miércoles, 13 de mayo de 2015

El paréntesis de Gutenberg. Un rastreo de una no-noticia.



Una tendencia cobra fuerza en twitter, veo que se trata del nombre Kim Jong-Un, el dictador de Corea del Norte. Leo los titulares de la prensa española que encabezan largos artículos. El del periódico El País dice lo siguiente:

"Seúl asegura que Corea del Norte ha ejecutado a su ministro de defensa"

Tal y como está redactado el titular entendemos, mediante la figura de sustitución del gobierno de un país por el nombre de su capital, que la misma tiene un caracter oficial y firme.

Como ya es habitual el titular no encuentra respaldo en el cuerpo de la noticia, que recoge que la misma procede de una agencia de noticias surcoreana, citando esta a su vez a los servicios de inteligencia de Corea del Sur. El propio redactor reconoce que "en ocasiones aciertan... pero fallaron con el supuesto asesinato de varios miembros de la orquesta Unhasu, en la que trabajó como cantante la actual esposa del líder comunista, Ri Sol-ju, que "resucitaron" un año después."

Parece que la información, hace décadas tratada con esmero, se ha convertido en algo parecido a la quiniela, un juego de azar donde se acierta o se falla. Los medios parecen olvidar que la fuente es, como poco, interesada y parcial. Los servicios de inteligencia de un país que está oficialmente en guerra con otro desde hace medio siglo no deberían ser -a no ser que lo que se quiera es tomar partido de forma descarada- una fuente fiable.

Para mayor gloria de la no-noticia, de la mera especulación, el periódico asegura que el ministro fue ejecutado con un cañón anti-aéreo por el hecho de quedarse dormido en un desfile. La situación, casi de comedia bufa, da pie a miles de chascarrillos y ocurrencias en las redes, ya dispuestas a celebrar con alborozo, como un coro de corral, cualquiera de las astracanadas atribuidas al líder norcoreano.

La no-noticia, una mera especulación interesada, es ya tendencia mundial, sin llegar aún a los informativos de televisión. Es decir, cierta o falsa, será imposible rebatirla por ningún medio. El objetivo está conseguido.

No es pretensión discutir en este texto sobre Corea del Norte. Lo primero porque este país sirve ya de entretenimiento que nos aleja de nuestras miserias cotidianas (estas sí, constatables, pero rara vez tratadas por la prensa y el público con tanta efusividad). Lo segundo porque el debate es imposible al carecer de ningún elemento de juicio fiable (el hermetismo por un lado y el vergonzoso trato caricaturesco por otro lo impiden). Y tercero porque lo que nos interesa es hablar de la información, de cómo una especulación interesada, una no-noticia, pasa en pocas horas de un escueto titular a producir millones de palabras por todo el mundo.

Se impone pues un ejercicio tan sano como sencillo y necesario. Rastrear la noticia sirviéndonos del servicio de noticias de google. Algo que cualquiera puede hacer desde su casa.

Damos con la fuente original de la misma, en la agencia surcoreana Yonhap. Hay tres versiones con sus sucesivas ampliaciones (ampliaciones que por otra parte son una glosa de parrafos que no aportan ningún dato más a la original). La versión en español, la versión en inglés, y el titular que dio comienzo a todo esto.

"(URGENT) S. Korea's spy agency says N. Korea purged its defense chie. 2015/05/13 09:14"

Parece exagerado, insistimos, crear tal ola informativa por algo tan escasamente fiable e informativo. Desconocemos por qué la agencia surcoreana va añadiendo elementos como la ametralladora anti-aérea (lo del cañón debe ser cosa del redactor de El País, le sonaría más efectista) o la somnolencia del fenecido ministro. Recordamos, eso sí, que otras falsas noticias (es decir, vulgares mentiras) sobre ejecuciones de figuras cercanas a Kim Jong-Un siguieron el mismo reguero: el anuncio de su muerte para a continuación pasar a la adición de detalles grotescos al gusto de los "informadores", desde desmembramientos hasta fosos llenos de perros asesinos.

