viernes, 19 de septiembre de 2014

Dexedrinas XVI



El único motivo por el que ya no llevamos cadenas es porque hemos olvidado la necesidad de escapar.
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La indolencia es el arte de ser implacable con el entusiasmo.
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El técnico que reparaba lavadoras sentía cierta aflicción al ver a su pequeño hijo ser centrifugado por una de las atracciones en la feria.
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Las bolsas transportaban como perros lazarillos a los compradores atolondrados.
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Un fragmento de película -apenas un parpadeo- otorgó la inmortalidad a un instante de su vida.
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Aquel videojuego, anunciado como uno de los más realistas de la historia, despertó grandes expectativas. Los jugadores acabaron por darle la espalda: pasar sentado ocho horas en la oficina no resultaba atractivo para nadie.
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Un reloj sin manecillas pedía limosna en la esquina.
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Las bombillas carecen de barreras idiomáticas: hablan todas en lenguaje binario.
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El portero mira con cierta envidia los partidos de baloncesto.
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La superioridad moral es la droga de los fanáticos.
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Un conductor del metro deprimido contó a su psiquiatra que necesitaba elegir su propio camino.
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El alpinismo de los pulmones son las montañas de cigarrillos en el cenicero.
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La striper echaba unas horas en aquella tienda de ropa. Pidió el puesto de control en los probadores.
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El dibujante de cómic siempre fantasea con montarse un trío con una fotógrafa y una escritora.

lunes, 8 de septiembre de 2014

El armadillo y la liebre

La conversión de San Pablo - Luca Giordano, 1690
En la época previa a la crisis recuerdo que una de las máximas preocupaciones para cualquiera que hiciera política en la izquierda era el vaciado ideológico de la sociedad. Se instaló la falsa idea de que existía algún tipo de gestión neutra que estaba por encima de lo ideológico, esto es, que se podían tomar decisiones concretas en base a algo llamado sentido común.


La idea era falsa: negaba el conflicto entre actores sociales, que por su posición en la producción, no podían compartir intereses. Pero además era totalitaria, imponía que la sociedad sólo podía organizarse de una forma posible, la que beneficiaba a los propietarios de los medios de producción, en una especie de transposición del derecho divino noble a la burguesía de la sociedad postindustrial.


Esta interesada aberración filosófica se llevó incluso por medio a esa versión del capitalismo que había sido mayoritaria en el mundo occidental tras la segunda guerra mundial, aquella que proponía una redistribución de la riqueza con el estado como garante de derechos civiles, políticos y sociales.


Todo el mundo compró la nueva forma de hacer y organizarse (que provenía de las cloacas de la Escuela de Chicago, una pandilla de extremistas del liberalismo económico, totalmente marginada por la comunidad universitaria en sus inicios y elevada a paradigma gracias al reaganismo). Y cuando digo todo el mundo no me refiero únicamente a los profesionales de la cosa pública. Aquel dicho de que el pensamiento de la clase dominante es el pensamiento dominante se hizo patente cuando asunciones como que “los empresarios son los que crean la riqueza” o “no existe la derecha ni la izquierda, sólo los negocios” eran tomadas por cualquiera como el movimiento de las mareas o los amaneceres.


Con la izquierda posible noqueada, o bien por la Tercera Vía o bien por el shock soviético, pero sobre todo por un empirismo inmediato que elevaba a fin de la historia quince años de crecimiento económico (no sin sustos premonitorios, miren el hundimiento del Nasdaq), la clase trabajadora quedó huérfana de paraguas ideológico, dejó de percibirse como tal y por tanto de creer en sus propios intereses. Ciento cincuenta años de luchas e identidad se disolvieron como un azucarillo en un espectáculo demasiado caliente.


Y en estas llegó la crisis. Entonces el empirismo, forma de educación política popular, empezó a resultar menos atractivo para la clase dirigente.


El día que Lehman Brothers cayó simbolizando el fin de la mentira de la infalibilidad del mercado recuerdo verme señalando furioso a la tele, mirando a la gente que me acompañaba en el salón y esperando, en vano, que aquel acontecimiento revelador les iluminara como a San Pablo de Tarso.


Por desgracia no hubo ni lenguas de fuego ni caída del caballo. La maquinaria mediático teórica del capitalismo se puso a funcionar al día siguiente: ante la imposibilidad de ocultar a millones de seres humanos -esos que parecían vivir cómodamente- la naturaleza caótica y vil del sistema, había que colocar miles de pantallas entre ellos y su realidad, mediar la percepción sobre sus vidas y sobre todo, buscar culpables de aquello.


Y les funcionó; tras seis años de crisis el pensamiento dominante sigue siendo aquel que provocó este magnífico desbarajuste.


Hagamos un alto en el camino ¿cómo se enfrentó la izquierda a la crisis?

Manifestación -Antonio Berni, 1934


Quizá la pregunta debiera ser ¿Cómo se había enfrentado anteriormente con la discrepancia entre intereses de clase y su disolución en las formas de pensar impuestas?


La forma más clásica había pasado siempre por lo que se podía denominar como hoja de ruta militante. Lo que se proponía era, sobre todo, pedagogía política. Lo podríamos resumir en que un partido organizaba una resistencia ideológica en torno a él; mediante la militancia se enseñaba al trabajador tanto teoría como práctica; el partido conseguía crear una red amplia de consensos en torno a sus ideas, una estructura que era transversal a todos los estratos de la clase trabajadora. El partido era el organizador, pero sobre todo el mediador entre el sujeto y la realidad. Se esperaba por tanto que este proceso fuera seguido, progresivamente y de manera exponencial, por más trabajadores, hasta resultar mayoritario y por tanto decisivo.


