jueves, 19 de febrero de 2015

Presentación de Trayecto en Leganés


Hoy jueves, a partir de las 19h, presentamos Trayecto en noche cerrada en La Libre de Barrio, en Leganés. A pesar de que todo encuentro con el público nunca resulta exento de nervios e incertidumbre, esta vez, juego en casa. Nunca se olvida a los que una vez fueron compañeros de trinchera.

¡Les esperamos!

(Proximamente aquí las fotos del evento)

miércoles, 11 de febrero de 2015

Corea del norte no existe

La Realidad
Corea del Norte no existe, lo afirmo categóricamente.

Cómo es posible estar en tu sano juicio y negar la existencia de un país de 25 millones de personas que aparece en los mapas. Sabíamos que eras un tipo peculiar, Bernabé, pero no que hubieras perdido el norte de esa manera -quien habla es ese lector imaginario, insidioso, que comenta mirándote sobre sus gafas tras un escritorio de caoba-.

Sí, eso es. Claro que existe un país llamado República Popular Democrática de Corea, que tiene una orografía definida y una moneda llamada Won. Claro que a diario sus 25 millones de habitantes se despiertan, desayunan y emprenden lo que quiera que los coreanos del norte hagan cada día. Por supuesto que en sus arroyos corre el agua y el viento sopla como en cualquier otra parte. Lo que digo es que para nosotros, Corea del Norte, realmente no existe, no más allá de una mera abstracción (des)informativa.

Ustedes me perdonarán, pero este país asiático me pilla a desmano. Sé dónde cae Valdemoro, paso todos los días por una calle llamada Argumosa e incluso he atravesado Palencia en tren. Pero sí, efectivamente, Corea del Norte me pilla algo algo lejos.

No lean esto como cinismo, como un desinterés sobre lo que no nos es inmediatamente familiar. De hecho me interesa -e inquieta- bastante el mundo que me rodea. Cómo, por ejemplo, en un país relativamente cercano como Ucrania se ha iniciado una guerra civil -el adjetivo cruento sobra por redundante- como consecuencia de unas maniobras de desestabilización anti-rusas que EEUU y sus aliados iniciaron al colocar a un gobierno parafascista tras un golpe de estado. Me interesa lo qué pasa en la orilla sur del mediterráneo, donde varios países, como Libia o Siria, han sufrido un destino similar: piezas que caen en el camino hacia Irán, y de ahí a China. Piezas que dejan centenares de miles de muertos y el resurgir de un fanatismo religioso comparable a ese momento europeo donde se quemaba a mujeres libres en nombre de dios.

Es más, me interesa bastante lo que ocurre en Corea del Norte. Como socialista -de los del alemán de la barba- es un país que me fascina y me repele a partes iguales. Pero hoy, hablando de Pyonyang, negando categóricamente su existencia, no estamos aquí para interesarnos por eso.

Corea del Norte no existe puesto que no es más que un espejismo, una fantasmagoría, una construcción mediática.

Toda sociedad imbuida en un serio conflicto -y la nuestra, aquí y ahora, esta metida de lleno en uno muy serio- necesita de espejos deformantes que le devuelvan una imagen diferente a la que realmente proyecta. Toda sociedad construida en torno a la idea de la acumulación privada mediante la explotación, requiere de pantallas, esos artefactos que ocultan a la vez que emiten una nueva visión de lo recóndito.

Y Corea del Norte no es más que eso, la forma que tienen de decirnos que existen lugares en el mundo infinitamente peores que este. Da ya un poco igual si lo que se dice es cierto o no. El problema aquí no es lo acertado o erróneo de lo Juche. No hay espacio para un debate serio que transcurra sobre el parelelo 38.

Lo único que tiene que hacer usted, querido lector, como buen y aplicado televidente, es comentar con horror y estupefacción lo que ayer observó en su pantalla, hacer aspavientos notables mientras echa el sobrecito de azúcar en ese engrudo, remedo de café, mientras que el microondas zumba en el office.

Corea del Norte no existe, como tampoco existen Ucrania, Siria o Libia, como Venezuela o Cuba, como pronto dejará de existir Grecia.

No sé si se han dado cuenta, pero la inexistencia nos va alcanzando poco a poco, como aquella nada de La historia interminable, un concepto quizá demasiado abstracto para la chavalería de los ochenta, acostumbrada a las hostias y los tiros como deux ex machina válido en todo momento y situación.

La nada, la inexistencia, avanzan cada día, a cada minuto, se deslizan por debajo de sus pies centímetro a centímetro.

Hoy, en Villaverde, ha engullido a una madre y su hijo de dos años. La policia les ha desahuciado. Están muy cerca de usted, pero ya no tienen nombre ni rostro, no saldrán en ninguna pantalla.

La nada alcanza a unos hombre y mujeres, los trabajadores de Coca Cola en Fuenlabrada, que llevan resistiendo un año a las puertas de su fábrica porque un codicioso miserable ha decidido que ya no eran lo suficientemente rentables.

La nada alcanza al inmigrante detenido en el CIE, a la mujer a la que su marido asesta 25 puñaladas, al tipo que se suicida porque ya no puede más -no puede más con todo, y todo, todo el tiempo, es siempre demasiado-.

La nada, la inexistencia, arrasa países enteros, siega vidas, mata a la verdad. A cambio nos deja un espectáculo, un sucedáneo de vida, una caricatura grotesca de lo que fuimos.

Por eso Corea del Norte no existe, ni siquiera es posible que quien les escribe esto exista de veras.