Vamos decididos a dar el último paso. Ir a la propia fuente de la notica, el NIS, los servicios de espionaje del país surcoreano. Suponemos, obviamente, que todos los "periodistas" que han publicado algo en sus medios, han hecho lo mismo. Suponemos que allí habrán tenido acceso a la nota de prensa que tendría que haber dado pie a todo esto. Suponemos, porque, como ya imaginarán, tal nota de prensa o información no existe.

Carecemos de conocimientos en coreano, pero afortunadamente no es difícil utilizar cualquier servicio web que nos hace comprensible al instante esos extraños caracteres. Ni rastro de la noticia.

Es decir, una ola de información mundial por algo, que en el momento de escribir estas líneas, desconocemos si ha llegado a ocurrir, si el señor ministro de la guerra está muerto o tranquilamente en su casa haciendo lo que quiera que haga un ministro de la guerra norcoreano.

Sabemos, eso sí, a ciencia cierta, la bochornosa profesión en que se ha convertido una gran parte del periodismo en grandes medios, en este país y a nivel mundial. Sabemos, a ciencia cierta, la incapacidad del ciudadano medio por discriminar lo cierto de lo que no lo es. Sabemos, a ciencia cierta, que la ingnorancia, antes causada por la lentitud y la falta de información, hoy surge del exceso de ruido y su infinita replicación. Sabemos, a ciencia cierta, que el paréntesis de Gutenberg se ha cerrado a nuestras espaldas.*1


*1(Gracias por la gran frase,

martes, 12 de mayo de 2015

La unidad popular, una defensa descreída.



La Primera Guerra Mundial nunca podrá ser recordada desde la óptica de la épica y el heroísmo. Cuando la sangre, el barro y la metralla se mezclan de tal forma que se hacen indistinguibles no hay retórica capaz de sustentar la mentira de la gloria imperialista, del pedazo de campo extranjero convertido en Inglaterra por el cuerpo del soldado.

Lo cual no quita para que dentro de la terrible hostilidad al humanismo y la razón que supuso aquella confrontación no hubiera en ella hechos, historias e individuos capaces, aún siendo parte del marcador de la muerte, de sacar lo mejor de la vida, de hacernos creer desde el descreimiento en la honradez.

Los gaiteros de las trincheras me parecen el ejemplo palmario de ello. Tipos que daban el salto armados tan solo con su instrumento, que avanzaban entre los gritos, las explosiones y los alambres con la certeza de que lo que hacían, al menos, valía para dar el coraje que librara de la muerte a los soldados.

Eran una verdad que sustentaba una enorme mentira, la de que incluso sirviendo a intereses completamente ajenos a ellos, la tropa, necesitaba de un punto de luz entre tanta oscuridad. Sin los gaiteros -al igual que sin las cartas de las madres o las fotos de las esposas- la guerra hubiera seguido adelante, con la misma barbarie y sin ninguna esperanza. A menudo no elegimos dónde morimos ni por qué lo hacemos, y no por ello caemos al suelo exhaustos de fatalismo.

Cien años después en Europa se ha librado otra guerra. Los obuses han sido sustituidos por trampas financieras, las listas de bajas por cifras de desempleo y Lord Kitchener por un experto televisivo que esta vez, también, nos decía que todo iba a ir bien. Y como de aquella “si alguien pregunta por qué acabamos muertos, dale sólo un motivo: nuestros padres mintieron”.

Esta guerra la estamos perdiendo nosotros, la clase trabajadora. No hay ni dudas ni paños calientes cuando las cifras de damnificados se parecen a los de un gran choque bélico. No hay duda para quien sepa tener la mirada atenta a lo que nos ha ocurrido: los grandes poderes económicos nos han machacado, a nosotros y a la simple idea de democracia, derechos o futuro.

Una de las diferencias entre una guerra y la lucha de clases es que la primera tiene fecha de finalización e inicio, declaración de hostilidades y capitulación. La segunda, por su naturaleza, es parte y consecuencia del propio sistema económico, por lo que a los ganadores habituales de la misma les acompaña la tragedia de Sísifo, nunca pueden ganarla del todo. Obtienen victorias que se plasman en todas las canalladas que acompañan nuestra existencia como unidades de producción a las que alimentar y entretener, y así mismo, cuanto más batallas se apuntan en su cuenta de resultados, más desequilibran el estado de las cosas hacia el odio.