En una segunda fase, posiblemente identificada con la ola revolucionaria de los 60, coexistiendo con la anterior forma, surgió un movimiento, más vinculado a la intelectualidad subversiva, el arte y el activismo en base a cuestiones concretas, que donde ponía el foco era en los procesos que legitimaban culturalmente al estado de cosas. Es decir, lo que se trataba no era de formar cuadros (militantes de partido con capacidad de organizar lo práctico y extender lo teórico) sino de buscar los engranajes que hacían brotar la discrepancia entre el sí mismo y el para sí mismo. Se consideraba a la clase trabajadora lo suficientemente formada, lo único que hacía falta era destruir la pantalla que ocultaba a la vez que emitía falsedad.


En una tercera fase -y perdonen de antemano el esquematismo- quizá desde los 70 y con un estallido posterior a la caída de muro, surgió una nueva visión de la izquierda que se planteaba si la sociedad postindustrial había cambiado lo suficiente para reformular sus categorías de análisis, e incluso reformularse a sí misma como categoría. Quizá la clase obrera estaba tan fragmentada que había que agrupar a los actores de otro modo; era posible que para plantear y visualizar correctamente el conflicto hiciera falta prescindir del arco ideológico surgido en la Convención Nacional francesa.


Son por tanto estas categorías, mucho más al menos que las de reformistas o revolucionarios, las que han marcado la actitud de la izquierda ante la crisis actual, que más que crisis (momento de cambio brusco) ya es realidad permanente, sin vuelta al tiempo precedente, al menos por el propio devenir económico y político.


¿Han fracasado estas tres formas de enfrentarse al modelo de pensamiento capitalista? Sí, de momento.


¿Por qué lo han hecho? Fundamentalmente por una cuestión semántica, bien atribuyendo una cualidad mágica al lenguaje, fetichizándolo, bien por su desprecio absoluto, creyendo que el cambio de significantes nunca afecta al significado.


Parte de la izquierda vio la crisis como la oportunidad para demostrar que lo que llevaban años predicando en el desierto era cierto. Por fin, tras años de desideologización existía espacio e interés entre los trabajadores en el debate político, en las ideas. Existía un hambre de explicación, la ruptura de certezas requería de guías. Y allí estaban ellos esperando a impartir su, cierta, clase magistral.


La cuestión es que aquello nunca sucedió. Si en un primer momento Marx volvió a las estanterías de las librerías como superventas pronto fue sustituido por la televisión, que en un pornográfico cambio de máscara, transformó sin rubor el modelo de tertulias del corazón en debates políticos.


La izquierda pedagógica asumió que las nuevas -realmente viejas- contradicciones darían a los trabajadores el impulso para seguir el camino marcado, para convertirse en militantes, formarse y extender a su alrededor la simiente roja. Esta izquierda volvió a confundir que tener razón en algo no siempre coincide con saber expresarlo, pero que sobre todo, incluso pasándolo por el tamiz pedagógico, con que quizá ya no haya nadie que te quiera escuchar.


Las ideas combaten entre ellas, pero sobre todo, en este momento, pugnan por el espacio para sobrevivir, para tomar cuerpo en la sociedad y no quedarse como ecos lejanos recitados entre un pequeño núcleo incapaz de influir en nada. Importa tener razones, casi tanto como un lugar social para que se repliquen.


Por otro lado esa izquierda despojada de cualquier tradición, la que optó por sacrificar su identidad histórica para intentar funcionar con mayor efectividad en una comunidad de individuos con problemas concretos y mutables, es la que quizá ha obtenido un mayor éxito en cuanto a la visualización del descontento.


Sí consiguió articular unas formas que se han expresado en grandes multitudes transversales que sabían que no querían, pero que difícilmente consiguieron organizarse para enfrentar la cuestión globalmente. Quizá si se renunciaba a los grandes narrativas también se hacía a las grandes soluciones. De ahí que el mayor éxito se haya conseguido en ámbitos específicos.

Whaam! - Roy Lichtenstein, 1963
La cuestión es que bajo ese cierto éxito no se ha influido netamente en la comprensión y percepción que la mayoría tiene de la situación general. No es una aseveración a la ligera -y aquí ya volvemos a la parte donde hicimos un desvío en el camino- sino la constatación de que la forma de pensar general que existía hace veinte años sigue vigente y sin haber sufrido un gran desgaste.


Los culpables han sido los políticos. Si existe una aseveración hegemónica hoy en día es esa.


Obviamente, nuestros políticos, no han hecho nada digno para no ganarse el odio de todo el mundo. Han hecho, efectivamente, lo que tenían que hacer, para lo que fueron elegidos (y no por nosotros en las elecciones, precisamente).


La comprensión de que la mayoría de políticos no son más que funcionarios aventajados del gran capital sigue siendo minoritaria y residual. Esto lleva a que ese odio ante el gran desastre haya sido fácilmente manipulado: si ya tenemos a alguien a quien partir la cara, ¿para qué buscar a los verdaderos culpables y beneficiarios de la crisis?


Esto lleva a la aberración escandalosa de ver a defensores a ultranza del capital jactándose de que precisamente ha sido “lo público” lo que nos ha llevado a la crisis; “las malas decisiones de los políticos, su pésima gestión” ¿recuerdan? El conflicto ideológico se sigue negando, se sigue reduciendo todo a una gestión pretendidamente neutra, salvo que, en este caso, como ejemplo negativo.