Existe sólo lo que ellos dicen, en tiempo y forma, en color y sustancia, en línea y trazo. Existe lo que ellos dicen porque no poseen sólo unos medios de producción o nuestras vidas, poseen, indudablemente, la realidad entera.

lunes, 2 de febrero de 2015

Decidir


Decidir quebrar las metáforas, encerrar los sueños, poner la miseria por toda esperanza.
Decidir retirarte, lejos, donde sólo seas una sombra que se asoma de refilón en la memoria, apenas una sinapsis perdida, un fulgor que se apaga antes de ser visto.
Decidir hundirte en las frías aguas de la bahía, al cobijo de los muertos y los tiburones, de las corrientes subacuáticas y aquellas ocasiones que perdimos.
Y todo por ti y todo por nosotros.
Decidir ausentarte de los mapas, decidir huir de los nombres, decidir ser ajeno a tu propio rostro.
Ojeras tan patentes que casi puedes ver el pasado.
Dolor infame, frío en los huesos, dados que giran insinuando una doble herida.
Decidir dejar de jugar antes de que la trampa nos arranque una mano, mientras que el viento arrecia poniendo nuestro precario equilibrio en una situación comprometida, mientras que el dinero arde con llamas azules y Coltrane afina el saxo.
Decidir dejar de ser, decidir parar el corazón y secar las manos, decidir que el aliento se hiele en las ventanas de enero.
Decidir llorar durante días como eterno ejercicio religioso, casi una letanía, casi un lenguaje sagrado.
Decidir irte, decidir que te vayas, decidir abrazar el sufrimiento.
Decidir cerrar los ojos, de momento.
Y todo por ti
Y todo por nosotros.

martes, 20 de enero de 2015

De los míos


Si eres de los que no miden las palabras, de los que tienen alma en lugar de calculadora, de los que nunca atienden al parte meteorológico, eres de los míos.

Si consideras el derecho a temblar, al estar junto a otra persona, como algo fundamental, eres de los míos.

Si eres de los que piensas que el único tiempo digno es cuando la vida quema, eres de los míos.

Eres de los míos si alguna vez has huido, sin aún conservas esa inercia particular en la mirada, si te cuesta parar de correr.

Eres de los míos si tienes miedo y, aún así, no te importa abrir la puerta para ver que hay al otro lado.

Si nunca preguntas cuánto durará la tormenta porque lo único que quieres es mojarte, eres de los míos.

Eres de los míos si te duele el dolor de tus amigos como propio, e incluso las justas lágrimas del desconocido te conmueven.

Eres de los míos si el único amo que reconoces es el suelo bajo tus pies.

Si eres implacable con el fuerte y comprensivo con el débil, eres de los míos.

Eres de los míos si limpias tus zapatos cada día, porque sabes que es la única forma digna de andar sobre calles demasiado sucias.

Eres de los míos si te juegas la piel por otros, sin esperar nada a cambio, tan sólo quizás el abrazo agradecido del que necesita ayuda.

Si insultas a la tele, golpeas la mesa, alzas la voz, ríes sin contención, escupes a la cara del rico, mantienes la mirada al hombre con placa, eres de los míos.

Eres de los míos si consideras un tiempo precioso el que se destina a mirar a otros ojos durante horas.

Eres de los míos si los insulsos detalles del absurdo cotidiano, una vez puestos bajo el microscopio de la curiosidad, te parecen historias con las que emocionarte.

Si entiendes que la felicidad no es una obligación y que a veces el dolor se agarra a las entrañas, eres de los míos.

Porque, al fin y al cabo, qué sentido tiene todo esto sino el reconocerse en los demás, el buscar tus aliados, compañeros, héroes, el no esperar sentado y solo, sino levantarse y caminar a tu lado.



viernes, 16 de enero de 2015

Una historia personal sobre nuestro Madrid


Una ciudad no es un ente geográfico, no es un trazado en un mapa, no es una marca que vender, no es una oportunidad de hacer negocio. No es sólo eso. O lo es, pero no debería serlo.

Las ciudades se sitúan en algún punto, se describen en mapas, son conocidas en el mundo por su identidad y, a menudo, se especializan en tal o cual transformación del trabajo en beneficio (privado). Es cierto.

Pero las ciudades si existen, si pueden ser dibujadas, si tienen una personalidad o en ellas se crea riqueza es, fundamentalmente, por la gente que vive en ellas. Con las ciudades pasa lo mismo que con los países: los de arriba, los que mandan (en nuestro caso como torpes matones de recreo) confunden el todo con su parte. Confunden; a propósito.

Madrid no es el oligarca que mira la extensión de casas y casas hasta el horizonte desde su despacho acristalado, elevado centenares de metros, metáfora arquitectónica cuyo objetivo es definir a quien lo ocupa. Madrid no es el temeroso individuo que cree tener algo (algo material, algo que guardar en una caja de caudales) y mira al tipo que le limpia la luna de su coche en el semáforo -con más intención que fortuna- con esa mezcla entre asco y temblor. Madrid no es el ignorante que escruta a su vecino extranjero con una lupa para sacarle los defectos que apenas notaría en sí mismo. Madrid no es el casero que sube los precios, o el especulador que amaña tal concurso en una cafetería de lunas tintadas y sofás de cuero, tan propia de aquella época donde se daban golpes de estado. Madrid no es la carga de porrazos en la manifestación, no es la huida del joven que pierde el norte en la madrugada, no es la mujer que se muere de frío buscando la mirada del cliente al que satisfacer. Madrid no es entrar al metro y, que cada mañana -esto no es poesía-, te preguntes qué mal has hecho para que tus inicios cotidianos sean tan poco humanos, tan hacinados, tan sinceros -en el fondo- con tu condición social.