Por desgracia los hechos no siempre se perciben como ocurren, ni siempre el odio surge ni surge certero. Por desgracia carecemos de buenos planes de batalla, generales expertos y trincheras con material suficiente.

En el ciclo imaginario o narrativo que nos ocupa, nuestra batalla pudo empezar en 2008, con la caída de ese casino de la economía etérea llamado Goldman Sachs. Aunque seguramente el punto de partida, la declaración de guerra, sea personal para cada uno de nosotros: sentirnos impotentes para pagar la casa, esperar estoicos con nuestro número en la mano en ese apartadero llamado desempleo, ver llorar a un amigo o vernos llorar nosotros en el espejo del baño, en silencio.

El fin de esta enésima batalla, de este ciclo, antes de que la roca ascienda y vuelva a caer de nuevo, es también imaginario -como lo son las horas o cualquier otra convención que utilizamos a menudo- y podríamos situarlo, esta vez sí, para todos, en las elecciones municipales, autonómicas y generales de este año.

En estas elecciones no se van a elegir alcaldes o presidentes, no se van a dar apoyos a programas políticos o mentiras relucientes. Estas elecciones van a ser un plebiscito que marcará nuestro devenir de forma muy importante: o elegir entre los bandidos que aprobaron el 135 o entre quien puede ser el paño que detenga nuestra hemorragia; entre las fuerzas políticas que mantendrán todo como hasta ahora o las que pueden servir como punto de partida para algo más digno (no doy nombres ya que a mis lectoras les supongo gente instruida y sin alteraciones cognitivas).

Sin embargo, además, estas elecciones tienen otro elemento novedoso y recuperado desde nuestra historia encima del tablero político: las candidaturas de unidad popular.


Yo soy escéptico respecto a ellas, diría mejor que alguna de las formas que han tomado no me gustan nada. Pero necesito defenderlas. Desde el descreimiento.

Como defiendo por otro lado la participación electoral. A veces no encuentro mayor mitificación de las elecciones que quienes predican el abstencionismo. Para muchos votar es poco más que un intento -uno más- de alterar lo establecido, de escribir fuera de los márgenes que se esperan, aunque sean unas pocas palabras. No creo en el sistema electoral tal y como está planteado mucho más que en ver salir el sol por el oeste, y sé, que por sí solo, el poder político transformador tiende a cero si no se acompaña de movilización constante, instrucción ciudadana y amordazamiento de la bestia económica. Lo cual no implica que el dinero de unos presupuestos, determinadas leyes positivas, inmediatas y factibles o la aplicación de algunas ya existentes y olvidadas, sean tareas que requieran de mi voto y a las que mi falta de entusiasmo les importe poco.

Además hay algo más, derrotar al enemigo puede suponer que la batalla tenga un resultado muy diferente al esperado, puede ser la pequeña luz entre tanta sombra, la constatación de que cuando nos movemos juntos podemos obtener resultados. Y eso es algo que olvidamos fácilmente (y que nos hace mucha falta).

Salir a las plazas el 15m no dio resultados aparentes inmediatos, en unos años hemos visto, sin embargo, desarrollarse todo tipo de iniciativas para paliar el desastre, organizadas desde abajo y por los de abajo. Y por parciales no las descartamos. El continuar esta labor en las instituciones puede ser una forma de profundizar en ellas. Puede serlo.

Y creo que la forma mejor que el momento requiere es la unidad popular. No se trata de un deseo o una inclinación personal (y creo que esto es algo que muchos no han entendido) sino de hacer de la necesidad virtud.

No nos hagamos trampas al solitario. Si hubiera una opción política en el campo de lo crítico con lo existente capaz de, por sí misma, alterar de forma sustancial el panorama, las candidaturas no hubieran surgido.