Además, la asunción de que se sabe identificar a eso llamado clase política, es como poco optimista. Quizá a lo que se echa la culpa es a la propia política, situándonos ante una paradoja que revuelve el estómago: precisamente una crisis que fue el resultado del abandono de la economía a una sola forma de hacer política, la de derechas, es la que se va a llevar por delante a toda la política -y no hablo de un parlamento- sino del propio concepto de ideología, esto es, la forma ordenada de enfrentar unos intereses en base a una forma concreta de pensar y hacer.


Otro de los sangrantes ejemplos es la enésima fantasía de horizonte que el capitalismo ha ideado para proporcionar, además de culpables, esperanzas. El mito del emprendedor. Digo fantasía de horizonte porque es un lugar que se atisba, que impulsa a andar, pero al que es imposible llegar. Es absurdo, además de suicida, pretender que la salida a la crisis se encuentre en la creación de pequeños negocios innovadores. Absurdo porque no se puede vender cuando no hay dinero para comprar (vender productos, servicios, ideas, lo que sea); suicida porque el nivel de cierre de pequeñas empresas iguala casi al de creación, dejando a muchos con deudas que les lastran (a ellos y a todos) aún más. Pero además es una fantasía de horizonte sucia. Sucia porque bajo el emprendedor, el autónomo, se trata de ocultar la mayor pérdida de derechos laborales de la historia reciente: ¿para qué contratar a nadie si ellos mismos se pueden auto-explotar vendiéndonos sus servicios, parecen decir los empresarios? El capitalismo ha elevado a categoría de teoría cuatro aforismos propios de un libro de autoayuda para justificarse.


Por otro lado, la creación de identidades artificiales, aunque exitosa, deja muchas dudas en el camino. Obviamente hablo de la casta y el pueblo, conceptos que ayer usaban los ultras mediáticos, hoy personas bien intencionadas y mañana quién sabe. Los juegos de reapropiación es lo que tienen, puedes acumular muchas cartas pero, en la siguiente jugada, quizá se las quede tu enemigo.


Aún así el problema es, sobre todo, que al final el lenguaje acaba de modelar las formas de pensar. No basta con repetir “clase trabajadora” para que por sí mismo esto opere un cambio. No decirlo, al final, hace olvidar -o quizá nunca conocer- cuál es ese concepto que lleva haciendo avanzar a la historia desde hace siglos. No es casual, por tanto, que desde estas posiciones a veces se exprese como salida la subvención al pequeño empresario: no es una cuestión de maldad o ética, es, simplemente, que al final se acaba pensando como se habla.


No construimos narrativas para impresionar a un gran auditorio social, lo hacemos para poder representar la realidad de una forma exitosa, para guiar nuestras acciones, para ayudarnos a decidir.


Por un lado quienes creen tener una respuesta estructurada al actual estado de cosas han sido incapaces de llegar a influir en los trabajadores. No han llegado siquiera a visualizarse como una alternativa que merezca la atención, y eso, tras esta sangría descomunal (no es dramatismo, las cifras son de guerra) es para replantearse un par de cosas.


Por otro, quienes sí han conseguido conectar lo hacen de una forma superficial, encarnando un papel en un juego de roles fácilmente modificable, dependiendo de una figura carismática, siendo, más que una esperanza por ellos mismos, una herramienta que ha encauzado el odio a lo existente.


La encrucijada es importante, pero de difícil encaje. Yo, al menos, desconozco la respuesta.


Y quizá en la asunción de esta incertidumbre se halla una forma de actuar: hacer el menor ruido necesario para poder escuchar, y dejar, sobre todo, que el debate se desarrolle en las mejores circunstancias posibles.


Sí, en cambio, sigo apostando por lo que conozco. La lucha cultural.


Aquella encaminada a minar las legitimidades que hacen del actual estado de cosas algo razonable, que hacen pasar el caos por orden, que transforman lo inenarrable en normalidad. La cultura es algo más que un cuadro que cuelga de un museo, es la forma que tenemos de comunicarnos socialmente, la entidad que es capaz de transmitir determinados valores que representan determinados intereses. La cultura es eso que transforma el odio en orgullo, la esperanza en posibilidad, la oscuridad en día.

Y siendo cierto que es una lucha desigual, de desarrollo muy lento y de resultados poco constatables en la práctica, nunca deberíamos subestimar aquello que nos ha construido como personas, que nos ha hecho como somos, que me ha impulsado a escribir esta pieza y a ustedes a leerla.

martes, 8 de julio de 2014

El alien herido

Street art de Fin DAC

Ando hacia el trabajo en un Madrid extrañamente templado para el mes de julio. La profunda incertidumbre hace que las calles que me rodean se plieguen sobre sí mismas y yo entre en una suerte de catarsis, en un estado de monólogo interior.

El dolor es una droga que me ciega la vista, las imágenes quedan reducidas a unas manchas impresionistas que desfilan por mi camino mostrando detalles inconclusos, sombras chinescas, reflejos breves. De una extraña manera eso agudiza los otros sentidos. Percibo en el aire el aroma del champú de una turista que salió del hotel hace horas; oigo el chasquido del tallo que se rompe, de la hoja que silba por el aire cayendo al asfalto; se me cuelan conversaciones que salen de bares y ventanas: Casillas, amor, ministro, caña. Una sinestesia basada en la privación del presente, cuando el presente duda en mostrarse siquiera habitable.

Paso por uno de los restaurantes a los que alguna vez fuimos, de esos que siempre estaban llenos o ya cerrados, en los que nunca conseguimos comer. Pienso en las cosas que nunca haremos, en los sitios en que no estaremos, en las sonrisas que no le sacaré. Me acuerdo que, según me dijo, un correo que le envié, en el que con bastante fortuna iba desgranando todas las cosas que me gustaría hacer con ella, fue el que la acabó de enamorar. El momento de la derrota definitiva es aquel en el que al tahúr se le acaban las cartas marcadas, en que la prestidigitación no impresiona, en el que ya sólo tenemos promesas basadas en el recuerdo y no en el futuro.