O sí. Quizá sí lo sea. Quizá el primer paso para empezar a cambiar algo es saber que desde hace mucho no hay de Madrid al cielo, sino de Madrid al suelo. A un suelo de calles demasiado sucias, demasiado hostiles, demasiado sombrías -incluso en agosto a pleno sol-.

Porque es mejor aceptar que esta ciudad lleva mucho tiempo mirando de reojo al desastre, porque es mejor aceptar para asumir que algo tenemos que hacer. Hacer entre todas.

Esta ciudad -no nos olvidemos, la gente que vive en ella- no es, ni ha sido nunca, amiga de la abnegación.

Galdós, en La Fontana de Oro, en 1870, hablaba del Madrid del Trienio Liberal y de su momento inmediatamente anterior, describía -como un situacionista aficionado al cocido- qué es el espectáculo y qué la vida:

"Se alzaban arcos del triunfo y se tendían colgaduras de Damasco, salían a la calle las comunidades y las cofradías con los pendones al frente, y en todas las esquinas se ponían escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza estampaba sus versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el pueblo no se manifestaba sino como un convidado más, añadido a la lista de alcaldes, gentileshombres, frailes y generales; no era otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y señaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como tal el papel que la etiqueta le prescribía. Las cosas pasaron de distinta manera en el periodo del 20 al 23, en que ocurrieron los sucesos que aquí referimos. Entonces la ceremonia no existía: el pueblo se manifestaba diariamente, sin previa designación de puestos impresa en la Gaceta; y, sin necesidad de arcos, ni oriflamas, ni banderas, ni escudos, ponían en movimiento a la Villa entera; hacía de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamó el Deseado, por una burla de la Historia, y solía agruparse con sordo rumor junto a las puertas de Palacio, de la Casa de la Villa o de la iglesia de Doña María de Aragón, donde las cortes estaban."

Repitamos: “hacía de sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba con un solo grito la calma de aquel que se llamó el Deseado”.

A los madrileños, y las madrileñas, nunca nos ha gustado ser espectadores pasivos, elementos del decorado, unidades de producción, números en las mezquinos cálculos de un burócrata soldado a su sillón de cuero.

Siempre nos ha gustado ser los protagonistas de nuestras calles, vivir -y dar vida- a nuestras plazas, llenar las avenidas con nuestras voces y deseos. Construir la ciudad, no sólo poniendo los ladrillos, sino con nuestras esperanzas.

En Madrid, nuestra heroína, nuestra historia, nos ha sido usurpada. Manuela Malasaña y el Dos de Mayo son hoy -parece- propiedad de los que entienden la ciudad como un recipiente que encarcele a las trabajadoras, de los que buscan que esta ciudad sea un dispositivo de cama, trabajo y televisión. Manuela era una cría de quince años, de cabellera de fuego y manos hábiles de costurera experta. Manuela es la chica que dobla camisetas en la Gran Vía por cuatro duros; Manuela es la cajera que cobra -hora tras hora, día tras día- nuestra compra sin que miremos sus ojos tristes; Manuela es el chaval que atiende ochenta mesas a la vez y encima te pone la caña con una sonrisa. Manuela no quería que le dijeran qué era lo que tenía que hacer, ante qué himno cuadrarse o ante qué hombre dejarse avasallar por el mero hecho de ser mujer. Y sí, de aquella fueron los franceses, pero podían haber sido, y de sobra hoy lo son, los que presumen de patria cuando sólo atienden a la bandera del dinero.

Contraponemos. Ellos y nosotros. Los salones suntuosos de los clubs privados -mármoles fríos, atmósfera cargada- a la gozosa celebración de la vida que es la verbena. Necesitamos el trabajo para vivir, pero en esta ciudad sabemos que la vida no puede ser sólo trabajar.

Y contraponemos no por crear un conflicto, por buscar una división, por trazar una frontera. Contraponemos porque somos honrados ante la realidad, observamos lo que hay, no negamos la triste verdad: que esta ciudad lleva años disgregándose y tratando a sus vecinos de desigual forma, dependiendo de las cifras de la cuenta en el banco.

Yo vivo en Madrid. Yo viví, siendo apenas un crío, aquel Rastro de Bajarse al Moro, aquel Lavapiés de la Movida, aquella ciudad que se desperezaba tras tanto tiempo de silencio (genial novela de Luis Martín Santos, como sabréis, del Madrid del frío, del vino aguado y de los susurros temerosos en esquinas). Viví con mi abuela, una mujer de Jaén que emigró a esta ciudad para, llanamente, que sus hermanos pudieran tener algo que comer. Como las miles de personas que vinieron a nuestras calles de destinos tan lejanos con el mismo objetivo, dar una oportunidad a los suyos. Con lo de que “es madrileño quien vive en Madrid”, poca broma, nosotras no olvidamos de dónde venimos.

Pero Madrid es algo más que una ciudad. Yo, además de esa primera infancia, acabé aterrizando en ese brumoso lugar que en aquel momento era poco más que un desbarajuste lleno de barro: la zona sur.


Un día, hablando con un colega de Leganés (en la sede de ese sindicato de Marcelino) me dijo que cuando a los que éramos de la peri nos preguntaban por ahí fuera que dónde vivíamos, respondíamos que en Madrid. Todos menos ellos. Que los de Leganés pasaban de absorciones, que para eso tenían un idioma propio (el pepinero) y un equipo que siempre estaba a punto de subir a segunda. Y decidí copiarle, qué menos.

Sobre todo porque llegó un momento -ese que coincide con empezar a trabajar- en el que comprendí, que si en Fuenlabrada había tanto paro, o la mayoría de mis amigos pasaban de ir a la universidad, no era porque fuéramos peores, más tontos o menos ambiciosos. Sino que quizá en esa carrera en la que los que mandan han convertido la vida, los de Fuenlabrada, salíamos desde más atrás y con una pierna atada a la rodilla.