Les seré sinceros (ya que esta es una cualidad que por ese eufemismo llamado táctica escasea en la política), lo que a mí me gustaría sería que el Partido Comunista arrasara por sí solo en las elecciones. Me gustaría prescindir de estrategias que no me son gratas, no tener que aguantar ideas entre lo voluntarioso y lo infantil, ni ver en las listas a personas que no han explicado convenientemente cambios ideológicos demasiado bruscos y demasiado precipitados (en tiempos de escasez debemos, al menos, ser estéticos a la hora del oportunismo). Esto es lo que me gustaría.

Pero, una vez más, la política, nuestra política (el arte de alterar lo establecido) no consiste en gustos ni deseos, sino en realidades. Y la realidad es que el Partido Comunista, por sí solo, no tiene capacidad de ganar unas elecciones (el debate de por qué y cómo solucionarlo no es lo que ahora nos ocupa en estas líneas).

No estamos hablando aquí de hacer una revolución, estamos hablando de ganar ayuntamientos. Y para esa tarea, casi artesanal (y no tanto artística como decíamos antes) lo que necesitamos son buenas herramientas, no embanderamientos hipócritas que lo único que pretenden es salvar a los aparatos que las agitan (bastante patética e impotentemente, por otra parte).

En la unidad popular ha sobrado cálculo y ha faltado generosidad, ha primado el tacticismo sobre las tareas esenciales, ha faltado apertura social antes que resituaciones de última hora.

Pero una vez más tenemos las herramientas que hemos podido construir, las trincheras excavadas a prisa por una urgente necesidad de detener la hemorragia social que nos está (literalmente) matando.

No sé si recuerdan a los gaiteros, esas figuras que nos hacían creer que podíamos tomar la trinchera de enfrente, que nos hacían correr más rápido y calar la bayoneta con más convencimiento. La unidad popular, nuestra unidad popular hoy, no es más que eso: lo que nos puede hacer creer desde el descreimiento en la honradez y la victoria. Y no es poco.

Esta batalla aún no ha acabado. La guerra continuará tras de ella. A veces nos hacen falta verdades simples que nos hagan seguir adelante, que nos sirvan de referencia entre las explosiones, el lodo y la destrucción. Y la verdad, por muy simple y voluntariosa que sea, de que cuando estamos juntos podemos hacer cualquier cosa, es algo en lo que me hace falta creer.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Un duro invierno


Empieza despacio, como un rumor apenas audible en las faldas de la montaña. Un estruendo al poco, un sonido inválido que nos aturde justo lo que dura la caída de la gota desde el frontispicio. Tenemos sed de victorias, casi tanto como el asesinato que se produce al tratar de poner coherencia en un momento vital que transcurre entre la angustia de los lirios rojos y los cipreses de cementerio secos como losas de granito un día de agosto en un pueblo de la Mancha. No podemos esperar ninguna piedad de la vida, de nuestros enemigos, del tiempo, de la suerte , del amor, de la piedad misma. No podemos pensar que las cosas van a suceder al ritmo que marcan los engranajes de esa máquina rota que tenemos sobre la mesilla y que una vez sirvió para medir los latidos del corazón de la Osa Mayor que nos mira desde la pared longitudinal de nuestra casa de cuando éramos críos. Las ventanas tienen vaho por el efecto de nuestras respiraciones agitadas tras contemplar los mil soles que se consumen en el paso de un sólo día, tras ver, por unos segundos, como las estrellas son sólo el engaño que el cielo nocturno ofrece a los románticos sin remisión. Dubhe, Merac, Pekda, Megrez, Alioth, Mizar y Alcor y Altair son sólo nombres que suenan a desierto y a arena y a tiendas bereberes y a té cocido en una jarra de latón que apenas se sostiene ya en su mango corroído por el tiempo y la desesperanza. Esperad un rato más, aún hay demasiado por sacar, como esos cajones llenos de juguetes que utilizaban nuestras vecinas para guardar tesoros indescriptibles que ya nunca volveremos a ver ni aunque los tuviéramos delante de los ojos. Es precisamente eso, la cercanía de las metas lo que nos arrebata el estudio de la aventura, el estudio en escarlata, los almacenes donde sólo guardamos ya esos objetos cargados de valor que pueden ser manipulados por manos expertas de hombre sabio que fallece y deja una nota de despedida pegada a un acuario con una luz muy azul, burbujas tranquilizadoras en una noche de casi marzo, donde los coches de la carretera de circunvalación, aún lejanos, no dejan de pasar, de emitir un ruido de goma contra asfalto, de rodar imprescindible para que todo pueda seguir un día más girando con normalidad.