Aún no he comido, paro una terraza que hace esquina entre Santa Isabel y Santa Inés, pienso que estar entre tanta santa no puede hacerme más que bien. Los santos y su capacidad de entrar en éxtasis, mediante la privación o el martirio, mediante la devoción repetitiva o el enajemiento extremo. Al final los ateos dolientes y las santas tenemos más cosas en común de las que pensamos.

Me rodean unos edificios que creo del S.XVII: piedra y arcos, sobriedad castellana. Me remiten a una época en la que esta ciudad era el centro de un imperio, un pueblecito venido a más desde el que se dirigían los destinos de medio mundo. A sus habitantes les iba un poco peor que al imperio. Al parecer estas calles eran, animadas por el posible oro que transportaba la buchaca de cualquier caballero, una de las más peligrosas del continente. Eso y el carácter sanguíneo que hacía tirar de navaja tripera o florete raudo al primer menda con el que te cruzabas en uno de aquellos callejones de tierra.

En estas se acerca la camarera -una chica morena con cara amable- y le pido algo breve con lo que seguir el día sin caer en el desmayo. Escribo algo desde el móvil. Siento que me abofetean. Que ella se marcha cuando aún yo no he vuelto. Que he recibido un ataque definitivo y los pocos efectivos que me quedaban corren en desbandada disparándose entre ellos rodeados del humo y el caos. Y quizá lo merezco.

La chica morena y amable me trae un tinto de verano con casera y un sandwich de jamón, queso, bacon y un huevo frito que asoma su yema amarilla entre un circulito del pan tostado y grasiento. Es lo único bueno -junto con el café con hielo que vendrá luego- que me pasará en este día demente en el que descubro que me han dejado.

A la mesa de al lado llegan unos oficinistas, un hombre y dos mujeres. Ellas llevan unas gafas de folclórica extragrandes, él una corbata de estampado desafortundado. Constituyen un trío tenebroso. Empiezan una conversación intrascendente, un juego establecido en que se miden. Miden lo alto que creen estar, lo ocurrente de sus frases, lo simpático de sus caras, miden lo que se supone que tienen que ofrecer. Un flirteo tácito con olor a tóner.

La propuesta vital se reduce a la amabilidad diligente de un marido que baja al perro o la basura por las noches con la esperanza de que algo quiebre su vida, para volver, a los diez minutos, con las manos vacías y un rostro cada vez más arrugado que se le muestra bajo la luz del fluorescente en el espejo del ascensor. Es esa sexualidad limitada de clase media con aspiraciones que transita entre la cuñada, la vecina o la compañera de trabajo. Ese orgasmo en el que la mirada se cruza con los ojos candorosos del hijo vestido de primera comunión que la querida tiene fotografiado sobre la cómoda.

Son del ramo de los seguros, una religión que promete la salvación en cómodos plazos mensuales. Los seguros, el yoga, los alimentos bajos en calorías, el running, los airbags, los preparados de fibras, los libros de autoayuda, el suplemento de cuerpo y mente, el mindfulness y las demás toneladas de gilipolleces que les hacen creer que algo está bajo control, que se pueden trazar planes, que se han librado de la contingecia y lo inesperado. Casi les prefería arrodillados rezando el rosario, mirando temerosos a los ojos del nazareno y sus gotas de sangre derramada, rogando con el temor secular del campesino.

Cuentan anécdotas de sus hijos y eso me duele. No son mucho mayores que yo. Ellas, incluso, a pesar de su aspecto acartonado, es posible que no alcancen ni mi edad -esa mitad de una treintena llena de andamios-. Quizá a mí también me hubiera gustado seguir su vida, tener hijos y un adosado en las afueras. Hacer sonreír a mis vecinos. Pero no ha podido ser. Por eso les veo y contemplo su conversación como un cacareo de una vida fallecida que boquea inútilmente.

A lo mejor los oficinistas de la mesa de al lado, su calzado horrible, sus hijos, su teletexto, sus planes vacacionales, su blanqueamiento dental, su pelo cortado por unas manos deprimidas, son toda la realidad que hay, todo lo disponible en el mundo, toda la vida alcanzable por cualquiera de nosotros. O a lo mejor no. A lo mejor esa realidad, esa vida, esa propuesta no es más que un patito de feria que flota con su sonrisa estúpida esperando un disparo que nunca llega. Que nunca llega hasta que da con alguien como yo.

Soy un alien herido que salpica ácido a todo lo que tiene cerca.

Y no es nada fácil vivir así.

No cuando careces de arrogancia porque sabes del magnífico desastre en el que has convertido tu vida.

Dónde empezó a fallar todo, cuándo fue la primera vez que la decepción acudió a su cabeza, qué fue aquello que dijiste que le hizo plantearse que ya nada tenía sentido.

Al final te das cuenta de que no hay un gran desastre que acabe con todo como el alud que se lleva la pequeña cabaña que creíste de sólidos troncos. Sólo una acumulación de pequeños incidentes que se podían haber evitado con haber respirado una o dos veces antes de soltar lo primero que te vino a la cabeza.

Ya no hay sandwich, ni tinto y si un café con hielo. Son las cuatro y el interrogante permanece flotando en mi cabeza con el sopor de una siesta imposible.