Recuerdo mi barrio y mi infancia. En Fuenla no hubo movida. Estaba eso que sale en las películas cuando los directores de cine bienintencionados -pero con una procedencia muy diferente de donde ruedan- tienen a bien fijarse en nosotros: los pisos feos, los descampados, los yonkis en los matorrales, los bares con hombres cansados, los mercados con mujeres abnegadas e, incluso, el número de la cabra -una lluvia de pesetas a aquellos gitanos-.

Unos gitanos que hacían lo mismo que nuestros padres, trabajar en lo que podían para sacarnos adelante (nuestras madres también trabajaban, y mucho, pero nadie se lo pagaba). Padres que cruzaban el barro para ir a coger un cercanías viejo y gastado, padres que no eran más que chavales de veintitantos -mucho más jóvenes que los treintañeros a la deriva de estos días- para que sus hijos vivieran mejor de lo que habían vivido ellos. Padres, y madres, que aceptaron aquel pacto llamado transición, que creyeron que era mejor tragar con su miseria porque, así se lo aseguraron, sus hijos tendrían un futuro mucho mejor que el suyo. Y el tipo que ponía ladrillos, o el que apretaba las tuercas en la cadena de montaje, se imaginó a su niño periodista, o a su niña doctora, y aquello les hizo seguir adelante.

Claro, que hoy en día, sabemos que las cosas no fueron así del todo.

A lo mejor en Fuenlabrada (cada uno de la peri tendremos nuestro nombre) éramos menos sofisticados que esos de esa ciudad distante apenas 30km. Pero teníamos un par de cosas que nos hicieron (de verdad por unos años lo fuimos) grandes. Lo primero carecíamos de tradiciones, llegamos todos a la vez, de sitios muy diversos y costumbres quizá diferentes. Por eso supimos que allí nadie tenía derecho a nada más que el vecino, viniera de donde viniera. Y lo segundo, nos hicieron las casas tan iguales, nos ofrecieron unos coches tan parecidos y una ropa tan similar, que no era difícil entender que, seguramente, si tocaban a uno nos tocaban a todos. Por eso los vecinos cortaban carreteras para conseguir los hospitales o las vías para que pusieran nuevos trenes. Porque sabían, a pesar de no haberlo leído en ningún libro, que la única forma de mejorar su vida era mejorar la de todos. Y yo me siento orgulloso de aquellos años, orgulloso de salir del cole e ir con mis amigos y nuestras madres, frente al Ayuntamiento, a reclamar “un colegio que no se le caiga el techo”.

Quizá todo aquello se olvidó entre el turbio brillo del dinero -ese que había que devolver-, quizá todo aquello se esfumó con la promesa del cuatro por cuatro, el chalet adosado y las vacaciones en la Riviera Maya. Lo que sí sé -y ahí soy intransigente- es que no vivimos por encima de nuestras posibilidades. Vivimos en las posibilidades que nos ofrecían, en la fantasía de horizonte -esa que por mucho que se ande siempre se aleja- de que había un lugar donde llegar. No fuimos más tontos, sólo dejamos que nos quitaran nuestros sueños, y cambiamos la dignidad y libertad por cuatro objetos relucientes que anunciaban en la tele.

He vuelto en estos cinco últimos años muchas veces a mi barrio. Y la mayoría, detras de comer con tus padres, hablábamos de lo que pasaba a nuestro alrededor. Pero no de Draghi, Goldman Sachs o la Troika. Sino de que al vecino le habían echado del trabajo con cincuenta y tantos, de que cada vez se veía a más gente buscar en la basura al cerrar el mercado, de cómo los carteles de “se vende” se desteñían al sol y los coches -demasiado alemanes para aquel barrio- quedaban parados porque no había sitio a donde ir, porque al final, nosotros no tenemos un lugar donde escapar.

Y os puedo asegurar algo: no se lo merecen. Lo primero porque ellos no eligieron el destino del tren en el que les habían montado a la fuerza (a la fuerza con promesas). Lo segundo porque son demasiada buena gente para tener que haber soportado tanta inmundicia. No idealizo los barrios. Quien viene de uno sabe que allí también suceden cosas malas. Sobre todo cuando la ética del “todos estámos en el mismo barco” fue sustituida por el “sálvese quien pueda”. Pero a pesar de todo son buena gente, son de los míos, de los nuestros. Son esa gente que sale en las telecomedias dando voces, esos personajes que a Blesa le hacían tanta gracia. Como gracia hacen los monos del zoo cuando les tiramos cacahuetes. Y sí, quizá hablemos más alto y sustituyamos la s por la j. Pero yo he visto a mis vecinos estar ahí cuando hacía falta, no dejar a nadie atrás nunca, ser ese desconocido que se acaba convirtiendo en tu familia.

De hecho nadie se merece lo que nos ha pasado. Ni en Fuenla, ni en Móstoles ni en Getafe. Ni en Vallekas o Carabanchel. Ni en San Blas o la Prospe. Nadie se merece estar en manos de la codicia, la desvergüenza y la ética de casino. Nadie se merece ser gobernado por el capricho, la impudicia y la inutilidad. Madrid no se merece lo que le ha pasado.

Necesitamos a buenos gobernantes. Y eso significa gente que sepa hacer su trabajo. Pero no sólo. La gestión nunca es neutra, las formas de hacer las cosas, el camino que se elige, lo marca la ideología. Y sí, no es momento de exagerar unas banderas que se han usado -demasiadas veces- como parapeto justificador del cinismo. Sino de asumir que necesitamos a unos gobernantes que sepan mandar obedeciendo, que sean la virtud republicana, cuyo principal baluarte consista en que el interés de muchos prevalece siempre sobre el beneficio de unos pocos.