27/02/2015

lunes, 4 de mayo de 2015

En el peor de los mundos posibles

La balsa de la medusa - Théodore Géricault - 1818

En el peor de los mundos posibles, Esperanza Aguirre, siempre estaría un paso más allá. Supongo que cada uno tenemos nuestras némesis personales, nuestros monstruos cotidianos que nos llevan jodiendo media vida, nuestros agujeros negros que impiden siquiera que la luz escape. Y Aguirre es el mío.

Sin embargo esta artículo no va de ella. Ya que, centrar la atención en Aguirre, lo único que haría sería engrandecer una figura, que como las maldiciones o las pesadillas, toma su poder de nuestro miedo, a modo de profecía autocumplida. Aguirre por sí sola no es nada más que una funcionaria avanzada del poder, una herramienta de la que disponen los que realmente mandan para proteger sus intereses.

En el peor de los mundos posibles, Ciudadanos, se convertiría en un partido referente para millones de personas. Un engendro electoral que arrastra todos los lugares comunes más tenebrosos que pueblan el imaginario colectivo: la mentira de la gestión neutra, la falsa dicotomía entre ciudadanía y política o la ideología de la no ideología.

Sin embargo este artículo no va de Ciudadanos. Las carcasas vacías -una apariencia de ecuanimidad esperando a llenarse con la misma savia derechista que el PP- no son nuevas. Si tienen fuerza, además de por una oportuna -y previsible- atención mediática, es por cumplir fielmente para lo que fueron pensadas: dar sensación de cambio cuando no son más que continuidad.

En el peor de los mundos posibles Podemos se derechizaría cada día a pasos agigantados. Una sincera esperanza y un proyecto ilusionante que parece decantarse sin remisión por una de las mayores supersticiones políticas: que la única forma de ganar elecciones es no pareciendo nunca de izquierdas, siendo razonables, ocupando la centralidad del tablero. Ahorrense las explicaciones significantes, por favor. Sé reconocer un error cuando lo veo -igual que una oportunidad- y tengo claro que el camino no pasa por la desesperación de no alterar en absoluto la percepción reinante sobre las cosas.

Sin embargo este artículo no va de Podemos. Sería absurdo no contemplar la conmoción que ha supuesto este proyecto en el último año y medio. Tanto, al menos, como no contemplar el juego de ajedrez del que es parte: uno donde la partida depende demasiado de las decisiones de una dirección muy lejos de lo infalible y de una táctica tan resultadista como efectista y peligrosa. No se trata de no asumir riesgos, se trata de que merezca la pena el resultado para cederlo casi todo.

En el peor de los mundos posibles Izquierda Unida entraría en ese ensimismamiento que padecen los viejos y arruinados nobles: una mirada constante a un pasado glorioso observando unos tapices que hace años fueron subastados. Siendo tan difícil precisar quién es IU -entre la elegante arrogancia de Alberto Garzón y la tristeza de los burócratas que la amordazan- no podemos caer en el error de pensar que existe una IU rupturista y otra acomodaticia. Aún siendo esto cierto, no siempre lo obvio toma cuerpo de verdad si una de las partes carece de los resortes efectivos para llevar sus planes a cabo.

Sin embargo este artículo no va de Izquierda Unida. La federación es la falla del régimen y justo en su suelo -como en todo escenario límite- es donde se han manifestado con mayor fiereza las contradicciones tectónicas del momento político. Su suerte va unida a sus decisiones, no a vergonzosas teorías conspirativas. O desaparece en un identitarismo inane y sectario o crea una nueva identidad de izquierdas desde la que entenderse ella misma y entender el conflicto que la vio nacer.