Unos vencejos aventureros y fuera de hora anticipan una puesta de sol para la que aún faltan horas. Tan pocas como para que vuelva a una casa vacía pero aún llena de nuestras cosas, casi con la marca de su cuerpo en los cojines del sofá o el olor de su pelo en la almohada. Con la planta que nunca supimos cuidar, con los cristales del vaso roto aquella última noche.

miércoles, 11 de junio de 2014

Letanía a la normalidad

Catalá Roca
La normalidad, bajo este cielo, no es un estado de continuidad; es una imposición, una losa, un sudario que ahoga las ideas.La normalidad es una bolsa de plástico en la cabeza, un coro de corral que ensordece, una página que se pasa sin haberla terminado de leer.

La normalidad son tus ojos tristes.

La normalidad es la arrogancia del ignorante, la pose del muerto, el grito de la grada que celebra su propia ejecución. La normalidad es la sonrisa del vendedor, la ética del tratante de esclavos, la ley escrita con manos sucias.

La normalidad es que el amor se compre, la normalidad es vender tu alma. Es la lagrima que cae si saber muy bien por qué, es mirar a las estrellas y ver que las han apagado. La normalidad es bañarte en piscinas de ruindad, beber egoísmo embotellado, arrastrarte por tan solo un aplauso.

La normalidad son las uñas negras del viejo conde tocando una carne joven que le pertenece como la tierra seca que se quema bajo el sol. La normalidad son las colas ante la nada, el ver pasar los días sin esperanza, el olor a podrido en el aire.

La normalidad es la anestesia.

La normalidad es tu coche caro -monstruo mecánico de engranajes metálicos- atropellando mi respiración. La normalidad es la mirada perdida en el cercanías, las caras sudorosas que no encuentran respiro, el sonido de una sierra eléctrica que no deja pensar. La normalidad son las rebajas, decadencia en cómodos plazos, esclavismo con descuento.

La normalidad es el derecho de sangre, de cuna, de cuentas en Suiza. La normalidad es el tedio de sienes plateadas, sillón orejero, derrumbe de caspa que nos sepulta como un alud. Es tu fino bigote -moderno de mierda- haciendo que no se entera de nada.

La normalidad es la información meteorológica -no nos hace falta el hombre del tiempo para saber por dónde sopla el viento-.

La normalidad es un orgasmo fingido, un cunnilingus ansioso y procaz, es el semen que te limpias de las comisuras de los labios al acabar el informativo. La normalidad es un telepromter con el mismo texto escrito una y otra vez, hora tras hora, día tras día. La normalidad es tan falsa como el beso a la esposa pensando en la amante.

La normalidad es una mujer que me dice -muy bajito, como avergonzada- que le de una ayuda, cuando doblo la esquina que conduce a mi normalidad. Es un cuerpo entre cartones, una cara que ruega y de la que no sé el nombre.

La normalidad es la humillación, el para servirle a usted en lo que haga falta. La normalidad es la firma de un notario, el perdón del cura, el permiso del policía. La normalidad es una ventana que se cierra para que no entre aire, es una anciana mirando detrás de las cortinas mientras que pasa las cuentas del rosario con una habilidad demente.

La normalidad es el alarido del mudo ante el desastre inminente, la escopeta trucada en la feria, la risa por compromiso, las palabras medidas, las miradas con miedo, unas piernas que corren, unos grilletes puestos en la manos del escultor. La normalidad es un gusano que se arrastra dejando una dulce baba de complacencia.

La normalidad, bajo esta normalidad, es todo lo peor que te puedas esperar.

Pero la normalidad también soy yo, nosotros, mirándoos a los ojos tan firmemente que tendréis, tarde o temprano, que agachar la cabeza.

(Oíd cómo se acerca la tormenta...)

- Para Carlos, Carmen, Miguel e Isma, no estáis solos-

miércoles, 4 de junio de 2014

El gran naufragio

Henry Grant
Tengo treinta y tres años y he visto a las mejores mentes de mi generación ser ninguneadas por un mundo estúpido, carente de humanidad, falto de toda aventura. 

Durante un tiempo he intentado aportar a este gran naufragio esperanza, esperanza en la propia esperanza, en que aún había una posibilidad, un resquicio, donde poder agarrarnos. Lo he hecho haciendo lo único que sé hacer, escribir. No sé si ha valido para algo. 

A veces pienso en que no debería ser tan difícil para un adulto medio saber distinguir cuáles son sus intereses, cuál es la mejor forma de luchar por ellos, separar lo accesorio de lo fundamental, discriminar lo terrible de lo razonable (ni siquiera excelso). 

Recuerdo ser pequeño y estar con mi abuela, Pilar, una mujer de Jaén que vino a Madrid demasiado joven, pero con esa carga de realidad que da el haber visto a tus hermanos pasar hambre, el haber sentido el horror de la guerra, el haber sufrido la estúpida arrogancia del fascismo (tremenda aquella narración de cómo estuvieron a punto de detenerla por no hacer el saludo romano mientras que recogía las migajas de la cartilla de racionamiento, apenas siendo una adolescente) y escuchar cómo me decía que eran unos embusteros, unos ladrones, que pasara lo que pasara, nunca me creyera lo que iban a contarme. Ella, con una letra escrita con mucho esfuerzo -y aún así bella-, con los rudimentos básicos de números para poder sacar adelante a su familia, sabía quién era y dónde estaba. Cosa que a nosotros, esas mentes brillantes, la-generación-más-preparada-de-la-historia-de-este-país, se nos olvidó por completo o quizá nunca llegamos a saber.

No sé siquiera por qué ocurrió, en todo caso hoy no pienso hablar de ello; no al menos mientras mis ojeras crecen como crisantemos cuando mis ojos ven una realidad turbia pudrirse a través de una ventana que recuerda a los barrotes de una cárcel, donde un parado, uno más, traza unos planes que le fallan, sobre un mapa mal dibujado, con una brújula rota.