Un alcalde y una presidenta de comunidad no pueden obrar milagros, no pueden obviar la gigantesca hipoteca que nos ahoga ni enfrentarse al mundo entero (ergo, ese mundo que cabe en Wall St.) Pero sí pueden ser el vendaje que detenga la hemorragia. Si pueden ser el aire que nos falta mientras que, tumbados en la lona, luchamos por respirar. Si pueden ser el ejemplo, de que los sueños, no se anuncian por la tele, se consiguen en las calles.

Una victoria electoral que acabe con tantos años tristes y herméticos puede ser eso que a los madrileños nos demuestre que la calle más olvidada, pobre y sucia de esta ciudad, tiene tanto derecho a existir, y decidir su camino, como la propia Wall St.

La batalla es dura, los enemigos poderosos y los objetivos lejanos. Pero, si lo sabemos explicar, tendremos detrás a millones de madrileñas y madrileños, enseñando al resto del país, demostrando al mundo, qué es tomar las riendas de su propio destino.

Sonreímos aún perdiendo muchas veces; imaginad que ganamos…


Daniel Bernabé, noviembre 2014, Malasaña, Madrid.

domingo, 4 de enero de 2015

Los desastres de la guerra

Eponine - Les Miserables

Recuerdo que hace unos años, imbuido por un cierto ardor juvenil que el tiempo ha ido mermando, ansié, al ver una película sobre hechos históricos intensos -aquella condensación de acontecimientos en un breve lapso de tiempo-, el poder haber tenido oportunidad de haber formado parte de ellos.

Aquellos años a los que me refiero, si de algo carecían, era de emoción, aventura y el enorme valor de lo inesperado. Hablo de mi vida personal, sí, pero también de la de todos ustedes (ya saben, no me hagan sacarles los colores del crédito y el milagro económico español).

Luego, más tarde, llegó esa intensidad desgraciada de la que casi todos hemos sido víctimas. Me refiero a la crisis, sí, pero también a ese fragmento de vida en el que los acontecimientos se disparan y las bolas golpean unas contra otras en el tapete.

Y me acordé de aquella frase que advertía -creo que con las esquirlas de plomo aún bajo la piel- que habría que cuidarse de querer vivir tiempos históricos.

Y nosotros los estamos viviendo. Posiblemente justo en la forma contraria de lo que habíamos anhelado.

Les voy a explicar un par de cosas -y permítanme, al menos por hoy, que lo haga simplemente basándome en mi mera observación, en el simple hastío de alguien que ya lleva más carga de derrota de la que le debería corresponder-.

La primera de ellas es que se olviden de la maldita revolución. Lo que hemos vivido -los que nos creímos en la necesidad de vivir y no ser vividos- no ha sido la maravillosa aventura de la subversión definitiva, no. Ha sido sólo la reacción necesaria al mayor ataque a nuestros derechos de los últimos 50 años. Lo que hemos vivido -el 15m, las huelgas generales, las manifestaciones, los porrazos, el movimiento anti-desahucios, Sol lleno de banderas republicanas y tantas y tantas cosas- no ha sido más que la única respuesta que los últimos decentes podíamos dar a tanta indecencia. Pero nada más.

No me lean derrotista. Sólo hablo de lo que he visto, de lo que he oído, de lo que sé. Y les recomiendo -si practican aún ese noble arte llamado activismo o militancia- que salgan de sus círculos para comprobar, aún doliendo, que las mismas categorías de pensamiento ruin, mezquino y cobarde, siguen siendo las dominantes en la mayoría de la gente. Les recomiendo -casi les conmino- a que busquen vida más allá de sus cerrados -y admirables- círculos.

Respecto a la revolución -eso en lo que algunos creemos, no por certeza, sino por necesidad- no tengo mucho más que decir. No vendrá, la traeremos. Pero desde luego a partir de ahora. De momento hemos vuelto a perder.

Lo segundo de lo que les quería hablar es del dolor.

No me pondré humanista. Les prometo que me duele todo lo que está pasando a mí alrededor desde hace, ya, años. Ver como las calles se han llenado de gente sin casa. Ver a los parados que transitan como sombras de un sueño que no fue el suyo. Ver, notar, en definitiva, a todos los que han resultado víctimas del decadente capitalismo de principios de SXXI.

Decía lo de humanista porque aunque todo eso me importe y me duela -de veras que lo hace- ya veo a demasiada gente a mi alrededor con ojeras que casi lo único que les permiten ver son el pasado. Veo a más de un amigo que necesita ayuda, apoyo de verdad. Veo a demasiada gente a la que quiero con los cordones desatados dando tumbos por las calles.

Y me veo a mí, y en mí, a vosotros.

No piensen que de repente he desarrollado algún tipo de carácter mesiánico. Simplemente, quizá, he adquirido algo llamado conciencia de clase generacional.

Aquella que te permite ver al grupo de gente que comparte contigo un inicio vital -y por tanto algún tipo de periplo- siendo hoy, más que nunca- treintañeros a la deriva.

Gente que fuma tabaco de liar cuando pensó que su futuro era fumar en boquilla. Gente criada en unas categorías de entender el mundo que han sido barridas por este desgraciado tiempo nuevo. Gente que se aferra al cinismo como cabo de salvación ante la nada. Gente que vive una perpetua adolescencia a la sombra de esos sexagenarios que les dicen que no se impacienten.

Son los míos. Y de una u otra forma les quiero. Aunque ellos no me quieran a mí, aunque siempre les haya resultado una especie rara a la que miran curiosos como se mira a un simio traído de muy lejos: con interés pero con distancia.