¿De qué va entonces este artículo? Va de vosotros, de nosotros, de todos aquellos que no somos gente.


Friedrichstrasse - George Grosz - 1918

Imagino su cara llegados a este punto ¿Se ha vuelto el autor definitivamente loco y pretende llevar su demencia de caballero desposeído hasta las últimas consecuencias? Ni mucho menos. Sí asumir, de una vez por todas, esa flojera que impide a veces criticar -y criticarse- por un miedo al vanguardismo mal entendido.

Entendamos eso llamado gente como el cuerpo social mayoritario de opiniones coincidentes que políticamente se manifiesta por seguir las tendencias, acaparar los prejuicios y tener un miedo cerval al cambio. Es decir, el cuerpo social mayoritario cuya relación con la política es de no organización, no activismo y meramente empírica, nunca teórica.

Y ustedes que me leen serán, más que posiblemente, parte de esa minoría que no es gente a estos efectos, sino esa fracción cuya relación con la política pasa justo por lo contrario que la del común de ciudadanos.

Y sí, les repito, el artículo va sobre ustedes, nosotros, que estamos, esta vez sí, situándonos en el peor de los mundos posibles, demostrando nuestra incapacidad, dejando fluir todos nuestros peores prejuicios. Siendo unos inútiles políticos justo cuando más falta hacía ser, si no excelsos, como poco acertados.

En el peor de los mundos posibles se nos olvidaría que la relación con las organizaciones, con nuestras organizaciones, es puramente dialéctica. Estoy harto de ver ese comportamiento de plañidera/clap en red que poco más se limita a censurar o engrandecer tal comportamiento o decisión de los dirigentes, en una especie de Sálvame político donde están ellos y nosotros, sus acciones y nuestra emoción. El desatino o acierto individual del dirigente -aún siendo las figuras concretas importantes- no es determinante, o dicho de otra forma, un dirigente se mueve en el campo donde le permitimos moverse, en las fronteras que les delimitamos. Organizaciones con una militancia envejecida y educada en la derrota, como demasiado bisoña y embelesada, proporcionan el caldo de cultivo ideal para esa forma de entender la política tan deleznable que consiste en estar atentos a la radio a ver qué nos exige el padrecito.

Este artículo va sobre esto: la necesidad de la crítica permanente con aquellos que hemos aupado sobre el esfuerzo común para servir de generales en la batalla, sobre la obligación de no esperar como disciplinadas comparsas y sí actuar como cuadros decisivos con nuestra acción.

En el peor de los mundos posibles habríamos tomado el electoralismo como un fin y no como un medio. Se diría que eso llamado asalto institucional ha servido, además de para consagrar a figuras que no hace tanto presumían de facilitadores de esa entelequia llamada abstención activa, para cegarnos por completo dejando el devenir histórico interrumpido en mayo y noviembre. No me entiendan mal. Considero que estas elecciones son las más importantes desde el 78, las más importantes en la historia vital de muchos de nosotros. Considero que hay que participar en lo electoral, pero hacerlo siempre sin perder el norte de que es tan sólo una herramienta incapaz por sí misma de alterar nada. Sabemos de sobra -a pesar de que los amigos anarquistas en sus homilías nos lo recuerdan a menudo- que esta forma de elección del poder político es una farsa necesaria para el mantenimiento de la imagen democrática del sistema capitalista. De hecho la historia está llena de reconducciones -desde el amaño de las elecciones italianas ganadas por el PCI hasta los golpes de estado, militares y económicos- donde la democracia se manifiesta bajo el capitalismo sólo cuando el voto se dirige hacia donde la élites quieren. Sí, es un teatro, pero mientras que el público acepte la función debemos actuar de la mejor forma posible. ¿Puede un alcalde revertir el actual estado de cosas? Difícilmente. Pero sí puede darnos el oxígeno necesario mientras que permanecemos tumbados en la lona, señalar la contradicción entre el legítimo mandato popular y los intereses económicos de las élites, mostrar que hay otra forma de entender y hacer. Llevamos demasiados años recluidos en los límites de la oposición -esa suerte de crítica sin capacidad de decisión- para desaprovechar esta oportunidad.