Hoy quiero hablar de sentimientos. Simplemente. 

Hace unas semanas vi La Grande Bellezza, la última película de Sorrentino. Un ejercicio, en apariencia, muy poco político. En ella, un periodista de éxito, en el último tercio de su vida, vagabundea por Roma envuelto en estupendos trajes, quema sus noches en fiestas excesivas, disfruta con mujeres pensadas por Eros, contempla el Coliseo, desde la terraza de su casa, en cada amanecer. Y sin embargo, en su culmen, apenas recuerda qué es la felicidad. Un amor, el primero, hurtado hace años por la vida, le sigue persiguiendo, recordándole, a cada precioso fotograma, que la gran belleza está donde pusimos el corazón con la sinceridad aún no arrebatada por la oscuridad del mundo, por el turbio brillo del triunfo, por la tenebrosa realidad de las cosas que se pueden comprar. Esta película, al final, además de ser un metraje de los que hacen saltar las lágrimas con cada fotograma, nos recuerda, desde la óptica del que lo tiene todo, que hay cosas que estamos haciendo terriblemente mal, que los senderos por los que nos obligan a caminar, aunque alcancemos los primeros eso llamado meta, sólo valen para alejarnos de nuestra primordial condición de criaturas que buscan el placer de vivir, ese sentimiento poderoso que nos aleja de la tiranía de la naturaleza.

¿Es tan difícil discriminar la bellezza de la gran fealdad? 

Cuando dudo siempre recurro a una máxima que inventé en un momento en el que necesitaba agarrarme a algo (maderas que flotan, otra vez el naufragio). Es más fácil saber qué es lo que se quiere ser por oposición que saber realmente qué es lo que se quiere ser. Quizá no todos tenemos que hablar de Gramsci, de empoderamiento (por favor, traduzcan de nuevo, qué horror de palabra), de posiciones o tácticas. Quizá debemos ser lo suficientemente honrados para admitir que tenemos muchas más preguntas que respuestas. Que si nos es difícil leer los letreros de los caminos correctos quizá haya que descartar las indicaciones que sabemos desagradables.

Y en mi caso, que puede sea el suyo, buscar por qué con treinta y tres años me siento un 
dinosaurio, una especie a extinguir, un náufrago flotando a la deriva. De por qué, aunque mi vida, espero, transcurrirá en su mayor parte en el siglo XXI, sospecho que echaré de menos tantas cosas del XX.

No entiendo por qué llamamos democracia a un sistema que sólo es democrático cuando la democracia no se ejerce; donde los derechos sólo los tiene quien los puede pagar; donde la plenitud consiste es elegir entre cinco marcas de pasta de dientes, champú anticaspa y porno online; donde la emoción parece hallarse en imágenes truculentas, noticias escalofriantes y series con giros sorprendentes; donde se garantiza la libertad de expresión para quien pueda poseer un medio de comunicación, condenándonos al resto a gritar a la tele del salón (casa, tele y electricidad not included); donde lo único que despierta pasiones es un sentimiento nacional envasado en banderas made in China; donde la educación no nos permite desentrañar el mundo en el que vivimos y, a lo sumo, nos capacita para apretar botones ágilmente, cual monos amaestrados; donde se fomentan los prejuicios y los escombros mentales que nos dan la oportunidad de mofarnos del desgraciado inmediatamente inferior a nosotros; donde se nos proporciona un montón de estereotipos absurdos con los que comparar nuestra grotesca fealdad; donde se nos ofrece una vida paralela a través de las redes sociales en la que redimir el fracaso profesional, la soledad y aparentar lozanía juvenil; donde la única forma de hacer más interesante el mundo que nos rodea es aplicar un filtro fotográfico; donde la sanidad acabará siendo un lugar en el que empeñar los órganos sanos aún después de probar sus venenos alimenticios; donde la forma de encarar nuestro odio sea a través de tertulias políticas que giran como tiovivos animadas por muñecos de trapo; donde la literatura, el cine o la música son tan sólo un producto escapista, autorreferencial y amable, con el que aparentar erudición delante de nuestras amistades; donde, al final, si necesitamos apoyo, lo buscaremos en ríos de alcohol y montañas de coca; donde, si acaso nos da por pensar, habrá un cuerpo de hombres armados que nos ponga en nuestro sitio en un periquete.


(Artículo escrito en febrero de 2014 para el número 4 de Grund Magazine)

miércoles, 14 de mayo de 2014

El Estado Mental Radio


El lunes 12 de mayo tuve la suerte de acompañar a Hugo Castignani, Augusto López Riaño, Luis Montero, Albano Cruz en el Magazine Imprevisible, el espacio del EEM Radio conducido por Bruno Galindo.

El programa tenía como pie un debate en torno a los conceptos de materialismo e idealismo, aunque al final acabamos hablando de zombies, industria cultural, porno, Negri, los centros de ocio, falsos fallecimientos y muchas cosas más.

Todo a poco más de un punteo de ratón:

http://www.elestadomental.com/audio/magazine-imprevisible-12-mayo

lunes, 5 de mayo de 2014

Terror en el supermercado



Las tiendas rebosan gente, han empezado las rebajas. Un grupo de muchachos caminan nerviosos entre la multitud portando algunas bolsas -semivacias por su ingravidez- con aspecto de comando que debe cumplir una misión: se diría que para ellos no existe ni el azar de las compras, tienen un plan definido y han de llevarlo a cabo.