No voy a ser arrogante en esto, sobre todo porque no tengo nada claro tener la razón. De verdad.

Tras esa fachada pública de joven hombre cabreado, de insidioso marcador de la vergüenza ajena, de cronista general del desastre, no se halla más que un tipo con el pelo revuelto, el traje arrugado y la cara desencajada de miedo.

A veces me gustaría ser como vosotros.

¿Que vosotros? Los que gestionáis la vida con la eficacia de un funcionario prusiano mientras que a mí se me atasca en la garganta. Los que sabéis mantener el amor. Los que lográis adaptaros y no perder el trabajo. Los que decís que nada importa y que todo fluye. Los que no os enfadáis ante el televisor. Los que os creéis esta mierda de sistema o los que os creéis protagonistas inexcusables de los tiempos históricos. Los que presumís de hazañas en la oficina o en la barricada. Los que tenéis un sueldo fijo y un futuro. Los que habéis conseguido tener hijos.

A lo mejor estáis en lo cierto. Y yo he errado toda mi vida. Y pienso que a lo mejor si teníais razones para mirarme raro en el ascensor después de todo.

Hoy no lo sé, ya, de casi ningún modo.

Y en el fondo no está mal sentirse absolutamente prescindible, innecesario y sobrante. De tanto recordarme que no valgo para casi nada al final habéis acabado haciendo que me lo crea.

Sí os pido que aún no cantéis victoria sobre el inadaptado. Aún falta el epílogo, la necesaria aparición de los compañeros de trinchera que te salvan de la carga de los soldados del Imperio Austro-Húngaro.

Sobre todo porque a pesar de no tenerlo nada claro he visto que no soy el único. Me reconozco en una gloriosa tradición, de la que vosotros desde luego no formáis parte (esto no va por mis queridos lectores, claro).

Dejadme que os cite unos cuantos ejemplos. Me reconozco en mi amigo Rodolfo, el mod más mítico de Malasaña. Me reconozco en Dan Tracey y Vic Godard. Me reconozco en los héroes de clase trabajadora de las novelas inglesas de posguerra. Me reconozco en Robert Desnos. Me reconozco en Brion Gysin y Servando Rocha. Me reconozco en Hannah Höch, Mina Loy y Emmy Hennings. Me reconozco en Azcona y en Loren Montatore. Me reconozco en Trocchi y en Portero, porque a ninguno se le ha olvidado jugar.

Me reconozco en quien tira el café encima del invitado emulando a Peter Sellers sin quererlo.

Y sí. A lo mejor todo esto de la gloriosa tradición no es más que una sucia treta con la que pretendo huir del desastre y mantener un poco de ropa seca en el naufragio. O a lo mejor tengo razón, y más que definirme a través de toda esa gente, lo que hago, lo que siento, es que de verdad son de una u otra forma como yo.

La identificación, el reconocimiento, es algo que para algunos escasea. Espero que entiendan a estas alturas por qué somos tan difíciles y a menudo excesivos. Por qué perdemos la compostura y la palabra se nos quiebra como en un agujero de gusano con las condiciones físicas alteradas. Por qué acude a nosotros la intensidad y el dramatismo más de lo que nos gustaría. Por qué no tenemos miedo a partir a bordo del barco de El corazón de las tinieblas. Por qué no le tememos al dolor y a la emocionalidad fuera de juego. Por qué preferimos perder y equivocarnos a no intentarlo. Por qué no nos importa cosernos el pecho las veces que haga falta.

Básicamente porque reconocernos en alguien nos da la fuerza para seguir viviendo, para saber que no estamos solos en medio del gigantesco desastre.

Por eso no preguntamos cuándo acaba la tormenta y sólo buscamos adentrarnos más en ella.

Al fin y al cabo es demasiado pronto para darnos por vencidos. Aún queda demasiada vida por librar.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Prólogo de Trayecto en noche cerrada, por Miqui Otero



1.-

Huele usted a hiena. ¡Qué huele usted a hiena! ¿Por qué se asusta de la realidad? ¡Ella huele mal! Y usted y usted. Y yo y todos. Vivimos en una pocilga, como cerdos. Me dan asco todos ustedes. ¡Os detesto!

No se alarmen. No pretendo insultarlos ni quiero que huyan si están ojeando este libro mientras se ciscan en todo el árbol genealógico de quien tecleó estos desaires: esto es una cita (una declaración de intenciones), pero también es una táctica. La dice uno de los personajes de El ángel exterminador, esa película de Don Luis Buñuel en la que un grupo de burgueses que se las prometían muy felices horas antes en una ópera de Donizetti son incapaces de cruzar el umbral de una mansión en la calle Providencia durante horas y horas: se desenchufan la máquina de afeitar entre ellos, bisbisean puyas sin valor para defenderlas a la cara, conspiran asesinatos y se convierten ellos mismos en carceleros y presos por su propia falsedad.