Porque este artículo sí va de eso. De que asumamos contradicciones y nos manchemos las manos -los ángeles puros ciegan con tanto candor-; de que aceptemos que venimos de una derrota histórica sin parangón y que del 15m en adelante no hemos visto una revolución, sino tan sólo un movimiento defensista por parte de algunos de los que antes no tomaban partido en nada; de que tenemos que contemplar el electoralismo como una llave, un objetivo inmediato, que sin calle y organización popular permanente sólo valdrá como una aventura tan decepcionante como breve.

En el peor de los mundos posibles, los que no somos gente, estaríamos día tras día, sorprendiéndonos de que la gente se comporte justo al contrario de lo que esperamos. Quizá es el momento de decir: ¡Es la cultura, imbéciles! o dicho de otro modo, a mí no me asombra que haya obreros de derechas, lo que me asombra es que haya activistas que se asombren de ello. ¿Qué esperabais, que el refinado sistema hegemónico que lleva trabajando años sobre las conciencias de lo común se iba a resquebrajar tan solo porque la realidad cambiara? En un mundo de pantallas no sólo la realidad fenece tras de ellas, sino que es sustituida por una nueva que marca cuáles son las formas de pensar aceptables y cuáles no, qué es lo imprescindible y qué lo accesorio, dónde están las salidas y dónde se hallan los precipicios. Jugamos en campo contrario, nuestra portería es más grande, el árbitro está comprado y para colmo, el público del estadio, los que son de los nuestros, o se muestran indiferentes o encima nos silban. Ojalá tuviéramos mármol o granito, pero tan sólo tenemos barro y hacen falta ladrillos.

Porque este artículo sí va de eso, de cómo lo crítico con lo existente (fíjense que posmodernamente disciplinado me he vuelto que ni siquiera digo izquierda) ha de asumir de una vez por todas que la lucha será cultural o no será. Que no es posible nada (ni ganar elecciones, ni parar desahucios, ni llenar las calles defendiendo las conquistas populares) mientras que seamos tan pocos. Y que desde luego no vamos a ser más cuando, en vez de aplicar la seducción, explicitamos nuestra decepción; cuando en vez de persuasión utilizamos sermones; cuando pretendemos ser atractivos siendo incomprensibles o diciendo justo lo que la gente quiere oír.



Doctor Who - Andrew Cartmel - 1988

La lucha cultural no es escribir libros, hacer películas o componer canciones -que también-. La lucha cultural es todo aquello que desmonta el entramado no ya que justifica el actual estado de las cosas, sino, mucho peor, que hace parecer que nunca nada diferente va a pasar, que las cosas sólo pueden ser de una manera concreta, que establece el totalitarismo capitalista de la unidad de destino consumado.

Y es tan importante porque es lo que variará el límite en el que los sucesos empiezan a dejar de ser soportables para la gente. Si la plaza está vacía por la detención de unos anarquistas (los ángeles puros son pesados a veces, pero hay que reconocer que son los que más se la juegan); si la mani contra la ley represiva es menos numerosa de lo esperado; o si simplemente lo electoral falla, no es tan sólo por una cuestión comunicativa, ideológica u organizativa, Es sobre todo por el concepto de soportable, que hace que tú, querido lector, grites a la tele bajo la mirada alucinada de tus familiares.

Si nuestra actividad política resulta tan inane en la mayoría de los casos es porque apenas dedicamos tiempo a socavar las bases culturales de entendimiento de la realidad.

Claro que tenemos razón, ¡maldita sea!, claro que encontramos nuevas formas de expresarnos y organizarnos ¿y qué?

Mientras seamos incapaces de romper el aislamiento de lo político del resto de las esferas de la vida, la vida será inmune a nuestra política.

Si lo político, lo ideológico, queda aislado a un momento (unas elecciones, una manifestación, un conflicto laboral) no seremos más que un momento en la vida de la gente.

Si lo ideológico se expresa tan sólo a través del lenguaje de la política, la política carecerá del lenguaje que le permita acercarse a la vida. Y así ad infinitum.

