transforma las ideas en papel.

¿Marte? Todo viaje tiene un comienzo...

miércoles, 12 de febrero de 2014

Reflejo

The Americans - Robert Frank

Una marca de frenazo en la carretera; un botón, casualmente desprendido, tirado en la calle; el calcetín desparejado; la palabra que no recordamos; los sillones de un portal; un mechero sin gas, no reutilizable; el globo extraviado en las ramas del árbol, parcialmente deshinchado; una revista tirada en un descampado, húmeda, descolorida; el chiste sin gracia; el niño llorando en un avión, viaje transatlántico; el mando a distancia sin pilas; ese jersey que no merece la pena volver a lavar; la silla coja; el que sale con los ojos cerrados en una foto de grupo; el corchete del sujetador que se engancha; el fascículo n2; un aplauso que no se contagia; el papel que se pega en la suela; el retrato de prueba que viene en los marcos; una serie cancelada; el tropezón delante de una chica guapa; el folio que se atranca en la impresora; el suelo de un patio interior. 

Definitivamente, no tenía un gran concepto de sí mismo.

Dexedrinas XIV

Candy cigarette - Sally Man

Por delante de sus ojos pasaron los recuerdos de un futuro que sabía oscuro.
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Luz de candil, humedad en las paredes, frío en los huesos; un país viajando del permanente crepúsculo a la noche cerrada.
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El transeúnte apresurado es el soldado de infantería en una carga de trinchera destinada al fracaso; carne picada de lo cotidiano.
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Nuestra atención ha sido tiranizada por leds parpadeantes, nuestro cerebro fracturado por el constante salto de tema, nuestro corazón poseído por las notificaciones. Sólo nos queda el autismo como arma.
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En la habilidad de liar el cigarro está el fracaso de toda una generación que pensó que iba a fumar con boquilla.
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Los abrigos tirados en las sillas sólo dan calor a la ausencia.
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Las bañeras y las barcas mantienen una extraña relación especular.
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Se empeñaba en utilizar los cubiertos de manera heterodoxa. Comiendo, por ejemplo, la sopa con cuchillo, no sólo corría un riesgo innecesario, sino que además mostraba una gran paciencia.
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Las fronteras son la tiranía de las peores ficciones jamás imaginadas.
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El último corredor siempre ve los flashes en la meta, los aplausos de júbilo, el destello de las medallas. Y en la derrota no encuentra consuelo alguno, sólo un vacío con la respiración agitada.