Una de las nociones más extendidas del pensamiento crítico ligero es la de consumismo. Es un concepto que casi todo el mundo conoce desde la juventud -uno de los tópicos más recurrentes del debate en clase de ética en el instituto- y podríamos definirlo como la compra y acumulación de bienes y servicios que no son de primera necesidad.

Desde esta perspectiva el consumismo es algo individual. Se diría que la gente, impulsada por un fervor egoísta innato, corre desesperada a las tiendas a gastar su dinero en cosas de las que podría prescindir. Su contra suele ser inane y consiste en una crítica moralista que transita desde la piedad hacia el pobre (no tanto el que no tiene, sino el que no puede tener) hasta la ética del ahorro calvinista (mejor mete el dinero en el banco y permanece temeroso de Dios).

Cualquiera que haya leído algo sobre economía política sabe que el consumismo no es una cuestión individual sino una necesidad de la economía de mercado. Desde que esta se especializó la venta de bienes y servicios tendió hacia la masividad para la supervivencia de la misma. Es necesario fabricar gran cantidad de objetos, o proporcionar una gran cantidad de servicios, y que además estos se consuman en un ciclo alcista sin fin, para poder emplear a grandes masas de trabajadores y que estos reviertan sus sueldos en la economía. Esta forma de enfocar la cuestión no tiene siquiera que tener un componente crítico con el consumismo: es cierto que nos libra del enfoque individual, pero no lo es menos que puede incluso justificar el ciclo como algo positivo, algo de lo que todos nos beneficiamos.

Atendiendo, de momento, únicamente a la visión económica, y siendo observadores de la realidad actual, podemos ver como el supuesto ciclo sin fin alcista en el que se basaron las previsiones de las organizaciones transnacionales, los gobiernos y los economistas de academias “respetables” se han demostrado falsas, erróneas e interesadas. Por sí solas e históricamente las crisis de sobreproducción han dado al traste con este ciclo alcista sin fin. Si además esta forma de estructurar el proceso económico va unido a un modelo de enriquecimiento individual basado en la especulación y el crédito sin sustento, este ciclo se torna suicida. ¿O no?

Diferentes teorías post-marxistas (y el post no es contra, sino ampliativo, cabe recordar) insistieron a partir de finales de los cincuenta en la ecuación trabajo-consumo: los individuos tienen una doble función social, la de productores y consumidores, ambas igual de importantes, no sólo en su vertiente económica, sino también en la del control social para mantener el statu quo.

En esta columna insistimos muy a menudo en ello: la propuesta cama-trabajo-television, la necesidad de la industria del marketing y la publicidad para dirigir el consumo, la vertiente psicosocial de sentirse parte integrante y válida de la sociedad… El equilibrio en resumen de sacrificios y gratificaciones para que la máquina siga funcionando.

Tomamos un pequeño desvío. Durante gran parte del S.XX el mundo vivió bajo lo que se conoció como el “Equilibrio del Terror” entre las grandes superpotencias y su capacidad de destrucción nuclear mutua asegurada. Fuera verdad o no -siempre se exageró tanto la capacidad militar de la URSS como, y quizá más aún, su supuesta inclinación belicista e imperialista- el miedo constante era un factor empleado de forma muy hábil por el poder occidental-capitalista como método de control social. Que los malvados comunistas te quisieran vaporizar a ti, a tu familia y a tobby, tu simpático perro, hacía que tu adhesión al gobierno que defendía-representaba la economía y el orden capitalistas fuera mayor. No era momento para sindicatos, huelgas, protestas o crítica, era momento para trabajar y consumir por el bien de la nación. Es decir, el miedo ayudaba a que cada uno ocupara el lugar que estaba destinado para él en la sociedad, mantenía las cosas como debían ser (para aquellos, la clase capitalista, a los que les interesaba que nada cambiara, claro).

Este miedo no fue tan extendido ni estuvo tan arraigado como históricamente se nos quiso hacer creer. Leyendo Sábado por la noche, domingo por la mañana de Sillitoe, situado y escrito en la Inglaterra de finales de los cincuenta, el protagonista, un joven rebelde de clase obrera sin especial inclinación política, hace continuas referencias a cómo el gobierno trata de asustar a la gente con los rusos, con la intención de que los jóvenes fueran al ejército y los obreros a las fábricas. Más allá de las intenciones del angry young man de crear una narrativa accesible a todos y que denunciara sin resultar panfletaria los ardides narcolépticos del sistema a través del terror, deducimos que algo de eso tenía que existir realmente. Un trabajador pobre tenía preocupaciones más inmediatas que la bomba atómica. Este era un terror más de clase media, de aquellos que tenían algo que perder.

El terror y su aprovechamiento como instrumento de control fue cambiando de forma y volviéndose una amenaza más global, llegando a su paroxismo en los atentados del 11s, donde se diría que se vivió una psicosis global televisada minuto a minuto. Ahora sí que todos estábamos amenazados: desde el arquitecto que vivía en el upper west side hasta la señora de Aluche que miraba temerosa al moro en la cola del súper.

Sin embargo aquello duró lo que duró, y pese a que nunca es descartable que los integristas religiosos perpetren alguna barbaridad (ojo al cristianismo anfetaminado made in EEUU), ahora mismo, más allá de cuestiones estratégicas y militares, a nivel psicosocial el terrorismo global no supone ninguna amenaza, es decir, la gente hace tiempo que no lo percibe como tal.

Rebajas y terror, consumismo y miedo, dependientas exhaustas y un demente cabalgando una bomba nuclear. Hagamos otra pequeña parada antes de acabar.