Debemos empezar esta batalla mañana mismo. Sólo seguiremos yendo tarde mientras no nos pongamos a ello. Aún estamos a tiempo de demostrar que en la vida de la gente pueden pasar cosas, que el sopor de lo aceptado no es lo único admisible, que lo cotidiano es mucho más que dejarse hacer, que el futuro no es un destino consumado.

Que la política, como el amor, es más fuerte cuanto más se usa.

miércoles, 22 de abril de 2015

(El último) Trayecto en la Dalcó


(El último) Trayecto en noche cerrada.

Aprovechando los seis meses desde que el libro salió a la calle la librería Olmo Dalcó organiza un acto en torno al mismo.

Contaremos con las palabras de Antonio Antón, Marga Ferré, Alfonso Deriva y el propio autor.

Será el miércoles 29/4 a las 19:30, en la C/Olmo 18, Madrid.

Encuentro final con un libro sobre un momento en que el amanecer no se imagina.

martes, 7 de abril de 2015

Dexedrinas XVII




Ya había cuevas mucho antes de que existiera el miedo.
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La relación entre ideología y realidad se parece a menudo a la del fetichista con su objeto de deseo: suele ser inalcanzable y cuando lo es, decepcionante.
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Los sueños que nos vuelven del revés el día son los hijos de los días que nos vuelven del revés la vida.
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Besar el cuello de una mujer es el descenso a tumba abierta del amor. Si sus brazos no se vuelven bosques de pinos nuestros labios no valen como esquíes de pendientes escarpadas.
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El carnicero movía el cuchillo sobre la carne con singular habilidad, de joven había soñado siempre con tocar un violín que nunca tuvo.
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Una primavera inalcanzable tras los vidrios de la ventana cuando el espíritu se halla en un otoño de hojas crujientes es el pago para quien se detiene demasiado en un recuerdo doloroso.
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El cursor sólo espera que la tecla se pulse para parir palabras.
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Una chimenea sólo echa humo si la casa es hogar.
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La ventanilla de un coche veloz por carretera es una pantalla donde se proyecta la relatividad del paisaje.
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Los ancianos alejan su mente del mundo como una forma de preservar quienes fueron ante la hostilidad del presente.
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Un escritor sin futuro carga siempre su lápiz con balas.
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El teatro que media entre nosotros y nuestra imagen pública se torna tragedia cuando la segunda se impone sobre el yo.
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Quien en su explicación vuelve más difícil de entender el objeto de su discurso es un pésimo orador, cuando no un pedante sin solución.
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El filósofo posmoderno tan sólo consultó la prensa del día y se sentó a esperar los aplausos.
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Hay una obsesión creciente por explicar todo como un símil informático. Perdonad la hostilidad de quienes aún estamos hechos de carbono y no de silicio.
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Se diría que la ironía, ante la ausencia de principios, se ha convertido en la coartada para aparentar criterio careciendo completamente de él.
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Las escapatorias desde lo individual son sucedáneos de inmunidad, una triste masturbación del ego esclavo pero pensado libre.
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Eso llamado actualidad es el condicionante que dirige nuestra atención hacia los intereses de quien la cuenta.
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Una pila de monedas pequeñas es el recordatorio de una pobreza ordenada.
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Las montañas y los valles esculpidos por fuerzas descomunales nos hacen sentirnos diminutos, pero son tan susceptibles al paso del tiempo como nosotros.

Queréis

Alfred Kubin

Queréis que haya vida sin muerte, vejez sin arrugas, amor sin entrega.
Queréis política sin ideología, pobreza sin amenaza, riqueza sin explotación.
Queréis enfados sin ira, rechazo sin odio, actos sin consecuencias.
Queréis follar sin mancharos, comer sin matar, defenderos sin violencia.
Queréis querer como accionistas.
Queréis bebés sin llanto.
Queréis morar en la boca del volcán sin preocuparos.

Queréis vivir sin conflicto como el cadáver sin aire.

Queréis victoria sin derrota.

Por eso no me queréis a mí.