Toda esa diatriba es, también, una maniobra para empezar el prólogo que no se puede empezar: dice otro personaje (en esta ocasión deambula por las páginas de esta colección de relatos bordados por Daniel Bernabé) que siempre comienza a leer los libros saltándose el prólogo (“siempre lo dejaba para el final, como una tertulia de programa de cine entre señores que aparentan saber mucho buscando la frase más ingeniosa”). Bien, he aquí el tertuliano: mi nombre es Miqui Otero y comparto con Daniel Bernabé algunos discos en cuyas portadas hay negros que abren la boca (para chillar de gozo o rabia, jamás para bostezar aburridos), unos cuantos libros, más de un par de zapatos de bolera y también un intercambio de correos (él había tomado un par de copas, yo sorbía en ese instante un vaso de orujo de hierbas sin etiquetar; lo leí en la medianoche):

“Oye, andaba aquí a punto de bajarme a echar unos bailes y aprovechando que ando ya tocado -con la consiguiente vergüenza bajo mínimos- me animo a escribirte de nuevo para…”

En un mundo de pingüinos que no arriesgan con salirse de la fila, de tipos que planifican todo como ardillas paranoicas, que especulan con cada palabra, que escriben encorvados como relojeros miopes, ¿Cómo no contestar a un escritor que pide un favor antes de irse a bailar y cuando es más feliz? ¿Cómo no escribirle un prólogo a pesar de que no lea los prólogos? Por eso empiezo con una cita de Luis Buñuel, para ganar su complicidad y también la de los lectores, porque todos sabemos que todo esto huele muy mal pero también conocemos algunos atajos donde el aire es respirable. Enrique Jardiel Poncela también decía que “el generalizado procedimiento de pedir un prólogo” le parecía “tan imbécil como el hecho de confiar a un amigo de palabra fácil la misión de declararse en nuestro nombre a la mujer que deseamos”. Bien, pues soy muy feliz de presentarme como ese imbécil y de oficiar de tertuliano si es para dedicarle unas líneas a estas páginas llenas de verdad, escritas a tumba abierta, honestas como pocas, también necesarias, antes de que silbe el operario ferroviario para que el lector inicie este Trayecto en noche cerrada.


2.-

Aprovecho la ocasión para tirar una línea en la grava de este pipicán (____________) que separe a dos tipos de personas que hablan solas por la calle: unos son esos permanentemente endomingados que engolan hiperactividad y cierran contratos con muchos ceros mientras enarbolan cheques y agitan los brazos como espantapájaros en día de ventolera (los perdonaría si hablaran solos por algún tipo de demencia, pero el caso es que lo hacen por la función manos libres de su móvil regalado por la empresa); los otros son los que hablan solos porque están rabiosos, escamados con lo que les rodea, con una empatía hacia el dolor que les impide ser amables siempre. Estos últimos (un bando en el que coloco tanto a Daniel Bernabé como al imbécil que firma estas líneas que preceden su llameante colección de relatos) son los que escriben mentalmente cartas al director denunciando discretas brutalidades cotidianas que detectan en cualquier sitio: en la cola del súper (ese gilipollas que no sabe mirar a los ojos a la cajera cuando le está cobrando esa bebida energética), en el rojo del semáforo (el conductor que vacila a un tipo que le quiere vender unos kleenex) o en un bar de menú (aquel esquirol que critica en la mesa de al lado a su compañero de trabajo sindicado porque, entre otras cosas, huele a Ducados y a Terry).

Algunos dirán que los que están a este lado de la línea son unos tremendistas, que se toman todo demasiado a pecho, y lo que quiso ser un insulto cuando brotaba de los labios del mezquino se convierte en música (soul, con muchos tambores y más trompetas) para nuestros oídos. Porque Daniel Bernabé es así y así son algunos de sus personajes: gente airada, cuya búsqueda de lo bello no los convierte en optimistas lelos o en tontos integrados. Es Bernabé (y son también sus relatos) como el Jimmy de Look back in anger, de John Osborne, que jamás engordará porque “La gente como yo no lo hacemos. Te lo he intentado explicar. Sólo ardemos y quemamos todo”, porque, ahora en palabras de su amada Alison, “se creen aquel viejo caballero de armadura destellante, solo que su armadura en realidad no brilla”. Y no brilla porque hoy, aquí y ahora, huele a hiena y las nubes de la tormenta esconden el sol que podría nimbarla. Pero podemos refugiarnos en libros como éste para, al menos, ser conscientes de que nos mojamos.



3.-

Así que, como dice Jimmy, juguemos a algo: juguemos a que estamos vivos. Sí, somos como Dostoievski en sus Apuntes desde el subsuelo, “suspicaces y quisquillosos como un jorobado o un enano”, pero nos enfadamos porque somos humanos vivos y estamos vivos porque nos enfadamos ante lo inhumano.

Así que no vamos a desviar la mirada. No lo haremos porque este trayecto ya ha comenzado y somos como el protagonista de Los Recortes, que colecciona noticias de periódicos de desgracias de todo tipo, como ese otro de Los yogures que se ve asaltado por una melancolía horrorosa cuando mira la cesta de los demás (este prologuista tenía un amigo que en lugar de cartas le enviaba los tickets de sus exiguas compras en el supermercado: chopped, cuchillas de afeitar, café) y cree peor acceder a esa intimidad miserable que ver su ropa interior sucia. Porque también entendemos a ese reponedor que carga libros De siete a siete para que esos libros, todas esas palabras (mueve más palabras en un día de las que jamás escribirá novelista alguno), lleguen a tomos como éste (“trabajan para el silencio y la normalidad, para que parezca que ocurren cosas pero que parezca que no ocurre nada”). Porque comprendemos, vaya si lo comprendemos, a ese otro (una de esas víctimas que se sienten culpables) que se permite un ratito mirando una tienda de lencería, un pequeño oasis (una charca) en una vida de miseria, o al de más allá, que se masturba con los espacios de la infame madrugada televisiva donde los incautos envían SMS. Somos también, ese hijo que viaja en tren con su padre indignado (ese periplo que relata Bernabé, tierno e incómodo como el de Fante con el suyo en Llenos de vida) que le promete una cena en el lugar más caro que conozca si algún día meten en la cárcel a alguno de estos (estos: los que enarbolan tarjetas de crédito en negro y conducen, inflados de caldos de precio indecentes, nuestros destinos). Sí, también somos ese hijo que le contesta a su padre que no conoce ningún restaurante caro y además somos el padre que le pregunta “¿qué has soñado?” porque ese personaje, el mismo que habla solo por la calle, sigue hablando cuando está dormido (“como cuando eras pequeño”).