¿Se ha ido más allá de la utilización del ciclo trabajo-consumo como anestesia? Son diferentes las teorías que exponen el concepto de biopoder (desde Foucault hasta los Tiqqun), pero aquí nos lo vamos a tomar como la capacidad del sistema por transformar al propio individuo en un objeto de consumo. Es decir, además de la vertiente de productor vendiendo su fuerza de trabajo, objetivándose en los productos que crea y alienándose como persona; además de su vertiente de consumidor, no sólo desde un punto de vista económico, sino también desde el del control social de esfuerzo-gratificación; el sistema de capitalismo avanzado (y decadente por otro lado) mercantiliza los gestos, las ilusiones, los deseos o el propio cuerpo, transforma a la persona en un ente con valor de uso y valor de cambio.

Por ejemplo, y para ahondar en esta idea de la mercantilización del individuo en sí mismo, las redes sociales -bien sean de ámbito lúdico o profesional- son un gigantesco escaparate donde nos objetivamos como productos que buscan amigos-compradores; la propia idea del curriculum vitae no es la de resumir nuestra experiencia profesional, sino la de servir de etiqueta de componentes o ingredientes de lo que somos, de nosotros mismos. El trabajador fue siempre una mercancía, pero tenía su tiempo libre como escape; cuando el trabajador se dualizó como consumidor, incluso el tiempo libre pasó a ser tiempo de trabajo mientras que compraba; actualmente es la propia persona la que se ha transformado en un producto en sí misma y por tanto plantea sus relaciones sociales como un trasunto de las relaciones mercantiles que vive continuamente (salvo mientras duerme).

Y en esta transformación del propio individuo en producto está la clave de porque consumir para nosotros es tan importante, tan esencial. El consumo de bienes y servicios inútiles ya no es sólo una falsa recompensa a nuestro trabajo, se ha convertido en la forma que tenemos de volvernos nosotros mismos en un producto mejor, en una mercancía más apetecible.

Cuando compramos algo no sólo encontramos satisfactorio y razonable trabajar en este entorno de explotación, además compramos unas características añadidas de forma totalmente ficticia pero efectiva a esa cosa, características que pasan del producto comprado al producto comprador, o sea, nosotros. Existe una transferencia psicológica que hace que cuando adquirimos un pantalón, realmente lo que estemos comprando, por ejemplo, es atractivo cosificado, que pasa directamente a nosotros (de forma, repito, totalmente ficticia pero tremendamente efectiva a nivel psicológico).

Bien, todo este camino de biopoder, miedo y compras nos conduce a la siguiente proposición: ¿Qué puede resultar más terrorífico al individuo de nuestro presente que no poder consumir? Es decir, ¿qué puede dar más miedo que, en un mundo en el que las relaciones personales son mercantiles, no poder adquirir, comprar, los atributos que nos hagan un producto más atractivo?.

El miedo a la bomba H era poderoso, aunque difuso en la vida cotidiana; el miedo al terrorismo global era más generalizado, aunque con un límite de pervivencia en el tiempo; el miedo a caducar como individuos es cotidiano, permanente y no tiene fecha de finalización.

El terror en un entorno de crisis económica y paro generalizado se ha transformado hacia una vertiente de biopoder, o diciéndolo de otro forma, todo el entramado de control social mediante la reificación del individuo, la conversión del trabajador-consumidor en producto, que antes funcionaba en forma de acicate en cuanto a su consecución, ahora funciona en forma de terror en base a su pérdida, en relación a la imposibilidad de acceso si quedamos fuera de este contexto.

La horrible proposición que en el fondo se nos hace es que la crisis económica atenta no contra nuestros derechos como personas, sino que somos nosotros, sino sabemos adaptarnos, los culpables de quedar obsoletos como productos-individuo.

Incluso podemos hacer otra lectura en el nivel de las protestas-contestación: desde muchos ámbitos no se critica al sistema en su globalidad (no sólo al económico, sino también a su superestructura) lo que se pide -o en algunos casos parece que se ruega- es que por favor los bancos pongan de nuevo en marcha el crédito para que la rueda pueda volver a girar de nuevo, para que todos tengamos un trabajo en el que ser explotados en más o menos buenas condiciones, podamos consumir todo tipo de cosas (envases que contienen cualidades asociadas) y tengamos una vida “plena” como la de antes de la crisis (podamos ser buenos ciudadanos-producto). Se diría que el reformismo ha pasado -seguramente sin darse cuenta- de defender el Estado del Bienestar a defender la democratización de que cualquier ciudadano de la nación tenga el derecho a ser un producto atractivo en el escaparate.

Cualquier artículo, libro o sistema de pensamiento que pretenda bucear profundo en la caracterización de las argucias de control de esta sociedad corre el peligro de caer en una peligrosa abstracción: la de que cualquier lucha o petición concreta o parcial sea descartada y considera simplemente una válvula de escape del propio sistema. Creo, de hecho, que uno de los grandes debes desde el Situacionismo en adelante -en toda esa tradición de crítica marxista heterodoxa- es la de no saber unir la teoría del análisis con la acción concreta e inmediata, nuestro particular problema de aunar, como los físicos, todas las teorías en una. La pretensión es la de responder de forma total a una guerra total, que es la que libra la clase de los poseedores contra los demás (incluso los que colaboran con ellos a cambio de las migajas). Tan erróneo sería no participar en una acción concreta determinada (desde votar a un partido de izquierdas en unas elecciones hasta tratar de evitar un desahucio) como volvernos unos reduccionistas y sólo atender a esas cuestiones de forma aislada y parcial, corriendo tras del hueso de tal ataque como un enjambre enfurecido pero confuso. Es lo que nos toca: luchar y a la vez dibujar el mapa de la batalla, sin tiempo para detenernos en sólo una cosa u otra.