He leído que Bernabé casi pasó por una depresión (por crisis personales pero también colectivas, por miserias íntimas y también por miserias generalizadas). Y lo entiendo porque es imposible no quemarse si uno ronda la verdad como esa polilla que se da cabezazos contra la bombilla. Porque cómo no va a doler todo esto, cómo no va a dar una rabia, tanta pero “tanta rabia que parece nostalgia”, si todo se observa con una mirada limpia y romántica, sin esa distancia irónica profiláctica en la que se amparan todos los zombis anémicos de esta era posmoderna que nos ha tocado padecer (esos, sí, los del otro lado de la línea, los que ríen como un Pierre Nodoyuna asmático y ladino).

Cuando pasó aquella mala racha, la gente cosió a Bernabé a consejos: “Me pareció poco apropiado para mi edad y para mi situación gastarme el dinero en pastillas, psicoterapia y pañuelos de papel. Me quedé sólo con la tristeza y los pañuelos”. Somos juncos salvajes, el viento nos puede azotar, pero de veras que vamos a intentar no rompernos.


4.-

Así que a sonarse un poco, a frotarse los ojos ensalivados y a volver a la calle (“¡Me tiro al monte!”, rezaba el Asunto de aquel mail enviado por Daniel Bernabé que descubrí en mi Bandeja de entrada). Porque, como decía un marinero inventado por Robert Louis Stevenson para el cuento El barco que se hunde: “Da igual que se esté yendo a pique. Muy bien; pero esa no es razón para andar a medio afeitarse”.

Ha quedado dicho que Bernabé y este prologuista compartimos zapatos de bolera y discos de cantantes negros con la boca abierta. Así que vamos a intentarlo, de veras que vamos a intentar que esta tormenta no nos vuele el sombrero y no nos desballeste el paraguas. Explica el autor que una vez lo despidieron del trabajo, como a tantos otros, y que lo único que se prometió fue “evitar el abandono personal a toda costa”.

Nos gusta la valentía y también la valentía para aceptar la cobardía. Estamos a favor de la elegancia, pero no del dandismo robótico e impersonal. Seremos también cercanos y cálidos, como en Casi de vuelta, relato en el que un amigo (su hermano, “hace cuánto tiempo que no llamaba hermano a mis amigos”) le confiesa a otro sospechosamente parecido a Bernabé que se ha convertido “en un completo hijo de perra” (trabaja en una empresa valenciana que espía a sus trabajadores con malas artes). Y él, bueno, lo entiende, porque es su amigo, y él a los amigos les coloca bien el cuello de la camisa cuando se han quitado demasiado rápido el jersey y los avisa si llevan los zapatos desatados porque lo último que querría es que se cayeran. Los amigos están para eso, para que se apoyen en ti cuando van borrachos y el extraño no sepa si el que está perjudicado es uno u otro (o los dos; o, ya, ninguno).

O esa otra chica con la que ese remedo de Bernabé pasea por el Retiro, una deriva tan parecida a las que completan en blanco y negro los protagonistas de las películas inglesas de posguerra cuando bordean algún canal con poca agua (un poco de miel entre chimeneas tóxicas y fregaderos sucios). La chica y el otro Bernabé han aprovechado para salir de casa esta Mañana de otoño: brilla el sol, pero él no puede evitar cabrearse cuando ve según qué cosas (¡intolerables!) y ella le suplica que “Hoy no, porfa, hoy no. Hoy necesito un día tranquilo, sin mala leche ni policías, ni el gobierno, ni la crisis, ni nada, ¿va? Y tú también lo necesitas”. Y él hace un poco el payaso, y se marca unos pasos dejando un diagrama imposible en el parterre, y alardea de su peinado y por una vez parece que su armadura de una guerra antigua brilla hoy bajo el sol del Retiro y le dice: “Lo siento”.

Y esa tarde son felices. Y él se traga la rabia pero escribe luego en su ordenador, en las horas libres, todos estos relatos, los que ahora el lector sostiene en sus manos (ojo con su manejo: son material inflamable y también frágil). Su condición de verdaderos (queman) provocará que algunos digan que son demasiado melodramáticos. Y entonces yo les contestaré con lo que dejó escrito John Steinbeck en una nota sobre la traducción de Las uvas de la ira: “El habla de los trabajadores puede parecer un poco exagerada en los clubs de damas, pero dado que, en cualquier caso, en los clubs de damas no creen que suceden estas cosas, poco importa lo que pueda parecerles”.

Porque sí, esto huele a hiena. Todos olemos a hiena y somos más o menos culpables de este hedor. Este mundo es como un bar que apesta a fritanga (si entras, programa ya tu lavadora para la ropa atufada), pero que tiene un reservado con hilo musical y ambientador de coco para los que abren la caja registradora y se llevan el dinero. Por eso, como hace otro de los personajes de Bernabé, meteremos la nariz en aquel cajón de la ropa perfumado con una pastillita de Jabón de la Toja. Ese olor que nos han enseñado desde niños. Para intentar sentirnos más limpios cuando salgamos allá afuera. Cuando emprendamos el trayecto en noche cerrada y entonces nos detectemos por la calle. A mí me reconocerás porque llevaré este libro bajo el brazo y en el bolsillo los puños, en contacto con el dinero justo para invitarte a una caña con tupé de espuma.

Miqui Otero, Barcelona, Octubre, 2014.